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Tokyo Japón  

Historias niponas

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qvs2005
22/04/2006


Japón

Dos ojos no bastan
Tokio

En el momento de escribir estas líneas me siento como un provinciano que cae súbitamente en la gran ciudad y al que todo lo sorprende. Y nosotros pretendemos que conozcan el Uruguay... ¡están en otra cosa! Su independencia cultural se manifiesta a todo nivel, utilizando un lenguaje en base a símbolos que solo ellos comprenden y, contrariamente a lo que pensaba, no todos entienden el inglés. Su arquitectura es de un diseño impecable cuando no tratan de imitar (como ejemplo basta mencionar una patética imitación de la Torre Eiffel en pleno centro de Tokio). Desde los baños al indescifrable pavimento, pasando por aparatitos electrónicos que no llego a comprender, todo es un flujo constante de información que no tengo la capacidad suficiente para procesar.
Para graficar mejor la situación, voy a detallar la experiencia vivida en el baño de un hotel. Luego de hacer uso del inodoro, intenté usar el bidet que se anunciaba en un cartelito colgado en la puerta, pero por más que lo busqué, no lo encontré por ningún lado. Sin darme cuenta donde estaba el error, miré a los costados, arriba, abajo, pero el dichoso artefacto seguía sin aparecer. De repente, divisé dos botones a un lado del inodoro, con unos dibujitos graficando dos opciones: bidet o spray. Tuve que jugármela por el que decía bidet y esperar. Finalmente, se escuchó un zumbido, surgiendo desde las profundidades un pequeño tubito cuya presencia había pasado inadvertida, elevándose lentamente y largando el bienvenido chorro de agua fresca (y temperatura regulable a gusto del consumidor), para luego retraerse y volver a su escondite. ¡Maravilloso, sensei!


Silencioso hormiguero
Tokio

Al salir en nuestra primera recorrida a pie, lo que más llamó nuestra atención fue el silencio imperante para una ciudad de las dimensiones y cantidad de población de Tokio. Largas colas de autos esperando pacientemente, respetando las señales y sin los clásicos exabruptos y bocinazos que todos conocemos. Las multitudes caminan silenciosas e incansables, pero solo unos pocos frenan e interrumpen el flujo de gente, deteniéndose despreocupadamente a conversar: nosotros. Como moscas, van y vienen moviéndose coordinados bajo la batuta de un semáforo. Las anchas escaleras tienen un sentido definido, aunque no esté marcado por ningún lado: por la izquierda se sube, por la derecha se baja, y cualquier intento de hacerlo de otra forma terminaría inevitablemente en accidente. En las escaleras mecánicas todos se amontonan contra la izquierda, dejando hacia la derecha un espacio libre para aquellos que están apurados.
En las terminales de metro no parece haber espacio para sentarse a descansar, hay que caminar. La gente ociosa o cansada como uno parece no existir. Luego de un rato encontramos una diminuta salita para sentarse, llamada “waiting room”, lugar al que ingresé y me retiré espantado unos segundos más tarde. Sus medidas son aproximadamente de cinco por ocho metros, espacio sumamente pequeño para las cien personas que encontré allí dentro, por lo que al entrar, el hedor reinante espanta hasta al más puerco.


Confianza oriental
Tokio

La gente parece sentirse muy segura aquí en Tokio, o al menos eso nos pareció al ver como una dama reservaba una mesa en un local de comida rápida dejando sobre la misma su mochila, cartera y demás pertenencias y, muy suelta de cuerpo, se retiró hasta la caja para hacer el pedido.


Esa minoría nunca vista
Tokio

Toda la ciudad está diseñada y preparada para el tránsito de ciegos e inválidos, que deben sentir que ésta ciudad es su lugar en el mundo. No voy a mencionar las rampas en las esquinas o los baños para discapacitados, que ya habíamos visto en Estados Unidos. Lo que describiré a continuación lo supera todo.
Luego de caminar durante horas dejando marcadas a fuego nuestras gastadas suelas por las calles de Tokio, unas sendas amarillas de treinta centímetros de ancho que resaltaban en las aceras, captaron nuestra atención. Las mismas se diversifican y toman distintos rumbos, y poseen un cierto relieve rugoso, lo que las hace destacarse aún más en el liso pavimento, aumentando con esto nuestra intriga. Ante la duda generalizada, alguien del grupo manifestó con solvencia que se trataba de “un pavimento especial que impide resbalarse cuando el piso está mojado”, aunque esta explicación chatita e improvisada del asunto no logró convencer absolutamente a nadie. Para que nuestro desconcierto continuara creciendo, un ruido incesante «...pin...pin...pin...» se escuchaba en todas y cada una de las esquinas.
Afortunadamente, llegó el momento en que nos iluminamos y dedujimos que el asunto trataba acerca de ruidos y senderos para ciegos. En los trayectos largos, el relieve de la senda está conformado por una serie de bastones ubicados longitudinalmente, que le indican al pie del ciego que puede seguir avanzando. En las intersecciones, el relieve adquiere la forma de puntos, marcando así un cambio de dirección y advirtiéndole a la persona de que tiene que doblar. Al llegar a las esquinas, el ciego sabe si el color de la luz es rojo o verde de acuerdo con la frecuencia del ruidito. El sistema es fantástico, aunque el «...pin...pin...pin...» continúa resonando en mi cabeza horas después, en el momento de irme a dormir. Todo en Japón posee este tipo de lenguaje, braille en el ascensor, braille en las latas de refresco, braille en todos lados. Por último, debo decir que no vi ningún ciego durante mi estadía en Tokio; o quizás en ésta ciudad sean todos ciegos pero no me doy cuenta, ya que con toda esta tecnología se mueven de maravilla.


El cuervo
Tokio

A pesar de ser una megalópolis en todo sentido, Tokio posee amplios espacios verdes, avenidas arboladas y anchas veredas para que la incontable y silenciosa gente camine y se divierta de manera placentera. Para mi sorpresa, pude ver a toda hora y en todo lugar cuervos de gran tamaño sobrevolando la gran ciudad. En cada esquina se siente el inconfundible sonido de éstas aves, o pasan aleteando a tan solo centímetros de uno. Grandes, negros y de aspecto temible, pero inofensivos al fin, de tanto verlos uno se acostumbra a ellos y termina dándoles la misma importancia que a una simple paloma (que también las hay, por cierto, aunque son más gorditas que las nuestras).


Desesperadamente buscando comida
Tokio

Si usted es una de esas personas que adora el pescado, ese bicho babosamente despreciable que se desliza por las aguas hasta que es torpemente cazado por un simple anzuelo desde tiempos inmemoriales, y que al salir del agua emite un tufo nauseabundo, entonces va a adorar ésta ciudad. Si por el contrario tiene el infortunio de detestarlo, entonces ahorre su tiempo, no busque más y entre derechito a una cadena de comida rápida. Todas las energías que gaste buscando otra cosa habrán sido en vano.
Aquí el Señor Pescado reina, y todo y todos se remiten a él. «O Señor Pescado que estás en el cielo...» sospecho que rezan. Galletitas de pescado por aquí, sopa de pescado por allá, ensalada de pescado unos pasos adelante, chicle de pescado más acá. Hasta tengo temor de pedir una Pepsi y que la misma venga en su exclusiva versión japonesa, con esencia de pescado.
Un día entré a un local 24 horas para alimentarme, decidí arriesgar y elegí de entre una serie de cartelitos con posibles menús a cual de ellos más acuáticamente despreciable. Pero uno de ellos destacaba del resto y captó inmediatamente mi atención: un inofensivo plato de arroz con arvejas, zanahorias y demás verduras, que aunque tenía una oscura tonalidad (que supuse era salsa de soja), parecía fish-free. Gasté mis últimos yenes en una bandejita cuidadosamente cerrada, que el empleado tuvo la amabilidad de calentar en el microondas, y me dirigí al hotel pronto para el banquete. Procedí a retirar el nylon y ... ¡sorpresa! Una densa nube con el inconfundible sobaco de origen marino comenzó a expandirse desde esa diminuta bandejita hacia todo su alrededor. Obviamente se trataba de pescado, y creo que además estaba podrido ya que ninguna criaturita de dios podría desprender semejante hedor. Tuve que regalar el contenido de la bandejita entre la gente que pasaba por el hall, esos degenerados que nunca faltan, y enfilé apresuradamente hacia un Mc Donald´s ya que por aquí cierran temprano.


Sin pudor
Tokio

En los baños públicos, las limpiadoras ingresan en cualquier momento y sin previo aviso, mientras la gente continúa imperturbable satisfaciendo sus necesidades. El único que no permaneció imperturbable fui yo, que apuré el trámite y me retiré rapidito. En el baño del metro, una ventanita en la puerta permite ver al amigo en el momento del esfuerzo supremo mientras uno pasa caminando por el corredor.


Desesperadamente buscando comida. Parte II
Tokio

Entrar en uno de esos mercaditos de 24 horas es toda una experiencia. Dejando de lado el detestable olor, las cosas que uno encuentra pueden sacarlo de quicio.
Olvídese de hacerse un refuerzo de jamón y queso: cuatro fetas de fiambre importado de Dinamarca (el único que encontré) sale aproximadamente tres dólares, seis rebanadas de queso otros tres dólares y el pan cuatro dólares más, convierten a un simple refuerzo en una comida de diez dólares, ¿qué tal?
Las porciones, obviamente diminutas. ¿Le apetece una ensalada? Muy bien, hay una bandejita que cabe en mi pequeña mano que sale otros tres dólares (por dos hojitas de lechuga, medio tomate y un puñado de granos de choclo). Un día decidí cambiar mi dieta y compré una bandejita, suponiendo que lo que se adivinaba detrás de la ensalada eran aros de cebolla. Nuevo error: tallarines fríos.
Y hablando de tallarines debo hacer una confesión. Existe en Japón, es cierto y lo he probado, el tristemente célebre “refuerzo de tallarines”, por lo que instantáneamente paso a integrar la exclusiva lista de los seres más ordinarios del planeta. Generalmente, termino agarrando un paquete que tiene un pancho perfectamente identificable en su interior (lo que no es tan identificable es el origen del pancho, pero lo tomé igual por temor a quedarme sin opciones), que viene con salsa de tomate de un lado y mostaza picante del otro, y envuelto en un húmedo y raquítico pan.
También hay máquinas expendedoras cada veinte metros, que venden productos de lo más variados. Por supuesto, de nuestro grupo nadie arriesga y todos terminan apretando el botón que dice Coca Cola, sabiendo que con ésta opción no se puede errar. Más aún luego que cierto personaje apretara la tecla que dice “coffe”, para recibir efectivamente una lata de café, pero en su modalidad japonesa: frío.


Ciudad diseñada
Tokio

Todo aquí tiene un aspecto que nunca se descuida: el diseño. Arquitectónicamente, es todo impresionante; los edificios más anónimos llaman la atención por su resolución y singularidad. Están separados entre ellos por medio metro, para mayor seguridad en caso de derrumbe por terremotos. Tienen un frente aproximado de cuatro o cinco metros, pero igualmente sorprende tanta diversidad e ingenio demostrado en tan poco espacio, evitando la típica planta que se repite indefinidamente en vertical. No hay miedo de arriesgar y se usa toda clase de materiales. Como es lógico, tanta libertad para el diseño provoca también edificios abominables, pero pasan desapercibidos entre tanta variedad. Lo que no sirve, se elimina y muta hacia otra cosa unos meses después y uno casi no se da cuenta; los cambios se suceden, la ciudad se mueve y se transforma a un ritmo vertiginoso.


Ciudad infantil
Tokio

Por todos lados se ven dibujitos animados y motivos infantiles, y a nadie parece extrañar salvo a nosotros. Avisos televisivos que te quieren vender un automóvil de súper lujo por medio de un macaquito animado que habla y se mueve como un teletubbie. En otro momento pude ver un tren bala decorado por fuera con una especie de calcomanía gigante mostrando un personaje amarillo y cabezón, similar al tacho donde se tiran las botellas para reciclar en Montevideo. Una vez ubicado dentro del tren bala, mientras me encontraba placidamente durmiendo, un ruido me sorprendió. Al abrir mis ojos, pude ver al mismo bicho amarillo de la calcomanía paseando su gran cabeza por el pasillo. Creí estaba alucinando y la locura se había apoderado de mi, pero luego de unos segundos de estupidez post-sueño, me di cuenta que se trataba de un tipo metido dentro de un traje, que caminaba por el tren saludando y sonriendo a todo el mundo, ante la simpática mirada de los viajantes y nuestra incredulidad.
Recorriendo la ciudad, llegamos a una torre de diez pisos, visitada por ejecutivos y hombres de negocios, donde cada piso de la misma está enteramente dedicado a un hobbie diferente: plantas primera y segunda dedicada a los comics, planta tercera dedicada a muñequitos tipo Mazinger Z, otro piso entero dedicado a los trencitos, otro al aeromodelismo, otro a los autos radio controlados, otro a los juegos electrónicos y así todo el edificio. Hablando de comics, acá en Japón son conocidos como Manga, los vemos por doquier en enormes tiendas dedicadas a estos libritos-revistas, se leen con facilidad y poseen motivos desde escolares hasta pornográficos.
El colmo de la infantilización cultural fue ir caminando a la noche por una céntrica calle de Tokio, y ver un cartel iluminado con unos dibujitos sumamente infantiles y simpáticos que adorarían mis sobrinos, representando a un niño gordito, petiso y cabezón de la mano de una niña también gordita y cabezona, uno al lado del otro y tomados inocentemente de la mano. Nos acercamos para ver de que se trataba y en seguida aparecieron detrás nuestro tres mujeres sonrientes y de falda corta, que nos preguntaron si queríamos darnos un “massagge”. Como podrá adivinarse, era el cartelito de un prostíbulo.


Celulares alienantes
Tokio

Todos conocemos la pasión que tienen los nipones con los aparatitos electrónicos, pero lo que he visto con los celulares ya parece amor desenfrenado. Todavía no se quien domina a quien, si son ellos los que dominan a sus celulares o son éstos los que poseen vida propia y se han apoderado de la mente de sus dueños, como en el argumento de alguna barata película de ciencia ficción de clase B hollywoodense.
Caminando por la calle, parados en el metro o en el Tren Bala, parecen enchufarse a estos aparatitos y desenchufarse del mundo real. Poseen de todo, eso si: chequean e-mails, navegan por internet, tienen infinidad de jueguitos que parecen divertirlos, o cualquier otra actividad que pueda imaginarse. Lo que menos hacen con ellos es hablar. Es común ver en el metro en dos metros cuadrados como a veinte personas usando al mismo tiempo sus celulares, y ver como mueven sus delicados dedos por el teclado a una velocidad de vértigo.
También les sirve como descompresor, para evadirse de situaciones complicadas. Por ejemplo, quince uruguayos con cara de brutos, mirándolos con cara de «....que carajo están haciendo?». Al subir una atractiva mujer al metro, nuestras inquietantes miradas se posaron sobre ella quien, no pudiendo soportar tanta presión, encendió su celular, agachó su cabeza y permaneció encandilada a la pantalla el resto del viaje.


El paraíso versión japonesa
Tokio

Dado el amor que sienten los nipones y la dependencia que tienen de todo lo electrónico, me imagino el éxtasis que sentirán al llegar a este lugar. Cuando un japonés piensa en el paraíso lo debe imaginar muy similar a Akihabara, la feria de artículos electrónicos. Interminable, avasallante, donde todo se vende a un ritmo que asombra y pueden verse desde tiendas de quince pisos hasta puestos callejeros. Hay más de quinientos modelos de celulares, cámaras fotográficas y de video, DVD´s, minidiscos, Mp3 y demás tecnologías de última generación que ésta torpe cabecita no llega a comprender.
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Ultimos comentarios:

dgarcete dijo:

Espectacular este diario por Tokio, yo estube 3 dias por ahi, y fue asi mismo, es una ciudad muy original, me gusto bastante

miércoles, 14 de febrero de 2007, a las 07.18

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