Publicar un diario | Consejos útiles
Jaipur India  

Jaipur, reducto de los señores

Agrandar el textoAchicar el texto

(71 voto/s)

Jaipur, India

Jaipur, reducto de los señores

Jaipur | 0 comentarios.

Jaipur, India
Jaipur, India

marapz
11/04/2006


19 de septiembre (lunes)

Como ciudad de paso que lo es, Delhi ofrece un sin fin de agencias donde hacer los preparativos para continuar el viaje, reservas de ferrocarril y de alojamiento, alquiler de coches... Y así lo hicimos. Por 135 euros logramos un paquete que incluía cinco noches de hotel –dos en Jaipur, una en Agra y dos en Varanasi-, un chófer a nuestra disposición y el tren de Agra a Varanasi. Nos pareció una ganga.

La salida de la ciudad fue caótica. Pitidos, carreteras en obras por la construcción del prometido metro, coches por dirección prohibida, vehículos parados en medio de la vía, camiones que cruzan la carretera sin mirar… El conductor se sonreía cada vez que uno de nosotros no podía resistir la sorpresa y, por qué no, el pavor que le causaba el desorden de una conducción temeraria. Pero, como comprobaríamos en cada uno de nuestros desplazamientos, nunca pasa nada. Ellos entienden así el orden.

A los pocos kilómetros de Delhi se alzó una zona de negocios con sus rascacielos tradicionales compartiendo espacio con hileras de chabolas y construcciones de dudoso lujo. Unas edificaciones que no nos abandonarían en prácticamente ningún momento del viaje. Y es que la superpoblación en la que está sumida la India se deja ver en cada rincón, en cada mirada que lances.

Con este panorama llegamos de noche, a eso de las 20.00 horas, a Jaipur, la capital del rajastán, la tierra de los señores. La entrada por las primeras calles dejó claro que el sonido de los claxon también nos iba a acompañar durante toda nuestra estancia. Era noche cerrada y las luces de los coches nos permitió ver el por qué lleva el sobrenombre de ‘ciudad rosa’. Atravesamos, junto a otros muchos vehículos, por puertas y más puertas iluminadas y decoradas que daban entrada a la ciudad medieval y dividían los distintos barrios. Sorprendía el carácter rectilíneo de sus calles, tanto como el bullicio de sus gentes, de sus bazares a pleno funcionamiento, de las flojera de las vacas, del exceso de taxis, bicicletas, rickshaw, carretillas de mano… que compiten por encontrar una oportunidad para abrirse paso.

Con todo ese desorden llegamos al hotel Shahpura House, un edificio de un antiguo maharajá, hermoso por sus formas y por su decoración, pero aún más por la paz que se respiraba en cada una de sus dependencias. No recuerdo haber estado, hasta el momento, en un hotel más bonito que éste. Y había que aprovecharlo, igual que de la habitación con su cama de dos por dos, su dosel y sus dos terracitas. Los numerosos trabajadores del hotel, ataviados con los trajes típicos del rajastán de color blanco y gorrito rojo, hicieron que nuestra estancia fuera aún más confortable. Recorrimos los amplios salones, subimos y bajamos. Había que verlo todo.

Pero la calle nos esperaba. Estábamos en la India y era hora de integrarse en su vida, de impregnarse de su espíritu. Tomamos los cinco un taxi y pisamos por primera vez Jaipur. Un grupo de mujeres, con sus hijos bajo el brazo, nos ‘cosió’ con sus súplicas de una moneda que llevarse al bolsillo. Sus peticiones eran insistentes, diría yo que agobiantes. Pese a las negativas, las mujeres seguían cada uno de nuestros pasos. Son auténticas expertas en conmover los sentimientos de los turistas y, como eran las primeras pedigüeñas que nos encontramos, había que resistir la tentación y, con la máxima educación, decir un no. Eso sí, unos lo logramos mejor que otros. Aunque suene raro desde aquí, estoy convencida de que una limosna no soluciona la vida de nadie, simplemente prolonga una situación que quizá debiera cambiar por su futuro y, sobre todo, por el de sus hijos.

Caminamos por una de las calles, atravesamos algunos cruces con el miedo a ser atropellados, y pasamos por debajo de una de las incontables puertas que rodean a la ciudad. Una vaca con pintas negras acaparó nuestra atención. Y allí, de espaldas, me cogió desprevenida la primera imagen de gran impacto: una familia entera, con un bebé de semanas y otros dos niños de corta edad, tumbada en el asfalto sobre cartones, a la espera de iniciar otra noche, otra noche más, en la calle, bajo los focos de una puerta iluminada. Una imagen que, no por ser nueva en la India, me sobrecogió. Pertenecen al último escalón de las castas. La constitución india ha intentado sin éxito erradicar el antiguo sistema de castas que ha negado durante siglos la oportunidad de avanzar socialmente al estrato más bajo del sistema, a los intocables. Yo equivocadamente pensaba que el número de ‘parias’ en la India era menor, pero realmente supera cualquier baremo comprensible.

Jaipur es un lugar turístico, si bien los problemas inherentes a toda la India están presentes en cada ángulo, en cada escondrijo, e incluso en cada semáforo. Qué paradoja. Nosotros en un hotel tan lujoso mientras miles de indios tienen la calle como único hogar. Pero no era momento de sentirse culpable por haber tenido la ‘suerte’ de nacer en un país occidental. Once meses de trabajo y muchos más de ahorro nos permiten conocer una realidad que te llega y que te hacer sentirse un auténtico privilegiado, al menos en lo material.

Las tiendas habían echado el cerrojo, el bullicio había bajado de intensidad, y el hecho de que la noche fuera tan cerrada nos llevó a buscar un restaurante abierto para cenar. Curiosamente en el interior de la pizzería conocimos a Angel y a Raquel, una pareja de Valladolid, con la que compartimos varios momentos en Jaipur. Dos tu-tus, los primeros que cogíamos, nos llevaron al hotel después de concertar, con alguna dificultad, el precio de la carrera. Ya en la habitación, Olga y yo tuvimos tiempo hasta las tres de la mañana para compartir nuestras primeras impresiones de un país que seguía provocándome asombro.


20 de septiembre (martes)

A las 9.30 horas ya nos esperaba nuestro conductor para llevarnos al Fuerte de Amber. El día nos permitió comprobar el por qué se la conoce como la ‘ciudad rosa’. El especial colorido que brindan a la ciudad los edificios de piedra rosa, no empañan el de los saris rosas, pero también naranjas, amarillos, rojos, azules turquesas, de sus lindas mujeres.

Atravesamos por muchas de las calles que ya habíamos cruzado por la noche y allí estaba, a 11 kilómetros al Norte y sobre una cresta, Amber y su fortaleza encaramada sobre las montañas circundantes. El conductor nos subió por un camino muy empinado y nos depositó a los pies del fuerte, a pesar de nuestra insistencia por que nos dejara abajo y poder ascender en elefante. Nos dio igual. Tras caminar unos pasos, entramos en el complejo del palacio. Los elefantes, con sus trompas pintadas con vivos colores, esperaban a los turistas para hacer el camino de descenso. Sin embargo, la peligrosidad de estos animales hacía imposible desobedecer las órdenes de alejarnos que nos daban sus dueños (días antes uno de ellos mató a su domador).

Las explicaciones de uno de los guías, que se comunicaba en un español de difícil comprensión, no me convencieron, así que decidí caminar por mi cuenta y dejar que los edificios me sorprendieran. Una foto a un nutrido grupo de mujeres indias me hizo revivir una situación que conocí en las comunidades indígenas mexicanas: su sorpresa por verse retratadas por una cámara y sus risas entrecortadas al reconocerse. También tuve tiempo de hablar con dos chavales conocían el castellano, a base de charlar con los turistas.

Después de escuchar tocar a un ciego y de ver cómo barren las mujeres, descendimos con el todoterreno hasta el lugar donde esperaban los elefantes para recorrer el camino de ascenso. Olga y Pedro, Mariví, Alicia y yo, en dos elefantes decorados. Un vendedor de ghanesas (la diosa de la buena suerte con cabeza de elefante, hija de Siva y Parvati) nos acompañó todo el camino, intentando que adquiriéramos uno de sus objetos de sándalo. Y como quien la sigue la consigue, al final Alicia sucumbió y compró uno de ellas.

Y camino hacia la City Palace. Un alto en el camino para contemplar desde la orilla el Palacio del Agua, un edificio que como su nombre indica se encuentra en medio de un lago artificial. Y ya llegamos a la ‘Versalles de la India’, una ciudad dentro de la ciudad, de estilo rajputa y mogol, donde aún reside la familia de un maharajá. De un cuidado color rosáceo, alberga un museo textil, instrumentos musicales y demás objetos utilizados en la vida de la corte. Una visita tan bonita como relajante.

En las inmediaciones de la City Palace se encontraba el Jantar Mantar, un observatorio astronómico de principios del siglo XVIII, mandado construir por Jai Singh II, arquitecto, esteta, matemático, mecenas y el primer astrónomo indio en confiar más en la ciencia y la observación directa de los astros que en las leyendas fantásticas de los Vedas. Destaca el Samrat Yantra, un enorme meridiano de unos 30 metros de altura, que proyecta su sombra sobre un cuadrante de piedra graduado en horas y minutos.

Por fin llegamos al emblema de Jaipur: la fachada del Templo de los Vientos, un gigantesco velo para las mujeres de la corte, desde el que ver sin ser vistas. Tras la fachada, rosa y con 953 ventanas y miradores cubiertos de finas celosías, sólo se encuentra el vacío. Era el único escaparate para que las secuestradas mujeres del maharajá pudieran contemplar el mundo exterior, los desfiles, sin que el mundo exterior las viera a ellas. Hoy el desfile, en cambio, es un incesante paso de bicicletas, taxis, carretas tiradas por pausados camellos, y de hombres y mujeres a la ‘caza’ de un turista.

Nos despedimos del conductor para poder disfrutar de la ciudad a nuestro ritmo y siguiendo exclusivamente nuestros deseos. Caminamos hacia su entrada, después de recrearnos durante segundos en la fachada rosa de cinco plantas que se estrechan hacia lo alto en varios órdenes. Queríamos contemplar de cerca qué sensación podían tener esas mujeres obligadas a permanecer ocultas. Las explicaciones de Yogui, en un casi perfecto castellano, nos permitió hacernos una idea de cómo se sentían, mientras subíamos y bajábamos por los escalones y rampas del pequeño palacio.

Ya en la calle nos introducimos en el bullicio de sus bazares, poblados de mercaderes y charlatanes embaucadores deseosos de que un turista fuera a parar a su minúsculo negocio. A cada paso, un nuevo comerciante ofreciendo phasminas, sedas, joyas, panhavis, o cualquier otro objeto decorativo. Recorrer los continuos bazares de Jaipur constituye una experiencia inolvidable, aunque no se compre nada. Son divertidos, coloridos y alegremente caóticos. Comprobamos una vez más que los indios se dirigen exclusivamente a los hombres y son a ellos a quienes les hacen caso. Pedro volvió a ser nuestro maharajá y el que nos ‘espantaba’ a vendedores demasiado insistentes.

Decidimos comer, por indicación de un chaval indio, en un restaurante. Le invitamos a que nos acompañara durante la comida porque, como él aseguro, quería aprender castellano. Tras una distendida comida acompañamos al niño hasta su casa, donde su padre pulía piedras preciosas. Una minúscula habitación en la que viven y duermen tres personas y una más minúscula cocina componía la vivienda. Jade, malaquita, zafiro… un sin fin de piedras reconvertidas en pendientes, pulseras y collares de diseños lamentablemente anticuados. Con un trocito de malaquita en la mano, descendimos por las escaleras mugrientas y húmedas del portal de una casa que reclamaba a gritos una remodelación urgente.

Decidimos dejarnos seducir por las calles, por el olor de las flores y del sándalo, por las sonrisas de los indios, por sus miradas, por su imposible idioma, pero también por el tumulto, el ruido, la contaminación, la confusión del tráfico, de los incontables negocios de todo tipo, de los incansables conductores de rickshaws (taxis bicis) o de tu-tus (taxis motos), dispuestos a esperar durante horas a un turista por un puñado de rupias.

Atraídas por una camisa preciosa, entramos en una tienda, nos sentamos en el suelo y esperamos a que nos enseñara, a su ritmo, lo que le habíamos pedido. No había forma de que dejara de sacar más género, a pesar de que le habíamos dejado claro que tan sólo queríamos una camisa. . El precio es para nuestros bolsillos tan barato que resulta toda una tentación.

Y de nuevo la pena de que el tiempo pase tan deprisa y que la noche nos sorprenda tan pronto, a las 17.00 horas. Ya eran las ocho de la tarde y había que ir pensando en cenar. Queríamos ir en rickshaw (taxi bicicleta) al hotel, pero nadie parecía conocer el lugar exacto donde se encontraba el Shahpura House. Un hombre de apariencia muy mayor y de cuerpo demasiado enjuto para soportar el peso de un viajero se ofreció a llevarnos. Y a pesar de no estar seguro de dónde se hallaba el hotel se comprometió, ante nosotras y ante un hombre que le recriminaba algo en hindi que no entendimos, a que si no lo descubría no nos cobraba la carrera. Mariví subió al ‘carricoche’ del hombre mayor. Yo lo hice en el de un hombre más joven. Entre vacas que se cruzaban en medio de la calzada, taxis que pitaban para sortear ‘obstáculos’ y motos con hasta cinco personas –el conductor y su mujer y entre ambos cuatro niños pequeños- que adelantaban por cualquier lugar, el rickshaw avanzaba lentamente con el esfuerzo de cada una de sus pedaladas. Incomprensible, ¿cómo son capaces los taxistas de pitar a un hombre que arrastra un rickshaw o, peor aún, una carretilla cargada de maderas que a duras penas se mueve? Nadie parece inmutarse. Nadie pierde los nervios ante tanto pitido. De nuevo, incomprensible.

Los dos conductores, entre risas y comparaciones con Induráin, iban buscando el lugar exacto del hotel, con bastante poco éxito. Durante más de media hora recorrieron calles y más calles en su búsqueda hasta que, al final, lo lograron. Menos mal, porque mi viaje había pasado de convertirse en una aventura novedosa a una pequeña pesadilla. Me sentía muy incómoda por el esfuerzo que le causaba al conductor pasar por esas calles sin asfaltar y con socavones constantes, intentando no chocar contra ninguno de los obstáculos móviles que se a abalanzaban hacia nosotros. Lástima que su inglés no sea muy bueno y que el nuestro tampoco lo sea. La difícil comunicación me impidió en demasiadas ocasiones conocer sus sentimientos, sus esperanzas de vida, de futuro. Este fue uno de los primeros momentos en los que lamenté, y mucho, que el idioma nos separara aún más.

Por Mar Peláez
Publicar en Del.icio.us  Meneame  Blogmemes  Mi página de Yahoo  Mi página de Google  Windows Live Favorites ¿Qué te pareció este diario?

Volver a la página anterior | volver al inicio de viajeros

Ultimos comentarios:

Aún no se han publicado comentarios.
Para dejar comentarios primero debes iniciar sesión

Contenido relacionado:

Rudraksh Holidays
Somos una agencia de viajes especialista en viajes a medida y a cualquiera prepuesto. Tambien solicitamos propuestos desde mayoristas o agencias de viajes extranjeras para colobrarar con nosotros para un servicio excellente, professional y economico.

Shantitravel.com
Viajes hecho a medida en la India, en Nepal, en Tibet y en Bhután.

Vuelos Viajeros.com
Ofertas de vuelos desde y hacia todo el mundo por cientos de líneas aéreas.

India: la tierra de los dioses (Parte I)
Tema: Destinos
"...India: la tierra de los dioses (Parte I) Su variedad física, religiosa y racial es tan inmensa como su variedad lingüística. Debajo de esta diversidad yace la continuidad de la civilización y la..."

Alexandra David-Néel: la caminante espiritual
Tema: Viajeros
"...Alexandra David-Néel: la caminante espiritual Mujer de grandes caminos, recorrió gran parte de oriente profesando primero el Islam y luego el Budismo, buscando nuevos caminos fue la primera mujer de..."

India

Mi experiencia en India

Escribe: Jai

Antes de contar mi viaje quiero dar las gracias a todo el mundo que cuenta sus viajes en el foro porque para mi han sido de gran ayuda para poder organizar mi ruta.Ahora me toca a mí y espero que...

Rajastan

India colorista

Escribe: nanin

agosto-2003 Depues de 6 meses preparandolo por fin vi realizado un sueño, viajar a "la India" Nada más llegar ya aprecias la mezcla de olores y de otra cultura que...

India Food and Wine Show
Sitio del Show de Comida y Vinos de la India, con datos de este evento gastronómico, cronograma de actividades y otra información. En inglés.

Under My Sky
Edward Jonathan Richards es un viajero intrépido que recorrió Irán, India, Bangladesh, Myanmar, Japón, República Árabe Siria y Jordania. En su sitio nos relata sus aventuras a través de las maravillosas imágenes que ha tomado de cada destino.

¡Explora Viajeros!


Publicidad


Encuesta

¿Qué recomiendas de tu país?

Sus lugares de descanso
Sus bellezas naturales
Su oferta cultural
Su gastronomía
Su vida nocturna
Su arquitectura
Sus precios
Su gente


Resultados
Encuestas anteriores

Votos: 574
Comentarios:

¿Quien está conectado?

En este momento hay
558 invitado/s y
9 viajeros conectado/s.

Hora en el mundo


Anuncios de Viajes