Querido Carlitos; ¿Hace falta nombrarte?
Si estás en cada esquina del recuerdo, con tu
sonrisa y tu duende desafiando las brumas del
tiempo.
Marta Salegas.
El 21 de octubre de 1886 fallece en su quinta de Belgrano el poeta argentino José Hernández. Sus últimas palabras fueron; “Buenos Aires...Buenos Aires...”
Mi paso fugaz por Sao Paulo no me dejó nada concreto. Es una ciudad populosa, característica que la hace agobiante, asfixiante, con rascacielos exagerados que luego contrastan con los empobrecidos barrios marginales, que se conocen como fabelas. Con perdón de los paulistas paso rápidamente al objetivo principal de mi viaje; visitar ansiosamente el Buenos Aires que conocí a través de las numerosas películas que en la década del 70 y 80 se exhibían en la Televisión cubana. Fue una oportunidad única, en aquellos años, para conocer a través del celuloide, a figuras como Niní Marshall, Luis Sandrini, Tita Merello, Mirtha Legrand, Hugo del Carril, Libertad Lamarque y por supuesto a Carlitos Gardel, que inmortalizó en un tango el nombre de la capital suramericana.
Sí, así tengo que decir también; Mi buenos Aires querido... al que no llegué en barco como hubiera deseado por causa de la modernidad, pero como todo tiene su lado positivo, al acercarme al Aeropuerto Ezeiza, en el enorme jumbo 747 de Luftansa, pude contemplar la inmensa anchura del Río La Plata y lo extensa que es la capital Argentina.
Acotaré, que todas mis expectativas sobre este viaje fueron superadas. Pensé que con el gran derrumbe de la economía y el terrible proceso que recientemente vivió el país, palparía de manera ostensible la debacle. Sin embargo, tengo que decir que no. Para el visitante extranjero y en particular para mí, Buenos Aires se mostró una ciudad limpia, con mucha movida, que nunca duerme, con un sistema de transporte público eficiente y unos servicios gastronómicos inmejorables, por lo que sus bares, cafés y restaurantes están casi siempre llenos de una clientela fiel y asidua. Una librería cada dos pasos, denota el altísimo valor que para los argentinos tiene un libro. Tiendas y negocios en proporción de cientos a lo largo de una calle, con una arquitectura atrevida en la que, en muchos casos, se ha fusionado lo antiguo y lo moderno, repleta de cúpulas ovaladas y puertas fabulosas que pasan por todos los estilos.
Numerosos espectáculos cada noche son opción para los bonaerenses que no pierden un estreno de teatro, que llenan las salas y que aplauden a sus artistas. Ese publico que por tradición ha recibido en las importantes salas de la Calle Corrientes a grandes artistas mundiales desde el siglo XIX, que saborearon el éxito ante espectadores generosos y hospitalarios, pero cultos y exigentes.
48 teatros, 81 museos, 57 bibliotecas, y 98 cines, hacen de esta ciudad el centro cultural más importante de América Latina.
Todo lo que he mencionado en su conjunto y que detallaré brevemente en este relato de viaje me hizo reflexionar y comprender que si los argentinos son, como siempre se les acusa, orgullosos, tienen razón para serlo.
A Ezeiza, que es como se llama el aeropuerto, llegué procedente de Sao Paulo a las nueve de la mañana. En plena primavera el clima es agradable, aunque todavía frío. Dito me esperaba en la terminal aérea y nos trasladamos al centro de la ciudad. El bus nos dejó en un hotel media hora después y de allí tomamos un taxi hasta el lugar donde residiría.
Si mi amigo argentino se hubiera propuesto buscar mejor hospedaje, quizá no lo hubiera logrado. Lo digo porque donde pasé mis días argentinos, fue en una casa llena de encantos y con dos personas excepcionales; La actriz y directora de teatro Clara Vaccarone y su esposo el actor David Di Napoli. Las ocasiones en que silenciosamente entré y salí, siempre estaba pasando algo relacionado con el teatro en la inmensa sala del domicilio; o impartían clases, o ensayaban la puesta en escena de “El hombre de la flor en la boca” de Luigi Pirandello, cuya interpretación días más tarde pude apreciar en el café literario de la Librería de Avila.
El edificio donde pernocté, es una construcción de arquitectura francesa con muchos elementos Art. Deco, incluido los enrejados del antiquísimo elevador, sus escaleras y balcones. La ubicación privilegiada que tenía, calle Sarandi 140 esquina a Hipólito Yrigoyen, me permitía el acceso rápido a cualquier lugar de la ciudad.
Cementerio de La Recoleta e Iglesia del Pilar: Mi primera visita, y es algo que ya se está haciendo habitual en mis viajes, fue al cementerio La Recoleta.
Cuando vi el filme sobre la vida de Eva Perón, protagonizada por la actriz Esther Gori y también un macabro documental donde se narraban todas las vejaciones que se infligió a su cadáver, quedé muy impresionado. Me dediqué a leer toda la bibliografía que encontré sobre su vida. Evita, cuyo carisma, fuerza y temple, contrastaban con su frágil fisionomía se impuso con valentía en una época, ya de por sí difícil para el sexo femenino, aún así logró romper muchos cánones establecidos. Fue profundamente querida por sus “descamisados” como llamó a los trabajadores humildes y también por las mujeres de su país, para las que ganó el derecho al voto. Al mismo tiempo, fue odiada por una poderosa oligarquía que la ultrajó incluso post- mortem. Por todo esto tenía como objetivo al llegar a Buenos Aires honrarla ante su tumba. Y así lo hice.
No es Evita la única que descansa en la necrópolis. Hay allí vistosos panteones que son creaciones escultóricas de grandes maestros argentinos como Riganelli y Fioravante, e internacionales como el italiano Tantardini. Bajo esas lapidas o en el interior de las bóvedas reposan grandes personalidades del país; el general Lavalle, El Caudillo de la Rioja; Facundo Quiroga, Hipólito Yrigoyen, dos veces presidente argentino o Juan Domingo Perón.
Muy cerca de la entrada del cementerio está la Iglesia Nuestra Señora del Pilar, construcción colonial de 1732, que mantiene en un estado de conservación impecable los vitrales, murales de cerámica, pisos y enrejados originales. La recorrí hasta el santuario, donde se aprecian en los altares imágenes antiquísimas de madera.
Teatro Colón: Con suerte increíble, Dito se enteró que venderían entradas a medio precio para el ensayo general del programa primaveral de la compañía de ballet argentino en ocasión del 78 aniversario de su fundación. Fue una preciosa oportunidad para apreciar el Teatro Colón, no solo exteriormente, sino también lo imponente que es por dentro. Con su platea, sus balconi, sus enormes lamparas de cristal de roca y la iluminación mágica que envuelve a los espectadores, provocada por las miles de bombillas incandescentes, sin contar, que cuando se abrió el telón y la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires inició su actuación precediendo la aparición de los primeros bailarines, la magia se multiplicó.
Construido muy a finales del siglo XIX por el arquitecto Víctor Meano, e inaugurado en 1908, el Colón es una sala importantisima en el curriculum de todo lo que más ha brillado dentro del mundo de la danza y el bell canto.
Semblanzas de Rusticana y Don Quijote fue lo que presentó aquella noche la compañía, con la agradable sorpresa de que las coreografías y la dirección artística, estaban a cargo de dos famosos bailarines del Ballet Nacional de Cuba; Martha García y Orlando Salgado. Mi gran desilusión fue no poder ver actuar a Julio Bocca y a Maximiliano Guerra. El primero porque estrenaba su espectáculo nueve días después de mi salida de Argentina y el segundo que sí estaba en cartelera en esos momentos, actuaba en un teatro bastante alejado de Buenos Aires.
Cementerio de la Chacarita: Ya había leído en Estocolmo de Horacio Vázquez Rial que “para llegar a la Chacarita, hay que desviarse de todos los recorridos a los que la mezquina lógica del tiempo obliga a los visitantes fugases, que rara vez pasan de la Avenida Pueyrredón”. También tenía mi cita con la tumba de Carlitos Gardel, así que una mañana Dito y yo, recorrimos en taxi toda la Avenida Corrientes, hasta el campo santo, distante unos siete kilómetros del centro de la ciudad.
Lo primero que hicimos después de comprar flores, fue dirigirnos al panteón de Gardel, coronado por una estatua en bronce a tamaño natural del gran cantor de tangos. El espacio que ocupa se ha ido llenando de tarjas con las más disimiles dedicatorias. Siempre tiene flores frescas, lo que denota que su recuerdo perdura imperecedero en la memoria de la gente.
Caminamos todavía un buen trecho hasta llegar a la plaza de los famosos. Numerosas bóvedas en las que en forma circular reposan los restos de otras celebridades; la poetiza Alfonsina Storni, el legendario actor Luis Sandrini, el pintor de la Boca Quinquela Martín, el maestro y compositor Osvaldo Pugliesse, el más grande bandoneonista Aníbal Troilo y el cantante Agustín Magaldi.
La Librería de Avila: De gran interés cultural y patrimonio histórico de la ciudad es la famosa librería de Avila (Antes librería del Colegio). Es la más antigua de la ciudad de Buenos Aires y desde 1785 se vendieron libros en este local. A partir de 1830 se convirtió además en lugar de reuniones literarias y tertulias.
Ubicado en un viejo edificio Art. Decó de seis plantas, cuenta en su sótano con un Café Literario donde vimos la representación de “El hombre con la flor en la boca” de Luiggi Pirandello, obra protagonizada por David di Napoli y dirigida por Clara Vaccarone, los actores en cuya casa me alojé. Después, esa misma noche, junto a Dito y una profesora de actuación de la escuela de arte dramático a la que todos llaman “La Morocha”, dimos un paseo por la famosa manzana de las luces, La Iglesia y Convento de San Francisco, el Colegio Nacional San Carlos y concluimos bajando por la calle Bolívar, hasta la Avenida Rivadavia. Tengo que subrayar mi agradecimiento a los dos por las explicaciones de todo cuanto pregunté. Terminamos ese día en el restaurante Pipo. Una de las muchas parrilladas que tanto me gustaron de la ciudad porteña. ¡Madre mía, que manera de comer carne!
China Zorrilla: Todo Buenos Aires se lanza cada día a la conquista de la calle Corrientes. En ella confluyen miles de personas y me sedujo tanto que se convirtió en mi centro de gravedad en Buenos Aires. Paseando una tarde por la importante arteria leí que el Multiteatro anunciaba una puesta, protagonizada por una de mis actrices favoritas; China Zorrilla. La había visto en varias películas, pero fue en “Esperando la carroza”, donde me pareció más estelar.
Esa misma noche, la disfruté en vivo y fue muy estimulante verla, ya anciana, desenvolverse con tanto vigor y su característica maestría. Encarnaba a la escultora sudafricana Helen Martins en “Camino a la Meca” de Arthol Fugard, junto al veterano Juan Carlos Dual y Thelma Biral. Salí del teatro como en el aire, feliz de haber visto por primera vez y en persona a la Zorrilla y porque además la obra era de una carga emotiva tremendamente fuerte.
Barrio La Boca- Museo del pintor Quinquela Martín: Visitar el Barrio La Boca, me tomó buena parte de la mañana y la tarde. El recorrido no se puede iniciar, sin antes admirar las creaciones pictóricas de Quinquela Martín recogidas en un museo que abrió sus puertas por iniciativa del propio artista. Cuadros que abarcan diversas épocas, pero con el sello característico de su estilo, marcado por la ribera y el puerto bonaerense. También pude apreciar una interesantísima colección de mascarones de proa, así como maquetas de distintos diseños de barcos. Forman parte además de los depósitos del museo otros grandes artistas como Lacámera, Sívori, Fader y el escultor Rogelio Irurtia. Quinquela, que fallecido en 1980, fue una institución del lugar y no se pueden separar la obra y la vida del artista, del pintoresco barrio.
La intensidad y variación de colores en las paredes de madera o placas de zinc acanaladas, los muros y ventanas, recuerdan a golpe de vista a los grandes impresionistas. Semejante policromía sugiere e induce a muchos artistas plásticos a recrear en papel, lienzo, barro o metal, las inspiraciones que provocan las casas del barrio y que luego venden en sus callejuelas.
Especialmente emotivo fue mi paseo por el pasaje Caminito, que inspiró al poeta Coria Peñaloca a escribir uno de sus más hermosos versos y que años después instrumentalizó el músico Juan de Dios Filiberto, convirtiéndose en el famoso tango que tantas veces he escuchado en la voz inconfundible de Gardel, Hugo del Carril, Libertad Lamarque y Berta Pernas, nuestra Dama del Tango en Cuba.
“Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar. He venido por ultima vez, he venido a contarte mi mal...”
Plaza de Mayo y alrededores: Después de un largo paseo por el gigantesco obelisco que pone fin a la famosa calle Corrientes y atravesar, no sin cierto vértigo, la Ave. 9 de julio, que está considerada la más ancha del mundo, nos dirigimos a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde reposan los restos de José de San Martín, el “Libertador”. Al salir de la fastuosa iglesia, pasamos a la Plaza de Mayo, tan conocida por las manifestaciones de las madres y las abuelas de desaparecidos durante la dictadura argentina. En el área está también la Casa Rosada, sede del gobierno de la nación. Al observar sus balcones frontales, recordé las partes de la película en que se recrea las apariciones de Evita cuando hablaba a la multitud compacta que siempre logro convocar.
El lado occidental de la plaza, reúne dos edificios de dos épocas de administración urbana; el cabildo, sede del ayuntamiento colonial y la municipalidad del presente. Entre ambos nace la Avenida de Mayo, por la que subimos hasta el viejo café “Tortoni”, un verdadero museo, con objetos y fotografías de las grandes personalidades que han disfrutado en históricas tertulias de un cafetazo en sus antiguas mesas.
El recorrido terminó en el Congreso Nacional, diseñado por el arquitecto Víctor Meano en 1887. Es un gran edificio de línea académica italiana, que acoge los poderes ejecutivo y legislativo. Ocupa una manzana que rodean las Avenidas Callao y Rivadavia y las calles Hipólito Yrigoyen y Riobamba. De esta construcción me gustaría destacar su enorme cúpula ovalada revestida de cobre.
Muchas de estas zonas que recorrí, tienen arquitectónicamente un espíritu afrancesado, con interferencias italianizantes, aquí y allá. Algunos tramos también, me hacían pensar en la Gran Vía madrileña.
Lola Mora:
La Costanera Sur, son terrenos ganados al río La Plata, estuario que se forma de la unión del Paraná y el Uruguay en su desembocadura en el Océano Atlántico. Sus aguas transportan tal cantidad de sedimentos que fue originando progresivamente bancos de arcilla y limo.
El gobierno de la ciudad y la secretaría de medio ambiente fundaron, hace algunos años, una hermosa reserva ecológica en estos terrenos ganados por la propia naturaleza al caudaloso torrente.
Uno de los mayores atractivos del lugar es sin dudas “Las Nereidas”, una sublime escultura en mármol de Carrara y granito rosado que Lola Mora realizó en 1903.
Era este otro de mis objetivos a visitar y que traía marcado desde Estocolmo, de donde ya venía documentado sobre la vida de aquella apasionada tucumana, artista de extensa y bella obra. En una primera tentativa de visita, no pudimos ni bajar del auto de Noemí, porque había tal cantidad de personas en la Costanera, que no iba a poder observarla con comodidad. Así que en esta ocasión la bordee en redondo, sin prisas y pude darme cuenta, no solo de la fuerza de la escultura, sino lo tremendamente logrado que están las expresiones de los rostros, la violencia gestual de los caballos, la armonía corporal de las Nereidas. Yo no sé cuan grande es el reconocimiento hacía ella en su país, pero a mí Lola Mora; me has cautivado.
Puerto madero: Después de años de abandono, puerto madero ha sido recuperado completamente y hoy se ha convertido en una importante zona recreativa, con grandes áreas verdes. Un paseo por el lugar evidencia como los antiguos almacenes del puerto que han sido restaurados, acogen hoy tiendas, restaurantes, oficinas de importantes firmas o agencias de viajes.
Del recuerdo de los viejos tiempos en que funcionó allí uno de los puertos más grandes del mundo, solo quedan las enormes grúas de descarga en lo que fueron los muelles del Gran Buenos Aires.
Barrio San Telmo: Es uno de los más hermosos de Buenos Aires. Lo visité un domingo por la mañana, que es cuando tiene una vida más animada. Su plaza, se llena de tenderetes para que artistas y artesanos ofrezcan sus ultimas creaciones, aunque el atractivo principal son los mercados de antigüedades donde se puede adquirir de todo. Durante el paseo, uno va encontrando actores y juglares, que hacen las delicias de los transeúntes. Un guitarrista y un viejo cantante, trajeados elegantemente de cuello y corbata interpretaban tangos y milongas, mientras a no mucha distancia, un pibe arrancaba cada nota musical de un antiquísimo organillo girando su manigueta sin cesar, para luego extraer un papelillo de color verde que tiene impreso una máxima de buena suerte, todo por el módico precio de dos pesos. Eso sí, antes, un simpático loro que le hace compañía, certifica el documento abriendo graciosamente con su pico dos orificios al papel.
En el Viejo Hotel de la calle Balcarce, se exhibía una muestra de alumnos del Instituto Universitario de Arte, en la que participaban con sus cuadros dos chicos encantadores que conocí en casa de Cora; Matías y Carola Dinenzon. Filmé bastante parte de la exposición y fotografié las obras de los dos. Un hermoso recuerdo que de ellos guardaré.
Ahora todo está renovado en San Telmo y se ha convertido en una zona turística, pero debajo de cada restauración percibí lo que debió ser antaño, cuando sus conventillos, como nuestros solares habaneros, fueron habitados por trabajadores de los mataderos, de los frigoríficos, el lumpen, la prostituta y más tarde la masiva inmigración. Todo un arrabal en el sentido que los poetas del tango dan a esa palabra.
Abasto: Poco antes de regresar a Suecia, decidí dedicar un día a disfrutar del séptimo arte y escogí un cine enorme, con más de diez salas de exhibición, que se encontraba en un centro comercial recuperado y reconstruido en su mayor parte y que se alza en las calles Corrientes y Anchorena. Con toda la modernidad del High-Tech, el antiguo Mercado Abasto, se proyectó respetando las estructuras externas del edificio original que data de finales del siglo XIX. Lo que queda del original denota las pretensiones cardenalicias del edificio, con una rara mezcla de estilo de estación ferroviaria o de nave industrial, que me hizo pensar que tenía más aspecto de templo que de una plaza donde los vecinos podían hacer sus compras de alimentos. De cualquier manera, el resultado fue la fusión arquitectónica de dos épocas, que le imprimen un exquisito contraste. Bares, cafeterías, restaurantes, joyerías, locales de artesanía, áreas de exposiciones y diversas tiendas forman parte de sus espacios interiores. No fue la única vez que visité el lugar, que ejerció sobre mí un fuerte magnetismo.
Otro día visité la casa donde vivió sus últimos años Carlos Gardel. Entonces fue que comprendí, porque se le llamaba también “El morocho del Abasto” y es que el cantante residía muy cerca del mercado. Situada en la calle Jean Jaurés 735, la residencia es hoy un museo y está bastante próxima a la casa de la hermana de Dito, a donde después llegamos caminando hacia la Avenida de Córdoba.
Museo Nacional de Bellas Artes: El Museo Nacional me sorprendió. Es obvio que en estas instituciones está lo más importante de las artes plásticas de cualquier país, pero confieso que encontré mucho más de lo que esperaba.
Fundado en 1895 por decreto del presidente de la nación Ernesto Uriburu, el museo ha aumentado sus fondos, desde esa fecha y en la actualidad ya cuenta con más de diez mil pinturas, esculturas, grabados y tapices, que van desde la escuela española, holandesa y flamenca de los siglos XVII y XIX, pasando por el barroco, renacimiento y manierismo, hasta una importante representación del impresionismo y post-impresionismo europeo.
Tuve la oportunidad, emocionado, de admirar una obra de mi pintor favorito; Vincent Van Gogh, que jamás había visto, ni siquiera en algún catalogo. “Le moulin de la Galette”; un cuadro de 1886, rebosante de azul y verde marinos.
Otro asombroso hallazgo fue un cuadro de Manet ejecutado en 1861. “Ninfa sorprendida”, que forma parte una etapa neoclásica del artista que no conocía. Imposible pasar por alto los agua fuerte de Goya, las bailarinas de Degas y los estilos de Delacroix, Gaugin, Toulouse- Lautrec.
La escultura tiene un peso importante dentro de la colección del museo, especialmente Rodin, que está muy bien representado y no solo con obras en bronce y mármol, sino también proyectos en terracota y yeso; El Minotauro, Andrómeda, La lujuria y la avaricia, son especialmente fascinantes.
Para coronar mi recorrido, una joya de incalculable valor; “La Madona con el niño” de Roselli da Pistoia (1439-1498).
Palermo Viejo: es un barrio muy antiguo que se ha ido recuperando casa por casa. Un grupo de arquitectos ha fusionado la longevidad de sus construcciones con la nueva tecnología de diseño, utilizando partes de fachadas, entrepisos y escaleras, que le dan un encanto mágico, lo que corrobora que lo viejo y lo moderno no está reñidos, si esta unión va aparejada con el buen gusto.
Visité muchos locales de lo que ya es hoy una elegante barriada, a donde se han mudado importantes negocios. Con Noemí Morelli, de quien hablaré más adelante y con Dito fui a una tienda de papelería y a un restaurante que se llama “Un gallo para Esculapio”, que son un ejemplo de cuanto se puede remodelar, renovar y modernizar, sin desdeñar o destruir las viejas y hermosas edificaciones.
“Tangos de la cruz del sur”: Este fue un espectáculo de los que jamás se olvidan. Al teatro Astral de la calle Corrientes, asistí esa noche con mucha expectativa y no salí defraudado por la excelente calidad de semejante puesta en escena. Atrevida y fresca, con una estudiada iluminación y un desplazamiento de los elementos escenográficos, que incluyo en ocasiones a una pequeña orquesta, el guión insertó con maestría, la proyección de imágenes que apoyaron coherentemente cada cuadro. Dirigido por Miguel Angel Zotto; “Tangos de la cruz del sur”, es una secuencia danzaria de la historia del tango, que es a su vez la propia historia argentina. Cuerpo de baile y solistas ejecutan conocidos tangos, milongas y hasta un rock and roll, para cerrar con broche de oro la noche homenajeando al gran maestro Astor Piazzola, uno de los rarísimos casos en que un autor se desenvuelve de forma extraordinaria tanto en el mundo de la música popular, con sus tangos porteños, como en el de la música clásica, creando un nuevo genero llamado Tango Sinfónico.
Mi amigo Dito se emocionó hasta las lágrimas cuando se escuchó “Buenos Aires hora cero” y aparece el rostro del compositor en la pantalla, junto a una rosa roja.
“Milonga del trovador”, “Balada para un loco” y como no podía ser menos para finalizar “Preludio de la cruz del sur”, que le da titulo al programa.
Por último, la ovación cerrada del publico con la que premiamos tan buen gusto y profesionalidad.
Café Olmo: Casi todas las noches terminaba mi jornada en el café Olmo que hacia esquina en las Avenidas Santa Fe y Pueyrredón. Generalmente iba después de las once o las doce de la noche. Es un punto caliente de encuentros y entre sus asiduos se cuentan numerosos chicos a los que llaman Taxi-boy. Definición que voy a abstenerme de explicar, porque no es difícil imaginar que aquellos guapísimos argentinos ejercían la más vieja profesión del mundo, antes y después de Cristo.
Un día, mientras conversaba con Dito, conocí a Quique, un pibe hermoso donde los halla, pero sobre todo extremadamente agradable y buena gente. Desde aquella noche, nos veíamos casi siempre. Y con mucha paciencia escuchaba las historias de los múltiples oficios que había desempeñado con tan corta edad, incluido su paso por el boxeo.
Cuando le dije que yo era cubano, arqueó sus tupidas cejas, dejando al descubierto unos felinos ojos verdes, para luego decirme con su picara sonrisa, que tenía un cuento para mí. Entonces, tuve que digerir uno de esos chistes que nunca quisieras oír y que reproduzco para que sufran también; Un anciano patriota que en la playa descubre que una muchacha con un cuerpo espectacular, tiene tatuada en la cadera una bandera cubana, le implora que lo deje besar la enseña nacional. Ella le consiente y el viejo la besa fervorosamente una y otra vez. De pronto, tras mirar un poco más a la derecha el monte de Venus de la joven mujer, le requiere; Bueno ya que estoy tan cerca, porque no me dejas besar a Fidel.
¡Que horror! Les confieso que me quedé atónito.
De cualquier manera y amén de sus “chistecitos”, paseamos por la ciudad, fuimos juntos al cine y comimos varias veces en algunas parrilladas. Cierro mis ojos mientras viajo en el metro hacia el centro de Estocolmo y sonrío cuando recuerdo sus ocurrencias medio infantiles. Siempre que piense en él, lo haré con mucha simpatía. ¡Gracias Quique, por los buenos ratos que me hiciste pasar!
La Portera: Todos los días por la mañana antes de desayunar, me encontraba en el vestíbulo del edificio de Clara y David a la encargada. Siempre muy laboriosa y ocupada, pero en el mismo instante en que me veía, interrumpía sus quehaceres para preguntarme, cómo me sentía, qué había hecho la jornada anterior o comenzaba a actualizarme de algún suceso ocurrido en la barriada. A cada intento de avanzar para alcanzar la calle la agradable señora lo impedía tomándome por el antebrazo.
Una vez me dijo con su gracioso acento porteño; “¿Vos sabés donde estás viviendo? No es en cualquier lugar, este es un edificio francés. ¡Que arquitectura mi’jito! Cruzá, cruzá la cache y mirá desde enfrente”.
Me dio un empujoncito y me vi en la otra acera. No le faltaba razón, la perspectiva desde ese ángulo era fantástica y pude observar toda la elegancia y sofisticación Art Deco del inmueble.
Otra noche que Dito y yo íbamos a un club, me vestí, como diría un amigo en Cuba de black out; botas tejanas de puntera fina, jean oscuro y una camisa negra pero con unos escandalosos filamentos plateados propicia para un show de cabaret. Cuando se abrió el ascensor, ella esperaba para subir. Nunca olvidaré como abrió exageradamente sus ojos y exclamó; ¡Que camisa Ché!
Aquella humilde mujer era un encanto y las pocas ocasiones en que no coincidíamos en la portería la echaba en falta.
Un día para mis anfitriones: El Domingo 28 de septiembre, lo dediqué completamente a mis anfitriones, por lo que no programé para este día otra cosa que no fuera con ellos. Muy temprano nos dirigimos al Jardín Japonés de la ciudad, un paseo que imprime física y espiritualmente mucha calma mientras se camina por aquel pedazo de cultura oriental. Puentes, lagos con enormes y vistosos peces de colores, plantas y flores ornamentales, personas practicando ejercicios de relajación y contemplación y la paz que allí reina, dan la sensación de estar en otro mundo; quizá en el propio país del sol naciente.
Clara, David y yo, fuimos después a otro parque que está en la Recoleta, muy pegado a la Avenida Libertador y tras merendar, pasamos al Museo Sívori, que expone obras de artistas argentinos como Attila, Carlos La Mota, Quinquela Martín y muchos otros. Pude disfrutar también de una importante muestra de cerámica.
Tomamos un taxi y fuimos directo a una conocida casa de vinos en el barrio San Telmo, que ellos querían mostrarme. Degustamos un exquisito vino producido en los viñedos argentinos y ya con el aperitivo adelantado, nos dirigimos directamente a un restaurante de Puerto Madero, de esos que se conocen en Argentina como “tenedor libre” y que por 20 pesos (6 dólares) puedes comer todo lo que desees hasta reventar. Después de aquella exquisitez de cena, y pasada las once de la noche, nos fuimos a un bar, donde un cantante y su pianista, interpretaban conocidos tangos con la participación coral espontanea de los clientes. Después de un rato, Clara descubrió que yo había cantado o tarareado la mayor parte de las melodías. Y quizá, sin darme cuenta, fui sacando de mi subconsciente todas esas letras, que tanto había escuchado desde mi niñez a través de mi abuela que adoraba este género ríoplatense, de las películas de Argentina Sono Film o Estudios Lumiton y mi etapa laboral, cuando atendí durante años el programa “Así es el tango” en la Casa de la Popularidad del Parque Lenin y en el Museo Nacional de Bellas Artes después.
La observación de Clara removió en segundos mis recuerdos de aquellos artistas que mantenían vivo el tango en Cuba y que lo abrazaron como cualquier argentino. Mis respetos para el profesor Ruben Savón, Bertha Pernas, Isabelita Arocha, Pepe Mesa, María Luisa Macbeth, Los Pampas, Purita y Amado, Luisa Lamar, Julio Marín, Berto Rojas, Gloria Calvo, German Garcil y tanto otros tangueros con los que trabajé y que se agolpan en mi memoria, con una mezcla de afecto y agradecimiento.
Pasaditos de tragos, dejé a Clara y David en la casa y yo volví a salir a encontrar a Quique... me quedaba escasamente un día en Buenos Aires.
Parrilladas nocturnas: He querido hacer una pequeña reseña de mi paso por los cafés y restaurantes de Buenos Aires. Cada mañana desayunaba mi café con leche con aquellas agradables media lunas de manteca y una que otra vez los sándwichs de miga a la plancha, rellenados con matahambre o jamón crudo y queso.
En las pizzerías todo te lo sirven recién cocinado y de mi memoria degustativa no desaparecerá nunca aquellas pizzas de pimientos morrones y queso mozarella que acompañaba con una cerveza bien fría. Pero lo que más me gustó de todo, fueron las parrilladas donde consumí en quince días, toda la carne que no comí en Cuba en 30 años. Los argentinos son grandes consumidores de carne y pescado. Son aquí muy populares estos restaurante con grandes parrillas de carbón que le imprimen a las carnes un sabor muy peculiar. Casi todas las noches íbamos a cenar a uno de estos lugares, donde además hacíamos prolongadas y agradables sobremesas.
¡Adiós!: Además de las ocasiones en las que encontré a la Morocha y que conté con sus explicaciones sobre la arquitectura y otros lugares de interés, convivir con Clara y David di Napoli aquellas veladas inolvidables hasta bien entrada la madrugada, acompañadas de buen vino tinto, conocí también a otros amigos de Dito.
Especialmente agradecido estoy del recibimiento que siempre nos dispensó Cora Sánchez y sus hijos Matías y Carola Dinenzon, recordaré con mucho cariño los gratos momentos de conversación que pasé en su casa, mientras bebíamos té o mate.
Los paseos que hice con la actriz Noemi Morelli en su automóvil. A pesar de su escaso tiempo libre, me regalo muy lindos recorridos por Buenos Aires, desde la Costanera Sur y Puerto Madero, hasta Palermo Viejo y siempre respondía paciente a mi excesiva curiosidad.
Finalmente quiero dar mil gracias a Dito, por ser tan buen anfitrión y su desvelo porque me sintiera bien en todo momento. Y como no podía ser menos, despedirme con un viejo tango de Gardel y Le Pera. Aquel que incita al regreso y que tan representativo es para todos los que no estamos en el terruño que nos vio nacer y sabemos como engrandece su significado cuando el destino nos ha apartado de él.
¡Volver... no sé cuando, pero lo que sí tengo claro es que volveré a la Argentina y espero que pronto!
...Volver con la frente marchita,
las nieves del tiempo
blanquearon mi sien.
Sentir que es un soplo la vida... |
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