
Turquia, impresiones de un Pais, Parte 1 de 3
Estambul y Capadocia | 0 comentarios.
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Truquia, impresiones de un Pais. Parte 1 de 3
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Turquía, país pequeño, árabe, hosco, de gentes rudas, hostil, poco hospitalario, salpicado de pequeñas ciudades y desiertos, improductivo y seco.
Nada más lejos de la realidad. El primer contacto visual desde el aire con Istambul, es una visión impresionante, apareciendo una Ciudad sin límites, única en el Mundo edificada sobre dos continentes, compuesta por siete suaves cadenas de montañas recubiertas de miles de casas con un color ocre predominante, casi perdiéndose en el infinito, mostrándose así una Urbe de unos 120 Km. de larga ocupada por 15 millones de habitantes que, generalmente, son imposibles de diferenciar de los de cualquier país occidental. Sus características destacables son su amabilidad, simpatía, querer agradar y hospitalidad.
La Ciudad, impresionante, homogénea en sus edificaciones, salpicada de Mezquitas, estrenando metro subterráneo de moderno diseño, y clásica en su estilo, llena de vida y actividad, de apariencia caótica, se desarrolla entorno al Bósforo y rodeada de mares que esculpen atractivas calas, largas playas y acantilados que dan refugio a diferentes especies
animales.
La actividad en los mercados y en las calles y la propia configuración urbanística abruma a primera vista , desconcertando al forastero y dando la impresión de ser de imposible comprensión, pero en poco tiempo, dicha configuración penetra y encaja en nuestros esquemas, haciéndose una ciudad agradable, comprensible y de visita relajada.
Llama la atención que, en invierno, a las 4,40 de la tarde, empieza a oscurecer y la noche toma su sitio, aunque la actividad continúa como siempre, adquiriendo otro aspecto, luminoso, festivo y con multitud de coches en todas direcciones, haciendo sonar sus claxon casi constantemente.
Casi desde cualquier perspectiva aparecen innumerables minaretes de las mezquitas, sobresaliendo de los edificios circundantes, esbeltos y todos espectaculares a la vista del viajero, perteneciendo a edificios tan conocidos como a la Mezquita de Solimán el Magnífico, donde está enterrado él mismo, y su esposa.
La construcción de esta magnífica mezquita se comenzó en 1.550 siendo su arquitecto el famoso Sinan del que se recuerda que no usaba planos en sus proyectos, concibiéndolos y materializándolos en su mente. Esta mezquita presenta cuatro estilizados minaretes. La Mezquita Azul es la de mayor número de minaretes, seis en total, cuya construcción forzó a añadir uno más a La Meca para evitar inferioridades. Su construcción se acomete en el año 1.609.
Santa Sofía, Basílica convertida hoy en museo, construida por Constantino el Grande con una gran cúpula de 31 metros de diámetro que se alza a 55 metros del suelo, o la Mezquita Nueva llamada también de Yeni y cuya edificación data del año 1.597 y donde se encuentra El Balcón del Sultán decorado ricamente con azulejos de finos dibujos típicos de Iznik, la antigua Nicea.
Cuando se decide entrar en algunas de ellas, llama la atención algunos vendedores que tejen y venden unos gruesos “patucos” de lana, para aislar del frío los pies desprovistos de los zapatos, por respeto, para acceder al interior. Una vez dentro se hecha de menos el constante y reiterativo acoso de los vendedores ambulantes, preguntando por la nacionalidad del turista, estado, profesión, ect. todo aquello que facilite un conato de amistad y confianza para ofrecer unas postales, libros, trompos, ropas... La luz, tenue, acompaña al silencio e invita al recogimiento, mientras, nuestros pies, cubiertos por el zapato de lana, se hunden en el suelo recubierto, más bien tapizado, de primorosas alfombras de dibujos repetitivos, orientativos del espacio a ocupar por cada persona en su momento de oración.
Las lámparas, generalmente grandes circunferencias concéntricas colgadas de las altas cúpulas, están salpicadas de pequeñas vasijas de cristal que antaño, con aceite, iluminaban el gran espacio definido por los ricos paramentos y las grandes cúpulas, espacio presidido por grandes medallones, gruesos muros y sobrecogedora decoración de dibujos que denotan una creatividad y fantasía inigualables, muchos de ellos propios de Nicéa, con sus azules intensos y fineza de trazos.
Derroche de fantasía y esplendor, mármoles, patios, dibujos en azulejos y jardines se perciben en el palacio de Topkapi, palacio de Sultanes Otomanos, cuyo imperio llegó hasta Occidente, construyéndose en el siglo XV y acoge el pabellón del Manto Sagrado que alberga distintas reliquias del Profeta Mahoma, en dicha sala siempre hay un muecín cantando relajados versos del Corán que presentan un gran parecido, o mejor dicho, similitud, con el cante flamenco.
El palacio refleja en su configuración las características del pueblo nómada que fue el pueblo Turco, salpicando una gran extensión de terreno de edificaciones palaciegas o militares, entre patios y jardines acogedores de aves, cuyos graznidos nos recuerdan el ambiente oriental y exótico que rodea el Gran Palacio que se asoma al Bósforo para recibir los últimos rayos de sol al atardecer, acogiendo en sus árboles a miles de pájaros que buscan refugio en ellos para pasar la noche. ¡Tanta historia se respira por todos sitios!, en la calle, en los palacios, en las mezquitas, en los nombres...incluso en algún hotel, como el nuestro, en cuyo emplazamiento, al construirse, aparecieron restos arqueológicos del año 500 ac. Expuestos hoy, protegidos en vitrinas, a lo largo del hall de entrada, y otros elementos como columnas, respetados en sus lugares originales donde fueron descubiertos, integrándose en salones o salas de fiesta en el sótano del establecimiento hotelero.
Muy temprano es necesario levantarse para partir hacia la región de la Capadocia, tras un breve desayuno (por la hora y el sueño), contemplando el amanecer desde las cristaleras del restaurante situado en la última planta del hotel, para salir hacia la parte Asiática atravesando las montañas de Bursa, donde va apareciendo nieve cada vez con más intensidad hasta que todo se cubre de blanco, permitiendo gozar de un paisaje casi irreal, enigmático y frío mientras se bordea un lago salado, el mayor del país, su nombre Tuz Götü del que extraían los nómadas grandes cantidades de sal que comerciaban con ella por toda la región de Anatolia y que con su poca profundidad y aguas heladas, se refleja como un inmenso espejo que cubre una gran extensión de terreno.
Es necesario hacer algunas paradas técnicas en el trayecto que se aprovechan para degustar un exquisito y caliente café turco o bien un té rojizo de agradable sabor, servido en pequeños vasos con idéntica forma que las lucernárias que iluminaban en otras épocas, con aceite, las mezquitas.
Capadocia es una extraña región comprendida entre dos líneas montañosas y volcánicas, una con su máxima elevación de 2.000 metros y la otra con 4.000 metros respectivamente que en otros tiempos, llenaron y cubrieron la región con lava y que con el paso del tiempo, las temperaturas extremas y las lluvias, han modelado un paisaje original y muy especial, único y fantástico de extrañas formas y colores, salpicado de “chimeneas” que soportan grandes piedras en equilibrio, como si de pesados sombreros se tratara.
Grandes masas de piedra volcánica se alzan en el paisaje, como montañas, las cuales fueron esculpidas interiormente hasta formar ciudades completas, de difícil acceso, como defensa contra los árabes que perseguían a los primeros cristianos. En la actualidad se han encontrado unas cien de estas originales ciudades, y una treintena de ellas se puede explorar. Causa gran admiración, en el valle de Göreme, unas pequeñas cuevas, excavadas igualmente en la roca, ricas en dibujos policromados bien conservados, que constituyen las primeras Iglesias Cristianas y que datan del año 70 de nuestra era, las cuales irradian fervor y relajan el espíritu al contemplarlas en un ambiente relajado, oscuro y con recogimiento.
En las ciudades excavadas, parte de ellas con zonas subterráneas, convivían personas y animales, a veces en número próximo a los 15.000 personas, y las usaban por largos periodos de tiempo, sin salir al exterior, hasta que los enemigos desistían de su asedio. Llegan a tener hasta 12 niveles alcanzando hasta 55 metros de profundidad como en el asentamiento de Derinkuyu.
El acceso está configurado por medio de largos túneles, muy estrechos y bajos, por los que hay que andar agachados y en fila india, lo que dificultaba el asalto y facilitaba la eliminación del enemigo desde unos orificios practicados en la parte superior por donde golpeaban con facilidad con lanzas hasta disuadir al intruso, especialmente al llegar a un estrechamiento taponado con unas grandes piedras circulares de hasta 500 Kg. De peso, talladas in situ, que giradas y convenientemente calzadas, ofrecían la seguridad requerida impidiendo el progreso de la intromisión.
Las viviendas desarrolladas en las zonas altas de las masas volcánicas, son confortables y constan de varias habitaciones, incluso algunas con balcón o terraza, recubiertas en su interior, por alfombras multicolores, tanto las paredes, como los asientos o mesas excavados en la roca,
y como muestra de la hospitalidad de este pueblo, a nuestra visita a una de estas viviendas, lo primero que hicieron fue agasajarnos ofreciéndonos un reconfortable té turco, mientras se nos empapaban nuestros sentidos de un sentimiento de paz y soledad que nos traslada en el tiempo y produce una extraña sensación de tranquilidad y melancolía, tal vez por el cansancio o por lo desolado de una zona tantos siglos habitada por personas que tantas dificultades y persecuciones padecieron.
Los sistemas de almacenamiento de agua se solucionaron mediante pozos artesianos, tallados literalmente en la roca, y con hasta 40 metros de profundidad, y que practicando orificios en los distintos niveles, servía de ventilación para las zonas próximas Otros agujeros servían de ventilación directa y como intercambiadores de víveres y animales en épocas de tranquilidad, y se obstruían en épocas de peligro.
El paisaje exterior, todo nevado con apariencia de ser una gran alfombra blanca, se tiñe de un color rojizo por los rayos del sol, cuando con la intención de reponer fuerzas, accedemos a una antigua Posada, convertida hoy en un buen restaurante mediante la reconstrucción de la primitiva de épocas pasadas, situada y usada en la Ruta de la Seda, floreciente comercio entre Oriente y Occidente, de la que se conserva algún muro y la puerta de acceso.
Los techos de vigas de madera tallada, la configuración de los elementos nos recuerdan los numerosos mercaderes que la habitaron y que tantas aventuras protagonizaron en su época.
El servicio es eficaz y nos sirven en unos grandes platos de cerámica, con dibujos clásicos de Iznik (Nicea) tan delicados y artísticos que no nos resistimos a fotografiar.
Terminada la reposición de fuerzas culminando el almuerzo con un buen café turco, nos encontramos al salir con un paisaje rojizo, que se pierde en el horizonte, inmenso.
A pocos metros de nosotros, unas mujeres sentadas rodeadas de nieve, hacían labores confeccionando paños y tapetes para su venta. Próximos, unos cobertizos aguantando la inclemencia del tiempo, se presentan repletos de recuerdos para llevar, manualidades, trozos de minerales, pieles, ect.
Algo más tarde pudimos apreciar la destreza, la creatividad y la belleza, tanto en una factoría de joyas y trabajos con minerales y piedras preciosas, como en la fabricación manual de ricas alfombras, y de la propia seda, desde la cría de los gusanos, hasta el triste proceso para la obtención de la seda mediante la inmersión en agua hirviendo de los capullos con la crisálida viva dentro.
En fecha tan especial como es el fin de año, ignorantes de la cultura y costumbres locales, dudamos de cómo entraríamos en el nuevo año, pero nos sorprendió la organización de la celebración especial, para los occidentales, que también fue secundada por las gentes locales de la región de Capadocia. El lugar, una gran superficie circular culminada con una gran bóveda excavada en la roca volcánica a la que confluían ocho bóvedas o salones abovedados que, formando una planta estrellada, sirvieron para acomodarnos siendo los asientos y las mesas también de roca tallada, tapizados con cojines, manteles y alfombras,.
Sobre los manteles de telas hechas a mano, decenas de platos llenos de comidas locales cubrían las mesas junto a cuencos llenos de distintos frutos secos, destacando los conocidos pistachos, aquí de gran tamaño y buen sabor. Unos originales vasos sobre platitos de colores salpicaban de color las mesas, dispuestos para recibir el vino, el té, el café turco, o el raki, un aguardiente de fuerte sabor y graduación que sirve para acompañar las comidas agregándole agua, lo que le da apariencia de líquido lechoso de muy agradable paladar. La temperatura muy agradable en el interior, contrastaba con la nieve almacenada en el exterior que llevaba le termómetro hasta los 15 grados centígrados bajo cero.
El ambiente se animaba por momentos cuando los músicos comenzaron con el repetitivo ritmo de la música turca, seguida de todos los ritmos que tantas veces habíamos oído en los documentales de lugares remotos. Pronto, grupos de bailarines tomaron su turno con música del Cáucaso, después otros nos deleitaron con los bailes de los cosacos Rusos, dejándonos atónitos por su destreza y agilidad, posteriormente, también con ritmo trepidante, una bailarina nos mostró la famosa danza del vientre, compartiéndola con algunos de los asistentes, entre la simpatía del resto del público.
El raki localmente se bebe como acompañante de las comidas, pero en la fiesta lo tomamos sin limitaciones, la animación subía e incitaba al baile de las danzas de fuerte ritmo, a nuestro sentimiento, y que estremecían nuestros cuerpos y, unidos de las manos bailábamos al unísono sintiendo el sonido de los tambores en nuestro pecho mientras la danza repetitiva nos hacía caer en una especie de trance feliz.
Una interrupción nos sosegó y preparó para una exhibición especial, de tipo religioso, realizada por miembros de una congregación llamada de Los Derviches que, desde tiempos inmemoriales, realizan unas danzas en círculos, alrededor de una piel de cordero, girando también sobre sí mismo , con vestimentas blancas tras despojarse de unas túnicas negras representativas del mal, todo ello cargado de una fuerte simbología representando la piel de cordero al sol, los giros son los de traslación y rotación de los planetas, el blanco simboliza la pureza y el negro al mal que, tras despojarse de él, queda lo puro.
Casi a media noche vimos como alguien había conseguido unas cestas de uvas y las distribuía por las mesas, lo que nos produjo gran nostalgia a la vez que alegría.
Como deferencia a los occidentales, cuando en España eran las 11 aún, sonaron las campanadas y, todos de pié, cumplimos con el rito y brindamos una vez más con el famoso raki, lo que nos ayudó para salir al exterior para, entre gran alegría, risas y algo de nostalgia, asistimos a unos fuegos artificiales en conmemoración del año nuevo, lo cual no consiguió calentar el ambiente lleno de blanca nieve y brillante noche.
La fiesta siguió hasta altas horas de la noche, entonces ya cansados y embriagados de música y bailes, nos desplazamos a nuestros respectivos hoteles, de amplias habitaciones y confortables calefacciones, televisión vía satélite y el máximo de comodidades.
Así sentí Turquía. Autor: José Enrique González Palma (J.Enrique@telefonica.net) SIGUE CON LA 2ª PARTE. |
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