
El tren que no tenía espejo retrovisor
San Sebastian | 0 comentarios.
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Todavía me duraba la somnolencia, aún era temprano, sobre las nueve de la mañana. Aunque ya llevaba varias horas de viaje. Había partido de madrugada con destino a San Sebastián. El tren penetraba en la estación pesado, algo cansino; me bajaba de él muy rápido y enseguida cruzaba el río Urumea. Casi siempre bajo un cielo gris y una lluvia chispeante. Los ciudadanos andaban apresurados hacía sus quehaceres, esquivando los charcos y los coches que lo llenaban todo.
Cuando ya había rodeado la catedral, iniciaba la cuesta de Aldapeta; tristemente famosa en la transición democrática a consecuencia de varios incidentes violentos que tuvieron por escenario a ese lugar, Dejaba a mi izquierda el palacio de Ayete, antigua residencia del dictador Francisco Franco cuando visitaba la ciudad. Después de veinte minutos de marcha llegaba a la parte más alta del monte, muy próximo al barrio de Amara. Casas unifamiliares componían el núcleo urbano, todos con espléndidas vistas sobre la ciudad; un lugar tranquilo con grandes espacios verdes. Se adivinaba cierta calidad de vida.
En una de estas casas con jardín y cochera vivía un buen amigo y compañero, objeto de mi viaje, y digo “vivía” porque murió recientemente, todavía joven. Este viaje lo realizaba varias veces al año. En casa de mi compañero se organizaban reuniones de tipo sindical y político, pero no es de esto sobre lo que quiero hablar.
Acabada la reunión, nos disponíamos a comer todos los asistentes a la misma, venidos de varios puntos del país, en un restaurante cercano; la comida era abundante; no olvidemos la importancia que le dan los vascos a esto de la gastronomía; esto me producía cierta pesadez en el estómago para el resto del día.
Hasta la noche no tomaba el tren que me devolvería a mi destino. Alguna vez me quedaba a pernoctar en la ciudad o en un pueblo cercano, ésto me daba algo más de margen para disfrutar de esta tierra. Aún así, la tarde era suficiente para realizar muchas actividades. Un paseo por la Concha sintiendo la brisa del mar sobre el rostro, observando lo que pasaba a mi alrededor, caminando a paso ligero hasta las faldas del monte Igueldo, dar la vuelta, y dirigirme hasta el otro extremo de la playa: el monte Urgull.
Los donostiarras sienten pasión por su tierra. Comprendo su abertzalismo, aunque no lo comparta. No me siento identificado con las líneas fronterizas que separan en un mapa a los países.
La otra visita obligada era el casco viejo. Atravesando los jardines de Jaizquibel y el Ayuntamiento. Un edificio emblemático y muy representativo de la ciudad. Dejo a un lado el bulevar y el kiosco donde se celebra todos los años el festival de jazz. Me introduzco en un mundo incomparable, con semejanzas a otros barrios históricos. Un laberinto de calles pobladas de tabernas donde se come y se chiquitea sin descanso, rodeados de ikurriñas y pancartas colgantes reclamando utopías, viejas reivindicaciones, soberanía, independencia... Se respira libertad, solidaridad, cultura... En algunas ocasiones, demasiadas tal vez, todo esto se rompe, salta en mil pedazos y debes escurrir el bulto porque te encuentras en un mundo que no conoces bien y puedes salir mal parado. Entra en acción una auténtica guerrilla urbana contra las fuerzas de ocupación, como las llaman por aquí.
San Sebastián es mucho más. Podría llenar páginas con las vivencias de todo tipo experimentadas en sus calles. Me hubiera gustado que el tren que me alejaba, hubiera tenido un espejo retrovisor para ir despidiéndome poco a poco de esta inolvidable ciudad. Hay momentos que marcan un antes y un después. |
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