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Viaje al Yemen 1/10
Escribe: alxarq
Habíamos decidido ir al Yemen pese a las reticencias de amigos y familiares y a los avisos de la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores. La situación internacional no parecía ser de lo...
Viaje al Yemen 1/10
Yemen — domingo, 26 de marzo de 2006
Para colmo, el día de partida, 2 de abril, mientras esperábamos el taxi que nos llevaría a tomar el TALGO en la estación de Málaga, nos avisan de que se han suspendido los viajes en la línea del AVE Sevilla-Madrid, por haberse descubierto una mochila con explosivos colocada en las vías del tren. Toca que nos lleven en automóvil para pasar la noche en Madrid, en casa de Filo y Morgen, los otros dos compañeros de viaje.
El gran viaje. Día 3, Sábado
Duchas, maletas, búsqueda de pastillas potabilizadoras, que no habíamos encontrado antes (íbamos prevenidos para cualquier contingencia), y marcha hacia el aeropuerto. El viaje iba a ser largo: salida vía Londres hacia Sanaa, donde llegamos a las 5,30, hora local. Interminables trámites y controles exhaustivos. Una vez fuera conocimos al que iba a ser nuestro guía durante toda nuestra estancia, Khaled, moreno y delgado, de mirada triste, tocado con el clásico shal árabe. Su español era muy aceptable: lo había aprendido en Cuba durante cuatro años, antes de la reunificación de los dos Yemen, cuando Yemen del Sur era una república socialista en la órbita de la Unión Soviética. En el viaje al hotel se alegra al enterarse de que somos de Andalucía, pues los árabes llevan a esta tierra, Al-Andalus, en su corazón. Nos cuenta que Müsa Ibn Nusayr, el gobernador de Túnez que dirigió la conquista musulmana de Al-Andalus, aunque nacido en La Meca, era de origen yemení, y, como él, muchos yemenitas entraron en Andalucía durante la primera época.
El tráfico de Sanaa asusta. Hay pocos semáforos, y los que hay apenas se respetan. Cada uno circula por donde puede, los adelantamientos son de espanto, los cruces de peatones por la calzada temerarios, y casi todos los automóviles están abollados. El claxon es un elemento imprescindible; no se puede concebir un coche al que no le funcione, pues es un elemento utilizado con frecuencia para hacerse notar, efectuar maniobras o discutir con automovilistas o viandantes. Las luces intermitentes, sin embargo, casi no son utilizadas. Esta característica se mantendría invariable en todos los itinerarios por las carreteras del Yemen.
El hotel Hilltown se encuentra en el centro de Sanaa, y muy cerca del casco antiguo. Reúne todas las condiciones para ser un gran hotel; grandes espacios, amplias habitaciones y proporciones regulares. Pero su estado de abandono es muy acusado: desperfectos que no se arreglan, aparatos que no funcionan, algunos enchufes son peligrosos, y, sobre todo, la higiene deja mucho que desear. Las toallas no eran blancas, pero de no conocer la lejía; las habitaciones no se habían limpiado a conciencia y dejaban rastros de los anteriores inquilinos. A Clara hubieron de cambiarla de habitación, porque le habían asignado una en extremas condiciones de cochambre. Visto lo cual optamos por comentárselo al guía, el cual negoció con la agencia el resto de las estancias. Pagando una diferencia nos alojaríamos en el hotel Taj Sheba durante el resto de nuestra estancia en Sanaa, y para el resto de los itinerarios, negoció un par de cambios sin tener que pagar diferencia alguna; cambios que se nos antojaron muy ventajosos.
El problema de infraestructuras turísticas en Yemen, como en otros países de similares características, es que no existe un término medio: o te alojas en un gran hotel con todo lujo de comodidades, o los demás adolecen de un mínimo de conservación y cuidados. Nosotros estábamos dispuestos a conocer el Yemen, a sus gentes, sus ciudades y sus paisajes; a pasar calor, frío, y tragar polvo en caminos polvorientos; a sufrir incomodidades durante los trayectos; pero, en lo posible, deseábamos descansar por la noche en un apetecible lugar donde reponer fuerzas para el día siguiente.
Tras la llegada, un pequeño descanso y a las nueve salimos hacia la ciudad vieja. Sanaa causa una impresión imborrable. Es otra arquitectura que no se puede encontrar en otra parte del mundo. Sus casas, encerradas en el recinto amurallado recientemente reconstruido, se elevan en muchas plantas con fachadas decoradas artísticamente, adornadas con vidrieras multicolores, ventanas de madera finamente talladas, puertas de filigrana y mezquitas a tono con el estilo general de la ciudad. Se nota la acción de la UNESCO tras ser declarada la ciudad Patrimonio de la Humanidad: el empedrado de losas, está limpia, y se advierte que las gentes tienen conciencia del valor artístico de su ciudad, pero aún el turismo no ha hecho mella en su ambiente, y no abundan las tiendas de recuerdos y las cafeterías al estilo occidental.
El zoco de los herreros y carpinteros, caras sonrientes y amabilidad. Todos quieren fotos con nosotros. El aroma nos anuncia que entramos en el zoco de las especias; más adelante, las tiendas nos ofrecen piezas de artesanía local, principalmente jambias y cinturones. La Jambia es el signo de identidad para gran parte de los yemeníes. Denota su edad, su tribu y su nivel económico; apenas llegan a la pubertad ya se colocan la jambia al cinto. Sólo al este, en el gobernorado de Hadramunt no se suele utilizar. Casi todas están primorosamente trabajadas, y sus precios oscilan desde los mil hasta cientos de miles de ryales.
Para comer salimos por Bab al Yemen, la puerta principal de la ciudad vieja, y centro de gran actividad; multitud de jóvenes ofrecen sus mercancías que pregonan de pie o colocan en el suelo, y se negocia el qat de la tarde. Hay tiendas de cambio, de fotografías, barberías... el tráfico es caótico. Hay que pasar entre la multitud mezclada con los turismos y camionetas de reparto. Llamada a España: tenemos noticias de la autoinmolación de siete terroristas islámicos en Leganés. Casi nos sentimos más seguros aquí que en España. Más allá, cerca de la torre de la televisión y de nuestro hotel, nos sentamos en un restaurante popular, limpio y agradable con una decoración en escayola, barroca y multicolor en el techo. El guía, después de consultarnos, nos encarga un menú especial. Sacan sus mejores platos y con los cubiertos nos ofrecen un delicioso pan recién hecho, arroz basmati exquisitamente especiado, pimientos y berenjenas rellenos, pollo, verduras asadas, plátanos y té. Una comida deliciosa. Durante el tiempo que duró el almuerzo pasaron muchas tandas de comensales por el restaurante. La comida ordinaria en Yemen no es precisamente una ceremonia: se come rápidamente como si se tratara de un trámite que hay que abreviar. No se utilizan cubiertos, sino que se usa el pan a modo de cuchara ayudando con los dedos, y una vez finalizada no se conceden minutos a la sobremesa; ésta viene después, con el consumo del obligado qat. El qat es el vicio nacional: En ningún otro país se consume. Tan sólo se hace en Arabia, importado del Yemen, y donde su consumo y, sobre todo su tráfico, están severamente penalizados. Se consumen los brotes tiernos del arbusto cuyo cultivo, más rentable, ha desbancado al café. Al parecer supone un treinta por ciento de la superficie cultivable del país.
En Yemen parece que toda la actividad está supeditada al consumo de este estimulante ligero, con un efecto similar a las anfetaminas, aunque ellos dicen que no produce más efecto que el de un par de cafés bien cargados: Por la mañana hay una pausa para proveerse de la ración diaria. Estratégicamente situados, los vendedores ofrecen su mercancía en bolsas de plástico trasparentes. Una ración diaria viene a suponer entre cuatrocientos y mil ryales; a veces más, según la calidad. Y se habla de que el consumo de qat llega a constituir un gasto de la tercera parte del presupuesto familiar. Se justifica este enorme gasto alegando que siempre se realizan trabajos extras cuyos ingresos se dedican a la adquisición de esta planta, Sea como sea, y además, por los efectos nocivos que a la larga produce, el consumo de qat es una lacra para el desarrollo de este país.
El qat se suele mascar en compañía, bien en casa (hombres y mujeres aparte) o en locales destinados a este menester. Se van introduciendo los brotes tiernos en un carrillo y, mascándolos, se absorbe su jugo ayudándose con buenos tragos de agua. Todo el mundo, a la hora de sobremesa, suele tener el carrillo hinchado, rumiando plácidamente la hierba, y acompañándolo de una apacible conversación. Los conductores lo mascan al volante, los tenderos, los funcionarios... es el vicio nacional. Cuentan que, tras los efectos estimulantes, sobreviene un bajón anímico que, al decir de las malas lenguas algunos rellenan con alcohol.
Por esto del qat siempre hemos gozado de un buen respiro después de comer. Este día nosotros lo aprovechamos para echar una buena cabezadita, pues no habíamos dormido casi nada en veinticuatro horas, para después visitar el zoco de los joyeros y anticuarios. Tiendas de todo: ropas femeninas de exterior e interior, las omnipresentes jambias, cosas viejas y joyas de plata que las yemeníes ya no compran, porque se han pasado al oro. Un tendero con suerte cayó bien y allí se mercaron gran parte de las piezas (collares) que se iban a comprar en el viaje. Silver o no silver, ámbar o plastic Dóllars o Euros, hubo té y regalitos finales y todos salieron tan contentos, sobre todo el comerciante. El guía no lo estaba tanto; ya nos dijo otro día que no le gustaba acompañar para ir de compras. Siempre me ha parecido que tenía una mirada triste; a lo largo del viaje fuimos conociendo por qué.
Antes de cenar nos explicó el plan del día siguiente y nos anunció los temas que abordaríamos durante las veladas nocturnas de los próximos días: la mujer, el matrimonio, el Islam... realmente interesante.
(Próximo capítulo: La Reina Bilqis)
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publicado el 26/mar/2006, 13.52 |
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