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Calcuta India  

El reencuentro con Calcuta

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Calcuta, India

Niños de la calle

Kolkata | 0 comentarios.

Calcuta, India
Calcuta, India

marapz
15/04/2006


8 de octubre (sábado)

El tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morían los raíles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vías son ciertos. Usan las vías del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vías el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensaría que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mí con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.

Después de muchos kilómetros de chabolas ininterrumpidas llegamos a la estación sobre las 7 de la madrugada (diez horas después). Los maleteros se agolpaban en los vagones de primera y segunda clase para portar los bultos de los pasajeros. Seguía allí la muchedumbre, quizá en mayor número de la que nos había despedido. La fiesta de la Durga Puja estaba en pleno apogeo y una tamborada ‘salió’ a recibirnos. Como si fuera poco el ruido de la India ya de por sí.
Me encontraba otra vez en Calcuta, ahora con algo más de experiencia. Ha cambiado... las calles ya no me huelen tan mal ni están tan sucias y me pregunto si habré perdido el sentido del olfato y de la vista. No hace tanto calor y humedad ¿Me habré hecho insensible? La gente que se acerca ya no me agobia ¿Habré perdido el sentido de la privacidad? Y caminar por entre la circulación ya no me produce sensación de vértigo ¿Habré perdido el sentido del riesgo? Calcuta ha dejado de ser la ciudad de los horrores y maravillas que me asombró los primeros días o, lo que es lo mismo, yo he dejado de ser una novata en la India. Eso me desilusiona y al mismo tiempo me hace sentir más seguro de mí misma... ya no miro las cosas con pasión pero ahora paseo más tranquila por sus calles. Ella es la misma. Yo he cambiado. Estoy dispuesta a ser feliz en Calcuta.

Calcuta seguía siendo un infierno, ese lugar donde la gente tiene menos posibilidades de salir adelante, pero estaba preparada para que el caos y la miseria no ensombrecieran el carácter abierto, curioso y hospitalario de los indios. No quería perderme un detalle. Sólo me quedaban siete días en la ciudad y había que buscar la felicidad. No iba a ser fácil, pero… había que intentarlo. Yo, en mi caso, tras ese periodo de adaptación conseguí serlo, y eso es algo que días antes no hubiera imaginado.

Las calles por las que pasábamos en dirección al hotel Modern Logde me parecían distintas, aunque ya me eran viejas conocidas. Como también lo era esa mujer demacrada, escuálida, vestida con un plástico enrollado en forma de saco y que tanta impresión nos causaba cada vez que nos la encontrábamos. Nos adentramos en las calles atestadas de personas. Era como un mercadillo en hora punta, pero se trataba tan sólo de una vía céntrica. Personas que iban y venían, mercaderes gritando las gangas, gente con la que chocabas al andar. Un video casero da claras muestras de estas palabras. Un lugar perfecto para perder los nervios, sin embargo, nos lo tomábamos con mucha calma, con gran resignación. A la misma entrada del hotel Overoi, el más caro de Calcuta, estaba la realidad: mujeres que mendigaban una limosna con su hijo en el regazo, niños desnudos o semidesnudos buscando hacerte partícipe de su pobreza.

9 de octubre (domingo)

Con las pilas cargadas nos dirigimos hacía el orfanato. Esta vez lo hicimos subidas en un ricksaws, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba así menos violento grabar en video todo ese camino que nos separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habíamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenía y dónde residía.

Tras una nueva jornada maravillosa con los niños, lo único que me quedaba por hacer era desandar el camino y dedicarme a hacer fotografías de todo aquello que me seguía sorprendiendo, al ritmo del canto del muillaidín. Pese a que ya se habían convertido en imágenes habituales, no podía apartar la vista de, por ejemplo, aquel hombre esquelético tendido inmóvil sobre un cartón en el suelo, que no denotaba vida, o de aquellos hombres y mujeres que rebuscaban en el vertedero callejero, apartando a cuervos y perros.

El olor de la carne putrefacta y amarillenta que colgaba de uno de los puestos de la calle provocaba arcadas. También lo hacía la basura amontonada en las calles o alguna que otra rata muerta en la calzada. A escasos pasos, los hombres volvían a enjabonarse el cuerpo en aquellos baños públicos, otros vendían frutas o palos que hacían las veces de cepillo de dientes.

El fin de mi paseo fue ese restaurante recomendado, según ellos, por Carlos Arguiñano. El aire acondicionado del lugar y una helada pepsi cola, que no coca-cola, ayudaron bastante a mitigar el calor sofocante de la calle. La lluvia del monzón volvió a hacer acto de presencia. Sí ese mismo agua que durante largos meses esperan los indios para olvidarse del aire estancado y denso que hace el ambiente insoportable, y también ese mismo agua que tanto nos desagrada a nosotros. Y, sobre todo, cuando acabas de lavar y tender toda la colada. Acordamos ir a ver los ‘monumentos’, tipo ninot valenciano, que confeccionan los indios para festejar su Durga Puja. Se celebra en octubre y es el equivalente bengalí de la Navidad. Culmina con el Mahadashami, que es el décimo día, cuando las imágenes son transportadas al río para sumergirlas. En el centro de esas composiciones está la diosa Durga, que en la gran batalla mata a Mahisha, el demonio búfalo.

Pero para llegar allí había antes que enfrentarse a la calle, con ese agua impura hasta las rodillas. Lo mismo que tenían que hacer las motos y los coches, con la esperanza de que el agua no se filtrara por el motor. No seguimos los consejos de los voluntarios veteranos y accedimos al Museo de la India. No resultó fácil atravesar esa agua caliente y denso, ya que a cada paso se enredaba algo en tus pies. El agua llegaba hasta la misma puerta del museo. Pagué los tres euros de la entrada y recorrimos las salas a zancadas. Nada de lo que allí se guardaba me interesaba.

El agua no había desaparecido y no tuvimos ya reparos en contratar un rickshaw para que nos sacara de esa pocilga. Sólo allí se entiende. Ellos tienen un trabajo honrado con el que ganarse el sustento y se frotan las manos cada vez que el monzón cubre las calles. No me gustó la sensación, pero te tienes que acostumbrar a que las castas estén en la India excesivamente aceptadas. Quien pertenece a la casta más baja se resigna a no salir de ella. Sueñan con reencarnarse en una superior en la próxima vida si logran ser buenas personas en ésta; de ahí que la delincuencia sea mínima o inexistente, diría yo.

Cambiamos sobre la marcha de opinión y decidimos dedicarnos a caminar por el centro de la ciudad sin rumbo fijo. Descubrimos un pub en la novena planta de un edificio frente al New Market desde el que divisar toda la ciudad de noche. Mariví omitió decirme que esa terraza se caracterizaba por la presencia de ratas, una omisión que agradecí. Como durante todo el viaje, nos preguntan constantemente de dónde éramos, Which is your country? Al decirles que de España se ponían muy contentos y nos decían ¡Barcelona! Será por los juegos olímpicos, sino no me lo explico.

Por Mar Peláez
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