
USA: GOD BLESS AMERICA!! 2ª parte
Pittsburgh, San Francisco | 0 comentarios.
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Jueves 18-08-2005: Pennsylvania, ¡¡qué recuerdos!!
Cuando abrí la maleta ya en casa de mis tíos, enseguida observé que me la habían abierto. Pero eso sí, el departamento de Seguridad de los Estados Unidos me había dejado una nota oficial, informándome que debido a la situación política actual mis pertenencias habían sido sometidas a un control rutinario. Todo un detalle.
Era de noche ya cuando llegamos a la ciudad de Pitt, y mi amigdalitis era galopante. Pero como la justicia es divina, cuando peor estaba fue cuando llegué a Pittsburg, donde mi tío Ángel ha ejercido de médico durante muchos años y podía recetarme la medicación que necesitaba. Además, en Estados Unidos, la atención médica es mayoritariamente privada y mi inflamación de amígdalas con la medicación recomendada me podía haber salido por un ojo de la cara y parte del otro….Nada más tomar el primer antibiótico ya empecé a mejorar y agradecí eternamente la ayuda de mis tíos.
Cuando nos levantamos ya era tarde y ese día con la salud un poco “tocada”,nos dedicamos a vaguear, leer y esperar a que vinieran a buscarnos para ir a Butler, al interior del Estado de Pennsylvania, donde vive con su marido y su hija, mi también añorada prima Sandy. Después de Nueva York y Washington, un poco de mundo rural no venía nada mal, y cuando llegamos a la urbanización donde viven nuestros anfitriones, nos pareció otro paraíso de tranquilidad y calma. Al atardecer dimos una vuelta por el barrio, y entre casitas con sus yardas cuidadas y sus banderas americanas, recordé los tiempos pasados en otro pueblo, no muy lejano de allí, en el que pasé 6 meses y fue una etapa de mi vida inolvidable. Indiana no estaba muy lejos y los recuerdos se agolpaban.
Como no todo es blanco o negro en esta vida, esa tranquilidad de barrio aparente guardaba sus misterios… Detrás de esas cortinas de cretona y esos gnomos de plástico en los jardines se había cometido algún que otro asesinato, según nos contó Sandy. El escenario era como de película de misterio en la América profunda. La realidad superaba la ficción una vez más.
Viernes 19-08-2005 ¡¡¡“Thanks God is Friday”!!!
Como dicen los americanos: ¡¡Gracias a Dios es viernes!!!. Ese día mi garganta ya estaba casi curada y la mejor manera de celebrarlo era quemar la visa literalmente. Así que nos fuimos de shopping bestial, a unos “outlets” a las afueras de Butler. El paraíso infernal de las compras: una lista de más de 50 tiendas de marcas como Ralph Lauren, Tommy Hilfiher, american Eagle, GAP, etc…con stocks de ropa a precios increíbles. Más de un pijo hubiera soñado con ese momento “marcas a buen precio”. Sin darnos cuenta, pasamos allí más de 4 horas, hasta que vimos que el sospechoso olor a humo venía de las tarjetas. De vuelta a casa, con todas las bolsas, parecíamos Imelda Marcos después de una tarde de compras. Lo mejor de las compras es cuando llegas a casa y empiezas a recapitular y ver todo lo que has comprado. Una vez revisadas las compras, empiezas a pensar en lo duro que será recuperar la economía doméstica, pero da igual! Como dicen los estatutos del Diario: se viven 4 días y 2 lloviendo……
De vuelta a casa, y a un lado de la carretera, vimos cientos de tiendas de camping sin saber por qué. Cuando llegamos a casa Dave, el marido de Sandy nos explicó que eran miles de personas que vienen a un festival medieval que se celebra todos los años allí. EL festival dura 3 semanas y todo lo que estaba permitido en aquella época es válido y firmado por contrato con las autoridades: se incluye el derecho de pernada, los torneos, y por supuesto los banquetes con trajes de época con los dedos como tenedores para comer. Alguno, según nos cuenta Dave, aprovechan los trajes de época para robar en las tiendas de los alrededores.
Era viernes, y después de cenar, decidimos irnos de marcha. Desde que habíamos llegado a los Estados Unidos, con tanta caminata no teníamos fuerzas por las noches para irnos de marcha, y ese día era nuestra oportunidad. A pesar de las compras teníamos carrete, mucho carrete para ir de marcha. De camino a otra ciudad del interior Killkenny, dimos una vuelta por Butler, donde estábamos hospedados. Nos echamos unas risas cuando vimos un salón de belleza de lo más auténtico haciendo chaflán, llamado “Patty´s beauty corner”. Muy cerca de allí también vimos algunos “Holes on the wall” (son literalmente agujeros en la pared y así se llama a los bares aislados y pequeños a los que no dan muchas ganas de entrar). Es la América interior, la América donde vive mucha gente y donde verdaderamente se palpa el “american way of life”; la vida en Nueva York es otra historia, la gran mayoría de la gente vive en pequeñas ciudades y pueblos como este.
Cuando llegamos al bar, a orillas del Alleghenny que se desemboca en Pittsburg, no imaginábamos la noche tan divertida que íbamos a tener sin movernos de allí. El bar en cuestión era enorme y de película también: con su barra en forma de elipse, con sus asientos y remates de sky, alfombra en el suelo y decoración de lo más lejano oeste. Allí estaba la pareja singular: Sue y su marido, compañero de trabajo de nuestro anfitrión Dave. Para entender el contexto paso a describir a los personajes: la amiga Sue rozaba los 60 años y ya tenía varios nietos, pero estaba divina, muy parecida a la Jane Fonda actual, con un tipazo de envidiar, minifalda, y esa madurez-juvenil de las estrellas de hollywood que no se resignan a envejecer. No dejaba de engullir literalmente lingotazos de ron con coca-cola y cocktails varios. Dentadura blanquísima a pesar de los 200 cigarrillos que se fumó en 6 horas. Por que así fue, desde las 10:30 de la noche hasta las 4:30 de la mañana, estuvimos disfrutando de la noche con esta compañía tan genial. Más tarde llegó otra pareja de la misma edad y con la misma marcha o incluso más. Fue una noche memorable, mientras hablábamos de política, y otros temas candentes, los “chichis” (unos brebajes de piña colada pero de color rosa) rulaban por la barra. Incluso un médico venesolano, perdido desde hace años en ese recóndito lugar, nos invitó a una ronda cuando supo que unos españolitos estaban en el bar. Fue memorable, la verdad. Hacía mucho tiempo que el Diario no vivía una experiencia así con gente tan auténticamente “made in América” y tan divertida.
Sábado 20-08-2005 noches alegres…..mañanas tristes
Los “chichis” se habían clavado en la nuca y su influjo llegaba hasta el coxis. Qué despertar tan duro pero al mismo tiempo, qué despertar tan placentero después de una noche tan divertida. No teníamos el cuerpo para visitas turísticas pero no nos podíamos ir al día siguiente sin visitar Pittsburg, la ciudad del acero, del Ketchup más famoso del mundo: el de la marca Heinz y la ciudad que vio nacer a Andy Warhol.
Pittsburg es una ciudad mediana y bastante tranquila. El Downtown, el centro comercial y financiero asoma en un triángulo de tierra que desemboca en la confluencia de tres ríos. Cuando llegas por primera vez a Pittsburg es lo que más impresiona, su forma triangular entre los ríos. Ese día, hacía una vez más, un calor impresionante y después de comer una ración de pizza de peperoni gigante en una terraza de una zona de restaurantes y bares muy animada, nos fuimos a la punta del triángulo, donde hay una fuente gigante y donde hay un paseo muy agradable a orillas de los ríos que confluyen. Allí estuvimos un rato oxigenándonos y olvidando al plasta de turno que me había gritado por fumar un cigarro al aire libre en la terraza donde comimos. Se levantó y me increpó diciéndome que molestaba con el humo a sus hijas asmáticas. En fin, otro energúmeno maleducado que me lo podría haber dicho de otra manera, sobre todo, cuando yo estaba fumando al aire libre. Pero bueno, la verdad es que tiene que haber de todo, y en todo el viaje fue el único gilipollas que nos tocó.
Después del paseo, y en vistas de que nos podía dar un jamacuco con el calor que hacía, cogimos el coche y Sandy y Dave nos llevaron a una zona donde las vistas sobre Pittsburg son alucinantes. Cuando llegamos, nos encontramos con la salida de una boda y la sesión de fotos a la americana: con las damas de la novia, vestidas todas iguales y posando con sus pelos cardados y sonrisa profident. La catarsis llegó cuando los testigos del novio cogieron a la novia en brazos y la pusieron para la foto como a Marilyn en la escena de “los caballeros las prefieren rubias”: reclinada y sujetada por los fornidos brazos de los testigos con sonrisa también de recién graduados en Yale. Indescriptible la escenita!!!! La verdad es que tuvimos espectáculo gratis con la boda y unas vistas sobre Pittsburg alucinantes. Cuando nos íbamos de allí, vimos hasta un trolebús alquilado para la ocasión, con el cartel de “Just married”.
Bajando desde la cima, dimos una vuelta con el coche visitando la parte de la Universidad con su “Catedral del aprendizaje”, y los barrios que la rodean con cantidad de bares y restaurantes en la parte Sur de la ciudad (South side). La “turné” con el coche fue genial, porque entre el calor que hacía y el estado comatoso del día después…., fue la mejor manera de conocer Pittsburg. Además, el Diario ya conocía la ciudad y en esos momentos, lo que más apetecía fue la genial idea que tuvimos: un buen baño en la piscina. Pero, los astros no estaban de nuestro lado. Cuando llegamos a la piscina de la urbanización, las nubes negras del cielo no anunciaban nada bueno. Los chicos de la recepción de la piscina no nos dejaron pasar y razones tenían, porque al llegar a casa, cayó una tormenta de verano de impresión. Y eso que según nos contaron había sido floja, las tormentas de verano habituales suelen ser de las de rayos y centellas.
Enseguida pensé en la pobre novia con su pelo cardado y que en ese preciso momento estaría jurando en arameo. Ya en casa de mis tíos, disfrutamos de una cena buenísima con paella valenciana incluida. Y mientras seguía lloviendo a mares, veíamos por la tele a los miles de seguidores del famoso equipo de fútbol americano de Pittsburg, los “steelers” que esperaban con resignación a que amainara, para poder ver su equipo adorado. Era el principio de la temporada, y al final sí que se jugó el partido con victoria para los de casa. Al día siguiente teníamos vuelo hacia nuestro siguiente destino: San Francisco. Nos despedimos de Sandy y Dave y con la lagrimilla en el ojo por la despedida, nos fuimos a dormir que al día siguiente tocaba madrugón. Y así fue, Mari carmen y Angel nos llevaron al aeropuerto y las lagrimillas volvieron a aparecer.
Domingo 21-08-2005: Del este al lejano oeste
El vuelo a San Francisco no era directo. Teníamos que regresar a Nueva York para después volar a San Francisco. Nos esperaba un día de vuelos pero no importaba porque el Diario volaba a dos ciudades desconocidas: San Francisco y Las Vegas.
Una vez más, el vuelo salió puntual. En menos de una hora llegamos a otro aeropuerto de NY, el de Newark. Ya habíamos estado en el de JFK al llegar, en el de La Guardia al ir desde NY a Washington y ahora llegamos al tercero, el de Newark que se encuentra en New Jersey. Al llegar todo estaba perfectamente indicado, y no nos costó nada encontrar el autobús que nos trasladaría al aeropuerto de JFK desde donde salía nuestro avión a San Francisco por la tarde.
Cuando estábamos esperando al autobús, nos pasó una cosa curiosa. Me encendí un cigarrillo y no me dio ni tiempo a dar una calada, (los fumadores entenderán las situaciones que yo viví) lo apagué, y el chofer me vino, me cogió el brazo pidiéndome disculpas por no darme tiempo a fumar y con la sonrisa en la boca, se puso hacer unas flexiones en un banco antes de coger el volante. Surrealista la escena.
Pero ahí no acabó la cosa, cuando llegamos al centro de Nueva York, para hacer el trasbordo a otro autobús que nos llevaría al JFK, un señor mayor con sombrero tejano se ofreció para ayudarme a bajar del bus. Una no está acostumbrada a tanta amabilidad y educación, la verdad. Son los pequeños detalles que te hacen sentir bien, y en Estados Unidos tuvimos unos cuantos.
Cuando llegamos al mega aeropuerto de JFK, no sabíamos casi ni para donde tirar. Es como una ciudad de grande y cada compañía tiene su edificio. El nuestro era el de Delta (que por cierto, está en bancarrota en estos momentos). Volvimos a facturar el equipaje nosotros mismos por ordenador y como teníamos 5 horas por delante antes de volar, nos fuimos a buscar un sitio para comer. Encontramos un sitio que era bastante anodino pero con un camarero con acento andaluz y “Philly cheese Steack” en el menú. Ya teníamos ganas de probar otra variante que la sagradísima burguer, y lo encontramos. Esta especialidad de Philadelphia consiste en carne fileteada con queso derretido por encima….No era de los mejores “philys” probados pero no estuvo mal eso de variar un poco el menú.
La tarde se anunciaba larga en espera de nuestro vuelo, pero con el personal que rodaba por la terminal 2, sobraba todo. Una familia de judíos ortodoxos ocupaba media sala de espera. El padre no debía de tener más de 35 años y la madre, con 8 hijos (contaditos con los dedos y sin repetir), tampoco rebasaba los 30 años. Las escenas que ofrecieron no dejaban indiferente a nadie: mientras los 3 hijos mayores leían las sagradas escrituras con el padre, los más pequeños jugaban con la madre en el suelo a pintar y a leer cuentos. De repente los hijos mayores se iban uno a cada lado de la sala, y a escondidas casi, en las esquinas o detrás de los pilares de la sala, se ponían a rezar, moviendo las cabezas de adelante hacia atrás, como si estuviesen en el Muro de las lamentaciones. Así sin pestañear, estuvimos observando a la familia casi durante una hora. Para rematar el “cuadro” el padre de repente se tapó la cara con una servilleta de papel para rezar y la madre, también, con su cara pálida y sus ojos azules casi transparentes, se quedaba absorta como ida y empezaba a susurrar sus rezos. Ya casi estábamos en un limbo espiritual cuando un policía que pasó por delante, al más puro estilo John Wayne nos devolvió a la realidad y a la risa, porque sus andares eran de auténtico chiste.
Así, poco a poco, pero sin aburrirnos en absoluto, dieron las 5:00 de la tarde, la hora de nuestro vuelo. Volábamos con la línea de bajo coste de Delta; la línea Song. Muy parecida a la “vueling” con colores muy llamativos, azafatas con trajes de diseño y unos aviones también muy “cool”, con pantallas de DVD en cada asiento para ver películas, videos musicales y lo que fue un acierto total: la posibilidad de jugar al trivial “on line” contra el resto de pasajeros. Fue genial, las casi 6 horas de vuelo se pasaron así, “volando”.
En la costa Oeste, el desfase horario es de 3 horas menos que en Nueva York, y era impresionante ver desde las ventanillas, a un lado la nocturnidad, y al otro lado el atardecer que se iba produciendo poco a poco. La llegada a San Francisco tuvo un retraso de media hora, pero allí estaba sonriente, como siempre nuestra querida Denise, esperándonos con la chaqueta puesta. Pronto descubrimos que en San Francisco la temperatura media anual es de veintitantos grados, sea invierno o verano. Y después de los calores asfixiantes pasados al otro lado, se agradecía muchísimo el frescor y la “chaquetica” del por si acaso.
Lunes 22-08-2005: San Francisco, todo un descubrimiento
Probablemente habíamos llegado a una ciudad “diferente” y especial. Nos despertamos pronto porque teníamos muchas ganas de “tirarnos” a las calles de San Francisco, a esas calles empinadas que tantas veces habíamos visto en la tele. Para empezar el día nos fuimos a desayunar a un café en Dolores Park. El nombre en español no era casual. En esta parte de la ciudad, cerca de la “Misión” (barrio latino), abundan los nombres patrios: calle Valencia, Guerrero, Sánchez. El café donde desayunamos, da a un parque con colinas desde donde las vistas a la ciudad son alucinantes. En el café, lleno de intelectuales con sus portátiles y sus platos de fruta fresca para desayunar, el ambiente era genial. En esos momentos es cuando te das cuenta de que la calidad de vida también es eso: trabajar por libre, en cualquier sitio, sin jefes, sin horarios, y con la única preocupación de colocarte en un lugar donde puedas trabajar con el ordenador sin cables ni ataduras. Es la revolución del wi-fi!
Con el café en las venas y soñando aún con otra vida como la del personal del café, subimos las colinas del parque para flipar con las vistas mañaneras sobre la ciudad. De allí nos fuimos andando hasta llegar al barrio gay más famoso del mundo: el barrio de Castro. La verdad es que yo personalmente me quedé un poco desilusionada porque me imaginaba un barrio tipo Chueca en Madrid y en realidad Castro a parte de una avenida principal, donde están los comercios “exclusivos” y algunos bares, es más bien una zona residencial donde vive la gran mayoría de los gays de la ciudad. Así que no penséis que en Castro vais a ver algo muy diferente a otras partes de la ciudad. Lo que sí nos llamó la atención fue la tienda llamada Does your father know? (¿lo sabe tu padre? Genial no?.
Siguiendo las indicaciones y los súper mapas que Denise nos hacía a mano cada día, cogimos el tranvía para bajar hasta el “downtown”. Durante el trayecto, volvimos a ver ejemplares de esos que sólo podían vivir en una ciudad tan liberal como San Francisco: un señor canoso con pinta de rico trasnochado, piropeaba a una señora de unos 50 años con pinta de hippy. Cuando se bajó la señora, muy educada le contestó que era checa, que había vivido en la ciudad en los 70 y que ahora había vuelto a vivir porque le encantaba. Se quedó un poco triste el hombre ante la “huida” de su presa y descargó su mala leche con un chico negro. Primero le increpó y luego como no le hacía caso se levantó y le tocó el culo. Todas estas escenas transcurrieron en los escasos 10 minutos que duró el trayecto. No había lugar para el aburrimiento, habíamos aterrizado en una ciudad muy, muy especial.
En la parte más comercial de S. Fco, se encuentran las oficinas, los bancos, las tiendas importantes como Saks y otro de los barrios más famosos del mundo: Chinatown. La Union Square (la plaza principal), el “cogollo” de S Fco, se llama así en honor a la victoria de los americanos contra los españoles en la guerra de Filipinas. No es una plaza especialmente bonita, pero sí es donde se cuece gran parte del “bacalao” san franciscano. En un esquina vimos a un doble de Louis Amstrong, cantando “What a wonderful world”, con un traje y sombrero de color rojo chillón de terciopelo, a juego con zapatos de charol rojos también. Era un primor el hombre.
Subimos por una de las cuestas y ya empezamos a darnos cuenta de que las agujetas aquí no son una leyenda urbana. Las calles son verdaderamente empinadas, tanto que, cuando llegamos a la puerta de la Catedral Old Saint Mary, las piernas ya no respondían. Nos vino bien descansar un poco en esta Iglesia, donde los paulistas enseñaban inglés a los chinos que llegaron por miles a esta zona del mundo. De hecho, la “ciudad china” “Chinatown” de San Francisco, es la comunidad asiática más grande del mundo, fuera de Asia.
Justo al lado de la iglesia, se encuentra una de las puertas principales de acceso a la ciudad amarilla. Se reconoce a la legua por los farolillos en las calles y un montón de tiendas y restaurantes de los que salen chinos por todas partes. Es un ambiente muy genuino y además, íbamos a tener la oportunidad de visitarlo a fondo.
Resulta que en San Francisco existe una especie de ONG de guías-voluntarios que aman su ciudad y la enseñan desinteresadamente a los turistas, sin cobrar un duro. (Al final piden la voluntad). Se convoca a la gente por Internet y puntuales llegamos a nuestra cita a la 1 en punto del mediodía en una placita donde se reúnen los chinos más ancianos a jugar al póquer ruso y al ajedrez chino. Nos juntamos unas 30 personas y la guía, una señora canosa, de unos 60 años nos pidió los nombres en una lista, se presentó y nos guió por Chinatown. La verdad es que es una forma muy interesante de conocer los sitios; el único problema es que éramos demasiados, y en las calles estrechas, con tanta gente, no nos enterábamos de la mitad de las explicaciones. Pero aún con todo, nuestra guía voluntaria nos enseñó donde se reunían los”chinos malos”, a principios del siglo pasado, en los fumadores de opio clandestinos, el mercado donde la gente estaba comprando unos peces rarísimos que coleteaban aún y la fábrica de las galletas de la suerte, con dos señoras más ancianas que Matusalén, metiendo los mensajitos que llevan las galletas de la suerte a mano.
Fue una excursión muy instructiva que sólo podíamos rematarla de un modo: comiendo el “lunch” en un restaurante chino. La verdad es que no fue la mejor comida china probada hasta la fecha pero bueno, en casa del herrero….cuchillo mandarín! (se conoce que en Chinatown dan comida cantonesa y no es precisamente la mejor cocina china, según dicen los entendidos)
Salimos de Chinatown, y seguimos bajando hasta llegar a la punta de la península de San Francisco: el embarcadero. Allí ocurrió uno de los momentos gloriosos del viaje, pero no nos dimos cuenta hasta la noche. Cuando llegamos al embarcadero vimos el “puente” más fotografiado del mundo: el Golden Gate. Majestuoso sobre las aguas azules de la Bahía. A un lado “el puente de los puentes” y al otro lado, un poco a lo lejos, en un islote, la cárcel más famosa del mundo también: la de Alcatraz.
Estábamos ante una de las “imágenes” más impactantes del viaje cuando de repente nos entró la duda. ¿No era el Golden Gate de color rojo? Llegamos a la conclusión de que con el paso del tiempo, el puente había perdido su color original. Y nos quedamos tan convencidos que cuando nos enteramos por la noche de que ese no era el Golden Gate, de que era otro puente, nos dio un ataque de risa que todavía nos dura. El verdadero está casi escondido entre brumas, uniendo San Francisco con Sausalito. Cuando por fin lo vimos al día siguiente, no podíamos dar crédito a lo que veían nuestros ojos. El verdadero, el rojo, el que tantas y tantas veces habíamos visto en fotos.
Antes de ese momento histórico, teníamos que acabar el día y después del paseo por el embarcadero, volvimos a coger el tranvía de regreso a casa. Esta vez, la conductora del tranvía era otro personaje de película… Una negra grandiosa, con un pañuelo Louis Vuitton a modo de turbante y con un carácter que no dejaba títere con cabeza: ¡Usted levántese y deje sentarse a las personas mayores!!, Usted, ¡¡váyase más atrás que no deja pasar!!… así hasta el final del trayecto. Todo un carácter!
Esa noche, después de todo el día de paseo por San Francisco, cenamos en un mejicano buenísimo y a buen precio, muy cerca de casa. Pero antes, Denise nos llevó a la parte más alta de la ciudad desde donde las vistas al atardecer, son espectaculares. En San Francisco ocurre un fenómeno a diario: al atardecer y al amanecer, las brumas que van bajando desde las “twin peaks” , las colinas gemelas que coronan la ciudad, van cubriendo las calles y es algo espectacular. A medida que transcurre el día los cielos se van despejando, pero ese momento “bajada de las brumas” es alucinante.
Antes de ir a cenar y cuando estábamos extasiados con las vistas desde las alturas, nos ocurrió una anécdota que nos dejó con la sonrisa en la boca: de repente, se acercó corriendo un perro con forma de bola, o una bola con forma de perro, perseguido por su amo que le llamaba y no le hacía ni caso. Era feo el bicho pero muy gracioso. De repente el dueño, al ver que el perrito pasaba totalmente de él, le susurró y le dijo muy lentamente, marcando las sílabas…:“peanut butter” (mantequilla de cacahuete) y el perrito-bola se lanzó hacia él como si le hubiese dicho las palabras mágicas. Genial el chucho! El día acababa con la primera visita a la ciudad y con un montón de imágenes que tenían que repetirse al día siguiente….¡¡ya estábamos “enganchados a San Francisco”!!
Martes 23-08-2005: Y se hizo la luz…. el GOLDEN GATE!
Ya nos habíamos aficionado a eso de visitar los sitios con guía voluntario incluido. Según vimos en Internet, la cita era en un parque de la zona de “Pacific Heights”. Con nuestro súper mapa para el día, dibujado por Denise, y nuestra cita con el guía, ya teníamos planes suculentos para nuestro segundo día en San Francisco.
Con puntualidad británica, llegamos al punto de encuentro y allí en la zona residencial más rica de la ciudad, en “Pacific Heights” sólo había una pareja de alemanes, que no sonaban de la visita a Chinatown. Charlamos un poco con ellos, y pasada media hora sin que allí llegara nadie, empezamos a mosquearnos. Al final, cuando la cara de gilipollas se hacía notar, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado los 4 de día. Resulta que los alemanes se dieron cuenta de que la visita estaba programada para el tercer martes del mes y no para ese martes. Total que con las mismas, nos fuimos a visitar la zona de las mansiones por nuestra cuenta.
Desde esta zona, con unas mansiones impresionantes (allí también hay muchos famosos que tienen casa como la cantante Linda Ronstand) se ve mejor la perspectiva de las calles que van a parar a la bahía. Perdiéndonos, subiendo y bajando cuestas, llegamos a una casa octogonal. Parece ser que hay varias y la que vimos es famosa y ha sido convertida en museo. De repente, se nos acercó un enano muy amable que nos preguntó a ver si estábamos perdidos y que si nos podía ayudar. Le dijimos que no, que simplemente estábamos paseando. Nos preguntó a ver de dónde éramos, y cuando le dijimos que españoles, nos comentó que le encantaba España y que su viaje de novios lo había hecho por Granada, Sevilla y Madrid. Ya nos pasó el día anterior, con una señora que se nos acercó para preguntarnos si necesitábamos ayuda para guiarnos. Cosas que sólo pasan en América…
Desde allí llegamos a Union Street, una calle comercial con tiendas caras y terracitas muy guapas. Los dientes se hacen largos y la visa se resiste a salir del bolsillo, ya estábamos llegando al final del viaje y aún quedaba Las Vegas…. Así que compramos un par de regalitos y seguimos el paseo con un solo destino: el preciado, buscado, y finalmente admirado, Golden Gate. El de verdad, el de color rojo, ese que cuando por fin lo vimos casi nos dio una conmoción cerebral.
Paso a paso, y ya en zona lisa llegamos a la “Marina”. Al puerto, con su paseo maravilloso que va hasta el puente más fotografiado del mundo. Antes de iniciar todo el paseo, hicimos una parada para comer algo en un kiosko al borde del Pacífico. Con renovadas fuerzas nos pusimos a andar y andar, con una brisa marina que dejaba el cutis más suave que el culito de un niño. Merecía la pena, la verdad.
Detrás dejábamos la vista sobre Alcatraz, en frente estaba Sausalito y durante el recorrido entre gaviotas y pelícanos, íbamos apreciando la imagen majestuosa del Golden gate que aparecía y desaparecía entre las brumas que venían del Pacífico. Conforme íbamos llegando, tras una hora de paseo, se iban dibujando mejor las formas del puente. Sin palabras nos quedamos cuando llegamos a 20 metros de sus pilares. El tiempo refrescaba pero no nos importó nada. Disfrutamos durante un buen rato de las vistas y de las gaviotas que acurrucadas posaban ante las cámaras de los turistas. Fue, sin duda, uno de esos momentos en los que uno desea que la mente y los ojos se queden inmovilizados para no dejar pasar el tiempo. Sin hablar, sin comentar nada, el Diario se dejó llevar por las emociones del momento…
Momentos como ese, son los que dan sentido a los viajes. En cada viaje, hay momentos de estos, inigualables, y casi indescriptibles, que merecen la pena vivirlos aunque luego se queden en las cavernas de la memoria….
A la vuelta, cruzamos la gran avenida y visitamos el Palacio de Bellas Artes, que en su día fue la sede de la exposición mundial del Pacífico, a principios del siglo XX. Es una gran cúpula de color cobrizo, con unas figuras de mujeres de estilo modernista, esculpidas en los capiteles, que coronan las columnas enormes e impresionantes. Otra visita a no perderse.
Las piernas flaqueaban ya, y ante la perspectiva de subir otra vez las cuestas infinitas, decidimos regresar en tranvía. Allí mismo, desde el punto de partida del Boulevard de la Marina, cogimos el “tramway” y nos bajamos en una parada cercana al “Alamo PArk”, donde se encuentran las “Painted ladies”. Es otro “lugar de culto” de la ciudad. Se trata de una fila de casitas pintadas de colores, entre otros edificios más modernos. Justo enfrente de las “señoritas pintadas” hay un parque con colinas (como no podía ser de otra manera). Al subir a lo alto del parque, desde allí, la imagen de las casitas con los rascacielos del “downtown” de San francisco al fondo es de postal.
Volvimos a coger el tranvía, y llegamos al “hogar dulce hogar”. Esa noche nos esperaba otra especialidad de la cocina internacional: pizza hindú. Sí, tal y como suena. Fuimos a un restaurante de los miles que hay en S Fco., muy famoso por la fusión de pizza con l comida india. Y la verdad es que estaba para chuparse los dedos. El cambio de la mozarella por el curry, fue todo un acierto. Oído cocina!!!
Miércoles 24-08-2005 : últimos momentos en San Francisco
Irse de allí sin montarnos en un trolebús típico de la “city”, hubiese sido pecado de los mortales, no de los veniales. La parada principal desde donde salen estos “cable cars” tan famosos, es en “Powel”, en el centro de la ciudad. Había cola de turistas pero nos dio igual porque iba bastante rápido. Por 6 dólares compramos un billete de ida y vuelta que nos llevó hasta Lombard Street, (donde está la famosa calle de las curvas muy pronunciadas, por las que bajan los coches en un único sentido entre los setos). Ver foto. Es como el Golden Gate, una de las fotos más conocidas de San Francisco.
Cuando llegamos a la parada y nos apeamos del trolebús, la subida a la famosa calle de Lombard nos dejó con unas agujetas de muerte. ¡¡Madre mía qué cuestecita!!! En ese momento, entendimos el significado explícito de “para gozar hay que sufrir…”. Sacamos las fotos, respiramos un poco y volvimos a bajar con el trolebús por las “benditas” calles de San Francisco.
Habíamos quedado al mediodía con Denise, en casa, para dar una vuelta en coche. Y después del ejercicio matutino “cuesta arriba y cuesta abajo” lo agradecimos infinitamente. La primera parada fue en lo alto de las “Twin Peaks” desde donde las vistas son realmente acojonantes. De allí nos llevó a un sitio muy recomendable. Se trata de la “Cliff House” (La casa de los acantilados), convertida en café restaurante, con vistas increíbles sobre el Pacífico. Desde el café, los ventanales dan directamente al mar y es, de verdad, un sitio recomendable.
Con la mente y los ojos aún extasiados, nos preparamos para vivir otro momento histórico: cruzar el Golden Gate en coche. Siempre se quedará grabado en la memoria del Diario ese momento: mientras desde las alturas, íbamos cruzando por la quinta maravilla del mundo, a un lado veíamos a lo lejos la ciudad y la isla de Alcatraz, y por el otro lado, veíamos las brumas que dejaban ver la sombra difuminada de la costa. Al llegar al otro lado, a la costa de Sausalito, nos desviamos por una carretera de curvas, hasta llegar al Parque Natural de “Muir Woods”.
Este parque es un auténtico remanso de paz y de tranquilidad. Es conocido por ser un parque donde abundan las secuoyas gigantes. Allí, por cierto, se celebró hace años una conferencia de las Naciones Unidas en pro del medio ambiente. Los árboles son tan enormes, que el paseo discurre entre las luces y sombras proyectadas por estos árboles con unas concavidades en sus troncos donde caben perfectamente varios cuerpos humanos. Parece mentira que tan cerca de la civilización existan “oasis” como este. Pero América es lo que tiene también: unos espacios naturales fuera de lo común.
Al salir de allí, nos fuimos directamente a Sausalito: un lugar de enormes mansiones donde veranean los ricos de San Francisco. El puerto deportivo es de postal y el helado que nos tomamos, mientras dimos un paseo a orillas del mar, casi se nos cae, cuando vimos una foca marina asomando el hocico. No estábamos soñando, las aguas del Pacífico son frías y las focas nadan a sus anchas por allí.
Al volver por el mismo Golden Gate, pasamos por el parque más grande de SFco: el Golden Park, un parque grandísimo y rectangular por el que también se pasean a sus anchas algunos bisontes. ¿Pero que nos podía extrañar? Si no hacía ni 5 minutos que habíamos visto a una foca, tan feliz ella nadando por el mar.
Nuestra súper guía Denise, antes de llegar a casa, nos llevó por la zona también llamada “Little Italy”, donde por supuesto abundan las pizzerías, y donde destaca un edificio antiguo de color verde, en el que según nos comentó tiene un restaurante el director Francis Ford Coppola. Muy cerca de San Francisco se encuentra el Napa Valley, una de las zonas de viñedos más importantes de California. Y parece ser que Coppola, tiene allí varios viñedos y hasta su propia marca de vinos. (El Diario probó varios vinos de la zona y consta en acta que donde esté un riojita….)
Por la noche, probamos otra especialidad internacional: cocina peruana. Está claro que sin salir de la ciudad, uno puede probar todo tipo de cocinas, basta con tener una guía especializada como Denise. Buenísimo el ceviche de pescado, y el chancho (cerdo) guisado con una salsa que pasará a los anales de la historia. Fue la mejor manera de ir despidiéndonos de una ciudad inolvidable, una ciudad que el Diario recomienda y clasifica entre los primeros puestos de los lugares visitados hasta la fecha. |
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