
Las mil y una noches en la eterna ciudad roja
Marrakech | 0 comentarios.
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Marrakech emerge en medio de la piedra y la arena, a un paso del Atlas y del desierto, en el centro de un país lleno de historia y de vestigios de tiempos inmemoriales, gloriosos e imperiales, Marruecos.
Una kilométrica muralla abraza la medina, Patrimonio de la Humanidad, y hace de frontera entre la ciudad nueva y la vieja. Dos mundos totalmente diferentes conviven esquina con esquina, mirándose de cara pero pareciendo ignorarse mutuamente.
Los fastuosos palacios se reparten por la medina al lado de las casas más humildes en lo que en tiempos pasados debía ser una pacífica mezcla de clases sociales. Los zocos serpentean por el centro del barrio antiguo en estrechas callejuelas que se convierten en un laberinto para los turistas, por fortuna de los vendedores de babuchas, especias y chilabas. En medio de toda la actividad se encuentran los afamados baños árabes, escondidos entre comercios y viviendas, donde los lugareños hacen su ritual de baño con jabones de aceite y se entregan al masaje corporal.
En el barrio de los curtidores salen numerosos nativos a recibir al visitante de la cámara de fotos colgante para invitarle a presenciar la ancestral técnica de curtido de las pieles. - Aquí están los curtidores marroquíes y allí los curtidores bereberes,- se apresuran a decir, y te acompañan, casi quieras o no, explicándote cada uno de los pasos por los que pasan los trozos de piel hasta llegar a ser unos olorosos bolsos, cinturones o cazadoras.
La plaza Jemma el Fna es el centro neurálgico de la medina, allí donde se va a parar casi sin querer; si dicen que todos los caminos llevan a Roma, se podría decir también que todas las calles de la medina de Marrakech llevan a Jemma el Fna. El bullicio es constante en este lugar, sea cual sea la hora del día, pero cada momento tiene un sabor diferente. La UNESCO hizo de esta plaza Patrimonio oral de la Humanidad por su riqueza desde el punto de vista humanístico; aquí se reúnen cientos de personas para escuchar contar historias a otras personas, para ver a los encantadores de serpientes, para dejarse sorprender por los equilibristas o para compartir animada charla. Los corros invaden la plaza sobre todo por las tardes y los lugareños se entretienen de la misma forma que lo han hecho durante muchos años; una tradición que se ha sabido mantener a pesar de la invasión de europeos ávidos de tipismo.
Las gentes de Marrakech pasean a ritmo pausado, en un ir y venir de chilabas y capuchas que evocan cierto aire medieval; las numerosas bicicletas y motocicletas se hacen hueco en cualquier lugar sorteando a los caminantes y provocando algún que otro incidente; hay que ir caminando con mucho cuidado para no ser embestido por alguno de estos medios de transporte, y los turistas son los que más números tienen de sufrir un accidente.
Sentarse en una de las terrazas de los cafés que bordean la plaza es una parada obligada para quienes visiten la ciudad. El coste supera con creces la media de precios que se encuentran en otros lados, pero vale la pena gozar de la visión a ojo de pájaro. Desde el punto de vista gastronómico también hay que cumplir con la tradicional cena en los puestos de comida que se plantan al atardecer en la plaza Jemma el Fna, donde los olores de la carne asada se mezclan con el de las especias y los caracoles guisados. Pasear por el medio de los puestos de comida implica tener que escuchar mil y una ofertas por parte de los locuaces cocineros y acomodadores; eso sí, sea cual sea la oferta y te quedes donde te quedes a comer, el turista pagará 10 dirhams y el local ten por seguro que pagará mucho menos por lo mismo.
Si alguna vez sueñas con las mil y una noches de la inteligente Sherezade, la ciudad que seguramente imagines será muy similar a ésta, a Marrakech.
Nekane.
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