CHULLPARES DE ALCAYA
HISTORIA DE ALCAYA.-
A una hora del cráter está Alcaya, comunidad ubicada a 10 kilómetros al noroeste de la capital de la provincia Ladislao Cabrera de Oruro, el pueblo de Salinas de Garci Mendoza. Se levanta a los pies de los cerros Panturrani y Taipi Qollu,
vigilantes de esta región intersalar entre los yacimientos de Uyuni y Coipasa que gozan de un microclima muy especial que les permite cultivar aparte de la quinua, la papa y el maíz, una serie de hortalizas, verduras y frutas a más de 4.000 metros de altura.
Sereno e imponente, un cóndor atraviesa el cielo. Es un símbolo de buena fortuna para los pobladores; aunque con el paso de los años el acontecimiento se hace cada vez más escaso. A pesar de que el cauce del río ha disminuido, sus aguas conducen a un cañadón que, en lo alto, resguarda un complejo arqueológico que incluye una zona de viviendas, otra de cultivos, silos para almacenar el grano y una gran necrópolis.
La cantidad de gente que habitó en la zona extendida sobre las 100 hectáreas es un misterio, pues aún no se han levantado los planos de las viviendas ni realizado estudios a profundidad. “Las visitas se han hecho por espacios muy cortos, lo cual no permite a ningún arqueólogo imaginar todo el entorno cultural que ha tenido este sitio”, señala Álvaro Fernold Gemio, investigador de la Unidad Nacional de Arqueología de Bolivia (UNAR). “Las ruinas de Alcaya son de la época postiwanakota, corresponde a los señoríos del sur de Potosí que originalmente eran de habla aymara”.
Pero estas ruinas, al principio llenas de piezas arqueológicas, sufrieron el saqueo de propios y extraños. Así lo recuerda Álvaro: “Hay un antecedente triste para la arqueología. En la década de los 80 (1982) llegó un investigador francés (Patrice Leqoc) que hizo exploraciones y excavaciones en la zona, recuperando bastante material. Lamentablemente, y a pesar del convenio con las autoridades de la UNAR, hizo mal uso de este permiso e intentó llevarse las piezas obtenidas en sus investigaciones de forma clandestina a su país. A raíz de eso, la población de Salinas de Garci Mendoza lo interceptó y capturó el día que iba a salir, decomisando las piezas y quemando su vehículo. Ninguna de las piezas se ha extraviado y por desavenencias a raíz de esos antecedentes, aún no se ha logrado llegar a un acuerdo entre la UNAR y las actuales autoridades municipales”.
La comunidad quedó muy afectada por este hecho, pues los tejidos y otras valiosas piezas arqueológicas podían haber dejado su lugar de origen. Ahora están encerradas en cajas bajo la custodia del municipio, sin que su encierro les permita recibir tratamiento alguno para su conservación.
Reconstruyendo la memoria
Tranquilamente llegan a los diez metros. Los cactus de la región llevan varios años poblando las peñas con paja brava y son ahora la fuente de madera y de flores de mucho colorido. En verano, al tope de cada planta emergen las jawaq"ollas, flores silvestres de encendidos tonos rojos y crema que luego de algunas semanas regalan la dulzura de la pasacana, su fruto. Estos cactus han crecido entre las ruinas y hacen que el paso de los turistas sea difícil, pero rodeado de flores.
En las partes más altas del Panturrani se yergue una flor silvestre de color rojo vivo, la awachula, usada en decoración para las fiestas de la comunidad. También sirvió para festejar el día en que la Prefectura de Oruro se dispuso a refaccionar el complejo arqueológico con un presupuesto generoso. La comunidad puso la mano de obra, pero los trabajos se realizaron sin la supervisión necesaria, según la UNAR. “Hubo tareas de restauración por parte de la Prefectura del departamento en la década de los 80, pero fueron ejecutadas sin la autorización ni supervisión de la Unidad de Arqueología. Si bien se hizo una reconstrucción, no se llevó a cabo como se debía, pues su ejecución no fue la más idónea y hasta el momento no se puede arreglar la situación”, comenta Álvaro y señala el rojo barro utilizado para la reconstrucción de chullpas. |
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