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Por la Sierra Maestra de Cuba

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casa
25/01/2006


4 Semanas en Cuba: Diario de César en La Isla

A principios de este año (2002) pensaba en realizar en verano un viaje por algún país de Centroamérica. Navegando por internet en busca de información, encontré referencias al llamado “turismo solidario”, estancias organizadas por ONGs en zonas desfavorecidas de Latinoamérica o África en las que los gastos de transporte, alojamiento y comida corrían por cuenta del propio cooperante. A cambio, se le ofrecía la posibilidad de participar en tareas de ayuda a las gentes del lugar y de recorrer el país durante un mes conociendo sitios a los que como turista convencional resulta difícil acceder.

Una de estas organizaciones, Sodepaz, permitía inscribirse en estos viajes sin tener que asistir previamente a cursos de formación, requiriendo únicamente acudir a un par de reuniones informativas y a un encuentro con el resto de participantes. De los tres destinos posibles - Chiapas (México), Guantánamo (Cuba) y Lima (Perú) - elegí el primero, el que más me atraía en un principio, pero tras escuchar la charla ofrecida por un cubano invitado a uno de los encuentros, en la que relataba las peculiaridades de la situación de su país, cambié de rumbo, intrigado por conocer uno de los últimos reductos del comunismo.

Acudiríamos a Cuba invitados por Cuba Solar, un organismo dedicado a proveer electricidad en lugares aislados del país, aunque en la práctica la encargada de guiarnos sería la Unión de Jóvenes Comunistas (UJotaCé).

Se trataba de una estancia de 4 semanas, organizada de la siguiente manera: los primeros 6 días los pasaríamos en La Habana, alojándonos en un hotel y realizando visitas a la propia UJotaCé, a un hospital, a un sindicato de trabajadores, a una editorial.

Luego viajaríamos a la provincia de Guantánamo, en la otra punta de la isla, para pasar 15 días en el Palacio de Pioneros de Imías (algo así como una escuela-residencia) donde colaboraríamos en algunas tareas (pintar y demás). La última semana la tendríamos libre y podríamos dedicarnos a viajar por nuestra cuenta antes de regresar a la Habana para coger el avión de vuelta a España.

Mis objetivos al iniciar este viaje fueron básicamente dos: por un lado, aprovechar mi condición de cooperante para descubrir la realidad del país y poder formarme una opinión propia, aparcando desde un principio cualquier idea preconcebida sobre temas como la revolución cubana, el comunismo, el embargo económico de los EE.UU. o el turismo sexual; por otro, emplear la semana libre a final del mes para viajar en solitario por la isla, prolongando a ser posible mi estancia en el país más allá de los 30 días planeados inicialmente. En especial, me atraía la posibilidad de recorrer Sierra Maestra.
Al final, el viaje resultó interesante por mil motivos. Este diario te podrá ser de utilidad tanto si estás planeando viajar allí como si simplemente quieres leer y conocer algo más sobre “la Perla del Caribe”. Los amantes de las rutas de montaña encontrarán interesante la parte del diario que relata mi paso por Sierra Maestra (entre los días 22 y 25 de Agosto). En cualquier caso, me doy por satisfecho por poder dar a conocer lo que allí vi.

22 de Agosto, Jueves
Duermo hasta pasado el mediodía y por la tarde cojo el autobús a La Habana, que tiene parada en Bayamo. Mi idea era dormir en esta ciudad tras haber comprado con calma provisiones y cualquier otra cosa que me hubiera podido hacer falta en Sierra Maestra (un recambio de pilas para la linterna, por ejemplo), pero al final y con el fin de aprovechar los días que me quedan en Cuba decido intentar llegar antes del anochecer a Villa Santo Domingo. Hablo en la estación con un taxista que accede a llevarme hasta allí (son 70 kilómetros) por 25$. Antes de salir de Bayamo paramos en una tienda y compro varios paquetes de galletas, un par de bocadillos y agua embotellada. De la ciudad de Bayamo conservo apenas el recuerdo de la estación de autobuses y de un par de calles como las de otras ciudades ya vistas.
La carretera atraviesa un paisaje más verde de lo habitual. Delante nuestro se recorta la silueta de Sierra Maestra, con sus picos envueltos en nubes. Ya en las estribaciones, el taxista toma un desvío a la izquierda (un letrero anunciaba un campismo a 1 km). Un par de curvas más adelante el asfalto está levantado e impide al coche seguir. El taxista me asegura que poco más adelante se encuentra mi destino. Tras pagarle, cargo con mi mochila y camino unos minutos hasta llegar al campismo en cuestión, que según me informan resulta estar ¡a 25 kilómetros de Villa Santo Domingo! A estas horas (anochece) ya no hay transporte para intentar llegar más lejos y debo quedarme aquí a pasar la noche. Mientras me acuerdo del taxista, sentado a la puerta de mi cabaña, converso con un cubano que está pasando unos días de descanso con su familia en la cabaña de al lado. Me invita a un trago de su botella de ron, me pregunta sobre la vida en España y me habla de cuando estuvo trabajando en Rusia.
23 de Agosto, Viernes
Para ir a Villa Santo Domingo hay que retomar la carretera que viene de Bayamo. Al no haber ningún pueblo cerca, la única opción posible es "pedir botella" (hacer auto-stop). Por aquí pasan pocos vehículos, y camino durante un rato hasta que para una camioneta del gobierno que lleva televisores para los habitantes de Providencia, un pueblo a 5 km de Villa Santo Domingo. Desde Providencia continúo a pie por una carretera muy empinada: es mediodía y hace muchísimo calor y humedad. Más adelante, mientras descanso unos minutos, me encuentro con una campesina que me invita a comer guayabas y me acompaña incluso al árbol donde las puedo coger. Poco antes de llegar a Villa Santo Domingo, me recoge una furgoneta.
En Villa Santo Domingo, un funcionario del Parque Nacional Turquino me detalla la travesía de Sierra Maestra. Son tres días de caminata, pero una persona en buena forma la puede realizar en dos. De esta última manera, el primer día se sube hasta el refugio Joaquín, a 1600 m de altitud, y se duerme allí, y el segundo se corona el pico Turquino (1972 metros) y se desciende a continuación hasta las Cuevas, una aldea en la costa del Caribe. En total son 28 kilómetros de recorrido con un desnivel acumulado de casi 4000 m. Iré acompañado por un guía durante todo el trayecto. El funcionario me recuerda que tengo que encargarme de mi propia comida y me recomienda que lleve agua embotellada. Me indica también que puedo dormir esta noche en una de las casas del pueblo y que debo estar mañana a las 7:00 en el puesto de control de acceso al Parque Nacional para encontrarme con el guía.
Me alojo en una casa al otro lado del río, donde una mujer me alquila una habitación por un precio razonable. Le pido que me prepare algo de comida para la ruta. Por la tarde doy un paseo por el pueblo y luego ya de vuelta en la casa contemplo cómo durante un buen rato cae un verdadero aguacero, con relámpagos que en lugar de ir de arriba a abajo se ramifican entre las nubes en todas direcciones de una manera muy espectacular.
24 de Agosto, Sábado
Aún es de noche cuando me levanto. La dueña de la casa me ha dejado sobre la mesa del comedor las provisiones para la travesía: un recipiente de plástico enorme con pollo y arroz blanco, algo de fruta y litro y medio de jugo de guayaba (¿o era papaya?). Me despido y me dirijo al puesto de control en el acceso al Parque Nacional. Al de un rato llega mi guía. Le pregunto si me podría llevar parte de mi carga (mi mochila pequeña con las botas de ciudad, un libro, y parte de la comida), comentándole que a cambio le pagaré algo, y no me pone ninguna objeción.
Para llegar al Alto del Naranjo hay que caminar durante cinco kilómetros por la carretera más empinada que he visto en mi vida. En algunos puntos tuve que avanzar en zig-zag para evitar tanta pendiente. Llego arriba completamente empapado en sudor. Aquí ya se acaba la pista asfaltada y se continúa durante 9 kilómetros más por un sendero que serpentea entre una abudantísima vegetación. En algunos puntos hay escaleras y barandillas de madera que la gente del Parque Nacional ha colocado para permitir salvar los desniveles del camino. Entre el peso de la mochila, la humedad y el sendero rompepiernas, la marcha se me acaba haciendo muy dura. A dos kilómetros del refugio Joaquín comienza a llover y aceleramos el paso para evitar que nos pille la lluvia en su apogeo, cosa que no logramos.
El refugio Joaquín es una cabaña hecha de tablas y planchas de metal en el corazón de Sierra Maestra. Aquí me espera otro guía (Alonso) para acompañarme mañana hasta Las Cuevas, su pueblo y el final de la travesía. También me encuentro con el guardián del refugio y con la cocinera. Paso el resto de la tarde calentándome al fuego y charlando con todos ellos. Para cenar acepto la sopa de frijoles que me ofrecen (con mosquitos incluídos, pues cocinan utilizando agua de lluvia que recogen en bidones), y me acuesto en cuanto oscurece para recobrar fuerzas para la jornada de mañana.
25 de Agosto, Domingo
Los dos guías me acompañan en la ascensión al Turquino y a partir de allí sólo Alonso sigue conmigo. Este tramo, desde el refugio Joaquín hasta la cima del Turquino, es de los más duros de todo el recorrido, teniéndote que ayudar a menudo con las manos para subir y bajar tramos de escaleras. La cima del Turquino es un claro en el que se alza un pedestal con un busto de José Martí, y desgraciadamente no se ve el paisaje alrededor.
Desde aquí hasta Las Cuevas ya es todo bajada, salvo un pequeño repecho para subir al pico Cuba. Nos detenemos más abajo, en el refugio Cuba, a descansar. Su guardián nos invita a tomar un vaso de café. El camino sigue descendiendo encajonado entre paredes de tierra y raíces por el cauce de un arroyo. Luego más adelante atajamos a través de la vegetación, siempre en fuerte bajada. Durante el último tramo del descenso me comienzan a fallar las piernas y me veo obligado a detenerme a menudo. Llego a Las Cuevas totalmente destrozado, y Alonso me invita a pasar a su casa, donde me presenta a su mujer y a sus hijos. Las Cuevas es una aldea muy pintoresca, con viviendas de paredes de madera y techos de paja, y sus habitantes van vestidos con las prendas mínimas y descalzos muchos de ellos.
Alonso me explica que hoy al ser domingo no pasa ningún autobús por la carretera de la costa y que para llegar a La Mula, a 12 km, donde pretendo dormir, debo esperar a que me recoja algún vehículo. Tras despedirme de él y de su familia, me dirijo a la carretera y me siento en una piedra a la sombra de un árbol. Coincido con un mulato que espera que alguien le lleve hasta Santiago. Conversamos sobre la situación política del país. Él critica duramente a Fidel Castro: me habla de los chivatos del régimen (me señala incluso, disimuladamente, a uno de los habitantes de la aldea) y de los círculos clandestinos anticastristas que él mismo conoce en Santiago. Abre su equipaje y me muestra algunas fotos de su familia y amigos.
Durante todo este rato, un par de horas ya, sólo han pasado tres turismos y ninguno de ellos ha parado. Para aumentar la probabilidad de que alguien me lleve, decido ponerme a caminar en dirección a La Mula y hacer auto-stop yo solo. Al poco de haber comenzado a andar se detiene un camión que lleva gente en su remolque, y subo a él. En La Mula, me deja frente al campismo, donde pido una cabaña para pasar dos noches y poder descansar. Me doy una ducha, me quedo tirado en la cama un rato y luego me acerco al bar para pedirme una Cristal bien fría (con la que llevo soñando desde que dejé Villa Santo Domingo). Qué lástima que estén desabastecidos de hielo y no me la haya podido tomar fría.
26 de Agosto, Lunes
Tengo en las piernas unas agujetas terribles. El día de hoy lo dedico por completo a descansar. Ya por la tarde, lavo la ropa sucia y a continuación me acerco a la playa a darme un baño. Ceno en el bar del campismo, donde converso (¡cómo no!) con un cubano, el dueño de una paladar (se llama así a los restaurantes privados). Su mujer está preparando una comida típica cubana (un especie de rollo de carne y maíz envuelto en hojas, no recuerdo su nombre) y me convence para pasar por su cabaña y probarla. Bebemos ron y me ofrece fumar marihuana. Acaba poniéndose muy pesado de tanto beber y me despido para irme a mi cabaña. Por la noche apenas descanso, hay unos mosquitos enormes que no aparecieron la noche anterior, se me ha acabado el repelente de insectos y acabo acribillado. Consigo conciliar el sueño cuando ya amanece.
27 de Agosto, Martes
Al levantarme tarde he perdido los autobuses que pasaban temprano hacia Santiago, así que me pongo a caminar por la carretera de la costa. Más adelante un camión me lleva durante unos pocos kilómetros, y luego otro ya hasta Chivirico, un pueblo con bastante movimiento. Allí compro agua embotellada, como un poco de pollo y veo cómo sale un remolque completamente abarrotado de gente. Alguien me indica que pruebe en la estación de autobuses, donde con un poco de suerte a lo mejor consigo subir en algún transporte. Justo al llegar veo un autobús a punto de salir. Resulta ser uno de los autobuses urbanos que circulaban hace hasta hace poco por Barcelona, con los rótulos escritos en castellano y catalán. La gente se amontona en su interior como en España en hora punta, y el viaje se me hace muy incómodo hasta que llegamos a Santiago. Como algo de pollo (empiezo a estar bastante harto de no comer otra cosa) en la plaza Céspedes y me dirijo a la estación de autobuses para comprar un billete a La Habana. Viajo durante toda la noche (unas 12 horas), durmiendo la mayor parte del tiempo.
28 de Agosto, Miércoles
Al llegar a La Habana paro a un taxi oficial para que me lleve al centro de la ciudad. Le pregunto al taxista por un sitio donde alojarme y acaba consiguiéndome un apartamento cerca del Malecón. No es barato (me cuesta 25 dólares la noche), pero puedo cocinar y estar tranquilo que es lo que me interesa ahora. Encuentro una tienda donde venden artículos y comida de importación y compro lo necesario para prepararme unos spaghetti con tomate y atún. Como la comida, echo ya de menos muchas cosas de mi país. Hasta mañana por la noche, cuando nos encontremos todos los miembros de la brigada, no tengo ya ningún plan, únicamente pasar por la UJotaCé para recoger el dinero que tuve que dejar para poder cambiar la fecha de mi billete de avión. Paso por allí a media tarde y al entrar me cruzo con Nancy, que me saluda sin mostrar mucho interés.
Por la noche doy un paseo por el Malecón y me siento en una terraza a tomar una cerveza. Rehuso la compañía de dos jineteras y hablo con un cubano que me ha pedido permiso para sentarse en mi mesa. Me cuenta que trabaja como técnico de electrónica en un hospital y que sólo cobra 7$ al mes. La Cristal que me estoy tomando yo cuesta 1. Resignado, como otros cubanos con los que te he tenido ocasión de hablar, me confiesa que la solución a los problemas de Cuba sería cortarle el cuello a Fidel Castro. Cómo no, me invita a un trago de ron de la botella que lleva en el bolsillo.
29 de Agosto, Jueves
Paseo por la ciudad, veo la estación de ferrocarril, visito un mercado, compro algunos regalos y un par de camisetas del Che para mí. Por la tarde encuentro una locutorio donde es posible conectarse internet y durante un rato leo las noticias y mi correo. Un chico me pide que le compre, con su dinero, una tarjeta para navegar por la red, pues por lo visto para adquirirla es necesario presentar un pasaporte extranjero; parece ser que los cubanos tienen controlado (era de esperar) el acceso a, por ejemplo, páginas como la que estás leyendo ahora.
Por la noche nos encontramos en La Habana Vieja todos los cooperantes. Cenamos en un restaurante que ya conocíamos y nos contamos cómo nos ha ido a cada uno esta última semana. Luego salimos a tomar los que serán los últimos mojitos y cuba-libres de nuestra estancia en Cuba. Se ha producido un apagón en esta parte de la ciudad y el único sitio que encontramos para meternos ya a medianoche es la discoteca de un hotel, donde tenemos que quitarnos de encima a varias jineteras.
30 de Agosto, Viernes
Doy un último paseo por el Malecón. Sería una buena fotografía: la Fortaleza del Morro asomando a la derecha, la línea del océano enfrente y un trozo del Malecón, con gente sentada en él, en primer plano... Nos presentamos en el aeropuerto 4 horas antes de la salida del vuelo para evitar problemas en la facturación. Por la ventanilla del avión, al despertar un momento durante el trayecto, todavía de noche, en mitad del Atlántico, veo el amanecer enfrente a lo lejos, apenas un resplandor en el horizonte del océano...
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Ultimos comentarios:

yoyin08 dijo:

ojala que todos los que puedan ir a cuba hagan lo mismo y pueda hablar con el cubano de a pie (con alguien humilde del pueblo)

domingo, 3 de agosto de 2008, a las 20.07

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