
Subiendo con el viento de los Andes
Machu Picchu | 0 comentarios.
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Quiero abrir mi página viajera recordando el recorrido hacia la cima del Wayna Picchu, la montaña que rodea a la gran ciudad de Machu Picchu, en Perú, Suramérica. Machu Picchu apareció a nuestra vista como un hermoso encuentro del diseño y la fuerza constructora de un grupo que buscó y encontró allí el equilbrio entre el verde del bosque de niebla y la piedra que guarda silenciosamente secretos de su vida. Después de tomar el tren nocturno desde Ollantaytambo hacia Aguas Calientes, apenas escuchando el sonido del Río Urubamba paralelo a las líneas del ferrocarril, con su fuerza y la oscuridad de la noche nos ibamos adentrando a esa cadena montañosa, una sierra verde que alberga fauna y flora únicas de bosques húmedos de la región. Al llegar encontramos un pueblo muy turístico pero aún habitado por los rostros indígenas que milenariamente han sostenido sus historias de príncipes y princesas Incas. Dormimos en una pequeña habitación y temprano en la mañana iniciamos nuestro camino hacia la Ciudad de Piedra Machu Picchu. Con el aliento que nos daban las hojas de coca, que ofrecimos durante nuestro ascenso a las montañas que nos rodeaban, fuimos encontrando poco a poco la fortaleza de nuestras piernas, nuestro destino era lo suficientemente poderoso para hacernos olvidar del cansancio. Fue entonces cuando detrás nuestro vimos al gran Wayna Picchu, que según los habitantes del pueblo que está a sus faldas y de la civilización que vivió en la gran ciudad de piedra, era el arete del Inca, ya que al observar bien, se ve su rostro formado por el perfil de la cordillera y la ciudadela. En el camino encontramos tres compañeros de viaje, uno de origen mexicano y dos ecuatorianos, con quienes compartimos las historias que nos narraron una vez estuvimos arriba, en Machu Picchu, por fin. Recorrimos sus callejones, terrazas, plazas, sitios sagrados, las palabras se quedan cortas ante la religiosidad con la que construyeron cada escalón, con la que unieron piedra con piedra, con la que desarrollaron técnicas para hacer de cada pared algo casi eterno, solo la misma Madre Tierra las puede separar. Es un lugar hermoso, único, en donde cualquier civilización merece llamarse así, se encuentra el equilibrio, de la unión entre cielo y tierra mediada por la roca.
Doy gracias por haber podido estar allí con mis padres. Definitivamente se los recomiendo.
Saludos! |
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