Mantis observa el paisaje desde un pequeño montículo, orgulloso, erecto, debajo de él algunos arbustos se agarran a las sueltas y finas arenas del Kalahari. Las acacias se diseminan por la extensa geografía. Este año las lluvias estivales han sido copiosas, y todo se ha llenado de vida, sobretodo en la intensa y rica vida del subsuelo, pero también han erosionado el desierto, llevándose la arena y formando pequeños barrancos. Unas piedras diminutas y brillantes que han quedado al descubierto van a contribuir de forma decisiva a la gran tragedia que persigue desde hace décadas a Mantis y sus hermanos. Todos ellos son bosquimanos, habitan en el Kalahari desde hace decenas de miles de años, una tierra sedienta, y uno de los mayores desiertos del mundo que ocupa casi toda Botswana, es el último refugio de este pueblo. Llevan una idílica existencia, su vida es lánguida y liberada; cazan animales en la superficie y en el subsuelo de las sedientas arenas.
Estos diminutos personajes consideran al elefante una desproporción de la naturaleza, un animal pesado y lento, por eso prefieren observar y estudiar a los más pequeños, por ejemplo los insectos, de hecho los aman, su preferido es la Mantis Religiosa que sobrevivió al Gran Diluvio “navegando” sobre un nenúfar.
En las montañas de Angola nace el Okavango, fruto de los impresionantes aguaceros que allí se forman, esas aguas desembocan en el Kalahari, llenándolo de vida. Algunos años éstas son escasas y no llegan a inundar el Makaritari, un gran lago en el desierto; los ríos debido a los cambios sufridos por la naturaleza dejan de alimentarlo y sus aguas se evaporan, formando un lecho seco y salado, donde los caminos ya desdibujados desaparecen al no transitar por ellos los animales en busca de agua para beber; por lo que los bosquimanos deben realizar grandes caminatas a través de senderos trazados en las arenas del Kalahari en busca de caza. Los animales han emigrado hasta los serpenteantes canales del delta bordeados por sábanas, arboledas y oasis de palmeras, para poder apagar su sed. Huyen de las ardientes arenas.
Las piedras preciosas que mencionaba antes, en nuestro mundo “civilizado”, las llamamos diamantes y por encima de eso no hay nada. Somos verdaderamente capaces de perder la razón por ellas e implantar nuestro orden allá donde aparecen, dispuestos a abalanzarnos sobre la riqueza que encierran, por eso están empujando, persiguiendo a este pueblo; expulsándolo hacia zonas donde no sea un estorbo para la explotación de tan preciado y escaso recurso; para beneficio de unos pocos; alejándolos así de su hábitat natural: el Kalahari. Hace muchos años, los primeros colonos que llegaron a África, ya los expulsaron de los exuberantes bosques hacia el agreste desierto. Las ciudades y pueblos que rodean al mismo son el último eslabón de sus vidas, allí viven sumidos en la marginación, viviendo de las limosnas de los turistas. A veces son exhibidos como si de una especie rara en vías de extinción se tratara, y por desgracia así es. Otras veces caen en la delincuencia, y casi siempre son recluidos en barracones, condenados a llevar una vida sedentaria.
Este pueblo singular, amante de los animales más diminutos, capaces de distinguir a Saturno de entre los millones de estrellas, de las cuales afirman que son cenizas arrojadas al cielo. De la misma forma aseguran que los baobabs son árboles plantados al revés, y que sus ramas parecen sus raíces.
Los habitantes del Kalahari, de pequeña estatura y color amarillento, son sabios, cándidos, dignos. Están llamados a desaparecer, la civilización está penetrando en su último refugio. Los diamantes son para siempre, los bosquimanos no. |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|