Dieron las siete de la mañana. Un sol estival recién asomándose me anunciaba el momento de despertar y alistar mis vestimentas e ilusiones, pues mi vuelo salía en pocas horas a Santiago y posteriormente a Buenos Aires, pero con destino final en el noreste argentino. Tal vez porque aún tenía sueño o por la noche anterior de comida rápida y bebida burbujeante, me sentía desorientado. Camino al aeropuerto y subiendo al avión mientras una rubia azafata me daba los buenos días, no podía contener la sensación rara de estos viajes largos: una mañana te despiertas en tu suave y tibia cama mirando las lentas partículas de polvo dibujándose entre los primeros rayos del sol, pero esa misma noche puedes hallarte en un lluvioso campo, un iluminado bulevar o cualquier paraíso del mundo que te regocija los sentidos y da vida a tus fantasías.
Soy astrónomo aficionado y en este país disfruto teniendo los cielos más espectaculares del mundo; enfatizo mis observaciones en estrellas variables, bandas nubosas de Júpiter y anillos de Saturno, todo con mi telescopio reflector de 114 mm. Hasta ahora eso ha avivado mis sentidos y fantasías, cautivado mis sueños y hecho volar mi imaginación más alto de lo que este avión se encuentra ahora, rumbo a Santiago. Pero desde que desperté esta mañana, mi deseo ha sido embarcarme en este viaje que me llevaría a un lugar de atractivo totalmente distinto. La ejecutiva que me atendió en LAN aseguró que estando allí uno se siente parte de la naturaleza misma. Mi ansiedad seguía subiendo mientras avanzaba, mientras desembarcaba en Santiago y tomaba el vuelo a Buenos Aires, mi segunda parada. Empiezo a escuchar, oler y casi palpar el lugar donde estaría unas 24 horas después. Árboles frondosos con frutas dulces que caen de ellos como copos de nieve; coatíes, lagartijas, mariposas de todos tamaños y colores; millones de metros cúbicos de agua viniendo de dos ríos distintos y cayendo en un solo sitio, formando un espectáculo que te hace revivir una leyenda guaraní.
Después de un vuelo tranquilo llego a la capital argentina para poner pies en tierra. Me embarco en un bus hasta la ciudad más lejana del noreste en un viaje larguísimo, que no estuvo exento de conversaciones, historias y anécdotas que compartí gran parte del camino con la persona sentada a mi lado, se llamaba Federico. Él estuvo allá dos veces y me contó detalles inéditos, de aquellos que te avivan más tus ilusiones e incluso te recuerdan esos lugares mágicos con los que soñabas de niño. Hasta entonces se esfumaban lentamente mis ideas de constelaciones, planetas y asteroides; por un momento lo que hasta entonces era mi pasión pasaba a segundo plano porque todo mi ser ansiaba conocer este sitio. Quería saber qué sentiría y cómo sería el paisaje ubicado ahora a sólo 390 kilómetros, pues ya estaba pasando por Corrientes. En ese momento dieron las siete de la mañana y me dije: "por Dios, pensar que hace sólo 24 horas estaba recostado en mi cama y ahora estoy dentro de un bus, en una carretera rodeada de árboles en todas direcciones".
Llegué a la ciudad. Días antes ya había reservado un hotel y averiguado lugares en donde se podía comer, pero eso no importaba en este momento. Mi ferviente deseo era llegar al mayor atractivo turístico de esa zona, quería ver satisfechas todas las ilusiones que alimenté el día anterior, viajando por aire y tierra. Rápidamente conseguí un transporte que me llevaría allí en media hora más, por tanto me apresuré en el chequeo del hotel, me bañé y dejé mi equipaje junto al velador casi sin darme cuenta que me encontraba a miles de kilómetros de casa, donde se encuentra mi suave y tibia cama. Un teléfono sonando y un furgón blanco estacionado en la entrada me hicieron sonreír enérgicamente, a pesar que el viaje desde Buenos Aires fue realmente agotador. Mi transporte estaba listo.
Pasos lentos, sudor suave y respiración agitada bajo 40 grados de temperatura. Parecía la cámara lenta de una escena nostálgica y emocionada. Estoy próximo al lugar del que todos hablan, disfrutan y recuerdan. Senderos que parecen interminables rodeados de árboles frondosos, frutas dulces y coatíes atravesándose dilatan unos segundos más el encuentro... unos pasos más, unos latidos más... ¡lo he logrado!. Ya estoy en ese lugar hermoso en medio de la naturaleza. Aquí no hay estrellas ni galaxias, menos aún telescopios, todo se reduce a un paisaje majestuoso que semeja música y poesía encapsulada en perfecta armonía; un paraíso del mundo que regocija los sentidos y da vida a las fantasías. Estoy viendo las cataratas del Iguazú.
Todo, absolutamente todo lo que veía me parecía la mayor joya natural que mis sentidos hubieran percibido, tal como dijeron la ejecutiva de LAN y Federico. Sin embargo esa sensación duró por exactamente sesenta segundos, porque mis ojos se voltearon hacia el cénit y contemplaron una belleza que jamás había visto antes: un halo solar. Es un fenómeno causado por la refracción de la luz solar a través de cristales de hielo hexagonales en nubes cirros. Los halos tienen un radio de 22 grados, por tanto semejan un perfecto anillo alrededor del sol con los colores del arcoiris que puede durar unas horas. En esta ocasión duró 35 minutos.
Esa noche estuve mirando desde la ventana de mi cuarto. Pensaba si aquello era cierto, si la experiencia de ver las cataratas del Iguazú había sido superada sólo un minuto más tarde por un fenómeno atmosférico/astronómico. O quizá... que tal vez existan cosas hermosas por las que estamos dispuestos a viajar muy lejos, pero ninguna se compara a la belleza de nuestras propias pasiones. |
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