28 de septiembre 2005 (miércoles)
Calcuta no duerme, y nosotras tampoco mucho. Los graznidos de los cuervos rasgan el cielo amarillento de los monzones, tanto que me hacen sorprendentemente valorar el ruido de las palomas. A las 6.30 el despertador se encargó de avisarnos de que nuestro primer día en los centros de la Fundación había comenzado. Anduvimos por esa larga calle a la que es difícil acostumbrarse para llegar al Sishu Bhavan, uno de los orfanatos de la Fundación Teresa de Calcuta.
Cientos de rickshaws apostados en medio de la calzada esperando a un cliente que no llega. Muebles antiguos reposando en las aceras levantadas, mientras trabajadores lavan en plena calle los taxis colocados en hilera. Y comienza la rueda. Hombres y niños se adecentan en los lavaderos públicos, con jabón hasta los ojos, o se lavan los dientes con esos característicos palos. Otros enjabonan su ropa y la frotan sobre el asfalto, ajenos a la basura que se arremolina en cada rincón. Hombres, en su mayoría con sus dottis -especie de faldas tipo mantel de cuadros-, deambulando de un lado para otro, bajo la ropa tendida en plena calle. Ancianos, ultimando sus horas de sueño, afeitándose o leyendo las hojas de un periódico, como cada mañana, pegado en una de las paredes. Niños trabajando a pleno sol. Gente preparando el desayuno en amplias perolas al aire libre o gente que simplemente vive o sobrevive. Musulmanes en dirección a su mezquita a la llamada del mullaidín. Comerciantes con la esperanza de que alguien repare en su diminuto negocio o en su puesto callejero, tan numerosos en Calcuta que es imposible que hagan caja. Tan pronto venden ollas, como patatas fritas, refrescos, pasta de dientes, papel higiénico o el característico tabaco de mascar. Son unos auténticos ultramarinos. Y qué decir de los carniceros que exhiben a la intemperie su mejor género: carne amarillenta y maloliente con moscas a su alrededor, que apenas puede superar el rigor de las altas temperaturas. Apetecible, ¿verdad? Gallinas vivas en enanas jaulas. Y más carne. Y peor olor. Y a dos pasos, vertederos públicos de grandes dimensiones, perros callejeros compitiendo con los cuervos por un puñado de desperdicios putrefactos y, entre toda esta inmundicia, indios rebuscando entre esa mierda. Y otra vez ese olor, y otra vez ese caos. Sólo el colorido de la fruta que adornan las calles sirve para relajar la vista. Pero, ¿dónde están las mujeres?
Antes de cruzar la puerta del Sishu Bhavan tuvimos que sortear a las familias enteras, con bebés casi recién nacidos, que se desperezaban en medio de la acera después de haber pasado la noche a la intemperie. Otra más. Estas mismas familias que nos reclamaban constantemente esas botellas de agua mineral, para nosotras basura y para ellas una fuente de ingresos. Primer día en los centros de la Fundación y primeras experiencias...
Todos compartíamos las mismas ilusiones y las mismas sensaciones de una ciudad a la que ya habíamos definido como un enorme ‘agujero negro’.
Tan ‘agujero negro’ es que decidimos ir a buscar rápidamente una zona amplia donde notar que el oxígeno entraba en los pulmones, aunque para llegar hasta allí había que soportar la humareda que forman los tubos de escapes de los coches y los atascos continuos en unas avenidas incapaces de absorber el denso tráfico. Pasamos junto a St Paul´s Catedral, el planetario de Birla y la Academia de Bellas Artes. Encontramos ese lugar de paz en el Memorial Victoria (1921), un edificio abovedado, construido en mármol blanco con abundantes jardines a su alrededor, en honor al gobierno de la reina Victoria en la India. Los mosquitos comenzaban a ser un incordio, pero no lograron frenar nuestro deseo de respirar aire puro; y allí estuvimos sentados en un banco durante un largo rato disfrutando de algo de naturaleza Al salir del recinto cruzamos la calle en dirección a otra gran zona verde que rodeaba una fuente de agua, luz y color. Un espectáculo luminoso que chocaba, y mucho, con la marginación de la ciudad. Parecía que habíamos abandonado Calcuta, porque por primera vez comprobamos que sí hay edificios altos, modernos y acristalados. A lo lejos se veía la ciudad empresarial. Sólo era un efecto óptico, un relax, otro mundo.
No se me olvidará la sensación de agobio que me entró en aquella habitación durante la noche. El ventilador ruidoso no daba abasto para refrescar el ambiente, la mosquitera tampoco ayudaba, los mosquitos estaban hambrientos y un sueño repleto de insectos no ayudaba a conciliar el sueño. Jamás había estado en un lugar que reuniese tan escasas condiciones de habitabilidad.
Unos ruidos ensordecedores me sacaron de mi sueño. Eran truenos, y menudos truenos. Resultaba estremecedor. Nunca antes había oído con tal intensidad una tormenta. No acababa uno y comenzaba el siguiente. La lluvia se convirtió en un continuo aguacero, en un diluvio, y el agua entraba incluso hasta la habitación. Con gran curiosidad subimos a la terraza para comprobar que la intensidad de esa lluvia no era normal. Y así fue. En pocos minutos, todo estaba inundado.
Por Mar Peláez |
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