
USA: GOD BLESS AMERICA!! 1ª parte
Nueva York, Washington | 0 comentarios.
|
¡¡God bless América !!
Diario viajero Estados Unidos (DEL 9 AL 29 DE AGOSTO DE 2005).
A mi querida y añorada Familia americana
Martes 09-08-2005: Vuelo Madrid- Nueva York
Maletas, visados, información recién salida del horno Internauta, todo estaba preparado para el Gran Viaje de la conquista de América. La ruta estaba más que hablada y preparada. Lo único que nos preocupaba en los primeros momentos del viaje, era ver si nos dejarían entrar en los States. Yo iba con un poco de miedo, a pesar de haberme visto obligada a sacar visado. Normalmente no hace falta para los viajes de turismo de menos de 3 meses, pero como ya desobedecí en su día las normas, y me quedé más de 3 meses, la sorpresa que me llevé cuando volví en 1997 fue de órdago. Dos horas aislada del mundo con peligro de repatriación, multa de 100 dólares y aviso final de que la próxima vez sólo podría entrar si me concedían el visado. Los americanos, no se andan con tonterías, sobre todo después del 11-S y, nada más llegar al aeropuerto de Barajas, pudimos comprobarlo en persona.
La primera prueba de fuego tenía cara de mujer, con unos ojos verdes que se le salían de las órbitas, las manos vendadas y un peinado tipo “venganza de su peor enemigo”. La batería de preguntas se había modificado y ampliado desde la última vez: al tradicional, ¿se ha hecho Usted la maleta?, momento en el cual ya empiezas a alucinar y pensar en voz alta, pues claro señora con 37 años hace tiempo que mi mamá no me hace las maletitas…. Pero las nuevas preguntas ya son de órdago la mayor: ¿dónde y cuando compraron las maletas? Pues mire Usted Señora, la amarilla me la regaló “Ruralcaja” con los puntos de la visa electrón, sí, sí con 1520 puntos, porque me faltaban 30 puntos para la tostadora y bla, bla, bla…. Y luego llegó la pregunta del millón ¿y por qué tiene Usted tanta familia en Estados Unidos? La cara se me quedó perpleja, a punto del “paralís cerebral”…. Que le podía contestar a esa pregunta tan infinitamente chorra? Pues mire Usted, tengo familia, tanta según Usted, porque los españoles desde que nos quedamos sin las Américas queremos repoblar estas tierras, o era mejor hablar de la potencia sexual y procreadora de mis familiares?????, lo arreglamos con una sonrisa profident, poniendo cara de circunstancias. Para culminar el “tercer grado” me tuve que deshacer de los 4 mecheros que llevaba en el bolso de mano y pensé en tantas las veces que tuve que pedir fuego a falta de lumbre. Los ojos de la chucky se hicieron más grandes todavía, había conseguido 4 mecheros de golpe para su colección….
Tras el primer asalto, llegamos al mostrador de Delta Airlines y allí nos esperaba una postal genuinamente americana: un chico imberbe con los dientes blanquísimos, de esos que según mi Santo, como dice mi admirada Elvira Lindo, son tan blancos que parecen falsos. Nos pidió los pasaportes y al darnos las tarjetas de embarque profirió las primeras palabras mágicas: en vez del tradicional: “por la puerta 13” con su acento de Oklahoma, el chico dientes-blancos nos dijo “Nos gustaría que estuviesen en la puerta 13 a la hora de embarcar”. Debe ser la educación WASP, de blanco, anglosajón y protestante, o los genes, vaya Usted a saber; lo que está claro es que los yankees tienen ese “poquito de por favor” que tanto nos falta a nosotros. Las formas, sí, esas formas que tanto nos pierden y que en los USA deben ser asignatura obligatoria en el colegio.
El vuelo salió puntual y llegó en las 8 horas previstas. Nos quedaba aún la verdadera prueba de fuego: el paso por la aduana estadounidense. Por un lado, la fila de los residentes en los USA, que pasaban a paso ligero, y la otra fila, la de los “non-residents” , formada por todo tipo de nacionalidades aspirantes a entrar en el “Dorado”.
Los agentes de aduanas en su mayoría son hispanos, negros (perdón afroamericanos, si le llamas a un negro “Nigger” tu vida corre auténtico peligro) o asiáticos; y según experiencia de la que aquí suscribe, las probabilidades de tener problemas aumentaban según la raza del agente. En definitiva, me alegré cuando comprobé que no me tocaba el agente asiático, de esos a quienes cualquier síntoma o gesto de sonrisa les produce urticaria. Aún tenía yo grabado en la memoria, aquél coreano que sin contemplaciones me quería repatriar y cuando le pregunté ¿por qué? me contestó que yo no hacía las preguntas, que las preguntas las hacía él. Menos mal que al final el “sheriff blanco” me salvó la vida, previo pago de 100 dólares de mordida…. Business is business!!
A los pocos minutos, menos de los que me esperaba, entrábamos en los UNITED STATES OF AMERICA. ¡¡Prueba superada ¡. Tuvimos que esperar una hora para que la empresa que nos trasladaba al hotel, nos agrupara a todos. La espera no fue pesada porque el espectáculo era gratis y en primera fila: mientras un cubano le llamada “Audaz” a su novio, un histérico con la vena aorta a punto de reventar, chillaba por el móvil y daba más vueltas que una peonza al no encontrar a no sé quién. Situaciones trágico - cómicas se sucedían sin parar, mientras todo el mundo peligraba por no hacer caso al cartel que decía: “piso mojado”, en perfecto castellano; (en USA los hispanos ya son la segunda población mayoritaria y según dicen los estudios, dentro de unos años el bilingüismo estará generalizado).
Cuando ya estuvimos todos agrupados, nos trasladaron a los diferentes hoteles. El nuestro fue el primero. Situado en la calle 64 con la Madison Avenue ,y muy cerca de Central Park, el Hotel Affinia Gardens es con diferencia, uno de los mejores hoteles visitados por el Diario hasta la fecha. Se trata de un “Executive suite hotel”, frecuentado por ejecutivos durante la semana y turistas durante los fines de semana. La sorpresa al entrar en la habitación fue mayúscula. Más de 30 m2 con dos camas –dobles enormes, TV panorámica, cocina, baño y sofá de diseño. Por si fuera poco, en la mesilla teníamos un menú de almohadas. La noruega, la finlandesa, la sueca… hasta 5 tipos de almohada a elegir, disponibles con una sola llamada a recepción. Optamos por la de “serie” que ya estaba en la habitación, pero no pudimos dejar de reír antes este tipo de cosas que sólo ocurren en Estados Unidos. Para los que visitéis New York este hotel es “Highly recommended” como dirían por aquí.
Tras disfrutar y flipar un rato con la súper habitación, decidimos dar un voltio por la Gran manzana. Eran las 6 de la tarde pero en realidad, para nuestros cuerpos y mentes ya eran las 12 de la noche en España. Llegamos hasta la Quinta Avenida y bajando, decidimos tomarnos la primera birra en las terrazas del Rockefeller Center. Allí estaban todos los yuppies, después de trabajar, socializando en las terrazas que ocupan lo que en invierno se convierte en la tan famosa pista de patinaje que sale en las películas, y donde se planta el árbol de navidad más famoso de la city. Se nos hizo la hora de cenar y de vuelta al hotel, encontramos otro lugar sorprendente: una iglesia bizantina, convertida en restaurante “fashion” entre los rascacielos de la Lexington Avenue. La primera hamburguesa del viaje con todos sus condimentos, el primer cigarrillo al aire libre (toda una proeza en un país declarado enemigo número uno de los fumadores) y el primer sablazo en dólares USA. Pero la verdad, es que el sitio merecía la pena. La vista del reflejo del atardecer en los rascacielos, mientras cenábamos con música de fondo de Tonny Bennet, nos hizo olvidar todas las penas…. Al llegar al hotel caímos sin rendición, llevábamos casi 24 horas sin dormir…
Miércoles 10-08-2005: New York, New York….
Una de las cosas raras que te ocurren en Nueva York, es que cuando te despiertas, no puedes saber qué tiempo hace hasta que no sacas el cuello literalmente por la ventana. Cuando asomas la cabeza y logras alzar la vista hasta el cielo, es cuando realmente puedes saber si hace bueno o no. No había duda, en Agosto el calor en esta ciudad es de infarto: no sólo por los grados, que en Fahrenheit asustan, sino por el altísimo nivel de humedad de hasta un 90%.
Antes de hacer la excursión guiada por el Alto y Bajo Manhattan, tomamos un desayuno como mandan los cánones: en un dinner cerca del hotel, de esos en los que las camareras te sirven todo el café “americano” que quieras y los asientos son de sky rojo, con grandes ventanales a la calle, nos metimos entre pecho y espalda un plato de huevos revueltos, con bacon, tostadas y fried potatoes. Todas las calorías y energías suficientes para aguantar hasta la hora de la cena. Mientras esperábamos a nuestro guía, el despertar de Nueva York nos “regaló” varias escenas curiosas: un barrendero hispano hacía su faena bailando a ritmo de música salsa, los porteros de los edificios más elegantes saludaban a los vecinos con sus uniformes lustrosos, algún que otro judío ortodoxo, vestido con abrigo y levita a pesar del calor asfixiante y algún que otro turista como nosotros, deseando “comerse” la gran manzana a pedazos.
Llegó nuestro guía, y junto a otras dos parejas, nos embarcamos en un mini-autobús para recorrer el Alto y Bajo Manhattan. Salimos por Central Park y nuestro guía puertorriqueño nos fue contando anécdotas e historias suculentas de la ciudad. En la cara Este de Central Park, y muy cerca de la Milla de los Museos (Metropolitan, Guggenhein y la Frick Collection), se encuentran varios edificios lujosos que son sede de embajadas y de gente rica y famosa como: Woody Allen, Donatella Versace (que vive justo al lado de nuestro hotel), o la que fue la gran dama de Estados Unidos: Jackie Onassis. Nos comenta el guía que ella vivía muy cerca del Metropolitan porque le encantaba visitarlo a menudo.
En este lado de Central Park, por el lado de la Quinta avenida, también vemos el lujoso edificio del hotel St Pierre donde se rodó la famosa escena del baile de tango en la película “Esencia de mujer”. Entre tanto lujo, resulta que el actual alcalde, dueño del canal económico de TV Bloomberg, sólo cobra 1 dólar simbólico por sus labores de alcaldía. Aunque, tampoco le debe importar mucho cuando su fortuna se cuenta por miles de millones. Lo que sí noto, a diferencia de la última vez, es la ausencia de vagabundos por las calles. Según me explica el guía, el anterior alcalde Giulliani, se encargó de “limpiar” las calles de “homeless” y como dice con ironía, siguen existiendo, pero los han trasladado a New Jersey y a otras partes fuera de Manhattan, para que no “ensucien” y no estropeen las vistas.
Seguimos la ruta y rodeando Central Park, pasamos a la cara Oeste del Parque. Pasamos por el famoso Hotel Plaza que ya ha pasado a mejor vida, y pronto se convertirá en apartamentos de lujo. Llegamos al Edificio Dakota. Este impresionante edificio con gárgolas góticas y tejado original, es donde aún reside Yoko Ono, la viuda de Jhonn Lennon.
Justo enfrente de la casa y dentro del Parque, se encuentra el lugar de peregrinación de todos los fans del Beatle, donde fue asesinado (ver foto). En el Dakota también fue rodada la película de miedo la “Semilla del Diablo” con Mia Farrow. Justo al lado, vemos la Iglesia del “Cristo Científico”: se trata de una “secta” de Boston que entre otras cosas, asegura curar las enfermedades mediante la oración. A este lado, tienen casa: Bono de U2, Robert de Niro, Demi Moore, y Barbara Streysand, entre otros. Esta última, en su día, quiso venderle su piso a Mariah Carey pero la comunidad de propietarios no se lo permitió. En Nueva York, cada edificio de apartamentos tiene su comunidad de propietarios, y por consenso se decide, entre otras cosas, si un nuevo inquilino puede perturbarles la vida o no. No todo es dinero, ni cualquiera puede vivir en la zona más “in” de New York; Madonna también tuvo problemas para poder comprar su “nidito” en frente de Central Park. Subiendo por la 8ª Avenida de repente, y casi sin darnos cuenta, entramos en Harlem. ¡Cuánto ha cambiado también esta parte de la ciudad!.
Los precios de la vivienda se han puesto tan prohibitivos que ya no sólo se ven negros por Harlem. La que antes era la “ciudad sin ley” de Manhattan se está repoblando de familias “blancas” y, según nos cuenta el guía, con la ayuda de fundaciones como la de Jimmy Carter, y voluntarios como Harrison Ford, que antes de actor famoso era carpintero, se están rehabilitando un montón de casas y apartamentos. En Harlem abundan las iglesias, donde el Diario recomienda no perderse una misa Gospel de las muchas que se celebran los domingos. Es una experiencia única que no pudimos disfrutar porque no coincidía en domingo. Si caéis por Harlem en “el día del Señor”, realmente merece la pena ver a familias enteras vestidas con sus mejores trajes, y compartir con ellos los sermones, los cantos y los abrazos que se dan a ritmo de blues, con los ojos entornados mientras gritan “Amen” (eymen Aleluya). Sin palabras.
Volviendo otra vez por el lado Este de Central Park, y saliendo de Harlem, nos encontramos con el “Barrio” de los “puertoricans” . La calle de Tito Puente (viudo de la Gran Celia Cruz), el barrio donde vivió el hombre más afortunado de la tierra, según el guía: el actual marido de Jennifer Lopez: Marc Anthony. En sus calles y parques se oye el “spanglish” con frases gloriosas como “Ey baby no te llamé porque el phone estaba busy”.
Bajamos por la quinta y ya nos adentramos en la zona del Middle town, dónde se condensan las grandes tiendas, y doónde late el corazón de la ciudad a cien por hora. Entre las calles 49 y 59, que cruzan con la Quinta avenida, se encuentran: Tiffanys, la joyería más famosa del mundo, Los grandes almacenes como Bloomingdales, el Rockefeller Center, la Catedral de Saint Patricks, los teatros de Broadway, una de las plazas más famosas del mundo: Times Square y una larga lista de sitios a no perderse.
Pero antes de tirarnos literalmente al asfalto, nuestro quía nos lleva por la 7ª avenida, conocida como la calle Textil, por la cantidad de tiendas de moda y donde muchos judíos tienen allí sus negocios de electrónica. (En New York a los españolitos nos conocen como los “give me two” porque compramos a pares; y aunque hay auténticos chollazos en electrónica, también hay mucho timo. Las tiendas más recomendadas son la “Best buy” en la 6ª avenida y la tienda B y H en la calle 34. En esta calle “textil” están los famosos almacenes Macy´s , donde hacen un 11% de descuento a todos los turistas. Es la tienda más grande del mundo. El edificio ocupa una manzana entera, tiene 195.000 metros cuadrados en 11 plantas, en las que se ofertan 500.000 artículos, y por las que pasan a diario 30.000 personas.
Al igual que Londres, NY es la ciudad de las compras, y las tarjetas visa echan humo desde el primer momento. Seguimos ruta y pasamos por el Madison Square Garden, hasta llegar a la calle 32, conocida como la “little Corea”. Muy cerca de allí, en la calle 33, aparece majestuoso el “Empire State Building” y justo enfrente está el rascacielos favorito del Diario: el “Flat Iron”, con forma de plancha y dónde Cary Grant trabajó de ascensorista. El trío de rascacielos famosos se completa con el edificio de la Chrysler, muy cercano también y con una cúpula en estilo “Art deco” impresionante.
Habíamos llegado al Downtown, la parte baja de Manhattan. Empieza en la calle 14 y acaba en la punta, en el Battery park, dónde se cogen los ferries para ir a la isla de Staten Island. Esta zona de la gran manzana es donde se encuentran el barrio de Chelsea, el SOHO, Greenwich Village, Wall Street, Tribeca, Chinatown y Little Italy.
Empezamos por Greenwich Village o el West Village y nos encontramos con la zona de “ambiente” y las universidades. Es la zona más animada, con restaurantes y garitos para todos los gustos. Allí viven también muchos famosos como Gwidney Paltrow, Sting y el actor Sydney Poitier, entre otros. Una de las sorpresas del día llegó en ese momento: justo cuando íbamos hacia Greenwich, nos dimos cuenta de que estábamos en mitad del rodaje de los exteriores de una película. Según nos contó el guía es algo muy habitual en NY. Coches de los años 70, la gente con pelucones tipo los Jackson 5 y carteles de protesta política. La película en rodaje resultó ser “The Hoax” algo así como el engaño. En Nueva York se ruedan al año 40.000 producciones de cine, televisión, musicales, documentales y spots publicitarios.
Con los ecos de la fama pisándonos los talones y sintiéndonos ya como estrellas del celuloide, nos fuimos adentrando en el Village. En una plaza está el bar “Stonewall”, donde según cuenta la historia, se inició la Revolución gay. Muy cerca se pueden comer los mejores perritos calientes de NY en el “Grace Papaya”. Woody Allen suele frecuentar la John´s Pizzería y justo ahí se encuentra una de las calles con más ambiente: la calle Bleecker.
La calle Houston separa el Greenwich Village del SOHO (el nombre viene de South of Houston). Esta zona es muy conocida porque en ella transcurren muchas secuencias de la serie “Sexo en Nueva York”. Sin darnos cuenta, bajando por la Canal Street habíamos llegado a Chinatown. Es el barrio chino más grande de USA, después del Chinatown de San Francisco. Del barrio italiano “Little Italy” queda poco ya. Chinatown se ha ido “comiendo” la zona, y la pequeña Italia son apenas dos calles de pizzerías con fotos del “Padrino” y de Ray Liotta en “Uno de los nuestros”.
Ya estábamos llegando al triángulo de Wall Street. En el Edificio de la Corte Suprema ondea la bandera de Nueva York, con el color naranja de los holandeses. Los holandeses compraron por 24 dólares la isla de Manhattan a los indios nativos y en 1626 la bautizaron con el nombre de New Ámsterdam. Más tarde, en 1664, Nueva York entró a formar parte de las colonias inglesas, y los británicos la rebautizaron como Nueva York, en honor al Duque de York.
En este punto nos dejó el guía a nuestra suerte y decidimos acercarnos al custodiadísimo distrito bursátil de Wall Street. Ya no pueden pasar coches y la placita, donde está la bolsa más famosa del mundo, está atrincherada por policía a caballo y a pié. Muy cerca, se encuentra la “zona cero”. Al ir hacia allí, vimos el Mac Donnalds de Wall Street que merece la pena visitarlo. Con piano de cola y los índices de la bolsa actualizados en pantallas, es el lugar donde los “brokers” comen sus hamburguesas mientras ven como cae o se alza el índice Down Jones.
Sigue habiendo mucha gente por esta zona, con un ritmo trepidante, pero, cuando se llega a la zona cero, las vistas impresionan. Sobre todo, cuando se contempla el espacio vacío donde un día estuvieron las Torres Gemelas. La zona está “limpia”, con verjas, con imágenes de la catástrofe en secuencias y con la lista de los nombres de todos los desaparecidos. En ese momento es cuando te viene a la cabeza la imagen de las dos torres que se alzaban por encima de todos los edificios. Se respira un silencio entrecortado que sólo se interrumpe con el sonido del tráfico de las calles aledañas. La perspectiva de la “zona cero” es más visible desde la esquina donde están los almacenes Century 21 (almacenes un poco caóticos pero con grandes marcas a precios chollo, especialmente en lencería masculina).
Unos pasos más adelante, se encuentra la Iglesia de Saint Paul, que el 11S sirvió de refugio y hoy se ha convertido en un museo-mausoleo con fotos y recuerdos del atentado. Salvando las distancias y sin entrar en demagogias políticas, es un lugar que no deja indiferente a nadie y la emoción está a flor de piel. El Diario tampoco salió inmune, las lágrimas se dejaron caer….
Ya estaba atardeciendo, y poco a poco, fuimos remontando por Chinatown, Little Italy y el SOHO. En Greenwich Village nos dejamos tentar por un restaurante asiático para cenar y con los ojos cerrados sin saber muy bien lo que pedíamos, acabamos cenando una “degustación” de sushi, algas, tofu y otros objetos no identificados. Fue una buena alternativa a las hamburguesas.
Con el estómago lleno de algas y las piernas reventadas del día tan “aprovechado” decidimos volver al hotel en taxi. (Hay que decir que los taxis en Nueva York son bastante baratos y, como hay tantos, y a todas horas, es lo más cómodo, sobre todo cuando los pies ya ni responden). Antes de subirnos, tuvimos el gusto de ver un partido de basket en directo. Y digo el gusto, porque los cuerpazos “made in black” de los jugadores eran de anuncio ……De quitar el hip hop!!!
Jueves 11-08-2005: NY by night: the city that never sleeps
Para ver el Metropolitan Museum of Art se necesitan 4 o 5 horas mínimo y un buen desayuno como el que nos tomamos en otro dinner neoyorquino. Actualmente el Museo más importante de NY está en obras de ampliación pero se puede visitar casi en un 90%. Personalmente, creo que el MOMA o la Frick Collection son más interesantes, aunque el renombre lo lleve el Metropolitan. Una verja de la catedral de Valladolid divide en dos mitades la sala dedicada a la Edad Media, en un laberinto de salas se exponen obras de todas las civilizaciones, un gran muestrario de obras de Picasso , una exposición itinerante sobre Matisse y las telas que utilizaba en sus obras como motivos pictóricos, son sólo algunos ejemplos de la riqueza que contiene el Museo. La visita se puede prolongar durante horas y días pero el tiempo apremiaba y, antes de irnos, subimos a la terraza desde donde se ven unas vistas a Central Park impresionantes.
A la salida caían chuzos de fuego del cielo y como ya era habitual, cogimos un taxi para que nos acercara a la Quinta avenida, a la altura de las tiendas, donde el aire acondicionado nos salvaría de una insolación. La primera que visitamos fue la que se autoproclama la tienda de juguetes más grande del mundo (aunque en Londres dicen lo mismo de la que allí tienen). La tienda se llama FAOS Schwarz y es un paraíso para los niños y los no tan niños….El stand de la Barbie es de museo y la incubadora de muñecos con dos dependientas disfrazadas de matronas es para flipar a colores. Muy cerca de allí, se encuentra otro paraíso: la Nike city. Todo un edificio dedicado a la marca de la “Victoria en griego: nike”. Dicen los entendidos que los modelos más raros están allí y los amantes de las zapatillas voladoras se quedan sin habla cuando pasean por los pasillos de este “mega store”. La visa se quema igual, sea de oro, de platino o de diamantes. En Nueva York no hay límite de compra. Basta con cruzar la calle para encontrar otra tentación con nombre de mujer: Tiffany´s. Probablemente la joyería más famosa del mundo. Entra mucha gente sólo para fisgonear, pero en las plantas superiores es donde están las verdaderas joyas y el acceso está más restringido.
Los termómetros daban un poco de respiro y decidimos acercarnos a nuestro hotel para hacer una comida-merienda-cena en un sitio recomendado por nuestro guía: el Jackson Hole. Según cuentan, allí sirven las mejores hamburguesas de la ciudad, y no sé si será cierto, lo que sí que creo, es que son las más grandes del planeta… 7 onzas de carne, o sea casi un cuarto de kilo por ración.
Cuando vimos aparecer los platos no sabíamos qué hacer si salir huyendo por si acaso “eso” se movía o pedir directamente un tapper para los próximos sanfermines…..En esos momentos es cuando dices y piensas eso de “Everything is big in America”!!!.
Después del festín y para coronar el día, en la habitación del hotel mientras nos cambiábamos de ropa para ir a la excursión nocturna, casi nos da el ataque de miocardio in extremis. Por la tele salía una mujer pidiendo ayuda para su niño cuyo nombre era…… Einstein!, mientras en otra cadena, hablaban del escándalo de los escándalos: el rector de la Catedral de San Patricks se había liado con su secretaria y daban todos los detalles, intimidades incluidas.
Salimos por la puerta a duras penas, y con el estómago lleno hasta el día del juicio final, nos fuimos andando hasta el hotel donde teníamos nuestra cita para la visita de la ciudad de noche. Está claro que lo mejor es ir por tu cuenta, pero para ir hasta Staten Island y Brooklyn, sin tener muchos días de estancia, la solución de la visita guiada era más que conveniente. Puntualmente vinieron a recogernos y en un autobús lleno hasta la bandera de españolitos nos llevaron primero por el East Village. Es la parte Este del Village y también tiene mucho ambiente universitario. Aquí los restaurantes son más baratos y las pintas del personal son más del tipo “me acabo de levantar de la cama, la rasta se me pega a la cara y la legaña también”….
Hay muchos restaurantes de comida internacional: Cocina hindú en una zona también llamada “Little India”, restaurantes etíopes (el Diario se quedó con las ganas y la curiosidad de comer en uno), y de todos los rincones del mundo. En este punto, un poco más al sur, llegamos a la “Alphabet city”. Este rincón de Nueva York se llama así porque las calles no van por números sino por letras. Antes era la “ciudad sin ley”, donde estaban los “after hours” y ahora la cosa está más calmada.
De repente el quía nos indicó que allí se encontraba el “Deli Katz”, un deli de comida Kocher judía (en la que está prohibido mezclar los lácteos con la carne por religión) y es famoso por su sándwich de pastrami. Es de esos lugares “sagrados” y de obligada visita en Nueva York. También es famoso porque allí se rodó la famosa escena del orgasmo de Meg Ryan en “Donde Harry encontró a Rally”. Si alguien se anima a visitarlo, el asiento donde Sally la “gosó” está señalado… no hay pérdida….
Llegamos al embarcadero de Battery Park, al lado de Wall Street para cruzar el Hudson en dirección a Staten Island. Eran ya las 8 de la tarde y las vistas del Manhattan nocturno son de película. El trayecto en ferrie a la Isla, pasando por delante de la Estatua de la libertad es gratis. La gran Dama de la Libertad se ve a lo lejos. Si queréis perder más de tres horas con las medidas de seguridad actuales se puede visitar, pero el Diario decidió quedarse con la imagen desde la lejanía. El trayecto no dura más de media hora pero merece la pena. Las luces de la ciudad “laten” literalmente y desde la cubierta del barco, en silencio, todo el mundo boquiabierto contempla las luces de Manhattan. Pasamos delante de la Estatua de la Libertad que es más pequeña de lo que todo el mundo se imagina. Al llegar a Staten Island se apagaron los últimos flashes de las cámaras y nos montamos de nuevo en el autobús.
Dicen que los italianos en su mayoría, nacen en Brooklyn, se casan en Staten Island y se jubilan en New Jersey. Staten es, digamos, una zona residencial de clase media - baja, mayoritariamente blanca y bastante sectaria. No tienen muy buena fama porque no suelen recibir muy bien a los extranjeros. Al tener cierto complejo de inferioridad respecto a Manhattan, no son muy hospitalarios. Cerca del embarcadero vemos un local: “Rent a center” y el guía nos explica que es una tienda perteneciente a una cadena presente en todos los Estados. Estas tiendas lo que hacen es alquilar de todo: desde un sofá para cuando se tienen invitados, hasta una TV de plasma para impresionar a la suegra. No hay mucho que ver en Staten. Según nos explica el guía los mejores violines del mundo se hacen artesanalmente aquí; También nos confirma que el mayor vertedero de Manhattan era el vertedero de Fresh Kills, en Staten Island (el más grande del mundo hasta que cerró en Marzo de 2001). Tenía una superficie de 890 hectáreas, en la que recibía a diario 12.000 toneladas de basura, y fue el destino final de los restos de las Torres Gemelas.
Cruzamos el puente de Verazzano, que según dicen, es el puente colgante más largo de los Estados Unidos. Las medidas de seguridad también son claras y concisas: ni cámaras, ni videos ni fotografías.
Al llegar a Brooklyn (del holandés Brooke lin, tierras rotas), nos adentramos en unas de la zonas más genuinas de Nueva York,. Al igual que Manhattan, es otro barrio histórico, en el que nacieron entre otros: Woody Allen y Al Capone.
Nos llevan a la zona donde viven los judíos ortodoxos, los “asyrics”. Al igual que en Amberes, las mujeres judías ortodoxas llevan pelucas y vestidos años 50, con medias, incluso en verano. Al casarse, se rapan el pelo porque según dictan los cánones de sus creencias, el cabello es una arma de seducción y es mejor evitar las tentaciones….Las mujeres y los hombres nunca se cruzan, ellas siempre van por el lado “siniestro” y las relaciones sexuales tienen un solo y único objetivo: procrear. Son sólo algunos aspectos, la lista es larga y para muchos incomprensible.
Mientras nos alejamos de la zona, vemos a los rabinos que corren de un lado a otro, mientras las mujeres, algunas muy jóvenes, empujan carritos de niño y caminan rodeadas de sus proles.
Al salir de allí, vemos otro “bastión” religioso: la sede central de los testigos de Jehová. Se llama la “Atalaya”. Es un edificio enorme y según nos comenta el guía, manejan millones de dólares. Medio Brooklyn es suyo. No comment….
Desde este lado del río, las luces de Manhattan son impresionantes. Paramos en la base del puente de Brooklyn, muy cerca de la famosísima “Pizzería Garibaldi”. Su propietario era el sobrino del emigrante italiano, Genaro Lombarda, que introdujo la pizza en Nueva York. A este local acudía la “Voz”, Frank Sinatra, con sus colegas del “Rat Pack”: Samuel L. Lewis y Dean Martin, a comerse unas pizzas en sus noches de juerga por la city. Desde ese punto, las vistas de Manhattan by night son acojonantes (para que andar con tonterías….). Es un sitio donde siempre hay turistas pero no es nada extraño, porque realmente es un sitio 100% recomendable.
Extasiados y aún con la boca abierta, regresamos a Manhattan cruzando el puente de Brooklyn. La excursión terminaba en el Empire State Building, con subida al observatorio, incluida en el precio. Como las colas de espera eran de impresión, decidimos dejarlo para el día siguiente y subir al Empire por nuestra cuenta y riesgo. Ya eran las 12 de la noche y, pasito a pasito, fuimos volviendo al hotel con ayuda de un helado “tridimensional” y una parada en Times Square . Este rincón de Nueva York, en la calle 42 es otro “must” de obligada visita. Sobre todo a la noche, cuando todos los neones brillan en la oscuridad y te sumerges en una escena de encuentros en la Tercera fase… Espectacular!!!
Llegamos agotados a nuestra “suite”, con la mente cargada de imágenes, historias y “pálpitos” nocturnos. Del menú de almohadas del hotel, nos esperaba la de serie, allí paradita, diciéndonos: venid y recostaros…Le hicimos caso sin rechistar.
Viernes 12-08-2005: Más madera… Más New York
Lo habíamos visto en un especial de viajes de “El País”: el desayuno lo tomaríamos en un dinner antológico: el “Skyline”. Nos dimos cuenta de que no estaba muy lejos del hotel y mereció la pena buscarlo. El local era como recién salido de una película de los años 50: asientos de sky rojos, manteles de cuadros, camareros con gorritos y flores de plástico en cada mesa. De telón de fondo musical, mientras desayunábamos nuestros platos de 3000 calorías, se oía el éxito de los 70: “That´s the way… the way I like it ahha…”.
Una vez “carburados”, nos fuimos a visitar la Frick Collection, una pinacoteca privada de un magnate del acero que abre sus puertas justo en frente del Metropolitan. La entrada cuesta 12 dólares y es un paraíso. Con la entrada se incluye la guía con audífonos en castellano. Nada más entrar, te encuentras en un remanso de paz, con cuadros tan impresionantes como el retrato de Tomás Moro, o el retrato de Lady Hamilton, repartidos en las habitaciones de la que un día fue la vivienda privada del tal Frick.
Le gustaba emparejar los cuadros de personajes rivales y este “guiño” al visitante se repite en todas las salas. Todo es silencio y belleza. Nada que ver con las aglomeraciones de otros museos. Fue un auténtico acierto visitar la colección.
Salimos de allí 3 horas más tarde, alucinando aún y “oxigenados”, para encarar los mil grados de temperatura exterior. Con todo el valor del mundo, entramos en Central Park y bajo la sombra de los árboles aún pudimos respirar.
Desde la calle 59 hasta la 110, y entre la Quinta Avenida y Central Park West, se extiende el “Pulmón” de la ciudad. Central Park mide 4 km. de largo por 800 m. de ancho, y tiene una superficie de 341 hectáreas en las que hay plantados 26.000 árboles y donde conviven 275 especies de aves. En sus 93 kilómetros de caminos es muy fácil perderse, por eso es recomendable hacerse con un mapa del parque. Los domingos y días festivos es cuando se pueden encontrar más actividades, conciertos al aire libre y espectáculos. La circulación de vehículos con motor se prohíbe durante los fines de semana, y a ciertas horas de los días laborables. La seguridad es muy grande, incluyendo cámaras ocultas de video vigilancia, pero se recomienda no adentrarse durante la noche.
Sólo recorrimos una pequeña parte del parque, la más cercana a la Quinta avenida. Como el calor era realmente insoportable, nos fuimos a visitar el tercer Museo famoso de NY: el MOMA. La entrada es cara: 20 dólares, pero el aire acondicionado era caso de vida o muerte en esos momentos.
La primera inocentada del viaje estaba por llegar. El MOMA, Museo de Arte Moderno, estaba a reventar. Cientos de personas pululaban por todas partes. Un agobio. En Estados Unidos está permitido sacar fotos en los museos y aunque está muy bien eso de que te puedas llevar una foto de tus cuadros preferidos, es una pesadilla cuando quieres ver un cuadro y se te planta una familia de peruanos, abuela incluida, delante del cuadro como telón de fondo, para sacarse la foto de familia. Eso sin contar con las tropas de japoneses que se plantan también delante de las pinturas y se hacen mil fotos luciendo el signo de la victoria. Vamos que la visita fue infernal.
Había una exposición sobre Pissarro y Cezanne dedicada a las similitudes en sus obras, de la época en la que vivieron en la misma zona del sur de Francia. Era muy interesante pero fue una pena que hubiese tanta gente. La inocentada nos confirmó las sospechas. Resulta que el MOMA, los viernes por la tarde de 4 a 8 es gratis para todo el mundo, y no era nada casual que hubiese tal marabunta de gente. Lo que no nos hizo tanta gracia fue que nos vendieran las entradas a las 14:30 y no nos dijeran nada sobre la gratuidad a partir de las 16:00. Capullos!
Salimos del mogollón y nos fuimos a otros aires acondicionados más baratos: las tiendas de la Quinta Avenida y la Catedral de San Patricks. No podíamos irnos de Nueva York al día siguiente, sin probar un perrito caliente callejero y sin subir al Empire State. Así lo hicimos: el perrito a dos dólares y la subida al “techo de Nueva York” un poco decepcionante. Fue construido en tan sólo 13 meses y en la actualidad, después del derrumbe de las torres gemelas, es el rascacielos más visitado de NY. Nada que ver con la panorámica que se veía desde las “windows of the wordl” de las Gemelas. Además, este edificio se ha quedado un poco obsoleto y no está acondicionado para recibir a tantos miles de turistas. Las colas son de hasta 1 hora de espera, y para más Inri cuando llegas al piso 86, tienes que volver a hacer cola para subir hasta el último piso y ver las vistas desde la azotea. Pero bueno, es un clásico y es una buena opción para ver las vistas de Manhattan desde las alturas.
Lo de coger taxis ya era casi un acto espontáneo, así que sin pensarlo dos veces, nos montamos y, a la aventura, le indicamos que queríamos ir a la “Little India”. EL Taxista no tenía mucha idea de donde queríamos ir, y al final nos dejó a dos calles del destino: la calle de los restaurantes de comida hindú. El primero que vimos fue el “Ghandi” y con ese nombre, dedujimos que allí, el pollo “Tandori” o el cordero con salsa curri no sonarían a chino. Y así fue, cenamos picante, con cerveza “Cobra” del Rajastán y yo personalmente recordé momentos pasados en el país del dueño del restaurante.
Empezaba a chispear y ante la amenaza del chaparrón que nunca llegó, volvimos en taxi al hotel. Cualquier excusa era buena.
Sábado 13-08-2005: ¡Adiós New York!
La estancia en Nueva York llegaba a su fin. Esa misma tarde teníamos que volar a nuestro siguiente destino: Washington DC. Desayunamos por última vez en otro Dinner, esta vez con Pastrami. A las 11:00 nos venían a buscar y teníamos que dejar nuestra habitación de ensueño… (No creo que el Diario vuelva a pisar una habitación así en mucho tiempo). El conductor con acento “ché boludo” nos llevó al aeropuerto de La Guardia, y mientras nos iba comentando anécdotas de NY, de repente empezó a gritar y a quejarse “del taximetrero de que se intentaba colar”. Con un calor agobiante llegamos a la terminal del “shuttle” que nos llevaría a Washington en 45 minutos.
Al aterrizar en la capital de los Estados Unidos, el calor ya era para morirse, pero enseguida llegó nuestra salvación: “my dearest” Marcel. En la breve espera intenté llamar por teléfono porque no estaba muy claro donde debíamos esperarle. Y cuando fui a pedir cambios a un chico, me dijo que no me cambiaba, que me daba las monedas y que algún día que nos volviésemos a encontrar en la vida ya se los devolvería…. Cosas que pasan en América.
Después de 4 días en el “mogollón” neoyorquino, llegaba la paz. Washington DC, a pesar de ser la capital oficial, es mucho más tranquila que NY. No hay rascacielos y la sensación desde el principio es de mucha más calma y tranquilidad. Cuando llegamos a la urbanización donde vive mi primo con su mujer y sus dos hijos, nos esperaba para cenar un suculento pollo con romero (rosemary) cocinado por Liz y un remanso de paz en forma de casa rodeada de árboles y vegetación. Hogar dulce hogar….
Domingo 14-08-2005 Domingo de paz y después gloria…
Aún teníamos las luces de Times Square en la retina y los ruidos de NY City taladrando el occipital; Cuando nos despertamos con el sonido de los pájaros y olimos el café recién hecho, nos dimos cuenta de que ese día lo mejor y más acertado que podíamos hacer era relajarnos y disfrutar de la calma. Y así lo hicimos. Un buen baño en la piscina de la urbanización y unas hamburguesas en la barbacoa, al más puro estilo americano, nos resucitaron en el día del Señor… ¡Cuánto se agradecía tener un día así después de tanto patear!!
Por la noche también pudimos disfrutar de otra “barbecue”; Esta vez la carne la pusimos en el asador de otro Fernández, en casa de mi tío Jesús Mari, con Reyes su mujer, y mis primos: Gorka, Itziar y Sofía, a los que no veía hace tiempo. Por un momento pensé si en verdad no estábamos en Pamplona todos, comiendo txistorras en la Servicial de la Plaza de La Cruz. … Pero no, estábamos a miles de km de distancia de la Plaza del Castillo, brindando por la continuación de la Saga en la lenta, pero cuidada y meditada reconquista de América….
Lunes 15-08-2005: Washington DC, la ciudad del poder
Nada que ver con Nueva York. Washington es una ciudad abierta, con grandes espacios verdes y, mucha, mucha seguridad. Desde el 11 S la capital de Estados Unidos está custodiada por sus 4 puntos cardinales. Muchas de las calles y avenidas que estaban abiertas al tráfico en 1993, hoy en día están totalmente cerradas al tráfico. Uno de los ejemplos más significativos es la Avenida Pennsylvania, a su paso por la Casa Blanca. Aparcar en el centro de la ciudad es misión casi imposible. Muchas aceras de los organismos y embajadas oficiales están totalmente “atrincheradas” con pivotes de cemento. Alambradas y zanjas que recuerdan a las películas sobre el desembarco de Normandía. El miedo sigue latente y personalmente, creo que desde aquel 11S, Estados Unidos perdió su “invulnerabilidad” y esto se palpa, especialmente, en Washington.
Hacía un día buenísimo y dimos un paseo por lo que se conoce como el “Mall”. Iniciamos el “tour” haciéndonos la foto de rigor delante de la Casa Blanca, donde por cierto sigue estando la misma anciana con sus carteles de protesta pacifista en contra de la política exterior americana. La mujer vive en frente de la “White House”, en su tienda de campaña y Mr. Bush la tiene de vecina caiga nieve, lluvia o fuego desde el cielo.
Rodeando la Casa más famosa del mundo y por la parte posterior, llegamos al Washington Memorial, un obelisco rodeado por un círculo de banderas de barras y estrellas (ver foto). A lo lejos, y en línea recta, se divisa el Capitolio, la sede del Senado y el Congreso americano. Al lado derecho del Obelisco, a unos 500 metros se encuentra una cúpula que alberga el Monumento, o Memorial dedicado a Jefferson, junto al lago Tidal Basin. A lo lejos también, y en el lado opuesto al Capitolio, se encuentra otro Memorial, el dedicado a Abraham Lincoln. Es quizás el más visitado por su interés histórico y por su localización, junto al Vietnams Veterans Memorial: una pared de mármol negro donde están grabados los nombres de los soldados muertos en la guerra de Vietnam. Los veteranos aún vivos, venden sus chapas y recuerdos de aquella guerra en unos kioskos, justo al lado del muro. Enseguida me vino a la mente la idea de que pronto tendrán que ampliar el muro con los muertos en la guerra de Irak; lo que no se sabe es cuántos metros de mármol tendrán que ampliar: ¿qué triste no?.
Ya era mediodía, la hora del lunch como dicen por aquí y habíamos quedado en el Banco Mundial para comer con mi tío que trabaja allí. Una vez más, las medidas de seguridad para entrar en el edificio eran impresionantes. Ilusos de nosotros nos habíamos dejado en casa el pasaporte y al final nos dejaron pasar de milagro, previo paso por el scanner, foto digital y huellas dactilares. Menos mal que íbamos acompañados por mi tío porque si no, hubiese sido imposible.
Para hacerse una idea de cómo están las cosas en la capital de los States, nos contaban que unos días antes, a una adolescente, se la había llevado la policía esposada del metro por comer patatas fritas...
Una vez ya en el comedor del Banco Mundial, hicimos un “tour” por el edificio: moderno, luminoso y con gente pululando de todas las razas y colores. La polémica persigue al Banco y al FMI cuya sede está al lado, por eso, las medidas de seguridad parece que no sobran. Cuando llegamos al comedor, en el self-service vimos los platos del día: los hay para todos los gustos y de todos los rincones del mundo: un pollo al estilo africano, un pescado al curry hindú, etc. Cuando salimos de comer, el calor volvía a castigar, así que decidimos volver a la piscina de la urbanización que es donde mejor se podía estar. La segunda excursión por la ciudad la dejábamos para el día siguiente… Por la noche , cenamos en casa con tranquilidad y la compañía de las libélulas que se dejaban ver como puntos fluorescentes en una noche más que apacible.
Martes 16-08-2005 : Siguiendo el rastro de G. Washington
Muy cerca de Washington, en el Estado de Virginia, se encuentran las ciudades de Alexandria y Mount Vermon, donde aún se puede visitar la que fuera casa del presidente G. Washinton. Para entender la fisonomía de Washigton D.C. hay que ver el distrito como una pequeña isla, rodeada por los Estados de Maryland y Virginia. En las afueras, en poblaciones de estos dos Estados, es donde viven muchos políticos, diplomáticos extranjeros, empleados de gobierno y hombres de negocios internacionales que trabajan en la capital.
El día se nubló y decidimos ir a Alexandria en el mismo metro. Es una ciudad muy auténtica, con casas de ladrillo rojo, tipo “inglés” a orillas del río que cruza Washington, el Potomac. (Por cierto un río impresionante). Alexandria tiene mucha historia, de hecho según vemos, por sus calles adoquinadas es una de las ciudades más antiguas de Estados Unidos y de las más activas durante la colonización de los británicos. Se puede decir que la historia del país se inició aquí. En muchos sitios vemos placas que hacen referencia a hechos históricos que sucedieron durante la guerra contra los ingleses, y durante la guerra civil entre los Estados unionistas y confederados. Empezaba a chispear cuando llegamos al puerto de Alexandria. A orillas del río Potomac vimos una embarcación de las típicas que cruzan el Missisipi, con su rueda frontal que mueve el agua al navegar. Comimos allí, en un sitio que se llama Cosí y que el Diario recomienda. Es una cadena, según supimos después y está muy bien: ensaladas a tu gusto y bocadillos calientes “a la carta” también. Después de comer y el “tour” por Alexandria nos fuimos a otro lugar con mucha “miga” histórica: el cementerio de Arlington. ¿Extraña visita ir a un cementerio no?.
Al ir hacia allí, nos fijamos en dos paradas de metro: Pentágono y la parada de Pentangon city. Por todas partes vemos soldados, hombre y mujeres “vestidos de faena”. Por un momento, nos pareció estar inmersos en una película de “Salvad al soldado Bryan”. Cuando llegamos a nuestro destino, nos encontramos con un cementerio militar americano, establecido durante la Guerra Civil Americana, en los terrenos de la casa de Robert E. Lee. Está situado cerca del Río Potomac, en las proximidades del Pentágono. Es enorme e impresiona. Es tan grande que hay circuitos organizados para visitarlo en una especie de trenes descubiertos que van parando en los lugares de más interés. Veteranos de las guerras están enterrados en este cementerio, desde la Revolución Americana hasta las acciones militares en Afganistán e Irak.
Todo es silencio y aunque el lugar recibe cientos de visitantes, la gente en general se apea de los trenes y va paseando en silencio. La primera parada es delante de la archifamosa tumba de JFK. Se distingue por su llama eterna. Junto a él, está enterrada la gran dama de América, la que fuera su mujer Jackie, que curiosamente en su lápida figura el apellido del que fuera su último amor: Onassis. También están enterrados algunos de sus hijos. Muy cerca de allí se encuentra la tumba de su hermano Robert F. Kennedy que también murió asesinado.
Seguimos la visita y durante el recorrido, la imagen de cientos de tumbas blancas alineadas impacta bastante. Sorprende la sobriedad, la limpieza y el anonimato de las tumbas, sin flores ni adornos. Otras tumbas visitadas son: la dedicada a la tripulación del trasbordador espacial Challenger y la dedicada a las víctimas del ataque terrorista del 11 de septiembre al Pentágono. El memorial incluye el nombre de los 184 desaparecidos. Existe otro memorial a las 270 personas que perdieron la vida en el vuelo de la Pan Am 103 en Lockerbie, Escocia.
Al final del recorrido, una parada “obligada” es la Tumba dedicada al soldado desconocido. Está hecha de siete piezas de granito con un peso total de 72 toneladas. Tiene una guardia permanente las 24 horas del día, todos los días del año. En lo alto de la colina y con unas vistas impresionantes sobre la ciudad de Washington, la parada en este sitio merece la pena para ver el cambio de guardia que se celebra cada media hora. A los que esperéis ver un desfile a paso marcial, tipo paso de la oca como en los países de Europa del Este, os dará un ataque de risa, como a nosotros, cuando vimos desfilar al soldado a paso de “crispin clander”, como deslizándose sobre la alfombra azul. Cuando llegó el relevo, acompañado por un alto mando, empezó la arenga militar y los gritos que pegaba el de las medallitas en la solapa, eran de “siéntate y no te menees…”. ¡Pobre Crispín clander!
La última parada del circuito nos llevó a la Casa de tipo colonial del comandante Robert E-Lee que protagonizó sus hazañas bélicas durante la guerra de Estados Unidos contra México. Más tarde, en la guerra de Secesión (1861-1865), también fue protagonista defensor de los confederados, frente al general Grant, de los unionistas del Sur, su eterno enemigo. Al final, los estados del Sur se rindieron en una localidad de Virginia, llamada Appomattox. La casa no está muy bien conservada pero merece la pena ver la casa de los esclavos y la gran ironía que supone ver como uno de los que más lucharon contra la esclavitud, tenía bajo su dominio familias enteras de esclavos.
Tras casi tres horas de estancia en Arlington, volvimos a la puerta de entrada, donde en las tiendas de recuerdos venden entre otras cosas, el famoso cartel de propaganda militar del Tío Tom con el lema “I want you!”, con el que se animaba a los jóvenes a reclutarse. Es todo un símbolo de la propaganda militar y aunque ya es casi una reliquia del pasado, tal y como están las cosas, el cartel es más actual que nunca desgraciadamente…
De vuelta a casa, y tras un día tan “patriótico” no nos vino mal cenar en un restaurante vietnamita (ironías de la vida otra vez), muy tranquilo, y con una comida buenísima y sanísima. Para rematar el día, nos fuimos a tomar una cerveza a un pub irlandés, en el que una vez más, estaba vetado el “smoking”.
Definitivamente, hoy por hoy, el mejor sitio para dejar de fumar está en el país de las grandes tabacaleras, que por cierto, ya están buscando otras vías de venta para salvar el pellejo.
Miércoles 17-08-2005: despedida de Washington DC
Amanecí bastante perjudicada de la garganta, con una amigdalitis impresionante. Pero los dolores no me iban a estropear el viaje, así que con un par, y unas pastillas que me dio Liz, conseguí animarme y disfrutar del último día en la capital.
Cogimos un autobús cerca de casa y nos fuimos a Georgetown. Los conductores de los autobuses son en su mayoría de raza negra y aunque a veces son un poco bruscos (se nota cierta tensión racial), al final siempre te ayudan y te aclaran dónde te tienes que bajar o donde tienes que coger el bus. Hay mucha población negra en Washington, de hecho, es una de las pocas ciudades donde han contado con un alcalde negro. El recorrido en bus mereció la pena. Se paraba en cada manzana, pero estuvo muy bien, porque así pudimos observar al personal en un día de diario: amas de casa sofocadas por el calor, estudiantes, y algún espontáneo que le daba conversación al chofer de turno.
Nuestro destino final era la “Ciudad de Jorge”: Georgetown. Allí se encuentra la universidad católica más antigua del país, fundada por los Jesuitas. El Campus incluye 58 edificios y es donde ha dado sus charlas de política internacional Mister “Ansar”, y donde el principito Felipe estudió Relaciones Internacionales. La zona que rodea la Universidad es la antigua ciudad de Georgetown, con sus calles adoquinadas, sus elegantes casas y el canal que la atraviesa. Es una zona de la capital con mucho ambiente universitario, restaurantes de todo tipo y muchos bares con conciertos en directo. Vamos paseando y, de repente, nos encontramos con una especie de barcaza de época en el canal a punto de partir; Nos invita a subir una familia que van vestida como Laura Ingalls en la Casa de la Pradera.
Nos subimos y a 10 por hora, nos llevan por el canal y nos cuentan durante una hora cómo era la vida allí en el siglo XIX, cuando muchos emigrantes de Europa recalaron allí. La excursión es interesante, pero lo más alucinante es ver como la gente le presta atención al señor barbudo que parece el abuelo de Heidi, contando anécdotas y tocando su acordeón.
Ya era la hora de comer, y esta vez no acertamos en absoluto. Nos metimos en una pizzería y cuál fue nuestra sorpresa al ver la Pizza de “fruti di mare” con sus mejillones con concha y todo, flotando en el agüilla del mar sobre la base de pan…….asquerosito la verdad. Menos mal que nos quitamos el “disgusto” con un helado de esos cremosos y tridimensionales, tan grandes y tan americanos ellos….
Acababa nuestra estancia en Washington y nos quedamos con una asignatura pendiente: visitar la mayor concentración de museos del mundo, El Smithsonian Institute . El complejo incluye un total de 16 museos y galerías e incluso un zoológico. Se necesitan varios días para visitar todo el complejo. Además todos los museos son gratuitos y el Diario guardaba muy buenos recuerdos de la visita en 1993. Pero todo no podía ser, así que decidimos dejarlo para la próxima vez.
Volvimos a casa y a media tarde vino a buscarnos Marcel para llevarnos al aeropuerto. En Washington hay dos aeropuertos: el de Dulles, más cercano a la ciudad, donde llegamos y el de Ronal Reagan a las afueras. Y digo esto, porque a punto estuvimos de quedarnos en tierra. Subimos las maletas y cuando llegamos al aeropuerto nos dimos cuenta de que era el mismo al que habíamos llegado 3 días antes. Por inercia, fuimos al mismo aeropuerto de llegada, cuando en realidad teníamos que salir por el otro. Yo ya me veía en tierra pero súper Marcel nos llevó por todos los atajos habidos y por haber y conseguimos llegar a tiempo. (No he comentado nada del sistema de facturación tan de última tecnología que se estila en Estados Unidos). Cuando llegas al aeropuerto, puedes facturar tú mismo las maletas, introduciendo en el ordenador tu código de vuelo. Espero que lo implanten pronto en Europa porque la verdad es que se gana muchísimo tiempo.
Después, las medidas de seguridad actuales son otro cantar, pero aún con todo, pudimos llegar a tiempo. Los controles hasta ese momento fueron bastante rápidos, y eso, que ahora nadie se libra de quitarse el calzado.
Cuando llegamos a la puerta de embarque casi nos da el ataque: un mini avión de hélices para 20 personas. Nos santiguamos al entrar y nos encomendamos a la Virgen del Perpetuo Socorro. A un lado teníamos a un chico que debía pesar 400 kilos y al otro lado teníamos a un doble de Robocop, cuyo peso en musculatura también podía rozar los 200 kilos. Impresionante. La balanza parecía equilibrada, pero no dejamos de rezar al Santísimo durante todo el trayecto. Unos 40 minutos después del vuelo del horror llegamos a nuestro siguiente destino: Pittsburg, la capital del Ketchup y del acero. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|