CON OLOR A VERANO...
Mi viaje comenzó en Manizales un domingo lluvioso, estaba feliz, emocionada, llena de expectativas, con ganas de volar, de ser libre, de descansar de la monotonía que tanto me aburría. Olía el aroma de aventura, sentía la adrenalina de lo nuevo, disfrute del ambiente de los aeropuertos, que por cierto debo confesarles que me encanta. Ver a la gente moverse, de un lado para otro, unos corren otros ríen, todos con sus maletas, es mágico para mi.
Llegué a Viena tras un largo viaje, en el cual un italiano me había contado su vida sin dejarme dormir durante todo el viaje trasatlántico.
Fue estresante, intenté darle a entender con mensajes disimulados, bostezos y otras señas, pero el tipo no entendía. Por el contrario cada vez se excitaba más hablando en un español que me era un poco difícil de entender por lo enredado. Acepto que me reí mucho por sus errores gramaticales, pero definitivamente aprendí la lección. No debo hablarle a la persona del lado en un vuelo de larga duración, porque si lo hago tendré que someterme a las consecuencias.
Allí estaba yo, con unas ojeras gigantes, despeinada, malgeniada y asustada.
Esperé a mis maletas pero desafortunadamente nunca llegaron.
Conocí Viena, que resultó ser una ciudad hermosa, llena de historia y orden. Quedé abrumada por la arquitectura, los palacios, los museos. Fue un bombardeo de civilización para mi tropicalísima vida y a la vez mucha frialdad austriaca para mi acostumbrada cotidianidad latina. Pero valió la pena.
Una semana más tarde ya estaba en Polonia, en mi ciudad natal, respiraba un aire distinto, veía paisajes que en mi interior despertaban unos fuertes sentimientos y emoción.
Los primeros días no estuvieron mal, me compré un mapa de la ciudad y me propuse ir a todos los sitios caminando, de esta forma no solo conocería cada calle sino también quemaría esas despiadadas calorías que planeaban acumularse en mis caderas. Ahhhh es que no pude resistirme a los quesos y yogurt europeos, de solo pensar en ellos se me hace agua la boca. Que delicia, cada mañana comía quesos, de todos los tipos, amarillos, azules, ahumados, brie, camembert. No hay nada que se les iguale. Son tan buenos, pero esconden un oscuro secreto, son una bomba de calorías.
Por lo general, salía sola en las mañanas y en las tardes acompañaba a mis posesivos abuelitos a la granja.( Más adelante les contaré por que los considero posesivos). En la granja, recogía fresas, me bronceaba y practicaba yoga, para relajarme. Hubo momentos de intensa alegría y armonía. Me conecté de manera especial con el universo, el sol quemaba mis mejillas, no había ruido alguno, solo el sonido de las hojas de los árboles que se movían con el viento, todo era paz y calma.
Dependiendo del día solía ir al cementerio, me acostaba en una banca y meditaba. Los días de cementerio eran los grises y lluviosos. Perfectos para valorar la vida, pensar en el futuro, en el tiempo.
Había otros días que eran para el centro comercial, para el Internet, para un buen café oscuro.
Pero después de unos cuantos días comencé a aburrirme. Entonces decidí comprarme un paseo con una empresa turística, escogí el más largo que encontré. Era un viaje a Grecia que duraría 10 días.
Cuando le dije a mis abuelos casi les da un infarto por la noticia. Como iban a permitir que su nietecita viajara sola al extranjero? Era algo impensable, no les cabía en la cabeza. Pero después de soportar una atmósfera putrefacta por varios días logré convencerlos.
Al día siguiente desperté muy temprano. Era sábado. Les confieso que mis expectativas no eran muy optimistas, pues en este tipo de excursiones por lo general todos viajan acompañados y yo estaba sola. Además mi queridísima tía solterona, me había intentado abortar las pocas buenas energías que me quedaban contándome desagradables situaciones de los paseos solitarios.
El bus era gigante, cómodo. Pero no era el definitivo pues viajábamos personas de diferentes paseos hacía una ciudad cerca de la frontera en la cual nos asignarían el bus correcto. En cada parada me sentía peor.
Todos se bajaban, conversaban con su compañero de viaje y yo estaba como un cactus en el desierto. Cerca de Cracovia era la estación donde cambiábamos de bus, conocí al guía de mi excursión, quién era bien simpático y allí comenzó el viaje.
Viajamos con paradas cortas aproximadamente 2 días, fue extenuante, pero emocionante, por la ventana cambiaban constantemente los paisajes, el sol se ocultaba tras el horizonte que se tornaba rosado, naranja, hasta que el cielo quedó gris y salió una gigante luna que nos acompañó toda la noche.
Pasábamos de frontera a frontera. Hasta que llegamos a costas Griegas en la noche.
No se veía nada, pero si se sentía un aroma diferente, un aire aun más cálido.
A partir de la mañana siguiente comenzó la verdadera aventura, conocí tantos lugares maravillosos.
Los pequeños pueblos griegos fueron mis favoritos, con sus pintorescas calles llenas de atmósfera turística, con su gran cantidad de típicas tabernas, restaurantes, almacenes con recuerdos y detalles. Cuando veía tantas cosas lindas me volvía compulsiva y tenía ganas de comprarlo todo.
Pero me controlé. Compré unas cuantas cositas que hoy me transportan a Grecia.
Todos los días comí yogurt griego, tan espeso como un queso, con su inigualable sabor que se deshacía delicadamente en la boca.
Y como olvidar las noches en que salíamos a tomar vino rojo, que éxtasis para los sentidos, sentados contemplando el mar con su sonido, con olor a verano, y con el sabor a pecado.
Nadé en el mar egeo, de noche, no se escuchaban más que los ruidos del pueblo que se despertaba tras la famosa siesta en la lejanía. La última estela del día se escondía detrás de las montañas.
Conocí Atenas, con sus gigantes ruinas, tal vez caminé por donde alguna vez pasó Sócrates, tal vez me senté donde alguna vez se detuvo Aristóteles.
Fue genial. Respiré historia por todos mis poros. Estuve tan feliz y ansiosa por continuar conociendo más y más.
Estuve en tantos sitios que ya ni recuerdo los nombres, pero las fotos me ayudan. Probé tantas comidas deliciosas, recetas coloridas llenas de verduras, arroz, especias, hojas.
Nunca olvidaré las montañas griegas, secas pero hermosas, con su árida vegetación, que tanto contrasta con las típicas planicies europeas.
Y la música, esa música que retumba en mis oídos constantemente. Que se apodera de mi mente y me obliga a recordar.
Fue un instante único en el tiempo, que a pesar que se esfumó, lo llevo grabado en mi memoria.
Prácticamente todos los días pienso alguna vez en aquellas vacaciones, vacaciones que me dejaron huellas imborrables.
Cuando regresé del viaje, estuve en una gran dialógica de sentimientos. Por una parte feliz por tantas maravillosas experiencias y aventuras que viví. Pero por la otra parte profundamente triste porque sabía que el presente ya era pasado y el pasado solo son recuerdos. |
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