
Viaje a la costa atlantica en bicicleta | Dia II
Santa Teresita | 0 comentarios.
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El nuevo día arranco con un sol aterrador que prometía ser muy molesto en la marcha. El viento estaba bien calmo, lo que era un punto a favor a la hora de pedalear.
Las agujas marcaban las 10:00 AM y nos dividimos las tareas. Mi compañero Checho salio en busca de provisiones para el viaje y yo lleve la bicicleta pinchada al taller, donde me cambiaron la cámara y me invirtieron las cubiertas, para evitar el desgaste en la rueda trasera, debido al peso de la mochila.
Nuevamente rodando en la ruta nos preguntamos porque no habíamos comprado unas cámaras nuevas, pero no encontramos respuesta alguna.
La ruta 2 se mantenía igual que siempre con sus inmensos verdes, vacas y basura. El viejo dolor de la rodilla ya se había activado muy pronto, haciendo las cosas mas difíciles.
Todo marchaba de manera perfecta hasta que en algún lugar desértico llamado "campanario" un ruido familiar resonó en mi cabeza a la vez que mi rueda trasera se iba desinflando.
Con caras inexpresivas nos expresamos toda la frustración de una marcha sana y después de deliberar decidimos caminar hasta algún lugar en el que nos pudieran ayudar. Marchábamos por la banquina y una abeja decidió que era buen momento para picar a algún humano, pero después de varios intentos termino aplastada en el asfalto.
Nada aparecía; solo nosotros y el sol caminábamos juntos. Paramos en una construcción que algún día seria un restaurant y ahí hicimos un intento de dedo que termino en rotundo fracaso. Llamamos con un teléfono a emergencias de la ruta y nos dijeron que no tenían soporte para ciclismo, solo nosotros y el sol...
A lo lejos se acercaba una silueta, un hombre en bicicleta, este freno y nos pregunto que sucedía. El sujeto resulto ser un herrero y nos hizo pasar a un galpón, algo obscuro y lleno de polvo. Mi compañero, algo tenebroso igual que yo, me hizo una seña para que tenga el cuchillo a mano. Nos hablo de su vida y de como se rebuscaba, nos hizo esperar afuera y de repente salio con un soplete encendido en dirección a Checho. Su cara de pánico solo podría ser descripta por una foto. En un movimiento brusco se puso a soldar unos fierros nos señalo donde había agua, duraznos y lo mas importante... aire. Tenia un compresor que usaba para algún tipo de trabajo con el cual pudimos arreglar las ruedas y seguir viaje, después de dejarle un buena suma de plata a modo de agradecimiento.
Nuestro destino del día, Dolores, no estaba muy lejos y nos esperaba con un asado en la casa de un gran amigo, Marcelito.
Si bien la distancia recorrida fue corta (80 km aprox.), llegamos gloriosos como vueltos de Troya a Itaca y la gente nos recibió con una hospitalidad indescriptible.
Unas cuantas horas mas tarde a nuestra llegada se prendería fuego "Cromagnon", comenzando así una masacre dura de recordar. |
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