
Expedición colegial a La Angostura (parte II)
Villa La Angostura - Bariloche | 1 comentarios.
|
La mirada pronto quedó anulada debido a que nos situábamos una ves más sobre las nubes. Si mis cálculos no fallaban, estaríamos rondando los 1000 o 1200mts de altura. El autobús redujo la velocidad, pues desde el gran ventanal la visibilidad no llegaba a los 10mts.
La mayoría había puesto la atención en la tontería de película que estaban pasando, aunque viendo que afuera parecíamos navegantes de los cielos, decidí ponerme a ver un poco el film. Pronto me agarró somnolencia pero no quise desistir, pues pronto las nubes comenzaron a retirarse. No se estaba despejando sino que estábamos descendiendo en “picada”. Adelante se pudo contemplar un paisaje de ensueño. Picos nevados, muchos de ellos cubiertos de nubes, y como espejo gigante, las aguas del embalse El Chocón.
Volvíamos a subir, y el camino se ponía sinuoso. Algunos se volvieron a marear y este sube y baja terminó por taparme los oídos. Las nubes habían oscurecido y lo lamenté profundamente. Se notaba como de entre las laderas de aquellas aún lejanas montañas se desprendía una “cascada” de color grisáceo desde las nubes. Toqué el vidrio de la ventana y me di cuenta que al tacto estaba tan fría como antes del descanso en Piedra del Águila. Aproveché y desempañé el vidrio que se estaba cubriendo. Pude ver a la distancia un rectángulo verde al costado de la carretera.... “un cartel de señalización!”, me dije.
San Carlos de Bariloche 70km
San Martín de Los Andes 120km
Villa La Angostura 150km
Sé, por boca del profesor, que debíamos tomar un desvío. Si seguíamos derecho, pasaríamos la frontera para entrar a Río Negro y dirigirnos hacia Bariloche, cosa que estaba prevista para más adelante. Ahora, debíamos girar hacia la derecha (norte) e ingresar a Los Andes para tomar un nuevo desvío hacia el oeste y no ir hacia San Martín de Los Andes, sino que a Villa La Angostura.
Los vidrios se desempañaron, pues me enteré que habían encendido la calefacción. Hacía más frío afuera. Por el costado, se abandono el paisaje inminentemente chato y monótono (sin dejar las montañas de fondo) para comenzar a surgir ondulaciones y las primeras áreas parquizadas. Esto último me llamó la atención. Cual era el fin de estas extensas plantaciones de coníferas? Estaban delimitadas por cercas de alambre fáciles de atravesar y todos los pinitos eran de no más de dos metros o metro y medio y todos iguales. Habían sido distribuidos de manera que se expandieran por las laderas de esas pequeñas pero extensas ondulaciones, es un paisaje, de ante mano bien de la patagonia argentina. El mismo marco se repitió por algo más de 20km.
Como relámpago, el micro giró por una curva y de entre las ondulaciones surge un gigantesco y precioso lago de muchos kilómetros de ancho. El profesor, quien había estado dormitando a no más de dos butacas de la mía, se despabiló y se incorporó en el asiento ante el aumento del cuchicheo. Se puso de pie, y dijo que estábamos viendo uno de los primeros lagos de la región de Los Lagos, cuyo nombre lamentablemente ya olvidé.
Pronto lo dejamos atrás pues la carretera tomó otra trayectoria. Decidí bajar al primer piso del autobús. Me acompañaron dos de mis amigos. El objeto, disfrutar como ningún otro y con plenitud ese maravilloso paisaje que ni la oscuridad del cielo opacaba. El primer piso era primera clase del autobús y solo lo ocupaba el rectorado. Como sobraban asientos podíamos estar allí cuanto tiempo quisiéramos.
Ahora se asomaban los primeros pinos que ya no eran de plantaciones sino naturales. De entre ellos, surgió un arroyo correntoso cuya agua fue la más atractiva que había visto asta el momento. De un color turquesa transparente mezclado con verde y azul. Horacio, el mismo profesor de recién, descendió del segundo piso para tratar de activar un altoparlante, por llamarlo de alguna forma, ya que era como un radio incorporado en el techo del cual colgaba un micrófono. El artefacto no funcionaba. De todas formas, comentó que se trataba del Río Limay, ya citado en la parte I, y que para buena noticia era una de las conexiones con el Lago Nahuel Huapi.
Ahora el paisaje cambió por completo. Sin dejar de bordear al Río Limay, se sumaron a nuestros lados altísimos picos cuya forma era impresionante. Eran como agujas gigantes, toda la ladera eran gigantes agujas cuyo extremo era sumamente puntiagudo. De entre la escasa geografía ondulada que servía de “base” a las agujas rocosas, se habías formado comunidades de pinos. Las agujas más altas estaban coronadas por nieve, otras se ocultaban en las nubes. Todo era increíblemente precioso.
Estábamos realmente alucinados, pero nos adelantaron que esto no era nada, pues la mejor parte aun no venía. Cuando el micro continuo por el mismo trayecto, comenzó a descender y descender, asta que de improvisto aparece allí, a no más de 3 o 4 km la majestuosidad del Nahuel Huapi. Una ves más, mal dije al cielo, que si bien se había mejorado un poco estaba densamente nublado y llovía un poco, no nevaba. Antes de esto, ya se había comenzado a cubrir el paisaje y nuestros lados de la carretera de densos bosques y las montañas puntiagudas se habían quedado atrás.
Todos comenzaron a inquietarse arriba. Nosotros, abajo, mientras admirábamos el paisaje y se nos movía una especie de emoción, placer e intensa ansiedad, platicábamos con la mayor autoridad del colegio: la Señora Marta. Petiza, un poco gordita, de piel blanca (por donde no cabe dudas que miles de cosméticos se adueñaron de su piel) y ojos celeste bien claros. Por sus ya avanzados años, se escuchaba poco y nada salvo que se le entablara conversación, no se movía de su asiento salvo el par de veces que descendimos a descansar a cientos de kilómetros ya dejados y siempre se mantenía, al parecer, inerte, con su sonrisa de madre (no de abuela) y su autoridad siempre al mando. No nos decía que hacer y que no, pero detrás de esa quietud, nos vigilaba a los 46 jóvenes y el resto de profesores para saber si se cumplía con lo pactado antes de partir. “Prudencia, sana independencia y respeto”, los tres elementos que habría que grabarse a fuego en esta próxima estadía a emprender. Era una mujer cuidada, bastante señorial y coqueta, con más de 10 años que hace que realiza este viaje anual. Pero pese a su inminente seriedad, fuimos conociéndola y haciéndola formar parte de este viaje a lo largo de los 10 días y comprendimos, una ves más, que no hay que juzgar a las personas sin antes conocerlas. Y ya que estamos describiendo a la Señora Marta sería útil y correcto mencionar al resto de nuestros acompañantes mayores. Ariel, nuestro preceptor, de estatura normalita, ojos y cabello oscuros, se lo caracterizó por mucho tiempo por su infinita seriedad, por su personalidad de almirante, cabo, soldado o como quiera llamárselo, y por su boca que parecía haberse achicado y fosilizado por sus extrañas ocasiones de gracia. El profesor del departamento de gimnasia, alto, de cabello oscuro y ojos bien claros, tan mal decido por su insoportable materia, era ahora nuestro oído, nuestra mano y nuestro director de viaje. Esta es una persona especial, con excelentes valores bien firmes y arraigados a su vida cotidiana y a sus juicios. Siempre que surgía un problema, allí estaba el, siempre levantando ánimos derribados por las tempestades de la vida con su insuperable gracia y buena onda. La profesora de igual materia, quien seguramente extorsionaba a las chicas, era una mujer joven, de igual forma siempre con buen ánimo y autoridad, aunque quizás un poco seria y apartada. Y para terminar, no podía dejar de nombrar a Giselle, una coordinadora de 23 años de muy buena onda con la que acabamos amigos al terminar el viaje. Su función, consistía en cuidarnos y controlarnos, entre otras cosas. También estaban los conductores del micro. Eran dos, también de muy buen ánimo y con ganas de divertirse, pues compartiríamos con ellos y el autobús todo el viaje.
Hicimos una curva más y empezamos a bordear el Río Limay, para cruzar por un puente que lo atravesaba por completo de un lateral asta el opuesto. Sin ir más lejos el río debe de tener un ancho de 300 o 400mts. Seguimos el trayecto, ahora empezábamos a rodearnos de montañas una ves más. Subíamos y subíamos para luego bajar.
El trayecto comenzó a cambiar asta dar un vuelco impresionante. Nos rodeamos de montañas de gran altura cubiertas de densos bosques de coníferas, eucaliptos y muchas otras especies de árboles. Apareció el Nahuel Huapi, ahora estaba allí a pasos de nosotros. Ese lago que tantas veces vimos en fotografías lo teníamos ahí. De un gris suave por el cielo nublado y reflejando las altas cumbres verdes, es de un tamaño impresionante, por lo que no se consigue conocer sus confines con un simple mirar. Penínsulas, bahías e islotes comenzaron a surgir por todos lados. Algunas montañas cubiertas de pinos emergían del agua formando islas. Pronto nos encantó, nos enamoró y se adueño de nosotros por un bien rato aquel paisaje cuya belleza no tenía límites. Pronto dejamos de ver al lago porque aparecieron grandes y densos árboles que formaban como murallones naturales. Sólo 20km de Villa La Angostura. Todos estábamos alterados y fuera de nuestros lugares. La única lástima fue que el cielo estuviese nublado y llovía finamente.
Casitas por todos lados, algunas no tan casitas, estaban por doquier. Lo más impresionante y memorable de ellas es que estaban TODAS y todo construido con madera de eucalipto de manera que formaran parte del paisaje. También habían numerosos hoteles y restoranes. La civilización ya se notaba. Ahora ingresábamos por una calle en subida y nos dirigíamos hacia El Cruce, un sitio que así se la llama pues de ahí parten cuatro trayectos que los llevan a cuatro puntos distintos, entre ellos, Chile y Bariloche. El Cruce era la entrada a lo que es el centro de Villa La Angostura. Allí se detuvo el micro. Todos nos pusimos de pie, pero nos dijeron que no bajásemos aquí porque debíamos hacer unos 2 o 3km más hasta el refugio donde hospedaríamos. La estación de ómnibus de La Angostura era pequeña, también de madera y estaba justo en frente de El Cruce. No podíamos dejar de mirar hacia todos lados pese a que poco podíamos ver. En realidad, nunca supe muy bien porque nos detuvimos en la terminal.
Camino al refugio nos percatamos que estábamos en un bosque como Dios manda. Las calles que no pertenecían al centro eran de tierra y estaban rodeadas de árboles y árboles, grandes casas tipo country con preciosos jardines bien cuidados y totalmente verdes, cosa que no acostumbrábamos a ver allá en Mendoza. .
Ahora doblábamos por una calle con una flecha que decía “Camping Cuyum”. Si, el refugio estaba en un camping en el medio del bosque. Al llegar, había un espacioso lugar sin árboles sino con pasto que albergaba tres construcciones. La primera, de madera, contaba con las 11 habitaciones, la segunda era el comedor y la tercera no se muy bien pero era algo así como un saló de reuniones o cumpleaños, con quincho, parrillas y eso. Al llegar todos bajamos, si digo emocionados, me quedo muy corto. Llovía, aún y corría alguna que otra brisa friolenta. Pero no importaba en lo más mínimo. Estábamos en Villa La Angostura, lugar que tanto soñé y que reiteré en fotos. Ahora estaba allí!. No podíamos apreciar el paisaje con el cielo gris y por momentos se me cruzó alguna manoteada del negativismo al pensar que más de un día nos podía tocar así. Si tendría razón o no, eso es capítulo aparte. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|