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Ahalan Wa Sahlan
Escribe: gabitar
Después de dos intentos anteriores, el más que programado viaje a Egipto por fin lo realicé en la primavera del año 2004. La primera vez no me llegó a tiempo la renovación del permiso de...
Ahalan Wa Sahlan
Egipto — sábado, 20 de mayo de 2006
La primera vez no me llegó a tiempo la renovación del permiso de residencia en Suecia, y la segunda cuando había recibido ya, la visa de la embajada egipcia en Estocolmo y todo estaba a punto para partir, a unos locos fanatizados, en nombre de Alá, se les ocurre diez días antes derribar las torres gemelas en el mismo centro financiero de New York. Fue como agitar una colmena de avispas, por lo que la propia agencia de viajes recomendó posponer las vacaciones o cambiar de destino.
No es que ahora las cosas hayan variado mucho, el mundo está cada vez más revuelto y para los occidentales esta siendo muy peligroso trasladarse a países árabes en cuyo seno conviven pacíficos habitantes musulmanes con islámicos extremistas.
De cualquier manera la vida sigue y el terrorismo mata y lo ha demostrado indiscriminadamente, pero también esta diseñado para influir en los ánimos, desestabilizar, aterrorizar y me dije; ¡Esta vez iré!
Comencé a prepararme consultando la mayor cantidad de documentación posible sobre lo que me encontraría allí y mi excitación no tenía limites a medida que iba descubriendo más y más bibliografía; Dioses y faraones de la mitología egipcia de Geraldine Harris, Nacimiento de una Pirámide de David Macaulay y El misterio de la Pirámide de Keops de Basil Stewart, entre otros.
Por supuesto que en la etapa en que estudié desde la primaria hasta los cursos de los dos únicos años de Historia del Arte que pasé en la Universidad, habíamos aprendido de la importancia del Egipto Antiguo, para mí además enigmático y misterioso.
Cuando leí Muerte en el Nilo, era un adolescente muy soñador. A ratos me imaginaba en el ambiente y contexto geográfico donde se situó la trama de la novela policiaca, por eso es mi obra preferida de la señora Agatha Christie. Durante un largo paseo en lancha, por el río Nilo, recordaba emocionado a Bette Davis, Angela Lansbury, Maggie Smith o Peter Ustinov en aquel espléndido yate de recreo. Actores de lujo que con la música de Nino Rota y la fotografía perfectamente explotada por Jack Cardiff, dieron vida a los personajes del libro y lograron que esta película forme parte de un clásico del séptimo arte.
Un volumen que devoré ávido también fue; Sinuhé, el egipcio, escrito por Mika Waltari, ese gran finlandés que en una historia novelada, pone en boca de un oficial del estado egipcio de la 12da dinastía (1938-1756 a.C) todos sus profundos estudios sobre la etapa faraónica; Yo Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo.
Y con ese inicio, transita el lector deliciosamente por detalles de una época lejana en el tiempo, pero jamás olvidada.
Otra gran referencia de la que no pude prescindir es Terence Moix, especialmente su libro Terenci del Nilo que contiene una descripción profunda de un país y una cultura que recorrió en sus más de veinte viajes.
Incluyendo las inagotables posibilidades de Internet, llegué al Aeropuerto de Hurgada henchido de información. Un aire pesado y caliente, cargado de la arena que traían los vientos desde el desierto, fue el encargado de darnos la bienvenida oficial.
Después de la engorrosa tramitación aduanera, el traslado en bus desde la terminal aérea hasta el Hotel Regina Style en el centro de la ciudad fue rápido, apenas quince minutos.
Esta ciudad, costera del mar rojo, es ahora un paradisiaco centro turístico al estilo de nuestro Varadero, aunque con no muy buena calidad de arenas, pero el agua que casi siempre se mantiene en los 31 grados, es extremadamente agradable para los baños de playa.
Antes de convertirse en lo que hoy es, Hurgada fue un tranquilo pueblo de pescadores, cuyos habitantes ahora, y sin protestar, tienen que convivir con una invasión de rubios señores, que llegan de lugares tan lejanos como Rusia, Alemania y los países nórdicos.
Los días que pasé allí los dediqué a recorrer sus alrededores en compañía de dos amigos que enseguida conocí; Samir y Saba. ¡Dios, que dulzura de chicos!
No existen barreras idiomáticas cuando uno quiere comunicarse con el corazón. No puedo decir con exactitud en cuántas lenguas intentábamos decirnos cosas; Italiano, ruso, inglés, árabe, incluidos mímica y sonidos que imagino hacía el hombre de Cro- Magnon, aunque ciertamente nos entendimos de maravilla.
Hay muchos bazares y centros comerciales, cafeterías y restaurantes, pero lo que más atrajo mi atención fue la barbería donde trabaja Saba. ¡No sé cuántas veces en tan corto tiempo me cortó el cabello, me retocó el pelado, me puso mascarilla y me hizo masajes faciales con aquellas manos divinas! Si me quedo allí una semana más, hubiera perdido la epidermis de la cara.
Durante las noches nos íbamos a tomar té y a fumar chicha en unas enormes pipas de agua. No hay nada más sensual que absorber aquel tabaco húmedo. Provoca un mareo sin tamaño y un éxtasis suave que incrementa el erotismo de pasarse la manguera para aspirar todos de la misma boquilla.
A causa de la buena atención, frecuentábamos casi siempre el mismo sitio. Jugábamos dominó con solo siete fichas y así el tiempo transcurría tan agradablemente que ninguna noche fui a dormir antes de las tres o las cuatro de la madrugada.
Son tan baratos los restaurantes que puedes invitar hasta tres personas sin que el costo sea demasiado alto. Por eso, en la mayoría de las ocasiones fui a comer acompañado por Samir, por Saba o Ashmed o con los tres a la vez.
Especialmente recuerdo el Fish House, uno de esos restaurantes marinos de los que tanto pululan en Hurgada. Pedimos una mariscada para cuatro personas; Una enorme fuente de barro cocido llena de camarones, ostras, langosta y langostinos que casi no pudimos terminar. Yo acompañé semejante manjar con un agradable vino blanco. Ellos, que son musulmanes, con Coca Cola. ¡Con todo respeto, pero que desperdicio!
El Mar Rojo la verdad que no acaparó mucho mi atención, ni es rojo, ni diferente a cualquier mar, mucho menos disfruté de las piscinas con bar, ni jugué golf, ni tenis. Mi cometido en esta gira era bien diferente a la norma del turista medio, en algunos casos ignorante e indolente, por eso cuando llegó el domingo, día que escogí para un Safari en jeep por el desierto hasta el pueblo beréber de Sakkala comenzó verdaderamente el viaje.
Safari:
A las 12 del medio día, como me habían indicado en la oficina de DETUR, esperaba puntual en el vestíbulo del Hotel Regina Style, cuando un señor con turbante roji-blanco se personó preguntando por Mister Carlos Bretón. El hermoso recepcionista me hizo una seña para que me acercara y me presentó a Mustafa, el chofer que me transportaría al safari. Nos saludamos y me senté a su lado en el jeep. Unos minutos después recogimos a otros dos turistas en el Hotel Le Rois y nos encaminamos hasta el punto de control donde se reunirían todos los autos y buses para viajar juntos hasta Sakkala
¡Madre mía, nunca di tantos brincos! La irregularidad del terreno hacía saltar el vehículo por los aires, mi osamenta se resintió tanto que cuando hicimos la primera parada tras haber recorrido cincuenta kilómetros, me costó bastante iniciar la locomoción. ¡Que los años no pasan por gusto! Nunca mejor dicho.
Desde donde solo se observaba una llanura árida e inmensa cubierta de arena y un sol que rajaba las piedras, nos mostraron un llamativo fenómeno meteorológico; cuando se mira al horizonte, el calor hace posible que se divise una especie de lago con abundante y fresca agua, sin embargo, nada más lejos de la realidad; es un espejismo, un reflejo virtual y cruel, que imagino ilusionó a muchas personas que se perderían cruzando tanta inmensidad. Otra parada fue para pasar a pie una zona montañosa, de cuya cima se podía divisar toda la magnitud del desierto. Inmóvil, impasible, sereno, pero tremendo.
Por fin a media tarde llegamos a un pueblo beréber. Sus chozas son de paja y algunas de barro, no tienen luz eléctrica y el agua de consumo, se extrae del único pozo que hay a unos mil metros de donde habitan. Estos nómadas beduinos se dedican a la cría de ovejas, camellos y algún que otro asno. Tienen su propia lengua y mantienen sus tradiciones milenarias, por eso son un pueblo orgulloso, que vive en el norte de Africa, mucho antes de la invasión árabe.
Después de un paseo en camello por los alrededores de la aldea, nos sirvieron una parrillada exquisita y por la noche para despedirnos, hicieron gala de su hospitalidad brindándonos un espectáculo muy colorido. Los jóvenes coreaban y bailaban al compás de rústicos instrumentos con sus trajes y turbantes típicos.
De regreso, llegué a Hurgada muy cansado al filo de la media noche, pero valió la pena hacer esta excursión al mundo del silencio en pleno Desierto Arábigo.
Mi encuentro con Luxor:
La salida para Luxor estaba fijada para las 4 de la madrugada, pero como cada noche estuve con mis amigos egipcios hasta muy tarde. Así que casi todo el viaje de cuatro horas lo hice durmiendo en la guagua aunque de manera intermitente.
Tuvimos que reunirnos en las afueras de Hurgada con un enorme convoy integrado por más de cien buses, custodiados por policías y militares que nos escoltaron durante todo el recorrido de 290 kilómetros.
En el pasado se han producido actos terroristas, teniendo turistas como objetivo, a cargo de grupos extremistas islámicos. El último atentado tuvo lugar el 17 de noviembre de 1997 en Luxor (Templo de Hatshepsut). Desde entonces, la situación se ha normalizado y las autoridades han reforzado las medidas de seguridad en los lugares turísticos o conflictivos. Nadie puede viajar solo por las carreteras egipcias.
En el sur que ahora transitaba, está el Egipto de los Fallahin (Campesinos) con sus huertas, sus canales, las palmeras, las casas de barro y sus campos verdes lujuriosos.
Al paso de la caravana por los distintos pueblos, los niños inocentes y eufóricos nos saludaban agitando sus manitas, pero los egipcios adultos de a pie, de rostro curtido y endurecido por la huella de la pobreza, miraban con indiferencia el excesivo dispositivo de seguridad que les impedía moverse hasta que no pasara el último carro policial.
Cuando nos acercamos a la antigua ciudad de Tebas (Hoy Luxor) me desperté sobreexcitado. Sentí un estremecimiento, como si alguien colocara su mano en mí hombro y me hubiera zarandeado. En el transcurso del día comprendí que había sido Hatsepsut.
Hicimos una parada en el enorme y moderno puente, que une las dos orillas del majestuoso Río Nilo. Desde esa altura se divisan numerosos barcos, lanchas y cruceros que lo recorren sin prisas de norte a sur. Eso tendría que hacer en el futuro; Bajar en barco desde Cairo hasta Abu Simbel.
Por fin llegamos hasta una llanura donde imponentes, a pesar de los estragos por el paso del tiempo, se hayan los Colosos de Memón, dos gigantescas esculturas que presidían el templo funerario de Amenotep III, de ahí en adelante todo fue mágico, aun cuando sabía desde mucho que todo eso existía, no me lo podía creer.
Al llegar al Valle de los Reyes bajo un sol abrazador, enseguida me dirigí hacia la morada final de Tutankamon. Fue la última de las 62 tumbas de faraones que se encontraron en el lugar y la única que no fue saqueada y destruida. Nadie sabe por qué, pero estaba tan escondida y disimulada que perduró intacta hasta 1922. Muchas leyendas se tejieron alrededor de este hallazgo, una de ellas que existía un maleficio tallado, muy cercano al sarcófago del joven rey. Otras que fue tan venerado en su tiempo que se hizo hasta lo imposible para confundir a los posibles ladrones y habrá algo de cierto, porque cuando bajé por un pasadizo hacía el interior de la gruta, muchas puertas secretas y pasillos sellados encontré a mi paso, lo que hace suponer que cualquiera se podría confundir en aquel laberinto de excavaciones. Al llegar al lugar donde está ubicado el sarcófago me emocioné. Ahí, frente a mí, estuvo quien rigió los destinos del Antiguo Egipto hace nada menos que tres mil trescientos veintinueve años. ¡Ilbae!
Todos los dioses egipcios están representados en la decoración de las paredes; Hator, Horus, Anubis, Osiris, Isis y por supuesto Amón. Esto explica por qué fue tan popular Tutankamon, quizá el más conocido de los monarcas del país de Kemi.
Con su antecesor Egipto vivió una gran inestabilidad. Amenhotep IV (1353-1335 a.C), rompiendo todas las tradiciones centenarias sobre las deidades egipcias, impuso el monoteísmo y cerró todos los templos para solo venerar al dios único Aton.
Él mismo cambió su nombre de Amenhotep (Amable) por el de Akenaton (Beneficioso para Aton)
Los sucesos del extraño reinado de Akenaton están rodeados de misterios, pero queda claro que tenía muchos enemigos. La expulsión de varios sacerdotes, causó el caos social y económico y la gran mayoría rehusó abandonar sus viejos dioses y diosas. Sus ideales no le sobrevivieron. Nefertiti, su esposa, gobernó por algún tiempo, pero por ser mujer se vio forzada a proclamar nuevo faraón a un niño de 9 años, hermano de Akenaton, ya que Akenaton y Nefertiti solo tuvieron seis hijas hembras.
Fue él, quien alcanzada la mayoría de edad devolvió la estabilidad al reino, ya que se restauró el culto a Amón, y Tebas, la ciudad sagrada, volvió a ser la capital del país. Murió inesperadamente cuando solo tenía 19 años, pero en su corto reinado restableció a muchos la libertad y a los suyos los dioses en los que siempre habían creído. Todo un legado en tan corto tiempo, pero suficiente para pasar a la posteridad. No sé por qué de repente pensé en Juana Borrero.
Tuve que apresurarme bastante para poder recorrer al menos otras dos tumbas; Las de Ramsés III y la de Ramsés VI. Estas en cambio fueron muy saqueadas y solo conservan inclinados pasadizos que se internan en las entrañas de la tierra. Sentí una opresión en el pecho a causa de la poca ventilación. Agitado y sudando copiosamente por las altas temperaturas en tan estrechos túneles, salí apresurado al exterior, eso sí, con una piedrecita en mi bolsillo que recogí del suelo, en la parte no restaurada de la tumba.
La premura dejaba pendiente para otra ocasión la exploración de las muchas grutas funerarias que contenían en el pasado, además de los cuerpos de los faraones, todas sus riquezas. Creían que la muerte era el comienzo de una nueva vida en el otro mundo. Así se explica que aquellos poderosos señores se hicieran construir las suntuosas tumbas de piedra que acababa de visitar
Los egipcios pensaban que todo hombre además de su cuerpo físico, poseía un alma, que denominaban ba, y un doble espíritu que llamaban ka. La vida eterna dependía de que tanto el uno como el otro, fueran capaces de reconocer el cuerpo al que pertenecían. De ahí que los cadáveres se conservaran momificados.
Del Valle de los reyes nos dirigimos al Templo de Hatshepsut; La reina faraón (1520-1483 a.C.) de la XVIII Dinastía. A este gran templo funerario de Dayr al-Bahari, cerca de Tebas y formado por tres terraplenes conectados por rampas, se accede entre una hilera de esfinges y grandes terrazas columnadas. Fue diseñado por Senmut, el arquitecto real y consta de una tumba de piedra y un templo mortuorio construidos hacia el 1478 a.C. Recorriendo el edificio se comprende su carácter egocéntrico y por esto no me sorprendió para nada lo que después descubriría de esta controvertida hija de Tutmosis I.
En el bus nos trasladamos hasta la ribera del Nilo, donde el grupo se dividió en dos para ocupar igual cantidad de lanchas. Eran unas barcazas de motor bastante grandes, engalanadas con banderas multicolores y unas bocinas en el techo, dejaban escuchar música árabe.
Fue un paseo relajante por el río que me permitió por última vez echar un vistazo a todo lo que acabábamos de visitar y que iba quedando atrás. Absolutamente todo, hasta el mínimo detalle, permanecerá imperecedero en mi memoria.
Sentí una tentación muy fuerte de inclinarme para tocar las aguas del Nilo y pasarme por la nuca y el rostro la mano mojada. Ante el estupor perceptible en las miradas de mis compañeros de viaje me hice una limpieza en el legendario e impetuoso torrente. ¡Ashé para mí, Oshún!
Las embarcaciones, después de varios kilómetros navegando, atracaron en el muelle del Hotel Hilton de Luxor, donde hicimos una parada para almorzar. Realmente no sé si fue producto del hambre, pero encontré la comida exquisita. Una fabulosa mesa bufé con Arroz Mufalfal, Mollejas de pollo y almendras, ternera asada, brochas de carnero a la braza, Kebab, Kofta asada, Falafel y de postre; Gulah (Hojaldre con frutos secos), Dátiles de Siria en almíbar y la famosa Ashura, que es una mezcla de trigo triturado, frutas y agua de rosas. Como diría Chiquito de la Calzada; ¡Al ataque!
Sin tiempo que perder y en medio del post- pandrial digestivo nos dirigimos hacia el Templo de Karnak, ya mi cuerpo estaba pidiendo a gritos una pausa, pero se imponía la falta de tiempo para poder completar todos los recorridos programados para el único día de que disponíamos en Luxor.
Uno de los monumentos mejor conservados del mundo antiguo, es sin dudas Karnak. Es allí donde se aprecia la importancia que tubo Tebas como capital religiosa y política. La fama de Karnak se basa en las ruinas de un grupo de templos que se comenzaron a construir con la XI Dinastía en el 2134 a.C. Con sus recintos amurallados de ladrillo tosco y las avenidas de esfinges que se comunican entre sí, ocupan tres kilómetros cuadrados aproximadamente. Dos edificaciones pequeñas rodean los templos construidos por Amenhotep III en honor del dios Mentu y de la diosa Mut. El más importante y hermoso, es el del dios Amón, que se inició durante el reinado de Sesostris I y se terminó con Ramsés II. Mide ciento cuarenta metros cuadrados. Su parte más sobresaliente es la sala hipóstila, cuyo tejado reposa sobre ciento veintidós columnas de más de veintiún metros de altura, colocadas en nueve hileras. Los muros están cubiertos con relieves e inscripciones, y son numerosas las estatuas, pilonos y obeliscos. Estos últimos fueron los que más llamaron mi atención. Hay varios en el Templo de Karnak. Son monolitos verticales de fuste en forma de huso y sección cuadrada coronados por un cono. En el antiguo Egipto se solían erigir por parejas flanqueando la entrada a las tumbas o a los templos, asociados en la mayoría de los casos al culto solar. Estos hitos estaban tallados a partir de una sola pieza de granito rojo y se montaban sobre una base cúbica. Los vértices afilados se recubrían de un metal brillante como oro o latón, y a lo largo de las caras del fuste se cincelaban jeroglíficos dedicados a la memoria de los faraones.
Las metrópolis europeas se robaron algunos, como el que pude ver en la Plaza de la Concordia en París, durante mi viaje a Francia, o el ubicado en el Enbankment del río Támesis en Westminster (Londres).
A pesar del cansancio lo recorrí todo. Me acerqué a un guía egipcio que hablaba un castellano correcto aunque con fuerte acento árabe, pero ponía en sus explicaciones tal efusividad, que me cautivó. Así decidí que aunque no tenía nada que ver con el grupo de españoles que estaban a su cargo, me pegué como una ostra para oírlo.
Fue de su boca que escuché, de manera muy simplificada la historia de Hatshepsut. Estabamos frente a un obelisco que mando construir la reina con jeroglíficos alusivos a su grandeza. Llama la atención lo conservado que está y si mantiene casi intacto el color rosado del granito, es porque su hijastro Tutmosis III lo mandó a cubrir herméticamente, para que no fuera admirado. Paradójicamente y en oposición a su deseo, lo que hizo fue conservarlo casi intacto, ya que con esta acción evitó que el sol y el viento lo erosionara.
La Hatshepsut, que no estaba para jugar, fue la más consentida de su padre y estuvo muy apegada a él, incluso más que su otro hijo varón. Se deslumbró tanto con el poder que se casó con su medio hermano Tutmosis II para gobernar conjuntamente, pero el faraón, débil de carácter y enfermizo, falleció en el 1504 a.C.
La reina seguía con la agravante de no poder llevar las riendas del estado, porque su condición de mujer se lo impedía, así que sin pensárselo dos veces coronó a un niño que su esposo y hermanastro tuvo con una concubina. Este pequeño, al que ella misma proclamó Tutmosis III, fue una figura decorativa, porque debido a su menoría de edad, fue ella quien regentó. Sin embargo dos años después usurpó el poder y reinó por derecho propio hasta su fallecimiento. Fue la época de mayor florecimiento en Egipto. De mayores conquistas. De mayor gloria. Todo lo que hizo para garantizarse la vida eterna fue en vano, porque al subir al trono aquel niño que tanto humilló, comenzó como venganza a devastar cuanto trazo de Hatshepsut había en el país y destruyó lo más preciado que poseía un egipcio; Su cámara sepulcral, que albergaba el sarcófago y los bienes materiales que debían acompañarla en su viaje al más allá.
Papiros, tallas jeroglíficas, inscripciones, esculturas, todo lo que engrandecía la obra de su madrastra fue aniquilado y si no derrumbó el obelisco de la reina en el Templo de Karnak, fue por temor, ya que ella lo dedicó al dios Sol. Por eso, como escribí antes, lo mandó a cubrir con una muralla de bloques para que no pudiera verse ni de cerca, ni de lejos, más o menos lo que le hicieron con enormes pinos al Cristo de Casablanca de la escultora cubana Jilma Madera.
Si he dedicado tanto espacio en mi relato de viaje a esta fase de la historia faraónica, es por la impresión que me causó. Imagino que el espíritu de la pobre reina esté deambulando por todo Luxor en busca de sus pertenencias, por eso pienso que fue ella quien me despertó en el bus por la mañana cuando hacíamos entrada en la antigua ciudad. Por si acaso le dejé una pequeña fosforera de gas disimulada entre las piedras muy cerca del obelisco. Si me veían, podrían pensar que soy uno de esos turistas inconscientes que van tirando basura en lugares de importante patrimonio cultural, pero bien sabe la reina desposeída lo imprescindible que es un encendedor en medio de la oscuridad.
Antes de partir de regreso a Hurgada, visitamos el otro gran templo de Luxor; El de Opet. Más pequeño que el de Karnak, pero no menos importante, especial impresión me causaron, las gigantescas estatuas que presiden el patio de Ramsés II.
Llegué al hotel casi a media noche con el cuerpo deshecho, desguazado, molido, triturado, pero tras un baño y cambiarme de ropa, no dude en salir a la calle otra vez en busca de alguno de mis amigos locales.
El gran sueño; El Cairo y las Pirámides:
La salida a El Cairo estaba programada para las dos de la madrugada, así que preparé mi equipaje sobre las once de la noche. Comí con Samir en el restaurante Al Bakar, luego paseamos sin rumbo por la avenida principal hasta el bar Sindbad, muy llamativo por sus luces de neón y esas atiborradas decoraciones orientales. De ahí nos fuimos a su casa, tras sortear un entresijo de callejuelas sin aceras ni asfalto. Solamente a mi se me ocurre, pero en fin, no tengo remedio.
Llegué al hotel con el tiempo justo para recoger mis cosas y subir a la guagua.
El viaje de más de ocho horas, es agotador, aunque dormí bastante y eso me permitió, descansado, ver las últimas luces encendidas del Canal de Suez antes del amanecer. El recorrido fue por una carretera a lo largo de toda la costa del Mar Rojo y una vez que llegamos al puerto donde se inicia el canal, una senda se desvía hacia la capital del país.
Como dice Miguel Angel Desatinos; el tráfico en El Cairo, es cairótico. Eso ocasionó un retraso en nuestra llegada a Gizeh. Pero valió la pena porque a medida que nos acercábamos a las Pirámides, perceptibles desde lejos, comienza una especie de taquicardia que anuncia la tremenda emoción que me esperaba. Cierto, no hay como expresar la sensación experimentada cuando me vi frente aquellas moles triangulares perfectamente simétricas.
Las había visto en cine y televisión, en fotografías, dibujadas, esculpidas, pero nada es comparado a cuando las tienes delante. Sencillamente no me lo podía creer.
No cabe conceptos previos; Las pirámides son más grandes que la vida, más geométricas que la geometría, más misteriosas que el misterio, y, a causa de las reproducciones y el cinerama, más vulgares que la vulgaridad. Son más en todo.
Así las define inequívoco Terence Moix.
Deslumbrado ante su grandeza me preguntaba ¿Quién le dijo al hombre actual, con toda su modernidad y cacharrería, que es más importante que el hombre del antiguo Egipto?
Ni el zarpazo del tiempo que todo lo destruye, ha podido doblegarlas y pensar que cuando enterraron a Tutankamon ¡Trece siglos antes de Cristo! Hacía ya mil quinientos años que existían las Pirámides.
La mayor, es la de Keops, sin embargo, fue en la de Kefrén, donde más me detuve, la recorrí por sus cuatro lados, la toqué, y hubiera querido escrutarla, pero a la única que permiten el acceso es a la de Mikerinos, la más pequeña. De todas formas fue importante recorrer sus laberintos y conocer, en su propia entraña, los secretos que encerraron su construcción.
Lo que más me satisfizo del almuerzo, fue que lo hicimos en una especie de restaurante carpa a muy poca distancia del conjunto de pirámides y la verdad que fue de lo más agradable disfrutar de la comida, admirando todos aquellos extraordinarios monumentos; La única de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo que se ha conservado hasta nuestros días. ¡Gracias dioses y orishas, por permitirme todo esto!
Teníamos todavía una hora para recorrer el Templo de Kefrén y La Gran esfinge de Gizeh, que es probablemente la más famosa de todas las estatuas egipcias. Esculpida hace más de 4500 años, está al sur de la Gran Pirámide. Tiene cuerpo de un León y la cabeza de un rey, y los egipcios la veneraban como si se tratara de una forma del dios sol, llamada Harmarchis. Me hice ante ella varias fotos y después me senté un rato para contemplarla en éxtasis.
Por este, nuestro primer día en El Cairo ya no dábamos para más, así que nos trasladaron al hotel donde nos hospedaríamos en un barrio periférico. Cuando me vi en la habitación y descubrí que podía ver el canal internacional de la televisión española, me fui directo a la ducha, me di un baño largo con agua bien caliente y después pedí a servicio de habitación dos cervezas y algo de aperitivo, que no tardaron en traerme. Me deje caer en la cama y me dispuse a actualizarme de lo que estaba pasado en el mundo. Lo de siempre; USA vs Iraq, Israel vs Palestina, Cuba vs USA, Zapatero vs Rajoy.
Bajé al lobby cuando ya había oscurecido, sin saber muy bien qué hacer. Se me acercó un joven matrimonio sueco y me preguntaron si pensaba visitar la ciudad. Nos pusimos de acuerdo, para compartir el costo del taxi y de pronto me vi en medio de una mezcla arquitectónica de culturas. Cairo es de una diversidad y vitalidad asombrosas y une elementos de Africa, el Oriente y Europa Occidental. Como es tan grande y mis acompañantes tenían miedo perderse, caminamos unas cuadras por una especie de centro comercial, hasta que nos detuvimos en un bar-cafetería para comer algo ligero. Que dios me perdone, pero yo estaba loco por zafarme de aquella tímida pareja de tortolitos nórdicos, para lanzarme a la búsqueda de los misterios nocturnos, que como cualquier ciudad cosmopolita, debía tener El Cairo. Que nadie lo dude, mis atrevimientos a veces superan mis limitaciones. Así que les dije con mi mal sueco; Förlåt mig, jag ska köpa cigarretter. Kommer strax. (Perdonenme, quiero comprar cigarros, vengo enseguida)
Ellos asintieron con la cabeza, agregando que me esperarían allí mismo. No me vieron más el pelo hasta el otro día a la hora del desayuno.
Ya estaba sentado cuando los vi entrar al restaurante y dirigirse a la mesa buffet, los miré apenado. Si hubiéramos estado en Cuba, me hubieran dado un escándalo, pero al pasar por mi mesa se limitaron a sonreír con una mueca calculada y haciéndose los suecos me dijeron; ¡Hej på dig! (Hola)
La primera visita de la mañana, fue a la mezquita de Mohammed Alí que está situada dentro de los muros de la ciudadela en El Cairo. Construida entre 1830 y 1857, es la más grande y espléndida de todas, aunque tengo que añadir que hay mil y tantas en toda la ciudad. Cuando fuimos a entrar tuvimos que descalzarnos para poder recorrerla, ya que es prohibido pasar con zapatos a la casa de Alá. Está recubierta de alabastro y su arquitectura es bizantina. Lo más hermoso que posee es un templete en el centro del patio interior y sus altos minaretes, desde donde los almuédanos llaman a la oración.
De allí nos dirigimos directamente al Museo Arqueológico de Egipcio. La visita que más anhelaba después de las Pirámides. Nos dieron tres horas, que a mí me parecieron pocas, pero como no tenía como modificar la decisión de la guía, compré un catalogo con los planos y me fui directamente a lo más importante.
Ahora bien, ¿Qué es lo más importante que posee esta institución construida en 1900? Sencillamente todo, por tanto resulta difícil desechar algo. Incluido el propio edificio, admirable diseño de estilo neoclásico del arquitecto francés Marcel Dougrion.
Entonces, prioricé la galería donde se exponen las más de mil setecientas magníficas piezas que componen la colección de Tutankamon, desde su mascara mortuoria, que es un escándalo de oro cochano con incrustaciones de lapislázuli y cornalina, pasando por el estuche de oro macizo que contenía su momia, hasta los objetos más personales como sus fabulosas joyas, jarras y vasos de alabastro, su cama y su trono. "¡Todo muy discreto!".
De allí baje al primer piso para disfrutar de las ingeniosas estatuas de Akenatón, enormes, como todo lo que se construía en el antiguo Egipto.
En la sala de las momias, hay poca luz para evitar su deterioro y eso le imprime cierto aspecto tenebroso. Algunas están ex profeso medio descubiertas, otras totalmente selladas con la tela con que se las envolvía, pero en todos los casos impresiona saber que fueron seres humanos comunes que están ahí con su piel, su pelo y sus uñas, después de 4000 años. ¡Que horror!
Fui el último en salir. Estaba tan absorto que me retrasé 10 minutos y mis compañeros nórdicos de viaje, estrictamente puntuales ellos, miraron sus respectivos relojes con desaprobación. Algunos querían hacer compras. ¡Los pobres, me dieron una lástima!
Tengo que decir que los almuerzos siempre fueron programados en lugares espléndidos y con un servicio gastronómico admirable. Está vez la agencia de viajes reservó un salón-comedor de un crucero anclado en el Río Nilo; El Anubis. Desde sus amplios ventanales se alcanza admirar parte de la moderna ciudad y a lo lejos los puentes que la atraviesan. Me senté solo, no quería distraerme para poder hacer un repaso retrospectivo de lo que acaba de ver en el museo. Cerrar los ojos e intentar fijar para siempre aquellas obras de arte milenarias.
Después de una breve sobremesa, salimos hacia una fábrica de papiro; Ani Papyrus. Conocí el método original que se seguía para la obtención de los pliegos que se utilizaban en las escrituras jeroglíficas. Los que compré allí tienen los sellos de garantía que acreditan el seguimiento de este proceso tal y como lo hacían los antiguos egipcios.
El último sitio que visitamos fue el famoso Bazar viejo; Kan-el Khalili, el área de compras más interesante para los turistas en El Cairo, especializado en reproducciones de antigüedades, joyería, especias, telares y utensilios de cobre repujado.
Mi último día en Hurgada sirvió para llevar, en la mañana, a Samir a la peluquería y pagarle un pelado bien corto y teñirle el cabello de rubio. Estaba asustado y me reprochó que sus amigos se iban a reír mucho cuando le vieran así. Pero la verdad que el resultado no fue tan desastroso. De cómo lo conocí a cómo lo dejé va un buen trecho.
Luego bajé por la callejuela que conducía a la barbería de Saba y esperé hasta que terminó su trabajo. Nos fuimos juntos a su casa para arreglarse porque los había invitado a los tres a comer en el restaurante que más me gusto de Hurgada; El Fish House. Fue una velada a modo de despedida que disfrutamos mucho, como muchos son los recuerdos que me llevé del país de los faraones, de sus contrastantes; Tierra roja en el desierto y fértil tierra negra del Valle del Nilo.
¡Adiós alto y bajo Egipto, vigilado por el dios sol Amón y por el ojo de Horus! ¡Adiós Tutankamon... Nefertiti! ¡Y tu Hatsepsut, que encuentres tus bienes, para que puedas vivir en el más allá como mereces! ¡Adiós milenarias piedras!
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Calificación
3,41 estrellas de 5
3,41 puntos (1 votos) |
publicado el 20/may/2006, 02.41 |
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