Comenzaría, paradógicamente, la despedida triste de Calcuta. Sobre todo de los más de 111 niños que abarrotan el orfanato de la Fundación Teresa de Calcuta. Y después de ese amargo adiós, a patear la ciudad.
Nos dirigimos en un polvoriento taxi hacia Kalighat, junto al templo de Kali, después de vadear los miles de coches que circulaban sumidos en el desorden más absoluto. Me encontré un ambiente muy diferente al del día en que conocí la zona. Estaban de fiesta y, el bullicio, la música y el colorido cubrían de forma ficticia tanta podredumbre y mitigaban en parte aquellas visiones de recién nacidos en la calle desnudos o semidesnudos sobre el duro y sucio asfalto; hombres sin extremidades inferiores arrastrándose por el suelo; mujeres afectadas seriamente por la polio o por dolorosas deformaciones, o personas esqueléticas arrodillados en el suelo esperando una limosna o algo que llevarse a la boca. Sólo el espectáculo de una niña contorsionista y las voces de una mujer, vestida de un naranja intenso, a través de un megáfono lograron que recuperáramos por unos instantes el aliento.
Sin que aún hubiéramos podido digerir la dureza de la imagen del centro de moribundos de Kaligat, unos niños de la calle con ganas de jugar se nos abalanzaron y cogieron de las piernas. Los había de todas las edades: casi recién nacidos, pequeños de apenas un añito y niñas de unos cinco. Sólo querían juguetear.
Preguntar a los indios no es sinónimo de que te indiquen el camino correcto, pero aún así logré encontrar un mercadillo que nos habían recomendado, más tranquilo, pero también más expensive. Está en una calle que sale de Park Street en la esquina donde se encuentra la estatua de la Madre Teresa. Allí adquirí varias camisas y un panhavi, a precios algo más caros que en el resto de la ciudad pero mucho más vistosos. Con mis adquisiciones, regresé al hotel para posteriormente dirigirnos a buscar la casa de Tagore.
El recorrido en taxi se hizo muy largo, ya que los atascos son interminables, aún así su precio es irrisorio (0,5 euros, a lo sumo 1 euros, por un recorrido de más de media hora). No logramos encontrar la casa, pero nos sumergimos en la fiesta del barrio. Todo era color. Sus caras estaban pintadas de color naranja, rosa o roja. Pasamos, como si fuera una procesión, a contemplar a uno de sus dioses al que estaban venerando.
Por primera vez nos montamos en el metro. De diseño ruso inaugurado en 1984, es bueno y limpio, un contraste inmaculado frente a las calles polvorientas e irrespirables, y la mejor alternativa a esos pesados, incómodos, mugrientos y destartalados tranvías que apenas han sido modificados desde que echaron a andar en 1873. Además, es muy barato: 16 kilómetros por siete rupias como máximo.
Nos permitimos el lujo tomar algo con una buena representación de voluntarios españoles en la terraza del mismo hotel donde se alojó Patrick Suelwes en la película La Ciudad de la Alegría. Parecía un oasis natural dentro del insano centro de la ciudad, por lo que prolongamos la estancia. Teníamos previsto ir a cenar a uno de los muchos restaurantes que hay abiertos en Park Street. La calle reunía lo más ‘guapo’ de la ciudad. Restaurantes de lujo, discotecas aparatosas, neones luminosos y mucha gente de apariencia rica. Pero sólo era un espejismo, un adorno de una realidad que seguía visible en las aceras. Sólo hacía falta ver como los más pequeños se las ingeniaban para sobrevivir entre tanta ostentación y mendigar, sin excesivo éxito, entre esas muchachas altivas con impolutos saris de gran valor y esos muchachos indiferentes a la miseria de sus compatriotas, repeinados, orgullosos de lucir un costoso traje y preocupados tan sólo de entrar los primeros en la discoteca.
Accedimos a cenar en uno de esos restaurantes en los que nos estaría vedada la entrada si no fuera porque éramos occidentales. Nuestras ‘pintas’ desentonaban demasiado en ese entorno de abundancia, pero se suponía que teníamos dinero y nos trataron como reinas. El menú era de fiesta: ocho platos diferentes a base de pollo, langostinos… en salsas diversas y acompañados con arroz. Y todo por 10 euros. El pollo al tandori está muy bueno, pero ya me estaba cansando. La comida estuvo empañada, sin embargo, por unas conversaciones en las que cada una expresaba los sentimientos que la calle nos generaba. Salimos del restaurante y ahí seguía la realidad.
Los faros de los automóviles iban descubriendo sobre las aceras los huecos de los portales, una cadena sin fin de cuerpos tendidos en cada rincón, hirviendo como enjambres sobre los pavimentos. Sólo dormían, pero la impresión era de trágico abandono. Diez, once, doce millones de habitantes. No hay un censo fiable. Se dice que 300.000 duermen cada noche sobre las aceras. Quien tiene un negocio, pasa la noche en el negocio; quien tiene un taxi, duerme en el taxi; quien tiene tu-tu, descansa en el tu-tu; quien tiene rickshaw dormita en el rickshaw, y quien no tiene nada de lo anterior, se tiene que conformar con la dura acera. Increíble aceptarlo. Increíble comprobar cómo esas imágenes tan impactantes para nosotros es simplemente el pan de cada día para ellos. ¿Qué pensarán los indios ricos? ¿Con que cara miran a la verdad?
Sorprende que pasear entre esa pobreza extrema, sorteando sin parar a personas tumbadas en la acera, no provoque miedo ni rechazo. Incluso algunos se incorporan y saludan con una sonrisa esperando sólo tu respuesta cómplice. Lo mismo hacen los ricksaws, esos hombres de sonrisa perenne que no dudan en hacer señas de camaradería cuando te reconocen.
Amaneció nuestro último día en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habíamos visitado. Nuestro destino sería un templo del sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino. No se podía acceder con zapatos a su interior (como en la mayoría de los templos), tampoco se podía hacer fotografías. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacían cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son símbolo de descortesía.
La personalidad de la ciudad ha sido labrada en el entorno físico del delta del Ganga, Hooghly en inglés. Nos asomamos por unas barandillas y allí estaba el río y a los indios sumergidos en él haciendo sus rituales. No tenía tanta magia como en Varanasi, pero nos pasamos un buen rato contemplándolo. Nuestro deseo era tomar una barca para llegar hasta el otro lado del río. Después de hablar en ‘spaninglis’ con una pareja que hablaba en ‘indiinglis’, comprar una flauta a uno de los niños que vendían cualquier tipo de objetos, ver cómo muchos comían pepinos pelados y otros recogían agua del río en grandes garrafas, hicimos cola para subirnos a una de esas barcas repletas de indios de clase media, que costaba siete rupias por persona.
Calcuta no es una ciudad turística, por lo que muchos se sorprendían con la presencia de occidentales. Hice varias fotos a petición de algunas parejas vestidas ‘de domingo’. Después de un cuarto de hora, o así, llegamos a la otra orilla. No había nada interesante al otro lado, pero tuvimos ocasión de ver de nuevo otra ‘procesión’ de la Durga Pooja, mientras chicos y chicas bailaban a ritmo de tambores.
Comenzó a llover de forma torrencial, así que tomamos un taxi. La idea era ir al Mercado de las Flores pero el monzón nos lo impidió. No nos quedó más remedio que dirigirnos a Sudder Street. El agua estancada en las calles dificultaba la circulación. Atravesamos el Puente Howrath, considerado una maravilla de la ingeniería, por el pasan más de dos millones de personas por día. Su construcción duró seis años –se inauguró en 1943- y es el tercero más grande del mundo. Es un puente colgante, de 500 metros sin pilares, que une el ferrocarril principal y la ciudad industrial de Howrah con Calcuta, y que se divisa desde varios puntos de la ciudad.
Además de enviar, como otros muchos días, varios e-mails y llamar por teléfono a España, nos esperaba el mejor broche para una despedida: Una fiesta en la terraza del Hotel María con muchos de los voluntarios españoles con los que habíamos compartido risas, pero también lágrimas ante una realidad que desgraciadamente impacta.
Por Mar Peláez |
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