3 de octubre (lunes)
A las cuatro pasadas descendimos del tren que nos permitió salir de Kolkata y descubrimos que nos habíamos salido de la India. No era cierto, pero lo parecía. La estación de Siliguri, aunque repleta de personas durmiendo en los andenes, daba otra sensación. La mayoría eran viajeros que agotaban sus últimos sueños antes de que llegara su tren. Antes de salir de la estación un chico nos ofreció un todoterreno para llevarnos a Darjeeling. Estábamos en Siliguri, a tres horas en coche de Darjeeling o a siete en el tren de juguete. Por 16 euros en total nos llevaron a nuestro destino. Compartimos los primeros kilómetros con varios indios que se bajaban en ningún lugar aparente. Hablaban entre ellos en hindi, muy rápido, muy alto, a golpes, como si estuvieran enfadados. Es su forma de hacerlo.
La noche era muy oscura. Tan pronto había mucha niebla, como llovía. El ambiente había cambiado radicalmente, tanto como los rostros de las personas que nos íbamos cruzando, las construcciones e incluso la vegetación, inundada de plantaciones de té.
Sin darnos cuenta llegamos a Darjeeling o el Lugar del Rayo, una ciudad ubicada en el Noroeste del Estado de Bengala Occidental, cerca de la frontera con Nepal, Bután y Sikkim, sobre las alineaciones del Himalaya inferior y dividida a ambos lados por una cadena de montañas de 2.200 metros de altura. Nos condujo hasta The Mall, en el extremo superior de la ciudad, el centro turístico victoriano. En la guía habíamos encontrado el Hotel Alpine (3,5 euros por noche y persona) y a él nos dirigimos. Era húmedo y espartano, pero algo más habitable que el que habíamos dejado en Calcuta. Nos dedicamos toda la mañana a descubrir la ciudad y a sorprendernos por todas esas diferencias que le separan de Calcuta, a pesar de pertenecer al mismo Estado.
Lo primero que sorprende es que la ciudad no parece tan caótica, el ruido ha disminuido, la muchedumbre ha descendido y la limpieza es mayor. Es más cosmopolita, más avanzada, más ‘civilizada’. Cincuenta años después de la partida de los británicos, la ciudad sigue siendo tan popular como siempre entre los turistas indios de las llanuras. Las bajas temperaturas han hecho que desaparezca la contaminación y la sensación de ahogo. Y eso lo sabían los ingleses, que consideraban este lugar como un auténtico balneario. Por delante, cinco días para descubrir esa vida con considerable presencia tibetana y nepalí. Aunque no cabe duda que lo más atractivo de la zona son las estupendas vistas de las montañas, con el Kanchenjunga (con sus 8.598 metros es la tercera montaña más elevada del mundo) predominando sobre el horizonte.
El paseo por The Mall hasta la plaza de Chowrasta, el verdadero corazón de la ciudad, era muy animado. A un lado, una hilera de tiendas de curiosidades y artículos de recuerdo o restaurantes, y al otro, tenderetes menos permanentes. Nos dedicamos todo el tiempo a la mundana tarea de adquirir regalos y algo de ropa de abrigo. Había tanto donde elegir… Recuerdos hindús, pero también nepalís o tibetanos.
Los primeros monjes tibetanos, los primeros niños uniformados, las primeras papeleras y los monos sueltos. Todo era nuevo para nosotras quince días después de haber aterrizado en la India. Hay que recordar que hasta el siglo XIX pertenecía a Sikkim, sin embargo en 1817, después de una calamitosa guerra con Nepal, Sikkim se vio obligada a ceder el emplazamiento a los ingleses para que lo convirtieran en un sanatorio. Ahora reclaman la autonomía total de Bengala Occidental, una fusión con Nepal o incluso la independencia, algo que no nos sorprendió porque a nosotras mismas nos parecía que nos habíamos salido de la India.
Disfrutamos de un paseo por los aledaños del mirador, donde muchos lugareños reposaban contemplando las maravillosas vistas de montañas verdes, mezcladas con el blanco de la nieve.
4 de octubre (martes)
Un chófer-guía nos llevó en primer lugar al templo japonés, donde tuvimos ocasión de acompañar a dos mujeres mientras celebraban su culto recitando textos sagrados y salmos acompañados de instrumentos. Su canto era monótono. Repetían con frecuencia el mantra: om mani padme h"um, que significa, "oh joya de loto, amén". Nosotras las acompañábamos haciendo sonar un instrumento que no recuerdo su nombre. Fuera, una pagoda blanca impoluta, coronada con estatuas de budas dorados. De allí nos dirigimos al Passenger Ropeway, un funicular que permitía acceder a los jardines de té, pero que un accidente reciente, en el que fallecieron cinco turistas indios, lo ha inutilizado.
Camino del funicular se encuentra el zoo, que incluye una selección de la fauna del Himalaya. El interés estaba en el Instituto de Montañismo del Himalaya, uno de los centros de entrenamiento para escaladores más importantes de La India. Su primer director fue el serpa Tenzing Norgay, el conquistador del Everest, que vivió y murió en Darjeeling. Está dedicado a la historia del montañismo y exhibe equipos antiguos y nuevos, un mapa en relieve del Himalaya y una colección de trajes de los diversos pueblos de montaña. Otra de las salas está dedicada exclusivamente al Everest, donde se relata la fascinante historia de la coronación de la mayor montaña del mundo, con imágenes de las primeras expediciones, los primeros equipos, los primeros hombres.
Abandonamos el museo por el paseo repleto de puestos callejeros y nos dirigimos a ver de cerca las plantaciones de té negro o verde, en el Happy Valley Tea Estate. Darjeeling es un auténtico parque de cultivo. La llegada de esas plantaciones ocasionó la lamentable desaparición de los bosques que cubrían las laderas de las montañas. La planta tiene un aspecto áspero, como si se tratara de matorrales bajos, pero si se observa desde lejos dibuja una alfombra verde de gran belleza allá donde mires. A los pies de la carretera y junto a las plantaciones adquirimos ese té, calificado como uno de los mejores del mundo y también uno de los más caros, y allí recibimos las explicaciones de una de sus vendedoras.
Antes de que concluyera la mañana llegamos al Tibetan Refugee Self-Help Center, o lo que es lo mismo, a un centro tibetano de autoayuda para Refugiados. Fundado en 1959, alberga a unos 700 refugiados, que en su mayoría fabrican alfombras o artesanías tibetanas. Pudimos curiosear, observar la actividad de los talleres, comprar gorros, ropa, sombreros, artículos de cuero, así como botas tibetanas, hechas de tela bordada con suelas de cuero. La comunicación en este centro se tornó complicada. Ellos no hablaban inglés, así que lo único que nos quedaba era utilizar los gestos. A pesar de esa falta de comunicación, nos hicieron sentir muy cómodas, mientras contemplábamos cómo hilaban la lana, la daban forma, la teñían o estampaban motivos decorativos. Accedimos a uno de sus talleres y comprobamos cómo las condiciones de trabajo son inhumanas. Hicimos rodar esos cilindros que tan buena suerte les da, o eso creen ellos. Un cartel resultaba revelador: ‘China, get out of Tibet’. Les acusan de más de un millar de muertos, más de 6.000 monasterios destruidos, miles de prisioneros, cientos de desaparecidos. Aún así, transmiten paz, vida.
5 de octubre (miércoles)
Otro día en esa maravilla de la naturaleza. No tardamos en ponernos en pie y dirigirnos a concertar otra excursión con un taxista cualquiera. Nos ahorramos bastante dinero con esa decisión. El primer destino sería Bhutia Samtem Choling, un monasterio tibetano a los pies de la carretera principal que une Ghoom con Darjeeling. El pequeño monje Thupten fue el encargado de mostrarnos ese gompa pequeño pero vistoso que se veía desde la carretera. Nos explicó que es costumbre que uno de los niños más jóvenes de una familia budista entre en un monasterio, a partir de los diez años, para unirse al sacerdocio budista. Eso es lo hicieron los aproximadamente cuarenta niños o adolescentes que vivían y rezaban en el recinto. Tuvimos ocasión de charlar con varios de esos pequeños monjes mientras barrían, limpiaban el ‘altar’ donde reposaba un buda de dimensiones considerables o simplemente jugaban como cualquier niño de su edad.
El guía nos llevó al War Memorial Batasia Loop. La niebla en aquel momento era densa, tan densa que nos privó de contemplar una vista memorable, pero nos permitió gozar de una difuminada silueta de un obelisco y una estatua de un soldado, en homenaje a todos los habitantes de Darjeeling que fallecieron en las innumerables guerras por el dominio que ha sufrido este territorio a lo largo de su historia.
El siguiente destino sería el Ganga Maya, un enorme jardín artificial bordeando un río cristalino que, pese a todo, no pierde ni un ápice de hermosura y encanto. La variedad de flores extrañas, formas inverosímiles, colores imposibles, nos extrañaba a cada paso. Es un lugar de recreo para los indios ‘ricos’ que pasan allí el fin de semana en familia.Mereció la pena soportar el riesgo de una carretera sin asfaltar, con precipicios de vértigo y pendientes de infarto. Dos horas de viaje movidito tan pronto por encima de las nubes, tan pronto en el fondo del valle, y siempre con ese manto verde como terciopelo que forman las incontables plantaciones de té.
Sólo nos quedaba disfrutar de la gente, de sus peculiaridades y de su vida cotidiana. Hombres y mujeres que transportan todo el peso de su carga pendida en una cuerda anudada a la cabeza, tipo nepalís, ya sean bombonas de fueloil, paquetes enormes, troncos de madera o piezas de uralita. Comerciantes de todo tipo de frutas, carnes y pescados; gente que recogía la basura; taxistas que transportaban a otros turistas y niños que iban o volvían de la escuela.
6 de octubre (jueves)
A las cuatro de la mañana ya estábamos a los pies de The Mall, esta vez las cuatro juntas, esperando a nuestro taxista para dirigirnos al Tiger Hill, con la esperanza de ver un amanecer espectacular. Todoterrenos y taxis repletos de turistas partían a esa misma hora de Darjeeling, en formación, para recorrer los 12 kilómetros a través de Ghoom y de los bosques que separaban el mirador. Este increíble mirador a 2.585 metros, que proporciona un panorama sin igual del Himalaya, con las húmedas planicies que limitan con Bangladesh, situadas al Sur; el Everest al Oeste, el Kanchenjunga y Sikkim al Norte, y el Himalaya de Bután al Noroeste.
Eso con suerte y si las nubes lo permitían. Elegimos verlo desde el atalaya, un lugar más cálido tras los cristales de una edificación construida para el espectáculo. Por sólo 40 rupias, algo menos de un euro, se conseguía un refugio del frío invernal del día. Eran muchos los indios que optaron por un precio algo más económico y tuvieron que soportar las gélidas temperaturas. Arriba se perdía en encanto, pero se ganaba en salud.
Las voces de sorpresa se sucedieron con la salida del primer rayo de sol. El día parecía claro, el cielo se había despejado, y eso nos posibilitaría distinguir las escenas que ya habíamos contemplado con anterioridad en postales. Fue un espejismo. La imagen del Everest, del Kanchenjunga y de otras montañas de elevadas dimensiones se quedaría sólo en eso, en las postales. Fue una pena. Aún así disfrutamos de la sensación de estar por primera vez tan cerca del Himalaya.
Con similar frío y aires huracanados, descendimos hacia Darjeeling. Nos detuvimos en el Yiga Choling, un monasterio budista, construido en 1850, más vistoso que el moderno, con formas más marcadas y más colorido. Pedimos a nuestro chófer que parara en el Bhutia Samtem Choling, para que Olga y Alicia vieran ese pequeño monasterio que nosotras habíamos descubierto el día anterior. También nos detuvimos en el War Memorial Batasia Loop. Y esta vez, sin una nube en el cielo, descubrimos el Kanchenjunga y otras montañas nevadas. No era mucho lo que podía verse de cada elevación, pero era más de lo que hubiéramos pensado los días anteriores caracterizados por la lluvia y la niebla.
Hicimos un intento por adquirir dos billetes para el día siguiente con dirección a Calcuta. Después de esperar una larga y desestructurada cola en la estación de trenes, el oficinista nos dijo de muy malas formas que no quedaban billetes para ese destino hasta cuatro días después. Ni en primera, ni en segunda, ni en tercera, ni siquiera en cuarta clase. No hubo forma de encontrar plaza, así que tomamos la determinación de montarnos en el tren sin billete. Sería una aventura. Confiábamos en que todo se solucionaría y lograríamos llegar a Calcuta, aunque fuera en esa cuarta clase que tanto nos había impactado en nuestros viajes anteriores. Durante la espera nos sorprendió que el templo Dhirdham, al que el día anterior habíamos dado por ‘desaparecido’, estuviera allí, a dos pasos de la estación.
Por un camino igual de peligroso que el día anterior nos dirigimos hacia el Mirik. A 45 kilómetros al Suroeste de Darjeeling, cerca de la frontera con Nepal, es el centro turístico más nuevo de la región, sobre todo para el turismo nacional. Es ni más ni menos que un lago perfectamente artificial donde los indios se reúnen para pasar un día de campo y disfrutar de sus aguas sobre una barca. No sabíamos realmente en qué consistía, de haberlo sabido, hubiéramos desechado la idea, aunque por otra parte nos habríamos perdido un camino cubierto de la característica capa de ese té negro o verde.
7 de octubre (viernes)
Nos quedaban ya sólo horas en Darjeeling y había que llenar nuestros pulmones de aire puro y despedirnos de ese paisaje natural. Así que agotamos nuestros minutos dando un último paseo por la ciudad. Al día siguiente estaríamos de nuevo en el infierno.
Por Mar Peláez |
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