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Islandia: el paraíso del arco iris

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Islandia: el paraíso del arco iris

Islandia | 0 comentarios.

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ReyMysterio
29/09/2005


Los Vikingos consideraban que bajo la superficie de la volcánica Islandia se encontraba el Infierno. Pero lo que no podían imaginar aquellos expertos navegantes que colonizaron la isla a partir del año 874 es que habían descubierto las puertas del cielo. El tiempo parece haberse detenido en un deshabitado territorio que enmudece a todo visitante enarbolando sus más profundos sentimientos con su naturaleza de ensueño, desde las cataratas hasta los glaciares, desde las multicolores auroras boreales hasta el impresionante sol de medianoche. El paraíso existe y está a sólo cinco horas de avión de España.

Islandia está compuesta por un corazón caliente de magma y por un sinfín de vasos sanguíneos que vertebran la isla en forma de ríos. Las docenas de cascadas, los innumerables pequeños lagos que se reparten por sus casi 103.000 kilómetros cuadrados y las hileras de aguas gélidas que se deslizan desde las blancas cumbres conforman un paisaje único, en el que se alternan profundos valles con amplias mesetas.

Cada paso por la isla significa un retroceso de siglos, hasta imaginar a los vikingos a lomos de sus caballos galopando entre aquella naturaleza salvaje. Reykjavik es la excepción: significa bullicio, sofisticación y vida nocturna. Su área metropolitana acoge el 60% de la población de todo el país y se ha convertido en un estandarte de la juventud europea, que viaja los fines de semana para disfrutar de la música techno y del alcohol sin control. Las casas de madera de diferentes colores y su enorme iglesia protestante, “vigilada” de cerca por la estatua de Leif Ericson -a quien otorgan el descubrimiento de América casi medio milenio antes que lo hiciera Cristóbal Colón-, internacionalizan la imagen de la capital más septentrional del mundo.

A medida que haces kilómetros con el coche (la única forma de desplazarse por la isla dada la inexistencia de ferrocarriles y la precariedad del servicio de autobuses) y te alejas de la gran urbe, la soledad y la tranquilidad serán los inseparables compañeros de viaje. El lugar que concentra más turistas es el llamado ‘Círculo de Oro’, dada su cercanía a la capital. Pingvellir desprende un denso aroma político al ser el primer parlamento en la historia de Europa y, entre sus rocas alineadas en forma circular, Islandia promulgó en 1944 la independencia respecto de Dinamarca.

Un atractivo importante es Geysir, que da nombre al fenómeno de los géiseres: erupciones de agua que pueden alcanzar hasta los 80 metros. El Gran Geysir fue el más espectacular hasta que, a principios del siglo XX, quedó inactivo porque los turistas adquirieron la fatal costumbre de tirar rocas y residuos sobre él. Ahora la estrella es el Strokkur, cuyas aguas llegan a los 20 metros en breves erupciones que se repiten cada cinco minutos. El olor a huevo cocido que desprenden será una tónica durante el viaje, ya que el agua de las duchas de las casas y recintos turísticos procede de aguas termales.

El ‘Círculo’ deja lo mejor para su último trazado: Gullfoss. Un rápido camino a pie nos adentra y su ensordecedor ruido nos advierte de un escenario insuperable: la mayor catarata de Europa bajo nuestras cabezas, una garganta de 50 metros de profundidad compuesta por una doble caída de aguas con una fuerza descomunal. En los días soleados, el arco iris la traviesa de lado a lado y, junto con el verde de la vegetación que la rodea, la significa como un espectáculo para la vista.

El clima es fundamental para disfrutar de las maravillas de Islandia en una situación de continua interacción con la naturaleza. La lluvia es frecuente incluso en verano, aunque hay un refrán típico entre sus habitantes elocuente sobre los continuos cambios atmosféricos: “Si no te gusta el tiempo, espera 15 minutos”. Los mejores meses para visitar este país son junio, julio y agosto (la temperatura media es de 10 grados gracias a las Corrientes del Golfo), ya que el resto del año la gran mayoría de los lugares de interés permanecen cerrados en estado de hibernación. A ratos se irá en mangas de camisa y otras veces se echará mano del abrigo y de los guantes, independientemente de la parte de la isla en que nos encontremos, aunque la costa más septentrional y sobre todo el interior, deshabitado y sólo accesible con vehículos todo-terreno, son mucho más duros.

Una vez abandonada Gullfoss, lo más aconsejable es tomar la carretera que rodea la isla, llamada Ring Road, en el sentido contrario a las agujas del reloj. En nuestra ruta por el sur dejaremos a un lado al principal de los 30 volcanes activos, el Hekla, que con sus erupciones ha creado durante muchos kilómetros un paisaje de arenas y cenizas, hasta desembocar en sendas cascadas de gran encanto que recuperan el color. La de Seljanlandsfoss es relativamente corta pero se puede recorrer por detrás, vislumbrando a través del agua una larga planicie verde dorada por el sol a mitad de altura que intenta dominar el horizonte. En la Skogarfoss dice la leyenda que un colono escondió su inmenso tesoro tras su ancho y abundante caudal para que nadie pudiera encontrarlo.

La zona está salpicada por diminutos pueblos de casas bajas y por gentes poco comunicativas, seguramente influidas por la filosofía de vida escandinava que afirma que el hombre ideal debe hablar poco. En las cercanías de Vik, punto de referencia de la zona, se encuentra Dyrholaey, un famoso acantilado desde el que se puede observar el animal propio de Islandia, el frailecillo (parecidos a los pingüinos pero con el pico rojo). Los valientes pueden aprovechar para bañarse en sus negras playas. O, mejor dicho, darse una zambullida, porque la helada agua no permite mayores alegrías.

Los campos de lava se convierten en la tónica en el avance hacia el este, surgidos a través de las grietas eruptivas, en conjunción con un campo de más de cien cráteres a lo largo de 25 kilómetros antes de desviarnos hacia Fjaorargjufur, un precioso cañón con floridas colinas a su alrededor que alberga un río con escaso caudal. De vuelta a la vía principal, el amarillo de la arena y la señal de la erosión por el deshielo invade el entorno a la par que vamos acercándonos al blanco de las lenguas de los glaciares.

Así alcanzamos la gran joya de este país: la bahía de iceberg (Jokulsarlon). Como ocurría con la primera catarata, aparece de improviso, en este caso al permanecer oculta desde la carretera por unas formaciones de arena. La fascinación que despierta el primer golpe de vista es, por lo tanto, inenarrable. Es un inmenso lago de oscuras aguas repletas de iceberg de diferentes tamaños y variadas formas, que se extiende en la lontananza hasta fundirse en un abrazo con el glaciar más grande del continente, el Vatnajokull. Un atardecer soleado y las focas jugueteando entre los bloques de hielo impregnados por el negro de los detritos aderezan un escenario que parece extraído del mejor de los sueños.

El recorrido por los fiordos del este no reflejan la espectacularidad instantánea que producen las cataratas vistas o la bahía de iceberg, pero la belleza de la panorámica es mayor. Las estrechas, mal señalizadas y a menudo no asfaltadas carreteras, que salvan los numerosos ríos con puentes por los que cabe un solo vehículo, surcan los azulados fiordos, en los que se reflejan el cielo y las pequeñas montañas que los rodean. La escasa población de la zona se concentra en diminutos pueblos pesqueros donde se considera a los foráneos casi como un acontecimiento.

Llegados a Egilsstadhir, la Ring Road abandona el litoral para introducirse un poco hacia el interior, en un terreno casi inhóspito donde los coches son una rareza, los núcleos poblados una excepción y las gasolineras una ilusión. Uno entiende a estas alturas por qué Islandia tiene una densidad que no llega a tres habitantes por kilómetro cuadrado. Camino hacia Akureyri, considerada como la capital del norte con sus 15.000 habitantes, encontramos un buen número de lugares de obligada parada. Hengifoss destaca por ser una de las cascadas más altas del país (118 metros) y por estar dentro de una quebrada coloreada a rayas por estratos arcillosos. Al otro lado del río está Hallormsstaour, un bosque de abetos y abedules que en España sería despreciable pero que para la deforestada Islandia es todo un orgullo. Quizás entre los árboles deambulen los trolls, seres mágicos en los que creen la mayoría de los islandeses y que podemos encontrar en todas las tiendas de recuerdos.

Siguiendo hacia el norte por una carretera tortuosa nos encontramos Dettifoss, la catarata más caudalosa de Europa (llega a desalojar los 1500 metros cúbicos por segundo) y posiblemente la más ruidosa, con sus corrientes plomizas y densas. Muy cerca está Selfoss, de escasa altura pero de una anchura que se escapa a la simple vista, y también enclavada en un paisaje desnudo. De vuelta a la vía principal proseguimos por una senda semidesértica hasta aterrizar en una zona de fenómenos geotérmicos y solfataras que desprenden un hedor a azufre difícilmente soportable y cuyo aspecto parece más lunar que terrestre. Una vista del horizonte desde lo alto del colindante monte Namafjal nos confirma la diversidad del paisaje, volcánico en las cercanías y verde en la lejanía.

El lago Myvatn (cuya traducción de “Lago de las moscas” no puede ser más acertada, dada la existencia de millones de insectos que convierte la permanencia en casi imposible), que cuenta con fauna autóctona como el porrón islandés, precede a una catarata de aguas cristalinas y tranquilas llamada Godhafoss porque durante la conversión del país al cristianismo, en el año 1000, fueron lanzados en ellas todas las imágenes y objetos relacionados con otras religiones. Conforme nos acercamos de nuevo al litoral, el ambiente va recuperando el frescor inicial, las granjas vuelven a hacer acto de presencia, y las ovejas, vacas y caballos de melena rubia vuelven a expandirse por miles en los prados. Especial cuidado hay que tener con las ovejas, que no tienen miedo a cruzar las carreteras pese a la presencia de vehículos.

Akureyri se presenta como el primer atisbo de verdadera ciudad desde Reykjavik: hay tiendas, supermercados, gente por las calles, semáforos e incluso algún atasco. Desde su aeropuerto salen vuelos hacia la pequeña isla de Grimsey, que situada ya dentro Círculo Polar Ártico y habitada por no más de un centenar de islandeses, es el escenario ideal para presenciar durante los meses de junio y julio un espectáculo sin igual: el sol de medianoche. La noche se convierte en un eterno atardecer que aplica una inyección de tranquilidad y bienestar. Pero esta sensación se queda corta respecto a la aurora boreal, o cómo la noche se ilumina con estelas de diferentes colores. Lamentablemente, esta maravilla sólo aparece en los meses invernales y la mayoría tiene que conformarse con verla en las postales, pero los que viajen en los últimos días de agosto podrían encontrarse con una sorpresa mientras miran las estrellas en las claras noches islandesas.

El descenso por el oeste hacia Reykjavik debe incluir una visita a los alrededores del apagado volcán de Snaefellness, de gran importancia literaria porque fue elegido por Julio Verne como la puerta a su “Viaje al centro de la tierra”. El contraste entre el negro de la tierra y la frondosa vegetación proporcionan esplendor a una zona presidida por la vista infinita de la cima helada del volcán. En el área de Borgarnes se localizan las cascadas de Hraunfossar, que se precipitan sobre el río desde un lecho de lava, y Glymur, que con sus 198 metros es la más alta del país. No habrá más remedio que parar en alguno de los múltiples merenderos habilitados en cada emplazamiento de interés, todos ellos equipados matemáticamente con una sola mesa y sus dos bancos correspondientes... Para qué más, pensarán.

Pasada la capital en dirección hacia el aeropuerto internacional, es habitual entre los turistas aprovechar sus últimas horas de estancia en Islandia para darse un baño en el Blue Lagoon, una enorme laguna marina de aguas termales a 40 grados con propiedades terapéuticas que facilitan el descanso físico y la limpieza espiritual. El precio es muy alto, como todo en un país en el que dormir en hoteles es un lujo y hacerlo en camping o albergues una necesidad. Una referencia: una cajetilla de tabaco cuesta 12 euros... El cielo tiene un precio.
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Ultimos comentarios:

jhonnyga dijo:

Yo quiero ir! que lugar mas espectacular!!!!!!!! me parece fascinante! ver la aurora! dias con pocas horas! frio extremo! es sin duda una experiencia unica!!!

jueves, 8 de noviembre de 2007, a las 19.27

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