Nepal
Incógnitas
Katmandú, Patán, Bhaktapur
Nadie hubiera imaginado lo que iba a encontrar en Nepal, verdadera incógnita que se develó ni bien llegamos. Lugar extrañísimo y pintoresco, mezcla de religiones budista e hinduista. Con miles de artesanos, guerreros gourka milenarios poblando las calles, y los ríos y montañas más altos del mundo.
Recién en este país comienza a sentirse con verdadera fuerza una predominancia del hinduismo, presente desde el modo de vestir, de hablar, de mirar, los rostros, la piel y las pocas mujeres que se ven por la calle. Tuvimos la oportunidad de ver por vez primera a un vaca sagrada, atravesada en medio de la calle, justo delante del recorrido de nuestro ómnibus, que el conductor tuvo que esquivar mediante una brusca maniobra.
Supremo chanta
Katmandú, Patán, Bhaktapur
Visitando numerosos templos por las coloridas callejuelas de Katmandú, Patán y Bhaktapur, a cada rato nos topábamos con unas figuras barbadas, semidesnudas y desgarbadas, con la cara pintada de rojo y blanco, un cetro en una de sus manos y la sonrisa eterna dibujada a flor de piel. Se autodenominan sacerdotes y, si captan la presencia de algún turista, se acomodan la melena y la ropa, posando con su mejor “cara de foto”, y reclaman su dinero una milésima de segundo después. Otros, creyéndose poseedores de un nivel supremo e inalcanzable, ni siquiera permiten ser fotografiados, pero igualmente piden su tajada por el simple hecho de haber sido vistos. En ocasiones se los puede ver en grupos de diez o doce, todos juntos parados en fila y en silencio, ante una artillería de clicks y flashes fotográficos, que posteriormente harán las delicias de sus bolsillos. ¿Quiénes son estos misteriosos personajes que deambulan sin rumbo por las calles de Katmandú, Nepal y Bhaktapur?
Se devela el misterio días después, cuando me entero que la cara de felicidad y sonrisa perdida permanente no se debe a que su sabiduría extrema los ha llevado a un grado de bienestar eterno, más bien diría que están todo el día medio falopeados, y los fondos que recaudan en el correr del día son destinados a satisfacer ese fin. Y el bolsito que les cuelga del hombro no lleva precisamente inciensos, ya que también son distribuidores de dicho producto. Estos capos marihuaneros tienen también un templo que los representa y los congrega, donde se reúnen acompañados por infinidad de curiosos y voladores turistas de todo el globo, el Templo de la Marihuana.
Tras los pasos del guerrero gourka
Katmandú
Al poner un pie en Nepal, pareció como si la única persona que no estaba enterada de las majestuosas hazañas de los guerreros gourkas era yo. El furor que se desató más tarde entre el grupo por conseguir el único y verdadero cuchillo de este famosísimo guerrero fue tal, que la cosa pasó a ser tema del cholulismo más barato.
Esto milenarios personajes pertenecientes al ejército nepalí, son una grupo de mucha importancia dentro del país, mercenarios que combatieron en la guerra de las Malvinas y, según una teoría elaborada por un guía trastornado, fueron también responsables del asesinato de la familia real en el 2001. Se los puede encontrar por cualquier parte de la ciudad, ametralladora en mano dado el toque de queda permanente en que se vive por la guerrilla contra los maoístas. Cerca del Palacio Real, la vereda está repleta de ellos y ni se le ocurra caminar por donde ellos se encuentran porque es boleta.
Todo esto no nos impidió recorrer igualmente la ciudad, y desatar la locura cuando alguien dijo:
– ¡Miren, me compré un cuchillo gourka!
– Pero ese no es el original... – acotó alguien desde el fondo.
Y así fue como cada vez que alguien caía con un supuestamente original cuchillo gourka, siempre aparecía un nuevo detalle que lo tornaba falso, agregándose así un nuevo ítem a la lista de requisitos indispensablemente necesaria para conseguir el único y verdadero cuchillo gourka. Hasta yo, ignorante del tema días atrás, me convertí en uno de estos pseudo expertos y entré en el caótico frenesí, comprándome uno que, al parecer, no posee un numerito en la parte posterior que lo vuelve originalmente falso. A tal grado puede llegar la contagiosa estupidez cuando uno se encuentra inmerso en un grupo que piensa y se mueve torpemente, que llegamos al filoso extremo de solicitarle a uno de estos feroces guerreros que desenvainara un cuchillo para poder verlo bien y comprobar, que para se original, el mismo debe ser de lo más simplote, sin marcas ni adornos, el mango de marfil, y un numerito de serie en la parte de atrás.
Rafting por el Himalaya
Katmandú
Dos opciones se habrían a la hora de hacer rafting en Nepal, una opción era la contratada por la agencia de turismo, segurísima y apta para todo público, y otra contratada por nosotros de manera individual, con la esperanza de que fuese un poco más peligrosa.
Nos decidimos por esta última y partimos en dos buses a las 7:00 am, y debo admitir que me asusté. Pero no del rafting, sino del ómnibus que hacia allí nos conducía, manejado por un psicópata por senderos estrechísimos al borde de un precipicio. Cada curva era un suplicio, y cada una que pasábamos
era como volver a nacer, aunque tan solo hasta la siguiente curva veinte metros más adelante. El inadaptado y demente chofer las daba a velocidades bastante altas para lo cerradas que eran las mismas, pareciendo que disfrutaba del pánico reinante, balanceando esa chatarra hacia uno y otro lado.
Por fin, llegamos a destino. Dejamos nuestras pertenencias en el campamento y subimos a otro ómnibus que nos llevaría río arriba hasta el lugar de salida de los botes. En esta parte del mundo es completamente normal viajar sentado sobre el techo de los vehículos y, vaya a saber uno bajo que capricho del destino, terminamos viajando más de veinte uruguayos sobre el techo del ómnibus. Poco tiempo tardamos en darnos cuenta del error cometido, ya que era digno de verse esta especie de chata sobre ruedas, despidiendo piedritas en cada curva que veíamos caer y estrellarse en el fondo del precipicio. Luego de una hora más de viaje, arribamos al lugar desde donde finalmente saldríamos. Nueve botes inflables esperaban ansiosos a sus frágiles ocupantes. Cuatro remando en el lado izquierdo y cuatro remando en el lado derecho, debiéndose sostener cada uno mediante la presión ejercida por los pies contra la goma.
El consejo de guía antes de partir, no logró calmar a casi nadie.
– Ojo si se caen, no entren en pánico porque la corriente los arrastra y golpea contra las rocas, simplemente déjense llevar para que nosotros los rescatemos.
Nos entregaron casco, salvavidas y el remo, y nos dirigimos a nuestros respectivos botes. Dos kayaks encargados de los rescates aguardaban más adelante el momento de la partida. Aumentando el estupor generalizado reinante, antes de arrancar se persignaron y miraron al cielo.
Me ubiqué en la sección trasera del bote, descubriendo casi de casualidad que es la parte que más se mueve cuando tomábamos un rápido. Es ahí cuando el bote se dobla y, al recuperar su forma original, el que se encuentra atrás sale despedido como si de una catapulta se tratase. Fue lo que me sucedió, aunque por suerte no me caí al agua ya que de milagro fui lanzado como una jabalina y caí de cabeza contra la sección delantera, y allí me quedé agradeciendo a dios. Al final, la experiencia fue alucinante, aunque uno se endulza y se queda con ganas de más, algo con un poco más de peligro, ahora que está canchero. Las partes realmente divertidas del recorrido eran las más peligrosas, pero resultaban demasiado espaciadas entre ellas. Igualmente, cuando las mismas venían, el bote se movía como el mambo, y más de uno cayó al río, siendo rescatados luego de algunos minutos interminables en que los infortunados bañistas se asemejaron a la pelotita de un flipper. |
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