Existen cuatro lugares en Madrid muy diferentes entre sí, con los que me identifico bastante. Y que nunca dejan de sorprenderme.
Lavapies es uno de ellos. Un antiguo barrio castizo que ahora se asemeja más a cualquier casba o medina de una ciudad árabe; en la que viven también ciudadanos chinos y latinoamericanos. Calles estrechas repletas de comercios regentados por marroquíes, entre otras nacionalidades. A la noche todo se transforma, y el ambiente se vuelve más bullanguero, sobretodo en las zonas más próximas a la plaza de Tirso de Molina. Un lugar alternativo, diferente, en un continuo trasiego. Allí puedes escuchar historias amargas, pero también las hay simpáticas. En algunos corros se dedican a conspirar, a desestabilizar.
En menos de quince minutos nos situamos en medio de la calle más importante de Madrid, la Gran Vía, otro lugar que me cautiva. Por supuesto que las hay más señoriales, con más museos, pero ninguna tiene la vida y el color de esta gran avenida. Puedes pasearte durante horas observando todo lo que sucede a tu alrededor, sin cansarte: buenas curvas, pijos con ropa de marca, adolescentes escuálidas y turistas con los pies hinchados, y si orilleas por sus límites te encontrarás con los que han sido apartados del sistema, buscándose la vida de mil formas diferentes. Esta calle es irrepetible, a mí me inspira y me carga como ninguna otra.
Pliego mis velas y me dirijo hacia un paisaje más sonoro, menos cinematográfico que el anterior; me reciben aires vanguardistas, lo underground se hace patente. Estoy en Malasaña, antigua morada y lugar de correrías de Manu Chao y su Radio Bemba. Núcleo de lo diferente, vanguardia cultural. Sus fiestas etílicas son famosas en Madrid, sobretodo durante los fines de semana
En una lúgubre noche, huyendo del tráfico que envenenaba el aire, en el centro de la ciudad, paseando por sus calles, escuché una melodía que se escapaba de un bar semivacío, era una canción de los Rolling Stones, “Satánic”. El asfalto todavía guardaba restos malolientes del fin de semana recién acabado. A través de algunas persianas se adivinaban fiestas contraculturales. Apenas podía discernir los rostros de los transeúntes con los que me cruzaba en la calle mal alumbrada. Era el primer día de la semana, radicalmente contrario al quinto o sexto día, donde entonces ya no se puede ni respirar, agobiado por las multitudes que transitan y se divierten por la zona.
En cuarto lugar esta la calle Huertas y adyacentes, una zona céntrica y rodeada de museos. En ella existe una genuina concentración de bares de todo tipo: desde la “Negra Tomasa”, salsa y ron cubano a raudales, pasando por el “Central”, jazz a todas las horas, a cualquier otro garito sin hora de cierre, pero con alcohol y música hasta reventar. Por cierto, no es difícil encontrarse con famosillos: frikis, triunfitos, operados y demás fauna de la telebasura. Estaremos de acuerdo que no es muy original, pero esto es vivir en Madrid. Que no es lo mismo que vivir en Aljete. |
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