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Varanasi India  

Varanasi, la ciudad que no duerme III

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marapz
15/04/2006


25 de septiembre (domingo)

No queríamos sucumbir al cansancio y sí impregnarnos de los sentimientos que suscita la vida alrededor de los ghats de Varanasi. A las 7 de la mañana ya estábamos en pie preparadas para sortear los cientos de baches que dibujan el asfalto. Y cuando pensábamos que íbamos a adentrarnos solas en el barrio, nos encontramos con Sambhu, dispuesto a invitarnos a desayunar en una de esa especie de bar renegrido tan frecuente en la India. Té y pastitas como tentempié antes de iniciar, junto al guía improvisado, nuestro descenso por las escalinatas de piedra entre la muchedumbre.

Una hilera de personas, de todas las edades, permanecía sentada, en su característica posición, a la espera de que cualquiera depositara en sus cuencos alguna moneda o un puñado de arroz. No pedían, no mendigaban, simplemente esperaban una mano generosa. La miseria no se puede ocultar en este país. Está allí, sólo hace falta mirar a izquierda y a derecha. Estar abierto a contemplar las miradas tristes de algunos niños, las esperas dolorosas de quienes están a punto de morir, los cuerpos esqueléticos de los hombres, los ojos de resignación de las mujeres… Y entre tanta podredumbre, gente que subía y bajaba al río, ajena a esas realidades. En el ambiente fluían las sensaciones encontradas de aquellos que acaban de perder a un ser querido. Su aspecto recién rapado, con una estrecha coletilla, indicaba que se trataba de parientes. Pese a todas esas impresiones, la espectacularidad de las imágenes me permitió sentirme sorprendentemente a gusto en aquel admirable lugar.

Escalones abajo y protegidos con sombrillas de gran tamaño de paja trenzada, grupos de brahamanes, miembros de la clase sacerdotal -la más alta de las 4 castas hindúes principales-, recitaban ante un círculo de fieles algunos versos de las escritura védicas, los textos sagrados del hinduismo. Familias enteras entorno a esos santones. Grupos y grupos.

Todo discurre en el suelo, como prácticamente la vida en la India. Mientras unas mujeres confeccionaban cestitas de flores y velas, otras se encargaban de poner el ‘tercer ojo’ en la frente de los asistentes. Secaban sus saris al sol, después de desmontar su atillo de ropa y restregarla sobre las escalinatas. Un rito que se repite a diario. Y la ropa sale limpia. Admirable.

Nos sentamos en los ghats para palpar el ambiente, para mirar en todas direcciones con la intención de que nuestras retinas fueran capaces de captar lo que sucedía a nuestro alrededor, todo eso que sorprende tanto, todo eso para lo que no encontramos explicación. Hallar un espacio libre en las escalinatas no fue tarea fácil, así que la integración en la atmósfera fue total. Allí me detuve a pensar el por qué el color naranja dibuja la imagen de la India. Esa intensa tonalidad, pero también la amarilla, la rosa fucsia, la roja, la turquesa…, invade la vista.

El ghat seguía plagado de gente, indios vendiendo comida, otros ofreciendo un paseo en bote, sadhus en profunda meditación y gente paseando, pero sobre todo, ‘purificándose’ en el agua. Dudo mucho que consigan limpiarse las impurezas con ese método, dado el aspecto del agua, y más bien se diría que es un buen sitio donde “impurificarse”. De todas formas parecían pasárselo en grande.

Con gran pena abandonamos el ghat principal y nos dirigimos hacia otro, menos concurrido, pero igualmente insólito. De nuevo, a desayunar en la terraza Pooja para impregnarnos de esa imagen de un río tan caudaloso, mientras la música otra vez irrumpía el ambiente. No hubiéramos bajado nunca de ese lugar. La conversación con Sambhu iba revelando ‘atractivos’ de la forma de vivir de los indios, de entender el matrimonio, la igualdad de sexos, pero también de sus expectativas de futuro y de sus problemas presentes.

Ya en las calles tuvimos ocasión de comprobar que sí las limpian. Lo hacen a partir de las 9 de la mañana con pequeñas carretillas que descargan sobre camiones abiertos y mugrientos. Demasiada suciedad en cada rincón para que este método sea eficaz, para que el olor a podrido desaparezca, pero menos es nada. La lástima es que todo el tiempo debes andar más pendiente del suelo que de la calle misma porque si no corres el riesgo de pisar una de las innumerables señales "blandas" de las vacas, de meter el pie en un charco putrefacto o de pisar a un hombre semidesnudo acostado en profunda meditación. Incluso puedes pisar a una vaca moribunda que espera su hora en un lado de una de las calles mas estrechas, obstaculizando el paso de los peatones. Dos horas más tarde nos despedimos de Sambhu y abandonamos el barrio más característico en dirección a otro menos abarrotado y con menor número de negocios, también junto al río.

En la calle principal, donde el tráfico rodado está prohibido, los peluqueros en plena calzada cortaban el pelo, limpiaban los oídos o afeitaban esas tupidas barbas. Santones custodiando a uno de sus dioses a la espera de unas rupias, hombres planchando en la calle o simplemente gustosos de charlar contigo. No son pocos los indios que balbucen palabras en castellano, aprendido tan sólo a base de hablar con españoles en la calle. Son capaces de repetir al instante nuestros sonidos casi a la perfección. Quieren aprender y se les nota.

Resultaba muy complicado pasar de ghat en ghat sin perderse, así que cambiamos de planes y nos adentramos en otra zona con muchas ‘tiendas’. Otro mercadillo viviente. Más color, más gente, más vida. Sin querer, nos encontramos sumergidas en una corriente de mujeres que iban apresuradamente hacia el Templo Dorado. Todas querían entrar en el recinto, saltándose las órdenes de un grupo bastante numeroso de uniformados que se lo impedía a gritos con bastantes malas formas. Eran mujeres, y en la India esa condición no goza de buen reconocimiento. Nosotras nos ‘salvamos’ de esos empellones simplemente por ser occidentales.

Salimos de esas saturadas callejuelas y llegamos a la tienda de la catalana donde habíamos quedamos con el resto de la ‘expedición’. Todos juntos fuimos a comer y de nuevo el problema del tabaco. La prohibición de fumar nos obligó a salir a la terraza mientras contemplábamos cómo los humos requemados de los obsoletos vehículos creaban una cortina de contaminación en la atmósfera. Ya la comida india comenzaba a saturarnos. Demasiado pollo, demasiado arroz, demasiado ‘spice’. Y eso porque el picante de sus sabores nos cercenaba posibilidades y porque la ‘limpieza’ de las cocinas nos hacía vacilar.

Lo más interesante de las calles indias son los indios mismos. Sólo hay que fijarse en todas esas cosas que los indios hacen diferente a los europeos. Un ejemplo: los hombres pasean de la mano e incluso se tocan sus cuerpos respectivamente de forma cariñosa. Uno puede llegar a pensar que ha dado con un país de homosexuales, pero la sola mención de esa palabra hacer estallar en cólera a un indio. Sólo es un signo de amistad y una forma de mostrarse respeto. En cambio, los hindúes no estrechan la mano ni tocan a las mujeres ni en reuniones formales ni informales. Sólo lo hacen a mujeres occidentales como señal de cortesía. Y a todos se les saluda con el tradicional Namasté (namaskaram en el Sur), que se ejecuta presionando las palmas, con los dedos extendidos, por debajo de la barbilla.

Otra cosa menos impactante, pero sí desagradable, es un hábito que en Occidente se considera de mal gusto: escupir. Todo el mundo escupe continuamente, haciendo mucho ruido y sin importarle el sitio. Camareros, señoras mayores, niños... Uno tiene que hacer un gran ejercicio de adaptación cuando al cruzarse con un indio de ojos misteriosos éste escupe con fuerza a escasos centímetros de nuestros pies.

Qué pena, el reloj restaba horas a Varanasi y ya sólo nos quedaba ir al hotel a por las mochilas. Este país es diferente y más esta ciudad. He visto imágenes y colores que nunca antes había imaginado. Durante el escaso trayecto que separaba el hotel de la estación, los niños se agolpaban en las ventanillas abiertas del taxi para pedir una limosna. En ocasiones, mis compañeros de viaje me hicieron sentir como ‘Bienvenido Mister Marshall’ y esa sensación me desagradaba. En la India es muy fácil sucumbir a ‘regalar’ limosnas, pero así no se arregla nada más que la conciencia personal de cada uno. Sí, realmente impacta la cantidad de niños que mendigan y que te miran con una cara que te parte el corazón. Sientes el deseo de ayudarles desde tu ‘opulencia económica’, pero si das dinero una vez y luego tienes detrás a un montón de críos siguiéndote y suplicando cada vez con más fuerza. Creo que no hay que fomentar la mendicidad, porque creas hábitos de vida que son perjudiciales a largo plazo. Así que la única solución es ser simpático con ellos y sonreírles, aunque eso, está claro, no les hace muy felices… y seguro que no les da de comer esa noche.

Por Mar Peláez
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