
Turquia, impresiones de un Pais, Parte 3 de 3
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Turquia, impresiones de un Pais. Parte 3 de 3
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Nos despedimos con cierta tristeza y caminamos relajadamente en dirección al gran Centro de Compras compuesto por unas 5.000 tiendas en su interior, y por innumerables en el exterior, en el camino buscamos una oficina de cambio de moneda e hicimos una parada en unos aseos públicos “turísticos”, creemos que por estar empotrados en una antigua muralla, sucios, mal olientes, descuidados y donde nos cobraron 500.000 liras turcas por persona, por su uso.
La entrada al Gran Bazar aparece ante nosotros como si de un Arco del Triunfo se tratara, majestuosa y rodeada de cientos de vendedores, en puestos provisionales unos y ambulantes otros, todos intentando vender las mercancías antes de que las personas accedan al recinto, retícula de calles cubiertas donde se hacen competencia las miles de tiendas establecidas, llenas de géneros de multitud de colores y de gran variedad de especies, desde ropas, latón o especias.
A los lados de la gran puerta por la que accedemos, dos guardias, provistos de detectores de metales, custodian por la seguridad del recinto, al menos de una forma disuasoria, pues se limitan a mirar discretamente y pasar desapercibidos sin otro tipo de intervención.
Paraíso para algunos y martirio para otros es lo que supone el Bazar, con abrumadoras ofertas e innumerables, repetitivas y continuas preguntas como: ¿Italianos?...¿Españoles?...¿Quieres ver...? y ofrecimientos de descuentos fabulosos, de vasitos de té o de aromático café turco.
Las calles, cruzándose perpendicularmente las principales con las secundarias, con dibujos policromados en las paredes y en los techos, están clasificadas por tipo de mercancías, así en la principal están las joyerías con diseños de gran fantasía y originalidad, verdaderas obras de arte en plata, oro y piedras preciosas. Adquirimos varias piezas, siendo muy original y propia de la zona de Anatolia, una pulsera de unos 2 cm. De ancha, realizada mediante el trenzado de finos hilos de plata hasta formar una especie de tejido, flexible y de gran vistosidad.
El regateo es obligado tras la degustación de té turco, de manzana o café ofrecido por cada comerciante, después de una relajada y amable conversación, llena de simpatía y cordialidad, preámbulo de la transación comercial que interesa en ese momento.
Un sin fin de objetos de regalos, bolsos de grandes marcas, prendas, degustaciones de pastelillos, venta de té, café, especias...oro, plata, antigüedades, ect. colapsan nuestros sentidos que no saben donde mirar ni qué hacer. Legados al agotamiento, buscamos una puerta concreta para salir en la dirección que nos interesa y, al salir, descubrimos que en los alrededores se encuentran instalados un número impensable de tenderetes con todo tipo de cosas, artesanos trabajos en cobre, bronce, móviles, artículos de electrónica, prendas de marcas conocidas, colonias de altos precios en ofertas irresistibles, todas evidentemente muy bien falsificadas.
El paseo hacia el hotel ¡una liberación! La temperatura baja, la calle de ancha acera, relajada, el aire puro y libre de la opresión de las ofertas, nos serena y complace.
A la llegada, el conserje de puerta, con librea y chistera negra que le dá una apariencia como tenebrosa, se apresura a abrirnos la puerta y, solícito, nos alivia del peso de las compras, apreciando entonces el esfuerzo realizado.
Descansamos algo mientras mirábamos las tragedias que ponían en la televisión pero, como la vida del turista es dura, a la hora acordada acudimos a la cita con unas compañeras de viaje para cenar juntos y explorar una zona de restaurantes que se asoman al llamado Cuerno de Oro. La zona en sí ya constituye una atracción, las calles iluminadas por miles de pequeñas bombillas, dan un ambiente navideño a estas calles peatonales, repletas de restaurantes cuyos representantes ofrecen gratis bebidas, postres, café, ect. para que acceda a su local, con amplias marquesinas y ambiente festivo. Tras rechazar cientos de invitaciones, accedimos a uno, conocido por nuestras amigas, y que, como los turcos, en general, cuando has sido cliente anteriormente, te tratan de una forma más amable y especial, con precios más ajustados que ya no hacen necesario el regateo tan exhaustivo, siendo objeto de múltiples atenciones y de detalles especiales. Curioso fue que nos quitaron los abrigos y se los llevaron al guardarropas, casi en contra de nuestros deseos, por agradar, claro, y nos colocaron las servilletas a cada comensal en la forma que tiene costumbre el restaurante. Nos obsequiaron con una botella de vino blanco frío, bastante bueno, mientras nos llenaron la mesa de entremeses de todo tipo, mientras degustábamos aquella variedad gastronómica, casi toda aderezada con salsa de yogur, seleccionamos el plato principal entre varias especialidades casi todas compuestas por pescados del Bósforo, casi vivo y de delicioso paladar.
La presentación perfecta y los sabores peculiares y muy agradables. A continuación, los postres, con una presentación estética impecable, compuestos con frutas naturales para cada comensal, y una fuente común para todos por gentileza del propietario del local.
Junto a nuestra mesa, seis hombres turcos degustaban gigantescas “bocas rusas” dispuestas en una formación con apariencia de fuente, entre verduras y cascadas de grandes langostinos, que al principio confundimos con un centro de mesa para pasar a la admiración al ver que se trataba de un plato elaborado como una verdadera obra de arte. Para acompañar estas delicias, la bebida popular llamada raki, servida en vasos largos presentando un líquido de apariencia lechosa resultado de mezclar el aguardiente con agua fría, de agradable sabor dulzón que ayuda a digerir los alimentos. La noche se animó y llamaron a unos músicos que amenizaron la cena con extraños instrumentos y fuertes cánticos locales.
El público, terminando sus cenas, fueron abandonando el local en el que quedaron sólo dos mesas ocupadas, la de los turcos y la nuestra. Los primeros, animados por el raki, empezaron a bailar sosteniendo en la cabeza uno de los vasos con la bebida incluida, sin derramarla, mientras que los músicos, que tomaron asiento entre los lugares libres de nuestra mesa y la de ellos, subían de tono sus cánticos que nos inundaban y contagiaban de ritmo y música, trasladándonos en nuestra imaginación al sitio donde se encontraban nuestros cuerpos, recordándonos que ese sueño lo vivíamos en la realidad, aunque se nos hacía difícil comprender tanta fantasía hecha realidad.
Al té de manzanas también fuimos invitados y, cuando salimos de nuestra fantasía, fuimos vestidos y preparados amablemente, entre frases de agradecimiento y de buenos deseos, para afrontar la lluvia que caía en la noche iluminada por cientos de bombillitas, alegría y admiración. Iniciamos un paseo bajo los paraguas, cuesta arriba y sorteando los ríos de agua que bajaban desde el comienzo de la calle, dirigiéndonos hacia el hotel donde, a nuestra llegada, el conserje repite otra vez el rito de cortesía y amabilidad, con su levita, chistera negra, sonrisa abierta...
Así sentí Turquía. Autor: José Enrique González Palma (J.Enrique@telefonica.net) |
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