
Dios ha muerto, Marx también, y yo estoy muy malito.
Cuenca | 0 comentarios.
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Así rezaba la inscripción de una obra de arte contemporáneo en la Fundación Antonio Pérez, un espléndido museo situado en una de las casas colgadas de Cuenca. La visita a ésta ciudad tenía algo muy especial; era la última capital de provincia en España que me faltaba por conocer. Y me lleve una grata sorpresa. Algunos paisajes, pienso que irrepetibles, me cautivaron. Recorrimos los parajes que el río a modulado sobre el terreno. Subimos por empinadas escalinatas hacia las históricas callejuelas de la ciudad vieja, una vez allí esperamos a la caída del sol para admirar las luces y sombras que éste fenómeno provoca sobre el frente de edificios suspendidos sobre la roca.
Abandonamos Cuenca a través de un bosque de ribera. Unos cuantos kilómetros después llegábamos a la Ciudad Encantada, eran las primeras horas de la mañana y apenas había público. El viento y el agua, aliados con el paso de los siglos han labrado caprichosas formas en las rocas de material calizo. En algún momento parecía que habíamos viajado a un mundo fantástico. Con un poco de imaginación se pueden observar en las rocas formas que se asemejan a animales o a algún que otro edificio histórico.
Dos horas más tarde iniciábamos el viaje en una estrecha y serpenteante carretera, la cual tenía su origen en un lugar llamado el Ventano del Diablo, de verdad que hacia honor a su nombre. A través de ella recorrimos una zona boscosa llamada Las Majadas. Estábamos en plena serranía conquense. Nunca llegué a pensar que en este rincón español pudiera existir semejante masa forestal, el pequeño río que la atraviesa va creando unas pozas a su paso que te van invitando a parar el coche y zambullirte en ellas, siempre que haga calor, claro, porque aquí los inviernos son más bien duros. Nuestra meta era el nacimiento del río Cuervo. A nuestra llegada observamos unas pequeñas cascadas por donde se precipitaba el agua. Un poco más arriba la senda nos trasladó hasta el mismo nacimiento, allí el agua brota a borbotones por una rendija de la roca. Tengo que mencionar que este paraje tiene los días contados; la excesiva presión humana a la que está siendo sometido puede significar su sentencia de muerte si antes no lo remedia alguien, claro.
Después de pernoctar en Tragacete, es un decir, porque una orquesta de versiones que habían situado estratégicamente en la plaza del pueblo para celebrar no sé qué, nos lo impidió hasta más allá de las cuatro de la madrugada. Proseguimos hasta el puente de Martinete, allí nos encontremos con un río, el Tajo, hiriendo y trazando el cañón por el que va discurriendo lentamente. En ese enclave existe un paisaje de espectacular belleza. La naturaleza en su estado puro. Hacemos fotos a unos bloques de roca que se han desgajado de los impresionantes escarpes que forman el contorno, a los que la vegetación los está invadiendo poco a poco. Un panel indicador que señala una GR hacia una laguna natural, modificó nuestro itinerario de viaje; sin dudar enfilamos con el coche la pista de grava y guijarros que llegaba hasta ella. La pista va colgada en un lateral del cañón y kilómetro a kilómetro va ganando altura. Mirábamos de reojo al precipicio que iba quedando a nuestra izquierda, sin poder admirar el fascinante paisaje; no podíamos hablar, la garganta se nos estaba quedando seca, nos mirábamos; el viento que se encajonaba en el desfiladero zarandeaba nuestro coche. No podíamos dar la vuelta, nos saltaron las alarmas del cuerpo; se había creado una situación angustiosa. Cruzábamos los dedos para que no se presentara otro coche en dirección contraria. Alcanzábamos la máxima altura, pero nos era imposible disfrutar del imponente paisaje que teníamos a nuestro alrededor. Por fin respiramos, un kilómetro más adelante la inquietud y el desaliento fueron amainando; enseguida apareció ante nosotros la recóndita laguna de Saravilla. Allí mismo nos comentan que la pista tiene otra salida si continuamos por ella, pero... no es mejor que la que hemos pasado, así que hacemos bueno el refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”; así que nos volvemos por el mismo sitio. Han sido unos momentos para no olvidar. Hemos estado al borde del infarto. Un tranquilo viaje por Cuenca y su serranía había tenido un epílogo aventurero. Esto es lo hermoso de la vida. |
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