CONOCOCHA, MODELO DE VIDA
Por: Nalo Alvarado Balarezo
Conococha es un gélido rincón de Ancash, sin árboles ni flores, donde crece el ichu ennegrecido por el viento helado de la puna. La laguna, del mismo nombre, está siempre cargada de truchas y sobre sus aguas nadan cuadrillas de patos silvestres. Es mudo, quieto y el viento es lo único que se mueve, silbando sin cesar en su danza con los pajonales.
Pasar mis vacaciones escolares en la manada de Tupucancha, colindante a la laguna, fue un constante aprender. Cada día tomaba magistrales lecciones de vida de la naturaleza que los iba grabando en mi memoria, como bases para el desarrollo de mi personalidad y como líneas directrices para enfrentar los retos cotidianos, sin menospreciar ni desafiar a la sabia naturaleza. Por ejemplo:
-Del zorro aprendí a ser paciente, astuto, vigilante y a correr más rápido que la presa más veloz.
-La perdiz me enseñó a ponerme a buen recaudo frente a una imposible defensa.
-En la lucha de los carneros de enormes cuernos y de raleada estampa, aprendí lecciones de valor sin alharacas ni falso orgullo.
-El búho con su mirada misteriosa y su canto agorero aumentó mis fantasías y mi interés sobre los mitos, las tradiciones, los cuentos y leyendas de la zona.
-Los perros chuscos con abundante “guetu” sobre sus espaldas, con su instinto de conservación me enseñaron a presentir la proximidad de una tormenta o la amenaza de un ser vivo.
-Las ovejas con su balido de alerta me prevenían del acecho de algún zorro o puma, para ponerme en guardia.
-Los toros y las vacas con sus mugidos me enseñaron a mantenerme en permanente comunicación con las personas de mi entorno.
-El pajarito "tupuc chiquito" con su gran capacidad de mimetismo me dio clases de cómo pasar desapercibido ante un riesgo.
-El granizo, la nieve, la densa neblina, las nubes preñadas de agua y el intenso frío templaron mi carácter y mis defensas físicas.
-Los rayos, truenos y relámpagos me enseñaron lo pequeño que soy frente al universo y ante el poder supremo de Dios.
-El olor a tierra mojada me enseñó, que el pasto sacia su sed al igual que lo hacemos los humanos, para poder crecer y florecer.
-El cóndor me enseño que para vencer grandes obstáculos es necesario volar alto donde los insectos no llegan, y no como los reptiles que buscan hacer daño arrastrándose por el suelo.
-Los pastores me enseñaron a vivir en fraternidad con la madre naturaleza, ser tolerante y bendecir al prójimo, el trabajo, la salud y los alimentos de sustento diario.
-De la huachua aprendí a ser observador, perspicaz, desconfiado, pero respetuoso con quien se me imponga por su valor.
-Las chinichalhuas (pececillos) de los riachuelos de la Pampa de Lampas con su gran movilidad antes, durante y después del peligro, me dieron clases de cómo mantenerme siempre en movimiento, alerta y sereno a la vez.
-Del puma aprendí que a veces es necesario retroceder para dar un gran salto, pues muchas veces damos saltos sin energía y nos vamos de bruces a la zanja.
-El pato silvestre y el aguash me dieron ejemplos de ubicación estratégica frente a un cazador furtivo.
-El ichu me enseñó a agazaparme hasta que pase el fuerte viento, luego pararme, y si el viento continúa, bailar y silbar con él pero nunca retarlo, porque podría arrancarme del piso zapatos y todo.
-Las cuevas me enseñaron que los hongos venenosos que viven en su interior mueren cuando les da la luz.
-De la vizcacha aprendí a salir a tomar el sol en el momento más preciso para evitar contratiempos y también a correr más rápido que el zorro más veloz.
-Las peñascos, los cerros y nevados perpetuos, me dieron la orientación necesaria para mantenerme siempre abrigado y de pie frente a la adversidad, porque en estos helados lugares hasta el cóndor usa bufanda.
-Los riachuelos me enseñaron a fecundar la tierra y no hacer trabajos estériles sin utilidad.
-Las tibias aguas termales que discurren por varias zonas de la Pampa de Lampas me enseñaron que es posible encontrar calor aun debajo de los témpanos de hielo.
-La laguna de Conococha con su despensa de truchas y su función irrigadora del Callejón de Huaylas, me enseñó a “guardar pan para mayo”.
-El puquial me enseñó, cómo desde lo profundo, gris y desconocido puede brotar agua fresca y cristalina y, que muchas veces es preferible beber en la cuenca de las manos que en vasos de cristal que en un momento dado pueden contener veneno.
-El hombre de la puna procura mantenerse activo para darse calor durante el día, porque sabe que la helada se impone al más tupido poncho y al ron más fuerte.
-El expresivo lenguaje de los glaciares y sus estribaciones morenas hacen añicos la monótona tristeza cuando uno contempla este salvaje paisaje con los ojos del alma.
-En el crepúsculo escarlata, los contornos de los picachos del Tucu Chira parecen una enorme cierra acerada besando el cielo. Basta un minuto de meditación frente a este singular espectáculo a cielo abierto, para escuchar la voz de la naturaleza pidiéndonos conservarla y amarla.
-Los infatigables arrieros me enseñaron que un corazón valiente y firme, es capaz de guiar, inspirar respeto y afecto al mismo tiempo.
En fin, Conococha me enseñó que por más desolado y frío que amanezca el día, siempre está latente la esperanza de un mejor estilo de vida si nos dejamos llevar por las enseñanzas que nos prodiga la madre naturaleza. Del mismo modo aprendí a organizar mi propia defensa y a controlar mis emociones. |
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