26 de septiembre (lunes)
El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano. Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creí que la adaptación sería más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.
En Calcuta todo se quintuplica: la miseria, la contaminación, el humo, el tráfico, el caos, el ruido, la superpoblación, las escenas impactantes. Las calles permanecen totalmente congestionadas de vehículos, en su mayor parte taxis de color amarillo, riadas de autobuses próximos al desguace, de tranvías obsoletos, de motocarros, de rickshaws tirados por esqueléticos hombres, de carretas, de animales y, sobre todo, de olas y olas de muchedumbre que se enfrentan a todo este desorden con resignación. Es una gran maquinaria de 17 millones de habitantes, al menos censados, en constante movimiento; un movimiento que se gobierna a base de costumbre. Nunca, ni de día ni de noche, se detiene. Calcuta es la expresión más cruda de las contradicciones de las grandes ciudades asiáticas. Es como un calidoscopio de contrastes, y había que estar preparada para afrontarlo.
Nos acomodamos en el Hotel Vip Internacional, nada recomendable por su precio y suciedad, y nos lanzamos en busca de Sudder Street, la calle donde se asientan los ‘hoteles’ para voluntarios. No me la imaginaba así. Un rebaño de ovejas, pintadas con manchas rosas y amarillas, salió a nuestro encuentro nada más pisar la calle. Era lúgubre, sucia, como el resto. A ambos lados o en calles aledañas estaban los hoteles: el María, el Paragón, el Astoria, el Salvation, el Modern Logde… Y a cada cual más espartano. Pero antes de enfrentarnos al encuentro de alojamiento para toda nuestra estancia, fuimos a comer al Blue Sky, uno de los restaurantes en los que se reúnen los voluntarios, especialmente los españoles. Pese a sus ínfimas dimensiones y la dudosa limpieza del local, resultaba acogedor, más aún porque Emilio, el camarero, se encargaba siempre de hacer la estancia muy cómoda. El precio era otro de los alicientes (una comida puede salir por menos de un euro).
Todo eran sorpresas, mirases allá donde mirases. Los ‘hombres caballo’ corrían de un lado para otro, sin perder la sonrisa. Y eso me impresionó, y no dejó de hacerlo hasta el último día.
En especial, Mohama, uno de esos 25.000 hombres que arrastran trotando por las calles de Calcuta esos carricoches de tracción humana, sorteando el resto de obstáculos móviles que dificultan su tránsito. La sonrisa de ese hombre mayor, de barba blanca, piernas muy delgadas pero ágiles, me cautivó. Su vida es, igual que la del resto de corredores de ricksaw, corta y muy dura. Lástima no poder entenderse con ellos, conocer cuáles son sus preocupaciones, cómo viven y cuáles son sus deseos. Uno se da cuenta de su gran mérito durante los monzones, cuando las calles se inundan hasta la altura de las caderas y sus conductores logran cobrar buenas sumas por sus esfuerzos. Sólo perviven en Calcuta; en el resto de ciudades indias han sido prohibidos, algo que también ocurrirá allí a finales de año. ¿De qué vivirán entonces?
A ambos lados de Suddet Street, hombres y niños se aprovisionaban de agua en las fuentes públicas, lavaban sus dientes o se enjabonaban todo el cuerpo. Al cobijo de los muros del polvoriento Indiam Museum, el más antiguo de la ciudad, otras familias simplemente adecentaban su ‘hogar’ en plena calle y recogían sus posesiones: unas mantas raídas, un montón de plásticos y alguna que otra perola sobre una fogata. Allí duermen, comen, se visten, se reproducen y mueren. Luchan, como los otros millones de habitantes de Calcuta, por sobrevivir hasta el día siguiente. No hay que olvidar que un tercio de todos ellos tiene como único hogar las insalubres calles de la ciudad. La escasez de viviendas es preocupante y eso obliga a los ‘intocables’ y a los inmigrantes, a amontonarse en las calles o en los barrios bajos, en chabolas de barro que carecen de las mínimas condiciones higiénicas.
Las autoridades parecen haber abandonado todo esfuerzo por hacer frente a los problemas de la ciudad. No se reparan los baches, tampoco los socavones. En ocasiones resulta difícil lidiar con los charcos, producto del monzón. Los edificios están descascarillados y a punto de desmoronarse entre montones de escombros e inmundicias. Paseando por sus calles resulta imposible hacerse a la idea de que fue la segunda ciudad del Imperio Británico, después de Londres. Pero es insuperable la miseria en la que vive Calcuta y las arcas municipales tan escasas, que por dónde se empieza.
La afluencia incontrolada de inmigrantes de Bihar, Orissa y Bangladesh, expulsados de sus campos por las sequías, las inundaciones y las consiguientes hambrunas, ha dado como resultado una superpoblación casi inaguantable y la creación de incontables zonas en unas condiciones de espantosa pobreza. Y ese éxodo no para. Sigue acogiendo oleadas de campesinos sin tierra y sin pan; avalanchas que ponen a prueba las infraestructuras de una ciudad que no han sido remozadas desde que los ingleses abandonaron el país. La imagen, difundida en cientos de documentales, de la Calcuta de los desheredados, leprosos y ‘parias’, es real, está presente a cada instante. Es la otra cara de una ciudad rica, según dicen, porque yo no la he visto. Pronto, demasiado pronto, nos dimos cuenta de que Calcuta arde en contaminación. Hay algo en su ambiente que la hace insana, irrespirable. Es, tal y como coincidimos todos, un agujero negro, lo más próximo al infierno. Y lo es porque la pobreza no se esconde, se muestra a todo aquel que no cierre los ojos.
27 de septiembre (martes)
Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Al final, nuestro ‘hogar’ sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles –la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).
El objetivo de nuestra estancia en Calcuta era los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road (la sede de las misioneras de la caridad). La calle que separaba la Mother House de Sudder Street era infame. Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta?
Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere, y los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.
A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua estaba la especie de capilla en la que las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nobel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas…
Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y útil, el orfanato del Sishu Bhavan, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable, hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, el gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.
No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los cazaclientes ‘acreditados’, llamados ‘culis’, para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que ‘estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente’. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.
Nada más divisar la gótica torre de ladrillo rojo, que caracteriza al New Martket, ya ves lo que se te avecina. De pasillo, en pasillo, buscando sábanas, toallas, almohadas, fregona, escoba, recogedor, lejía, estropajos, bayetas… Nos llevó bastante tiempo aprovisionarnos de todo, ya que cada vez que intentábamos tomar nosotros la iniciativa, venía ‘nuestro’ caza clientes para embarullarlo todo.
Por Mar Peláez |
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