17 de septiembre 2005
Tras dos horas de viaje de Madrid a Londres con la British Airways y otras ocho de Londres a Delhi, llegamos –Pedro, Alicia, Olga, Mariví y yo- al aeropuerto de Delhi. Serían las 23.00 horas, sorprendentemente sólo tres horas y media más que en España, y en el aeropuerto parecía hora punta. Bueno realmente como todas las horas que transcurren en La India. Allí tuvimos que enfrentarnos a nuestro primer, y casi último, contratiempo: faltaba el equipaje de Mariví y de Alicia. Del mostrador de reclamaciones fuimos directos a cambiar dinero. 10.200 rupias (200 euros) en un fajo de billetes perfectamente grapados. Después de atravesar la hilera de indios esperando a sus parientes o a los turistas, salimos por fin a la calle. No noté ese olor diferente del que tanto me habían prevenido. Quizás porque iba precisamente muy concienciada de que el olor me iba a causar impresión. De lo que sí me percaté fue del calor, de la humedad y de la polución sofocante, agobiante, irrespirable, que hace de este país de clima tropical un lugar de difícil adaptación. Y eso que era noche oscura y septiembre.
No hay periodo de aclimatación. Sales del aire acondicionado de la terminal e instantáneamente cambia el mundo. Guiándonos por el sentido común, tomamos dos taxis prepago con dirección al hotel Clark Internacional que habíamos reservado desde España. Y de repente llegó el caos circulatorio. “Allí no se te aparece la virgen; la virgen está presente cada segundo que permaneces en la calle”.
El taxi se disparó hacia la ciudad, intentando abrirse paso, con la ayuda inestimable del claxon, entre los autobuses repletos de gente colgada; los camiones con su leyenda ‘haz sonar el claxon’; vehículos modernos y motocicletas (tu-tus), rickshaws e imperturbables y perezosas vacas, carros de bueyes esqueléticos cargados de frutas, de muebles, o carretillas de mano. Hombres y mujeres que cruzan las calles encomendándose a los miles de dioses hindúes para no ser atropellados. Los semáforos son una auténtica quimera, por lo que el ruido se intensifica, superando los decibelios permitidos por cualquier oído sano. Los conductores indios demuestran sin parar cómo aprovechar el espacio. Por dos carriles pueden ir perfectamente cuatro vehículos: dos en cada dirección e incluso tres y uno de frente. Es como enfrentarse al juego infantil de esquivar coches. Paradójicamente no da la sensación de que en la India se circula por la izquierda, parece más bien que tienen un sistema híbrido, porque cada uno elige el camino que más le conviene. Gente durmiendo en los arcenes de la carretera, impertérritos, ajenos al bullicio atronador que provoca el tráfico, a los gases de gasolina a medio quemar, al tufillo de las cocinas ambulantes, al aroma de los cigarrillos bidi.
Veinte kilómetros por avenidas espaciosas y el taxi giró para adentramos en una zona de hoteles. Lo intuimos exclusivamente por los carteles luminosos que ‘adornaban’ los edificios, no porque las oscuras calles denotaran que se trataba de un área turística. El asfalto presentaba socavones incesantes, las casas estaban realmente destrozadas -como si acabara de estallar una bomba sobre cada una de ellas-, los andamios de los edificios formados por palos de madera torcidos y atados con cuerdas, los desperdicios compitiendo por ocupar la calzada y las aceras, los cables de la luz incluso rozando la calle. En definitiva, una ciudad más cercana a la declaración de ruina inminente que a la de capital de un macro país.
18 de septiembre (domingo)
Te despiertas en Delhi por la mañana y sientes que no puedes enfrentarte a todo aquello. Te sientes impactada.
El ruido de los cascos de animales, el caos, la gente que se te viene encima, los animales, vacas, cerdos, cabras…, se cruzan en tu camino. Delhi es la primera toma de contacto del turista con la compleja realidad de una gran ciudad del subcontinente indio. A veces resulta traumático. El tráfico congestionado y caótico, la persistente insistencia de los vendedores callejeros de toda clase de servicios (taxis, rickshaw, cambio de moneda, visitas organizadas, comerciantes), es el peaje que hay que pagar, una especie de ‘iniciación’ para adentrarse en este país. La primera impresión desconcierta. Acostumbrada a cascos históricos y zonas peatonales de fácil acceso, Delhi nada tiene que ver. Una ciudad con cerca de 10 millones de habitantes, no demasiado apasionante, pero que había que conocer.
Una vez hecho acopio de fuerzas en el propio hotel y contemplada la primera imagen de nuestra zona desde la terraza, un agente de una agencia de viajes ya permanecía en recepción esperando para ofrecernos todas las posibilidades que existen en este país. Nunca hay problemas en la India (‘no problem’), todo es posible en la India. De eso se encarga la gente.
Poner los pies en la calle supuso la primera toma de contacto con la realidad. No en vano, es en la calle donde se desarrolla la vida, una vida que estalla por todas partes. Y hay que poner los pies con la misma precaución con la que te introduces en un baño de agua hirviendo: con miedo a quemarte. El calor pegajoso y el continuo ir y venir de la gente, de los vehículos de cualquier tracción, nos permitió pisar tierra. Me sentía impactada. Y por primera vez una pregunta: ¿Por qué la India fascina?
Necesitaba un par de trucos que me ayudasen a enfrentarme a todo aquello. Y creo que la clave es tomártelo con calma, mucha calma, tranquilizarte, intentar no juzgar todo lo que te rodea con ojos europeos. Tomarte el tiempo necesario para comenzar a apreciar la belleza de las cosas. Si tu estado anímico no acompaña serás incapaz de hacer justicia a la gente de la India. En aquel lugar es preciso bajar desde nuestro civilizado pedestal hasta donde están los indios, para retratar su mirada, una mirada que siempre pregunta. Y, sobre todo, dejar que entre por tus ojos todo aquello que fascina, que impacta, que envuelve.
En la Indian Tribal Tours nos organizaron la primera visita. Alquilamos un coche con chofer durante cinco horas por 1.500 rupias (30 euros). Todo era nuevo para nuestras retinas. Cualquier detalle era festejado porque la capacidad de sorpresa no tiene límite en la India.
La primera parada fue la Puerta de la India, un arco del triunfo en piedra blanca y de 40 metros de altura, proyectada a imitación del de París. Descubrimos los mejores saris de esas mujeres de clase media o alta, confeccionados con telas envidiables de vivos colores. Ese mismo color que da imagen a La India. Vendedores de flautas, de artesanía, de globos…, hombres que intentaban que te hicieras una fotografía con uno de los cientos de monos que acampan libremente por este país; niños que disfrutaban de un reparador baño en un estanque poco apetecible a ojos occidentales; motocarros ‘invitándote’ a dar una vuelta por las calles de la macro urbe, primeros arrumacos de jóvenes parejas… El jolgorio, el bullicio y, por qué no, los primeros nervios para cruzar una calle repleta de vehículos en todas las direcciones. Sin ningún control, respirando profundamente sus viejos tubos de escape en cada una de las aspiraciones. Y es que estoy convencida de que la contaminación ‘se inventó’ en La India. En ningún otro lugar se siente igual, ni siquiera en Distrito Federal, por mucho que se empeñen en decir que es la ciudad más contaminada del mundo.
De nuevo en el todoterreno alquilado, volvimos a pasar por calles repletas de gentío en dirección a la Tumba de Gandhi, una amplia zona verde conocida como Raj Ghat. Un sobrio monumento en el punto donde se celebró la cremación de Gandhi, ocupado por un bloque de piedra negra con una inscripción de las últimas palabras del Mahatma al caer mortalmente herido por un hinduista fanático: ‘He Ram! (¡Oh, Dios!). Una llama perpetua y las flores depositadas a diario por muchos visitantes mantienen vivo el recuerdo del padre fundador de la nación india. Son un grupo de mujeres a las puertas las encargadas de vender esas flores de tonos rosas, naranjas, amarillos. Era día de descanso y las familias indias habían decidido rendir homenaje a su héroe. La imposibilidad de reposar en el acondicionado césped impidió que nuestra estancia fuera más prolongada.
De allí, al Fuerte Rojo –Lai Quila-. Su nombre se debe a que el edificio fue construido en arenisca roja, el material típico de la época moghul. El Fuerte está próximo al río Yamura que, en su origen, alimentaba el foso alrededor de la muralla de 2,5 kilómetros y más de 30 metros de altura del lado que da a la ciudad. Una vista a los alrededores y de camino a la Jami Masjid, la mayor mezquita de La India. Eso sí, después de deshacernos de un chaval empeñado en que compráramos nosotras una barba negra muy poblada.
Pero antes de llegar al monumento principal había que atravesar el mercado de Meena Bazar, un bazar distintivamente islámico, de tiendas arracimadas alrededor de la mezquita, lleno de ropa, utensilios de uso doméstico y perfumes de todo tipo. Primero el bazar de las piezas de recambio para automóviles, las tiendas con pescado y con carne colgada ajena a los microbios, con frutas coloridas. Se encuentra también el mercado de aves, metidas en estrechas jaulas de madera, vendidas y sacrificadas en el acto. O cabezas de cabra recién cortadas y expuestas en mugrientos cubos. El color rojizo del suelo da muestra de la sanguinaria estampa. Si se soportan los olores penetrantes, putrefactos, nauseabundos (lástima que no se pueda guardar una pequeña muestra) y las multitudes, el ruido ensordecedor que proviene de todos y cada uno de los claxon de los millones de vehículos, quizá se disfrute del escenario. Si no, corres el riesgo de sentir auténticas nauseas.
Ascendimos las primeras escaleras entre manos pedigüeñas y rostros suplicantes, pero ni una sola palabra. La mezquita se encuentra en una pequeña elevación que permite contemplar el ajetreo de las calles, los edificios de dudosa seguridad, y al fondo el Fuerte Rojo. Amplias escalinatas de arenisca roja acceden a las tres puertas de entrada del edificio, que se construyó para proclamar el triunfo del Islam (un 12% de los indios son musulmanes). Depositar en consigna los zapatos y ataviarse de forma decorosa es requisito imprescindible, como también lo es pagar por introducir una cámara fotográfica (por todo ello 500 rupias). El gran patio interior tiene unos 100 metros de lado y llega a albergar hasta 25.000 fieles. El pavimento es de arenisca roja, dividida en rectángulos para indicar a los fieles la posición correcta durante la oración. La cisterna de agua del centro permite las abluciones rituales. Había cientos de musulmanes y de curiosos sentados en los muros de alrededor, pero pocos paseando por el gran patio.
Entramos en la grandiosa sala de oración. La primera sensación: el contraste del color rojizo de la fachada con el claroscuro del mármol. Los hombres eran los únicos que oraban frente al muro. Otros permanecían tumbados en los aledaños meditando o simplemente durmiendo, mientras un grupo de niños correteaba por todos los lados ajenos al lugar sagrado y las mujeres permanecían fuera.
En los ángulos del edificio se alzan dos majestuosos alminares. Pero un problemilla. Sólo se puede subir al del sur si vas acompañado por un hombre (él lo hace gratis, las mujeres abonan religiosamente). Primeras risas y primera vez que nos dimos cuenta del mundo tan machista en el que nos estamos introduciendo. Comenzamos a llamar a Pedro maharajá y no nos faltaba razón, tal y como fue discurriendo el viaje y la impresión que causaba el que un hombre fuera acompañado por cuatro mujeres. Obviamente nos lo tomamos con mucho humor.
Descendimos rápidamente por la agobiante y entroncada escalinata, después de echar un rápido vistazo sobre Delhi, a sus calles coloridas y a sus edificios a punto de ser declarados en ruina. Descendimos tan rápido como nos permitió el incesante subir y bajar de personas al minúsculo y claustrofóbico habitáculo. Y de nuevo, al mercado maloliente y pegajoso. Pese a todo, la mirada penetrante de la gente con la que te cruzas impacta. No apartan la vista de tus ojos, te siguen hasta que sales de su punto de visión, quizá hasta que se les cruza otro rostro. Eso hace que con demasiado frecuencia tengas que ser tú quien mire hacia otro lado, porque su mirada, en ocasiones, daña. Son tantas las personas que mal sobreviven en la India que duele.
Una vez sorteados los tractores, motos, bicis, taxis, coches, camiones, que impiden circular por la calle con tranquilidad y detenerte a contemplar y retener imágenes y momentos, llegamos a la hora acordada (una hora) al parking donde nos esperaba nuestro taxista para llevarnos a comer a, como es habitual en este tipo de viajes, donde él quiso. Pollo al tandoori, arroz con verduras y chapati –pan sin levadura hecho con harina integral y cocido-. Realmente exquisito y abundante, aunque algo ‘expensive’. Tocamos a seis euros por cabeza y eso en la India es bastante elevado. Tuvimos que buscar dentro del restaurante la zona de fumadores, ya que, paradójicamente, en un país donde la polución supera cualquier baremo soportable, está prohibido fumar en casi todos los lugares públicos. De eso dan buena cuenta los indios, que te recriminan cuando te observan encender un cigarrillo por ejemplo en una estación de trenes al aire libre. ¿A caso hace más daño el humo de un cigarro que el de miles, millones diría yo, de coches expulsando gases sin parar?
Para culminar nuestra estancia en Delhi nos dirigimos al Bahai Temple, una maravilla de la arquitectura moderna. Hecho con la forma de un loto blanco, formado por 27 pétalos gigantes de 30 metros de altura, representa la fe baha"i, que es una religión mundial independiente, científico en su método y humanitario en sus principios. Se fundó en 1863 con la idea de que fuera una religión universal, síntesis y culminación de todas las existentes. Pasamos por el lateral de uno de los nueve estanques que bordean el templo y ascendimos descalzos a su interior, como también lo hacía un grupo de mujeres mutiladas. Allí sólo silencio y paz. Asistimos desde nuestros bancos de mármol en un silencio absoluto a una especie de pequeña ceremonia con cánticos incluidos. Al concluir este breve acto, parecía que estábamos en plena Pasarela Cibeles porque por delante de nosotros desfilaban cientos de mujeres con impresionantes telas y coloridos saris. No en vano, la India es color, pero el color que desprenden los saris.
El sol cae en la India nada más dar las cinco en el reloj y eso nos permitió tener una visión muy distinta del Bahai Temple, mientras los últimos rayos se escondían en el horizonte. Unos pasos más allá, un chaval, como muchos en ese país, balbuceaba sus primeras palabras en español, y en el otro extremo dos indios nos pedían que posásemos en su fotografía. A fin de cuentas les resultamos igual de ‘exóticos’ de lo que nos parecen ellos, por lo que no fueron pocos los momentos en los que salimos retratados en sus analógicas cámaras de fotos.
Por Mar Peláez |
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