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Carcassonne Francia  

Los Castillos Cátaros

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LWRENCE
09/05/2006


LOS CASTILLO CATAROS.

Carcassonne, es uno de esos lugares que siempre tenía como pendiente de conocer. Quizás por la proximidad a Barcelona, quizás porque lo iba posponiendo en pro de otros lugares, lo cierto es que siempre era como una asignatura pendiente. Pero toda espera tiene su fin, y la Semana Santa del 2006 fue la escogida para saldar “esta deuda”.

El viaje a Carcassonne fue plácido, tranquilo, con los Pirineos adornados aun con algo de nieve, y con centenares, con miles, decenas de miles de viñedos que nos iban acompañando en el trayecto. Sorprende ver tal cantidad de viñedos a ambos lados de la carretera y como nuestro coche, como un intruso se iba adentrando entre campos repletos de incipientes cepas.

Nuestra primera parada sería el pequeño pueblo de Lagrasse, con una abadía fundada por el mismo Carlomagno. Esta abadía fue muy influyente en la zona, desde el siglo VIII al XIV. Pero estaba cerrada. Nos contentamos en contemplarla desde el exterior, y en pasear por los varios puentes que cruzan el río Orbieu. El paisaje era sencillamente hermoso. Con el aspecto de una ciudad apaciguada en su mediodia, y sus calles estrechas respirando paz, Lagrasse se encuentra a unos 60 kilómetros de nuestra meta: Carcassonne.

Se conocen varias leyendas sobre el nombre de la ciudad, siendo la mas aceptada la de la que se produjo durante el asedio de la ciudad por Carlomagno. Madame Carcas, señora de la ciudad y estandarte de la resistencia, después de cinco años de asedio, durante el siglo IX, tiro un cerdo lleno de grano por las murallas, haciendo creer erróneamente a los asaltantes que la ciudad estaba llena de alimentos y podían resistir todo el tiempo que quisieron. Carlomagno se retiró, y las trompetas de la ciudad empezaron a sonar. “Carcas sona”….

Nuestro hotel estaba bien situado, a tan solo 5 minutos a pie de la ciudad amurallada, de sus murallas, y desde la ventana de nuestra habitación las torres y la muralla eran bien visibles.
Del hotel, tan solo mencionar un aceptable.

Entrar en la ciudad medieval de Carcassonne, con sus 26 torres y sus dos murallas que suman más de 3 kilómetros de longitud, es como retroceder al pasado y esperar que en cualquier momento cientos de caballeros se adentraran por el puente colgante con sus lanzas y armaduras. Lastima que los caballeros medievales, fueron sustituidos por los cientos de turistas que como nosotros, estropeaban la magia del lugar. En algunos momentos los pináculos de las torres me hacían creer que me encontraba dentro del castillo de cenicienta.

La entrada principal se realiza por la puerta de Narbona, con un puente que salva un impresionante foso. La ciudad, erigida encima de una colina, es sencillamente preciosa.
Los antiguos mercaderes, han sido sustituidos por las tiendas de recuerdos, y las posadas por decenas de bares y restaurantes llenos a cualquier hora.
Si se quiere disfrutar de algo de paz, lo mejor es salir de la muralla y caminar por los caminos exteriores, contemplando los campos y la ciudad nueva o moderna, edificada a los pies de la ciudad medieval.

La calle principal de la ciudad, de la Cité, es la Cross-Mayrevielle, y esta calle conduce directamente al castillo Comtal, un enorme cuadrilátero con entrada de pago.

La basílica de Saint Nazaire, resalta con sus agujas, sus gárgolas y ya en el interior por sus rosetones. Pasear por la Cité, es como hacer un fascinante paseo por la historia.
Como punto de encuentro, la plaza Marcou, llena de terrazas y como no, de turistas.

La ciudad nueva, la ciudad en si, es como una ciudad más. Tiene sus bonitos lugares, claro que si, pero después de pasear por la Cité, todo parece mas liviano. Un paseo a media tarde por sus calles, un refresco en una terraza, y la dimos por vista. Quizás lo mejor de todo, es el paseo de la ciudad, hasta la Cité, cruzando el puente Neuf, y contemplando el río, su ribera y la imagen de la ciudadela al fondo.
Para cenar, probamos el plato típico de la zona: la cassoulette.

Al día siguiente nos fuimos hacia Lastours, cerca de los parajes de la montaña negra.
Lastours, a simple vista son restos de 4 castillos situados uno al lado del otro. Pero es algo mucho más valioso. Son 4 castillos si, o mejor dicho 3 castillos y una torre… ¿o son dos torres?...
Para apreciarlos en la lejanía, un mirador en el otro lado de la montaña, muestra una imagen preciosa. Pero para saborearlos, hay que acercarse al pueblo, pagar la entrada, solicitar información a una chica con acento valenciano que te la ofrece y prepararse para subir por un camino más o menos arreglado, durante unos 30 minutos. En cada castillo, en cada resto de el, la imagen de los restantes cambia, y los recuerdos fotográficos que se pueden hacer, no tienen nada que ver unos con otros. Y todo ello en pocos metros de distancia.

El castillo más alejado es el de Cabaret, donde unas escaleras semi ocultas, permiten subir a lo alto de la torre, y contemplar los campos salpicados de restos medievales. Después esta la Tour Regine, una pequeña torre; siguiendo el descenso se puede entrar en el Surdespine y ya en lo ultimo en el Quertinheux.
La historia de los castillos, esta muy ligada a la historia de los Cátaros. A su auge, caída, persecución y exterminio. A historias de religión, intolerancia y ansias de poder.

Después de Lastours, nos dirigimos a la gruta de Cabrespine, a la gruta gigante de Cabrespine.
En el interior, una gruta, una inmensa gruta con una profundidad en su cota máxima de mas de 200 metros, y numerosas formas elaboradas a través de miles de años. Estalagtitas de todos los tamaños y formas, columnas que emergen del suelo hasta alcanzar el techo…y todo ello adornado con una luz precisa y en algunos momentos, hasta con música.
Hacia frío en su interior, y la afluencia de personas no era excesiva. Unos paneles informativos te explican la historia de la cueva, de sus formaciones rocosas, y hasta de sus leyendas...vale la pena acercarse a ella.

Seguimos con nuestra ruta, dirigiéndonos a Caunes-Minervois para visitar su abadía.
Fundada en el 780, esta abadía benedictina guarda las reliquias de unos santos locales, los mártires de Caunes. Como en toda la región, la abadía fue testigo de las persecuciones cataras y de las luchas de poder de la época.
Era viernes, viernes santo, y un grupo de mujeres estaba rezando en la iglesia de la abadía. Antes de salir al patio exterior, recorrimos todas las lugares abiertos de la abadía, la primera iglesia, el claustro y algunas salas abiertas a modo de museo sobre los hallazgos arqueológicos en el lugar.

De nuevo en Carcassonne, quisimos entrar en el castillo de la ciudad, en lo que tan solo previo pago de entrada es mostrado. Pero desilusión. A causa del viento, no se puede acceder por las murallas y las visitas guiadas en español con acceso a más lugares, ya están llenas…
Hicimos la visita del castillo a medio gas. Si no es con una visita guiada, no merece la pena, pues lo mas hermoso tan solo se visita con guía. Aun así, siempre encontramos algo que nos gustara.

Después de ello fuimos a visitar el museo de la inquisición.
Una escalofriante muestra de lo que la inquisición, de lo que el ser humano fue capaz.
Todo podía ser considerado herejía, pecado, y como tal ser condenado a las más horripilantes torturas…una mezcla de escalofrío recorría mi piel cada vez que un artefacto se me mostraba…
En el piso superior se alternan los utensilios macabros con una pequeña historia del catarismo y de sus defensores. Maquetas de los castillos cercanos también ocupaban un lugar destacado.

El sábado nos dirigimos primero hacia la abadía de Sant Hilario, de la cual tan solo destacar su claustro, que es lo único que se puede visitar gratis, y después proseguimos hacia el castillo de Arques. Teníamos dudas sobre si entrar o no, y unos chicos nos dijeron que por lo elevado del precio no valía la pena, pues las salas estaban vacías y no era un lugar precisamente precioso por sus panorámicas, por lo cual desestimamos la visita y nos fuimos directamente hasta Villerouge-Termenes. Nos esperaba su castillo.

El castillo de Villerouge-Termenes data de principios del siglo XII. Merece la pena su visita. Ella se realiza con un audioguía que nos va mostrando la historia del castillo y el juicio y testamento del ultimo prefecto Cátaro, Simón de Montfort. El castillo esta completamente restaurado, y la visita es recomendable. Quizás todo lo relativo al juicio y testamento se hace algo pesado, pues no puedes ir de una sala a otra hasta que no se termine la explicación, y a veces se hace algo lenta, pero la visita es interesante.

Nuestro próximo punto de paro era el castillo de Queribus.
De lejos invitaba a la visita. Al llegar a la base del castillo, el camino a subir desmotivaba, pero una vez empezado a andar, te das cuenta de que no es para tanto, y lo mejor, es que en poco menos de 10 minutos ya estas arriba. Una vez llegado a la cima, vuelves a darte cuenta, que lo mejor, es la visión que se obtiene desde arriba de todo, y que sus paredes ruinosas, sus restos de lo que algún día fue un enorme castillo, no es lo mejor del lugar.

Encaramado en lo alto de una colina, el castillo de Queribus, fue frontera entre los reinos de Francia y Aragón, refugio de los Cátaros y punto estratégico de defensa y control de la zona. Sus orígenes se remontan al siglo XI.

Desde Queribus, nos dirigimos al castillo que todos nos habían indicado que era el más bonito de todos. Perypertuse.
Y estaban en lo cierto.
Podemos decir que tan solo son piedras, que tan solo son restos de una construcción. Podemos decir que lo que queramos…tan solo diría una cosa. IMPRESIONANTE.
El castillo de Perypertuse se menciona por primer vez en el 1070, cuando estas tierras eran dominio de los condes catalanes de Besalú; después pasaron a los de Barcelona y en 1240, tras el fracaso de los Cátaros, pasó a ser posesión francesa.

Para llegar a sus ruinas, hay que subir por un camino a veces complicado, a veces resbaladizo y a veces por una senda algo umbría. Encaramado en lo alto de una colina de 800 metros, los paisajes que se obtienen en lo alto, después de 30 minutos de ascensión, no tienen precio.

Perypertuse, esta dividido como en dos castillos, en dos fortificaciones, unidas entre si por unos restos de piedras y malezas.
Los acantilados que protegen el castillo son impresionantes. Da la impresión de que sus murallas nacen literalmente de las rocas, y que sus paredes son rocas en forma de muralla. El aire es frío, el viento azota fuertemente los rostros, mientras las primeras gotas de lluvia empiezan a caer. Todo ello le da un toque más mágico al lugar. Recorremos todos los rincones del lugar, todos sus huecos, y al final nos encaramamos al lado norte, a la torre de San jorge, y a contemplar, como si fuéramos los señores del lugar, todo lo que el castillo nos ofrece. Desearía sentarme aquí, en lo alto del torreón y no irme jamás. Pero la lluvia empieza a caer con más fuerza, y el descenso por aquel camino con lluvia, seria algo peligroso…quizás fue la mejor imagen de todo el viaje.

De regreso a la Cité, pasamos por una carretera espectacular. Las montañas parecen que se caen encima de la carretera. La calzada es de un solo coche, y decenas de personas caminan por la carretera. ¿Dónde estábamos?...en la garganta de Galamus. Una enorme grieta se mostraba a la derecha, mientras el techo del coche parecía tocar con las rocas de la montaña que se asomaban a la carretera. Lo mejor es dejar el coche en los aparcamientos habilitados y caminar a pie por el lugar. Es como si la tierra se abriera y el infierno se mostrara…

Antes de llegar a la Cité, contemplamos desde el exterior el castillo de Puivert, pues eran mas de las 17.30 horas y ya habían cerrado. Desde el exterior, encaramado en lo alto de una colina, parecía una nueva muestra de belleza paisajística, que esta vez no pudimos apreciar.

De regreso, nos detuvimos en el pueblo de Limoux, donde se estaba desarrollando una especia de carnaval. En la plaza había algarabías. En sus calles, silencio.

El domingo, día de regreso, salimos pronto de Carcassonne, para contemplar el último castillo y a la vez, el último bastión del catarismo. Montsegur.
Los Cátaros, hombres buenos, hombres que se enfrentaron a la iglesia haciendo votos de pobreza, de abstinencia sexual. Criticaban la riqueza de la iglesia y creían en el mundo espiritual por encima del material. Alcanzaron gran fama en los territorios por donde ahora estábamos, pero su desaparición en 1244 tras la masacre de Montsegur, les condeno al olvido.
Sobre el catarismo había leído alguna cosa, y pasear ahora por sus lugares históricos, me gustaba. Me sentía parte de una antigua historia.

Llegamos a Montsegur, y como en una pequeña aura de misterio, el castillo estaba oculto por la niebla. No se veía. En lo alto de una colina de 1207 metros se enclavaba el ultimo bastión cátaro y para llegar a el, hay que hacer una subida de mas de 30 minutos.
La niebla se iba disipando a medida que llegábamos a la cumbre, y una vez arriba, una mezcla de satisfacción/decepción me invadió. El recinto es como un enorme patio, vacío, en el interior, con la muralla intacta a modo de cinturón.
Dentro nada. Tan solo hierbas y piedras…
La niebla se fue, y nos permitió contemplar desde lo alto el pueblo, las montañas… ¿había valido la pena subir hasta alli?
Después de un asedio de más de 10 meses, los 220 Cátaros que resisten en el castillo se rinden. Todos son quemados en una hoguera, en la base del castillo, a los pies de la colina. Una enorme cruz recuerda el hecho.
Al descender íbamos contemplado la majestuosidad de una muralla. El día clareo y el último castillo se nos mostró, el último castillo cátaro.

De regreso a Barcelona, nos detuvimos en el maravillo y coqueto pueblo de Foix. Pueblo medieval con calles peatonales, con otro castillo precioso, pero creímos que Foix, daba para una visita aparte y recorrimos las calles con la promesa mutua de que pronto nos veríamos de nuevo….

Toda la tranquilidad que nos mostró Foix, no la encontramos en Andorra, donde las tiendas estaban llenas a rebosar, y las calles padecían un interminable goteo de personas y bolsas…
Después de tanta calma y tranquilidad, de historia y de paz, aquello era demasiado contraste para nosotros, y creo que tan solo estuvimos 40 minutos por las calles de Andorra.

Resumir en pocas palabras lo que vimos, es difícil, tan solo decir, que la historia está para vivirla, aunque sea con cientos de años de diferencia. Carcassonne es historia.



LLORENÇ, Maig 2006
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