Me enfrento a este diario sobre el Transcantábrico, aún a sabiendas de que mi alma no ha regresado todavía a mi cuerpo. Sigue en esos magníficos parajes de la cornisa norte, en algún punto del Camino de Santiago; quizás en la impresionante Catedral de León, en Frómista, Bilbao, Santillana de Mar,
Covadonga o en cualquier rincón de Galicia, quizás en la plaza del Obradoiro.
Verde, que te quiero verde, desde ese hotel de cinco estrellas, el tren emblemático de FEVE, consuma un crucero sobre raíles que reinterpreta y recupera la esencia del tren.
Este es nuestro itinerario: León - Cistierna- Guardo- La Olmeda- Carrión de los Condes-Villalcázar de Sirga- Frómista- Cervera- Espinosa de los Monteros-Bilbao- Santander - Cabezón de la Sal- Cuevas de Altamira - Santillana de Mar- Llanes- Ribadesella - Arriondas- Picos de Europa- Covadonga- Cangas de Onís- Gijón- Oviedo- Cudillero- Luarca- Ribadeo- Viveiro- Ferrol- Santiago de Compostela.
Desayunamos en un hermoso vagón que nos convierte ya por la mañana en personajes del Orient Exprés, con jeans y zapatillas de deporte.
El Transcantábrico, que tiene alma propia, toma alguna curva para darnos los buenos días, con su acento cantarín.
A mediodía y por la noche, tras las excursiones a lugares maravillosos, el autobús nos acerca a la gastronomía de cada zona, de donde salímos con el estómago lleno y el corazón rebosante.
Por la noche, el tren dispone de un vagón discoteca para deleite de los pasajeros, que lo mismo le dan a la rumba, que a los boleros o al vals.
Durante el día, los paisajes, desde mi ventana, se suceden mágicos e irrepetibles, como si asistiera a una sesión continua de los hermanos Lumiére.
Bosques y prados. Veo prados, construcciones de indianos, pueblecitos con hórreos, cursos de agua, playas, acantilados, monumentos, gentes…
Románico como Fromista, la neocueva de Altamira y con ella el regreso al albor de la civilización, contemplando la reconstrucción de la vida de los homo sapiens que poblaron la zona (¿homo sapiens, o quizás homo erectus? ¿o es lo mismo? La broma es fácil, claro). La catedral de Oviedo; la “Vetusta” en la que viviera la Regenta su gran amor por Don Fermín de Pas. La playa de las Catedrales, donde el hombre se siente chiquito… insignificante.
Del mismo modo que intento apresar con la cámara de fotos esos momentos inolvidables, borro varios miles de "kas" en la memoria de mi corazón, para conservar el olor del mar embravecido, el olor de los bosques de eucaliptos, el rumor de las cascadas del Parque del Príncipe junto a Covadonga, las plegarias de los fieles a la Santina y, cómo no, el botafumeiro en Santiago de Compostela. Cabe destacar que el tren ha ampliado su itinerario y el viaje, de siete noches y ocho días, sale de León y llega a Santiago, o hace el itinerario Santiago-León.
Resuenan aún las risas de mis compañeros de viaje del Transcantábrico y de la tripulación. Extraños unidos en ese tramo mágico de la vida que es el Camino de Santiago, un viaje iniciático en el que aprendes, entre otras cosas, que todo aquello que se puede comprar con dinero tiene un valor relativo. Porque sale a flor de piel lo que es esencial en la vida.
Y eso se traduce en una sintonía magnífica con los compañeros, con quienes comparto extraordinarios monumentos y paisajes, comidas, paseos y confidencias al calor del amanecer en el tren. Son susurros que salen directamente del corazón y se traducen en emociones amplificadas por la cercanía y el lugar.
Nos ponemos de tiros largos y tacones para jugar al Black Jack en el Casino de Santander y, por el contrario, los tejanos más raídos y chubasquero para recorrer el colorido pueblo depescadores, Cudillero. Es una delicia con sus casas azules, rosas, amarillas, sus subidas empinadas y la quietud que se respira.
El jefe de Servicio del Transcantábrico, tan serio, tan circunspecto, cuando pisamos Asturias se suma a nosotros para cantar el Himno de Asturias, manos cogidas. Me echo casi a llorar, por la expresión de orgullo y emoción del rostro de este asturiano. (Gracias, Juanjo, por todo).
El tren pasa por Vegadeo, la tierra natal del ex presidente de Aragón, Emilio Eiroa, y lo telefoneo al móvil. Se emociona. Paseamos por las playas de Ribadeo, con rocas gigantescas como catedrales, y en Ferrol bajamos del tren para hacer el último tramo en el autobús (Luis es nuestro conductor «de luxe» y Marisa la azafata con más salero), porque estamos a punto de entrar en Santiago de Compostela.
La plaza del Obradoiro nos recibe llena de peregrinos y entre ellos un grupo de ciclistas que viene desde Luesia, Zaragoza. El Parador de Santiago es impresionante. Definitivamente, mi alma aún no ha llegado hasta Zaragoza, porque aún se encuentra atrapada en la coqueta
suite "18" del Transcantábrico. Pilar Barranco y Alejandro Diaz Millan |
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|