
Egipto, impresiones de un Pais 2/3
Desde El Cairo hasta Sudan | 0 comentarios.
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Egipto, impresiones de un Pais
Egipto, impresiones de un País 2ª parte de 3
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Pronto aparecieron ante nosotros los cuatro colosos que flanquean el primer templo. A sus pies, otras estatuas mas pequeñas representan a las esposas e hijos.
El templo de Ramses II construido en el siglo XIII aC. es sobrecogedor. Su altura nos empequeñece y quedamos admirados al encontrarnos ante tan soñado monumento. Casi con temor a cometer un sacrilegio o, al menos, una violación de los sentimientos de sus constructores, nos dirigimos hacia la entrada, despacio, sin poder intercambiar palabra alguna, mirando fijamente a su guardián, con turbante y chilaba blanca inmaculada, y con una gran “llave de la vida” de bronce en la mano. Nos mira sonriente y nos demuestra que la gran llave es la utilizada para la cerradura de las puestas del templo, ofreciéndose a continuación a hacerse fotos con nosotros.
Penetramos lentamente por una galería central, ricamente decorada con enigmáticos jeroglíficos, con grandes columnas y esculturas grandiosas en los laterales que hacen guardia en el recorrido hacia el altar. Distintos recintos laterales se nos muestran perfectamente conservados y profundamente decorados con las escenas de la vida y el transito hacia la muerte.
Tenemos el privilegio, creemos que irrepetible, de acceder al templo sin persona alguna en el interior, lo que nos sobrecoge aún más en el silencio y tenue luz de tan famosa catedral.
Vagamos por el interior sintiendo el paso de los siglos y queriendo diluirnos en tanta historia y majestuosidad, y pareciendo sentir las vibraciones que emitían las milenarias piedras.
No muy lejos, entramos en el templo de Nefertari, algo menor en sus dimensiones, presenta las mismas características, riquezas y grandiosidad.
Nuestro asombro de poder ver estos templos prácticamente solos no nos abandona y queremos llevarnos esta sensación en todos nuestros sentidos.
Pasamos de un templo al otro mirando cada pequeño rincón y cada piedra de cada uno, absorbiendo tanta riqueza y tanto arte que nos rodea.
De regreso al barco, unas tiendas ocupan nuestro tiempo y unos pequeños jardines atraen nuestra atención con flores de colores no habituales en nuestras latitudes. El paseo se hace corto y llegamos justo para descansar breves momentos y tomar un té y pastas en la cubierta, mientras algunos aprovechan para tomar un baño en la piscina.
Al oscurecer, nos apresuramos a asistir a la cita con los componentes del grupo para obtener las entradas de acceso que nos permitirán ver el espectáculo de luz y sonido que, a las 19,30, se exhibirá sobre los templos.
Puntualmente comienza el programa en la oscuridad de la noche en el desierto mayor del mundo, el Sahara, y como un manto brillante, luce el cielo luciendo miles de estrellas, destacándose la Vía Láctea en su centro, haciendo un espectáculo difícil de olvidar.
El sonido, fuerte y nítido, comienza, creando un ambiente relajante con un susurro de viento en el desierto, como preámbulo de las proyecciones que iluminaran los templos. El sonido de agua, viento y una grave voz escenificando la de Ramses II, majestuosa y en Español, dan comienzo a la narración de la historia de los templos que se alzan ante nosotros, así como las costumbres en el Egipto faraónico y los pensamientos dialogados con Nefertari.
La conjunción del ambiente natural con el espléndido sonido, las proyecciones y el contenido, absorben nuestros sentidos y nos transportan en el tiempo a remotas épocas.
Los efectos son espectaculares. Las proyecciones sobre los templos los convierten en medios de tele transportación hacia el pasado, conducidos por filosóficas conversaciones entre humanos y dioses.
Los 45 minutos pasan en un instante.
Iniciamos el regreso comentando lo impresionante de la escenificación y, a la llegada, sólo nos queda tiempo para cambiarnos nuevamente, ahora con trajes, corbatas, vestidos de fiesta, etc. Para la cena fin de año.
A la hora anunciada acudimos al restaurante que se encontraba adornado de fiesta: velas en las mesas, bonitas composiciones con los alimentos, guirnaldas colgando del techo, y unos papiros enrollados y atados con un lazo rojo en cada sitio de la mesa de cada comensal, con el menú para esta celebración, escrito en él.
Abundante y muy vistosos fueron las bandejas y platos que nos sirvieron y nos llamó especialmente la atención, una composición que incluía un tomate ahuecado, o un pimiento, rojo, amarillo o verde, cortado en sus extremos, o una cebolla hueca, dentro de los cuales lucía una vela que resaltaba, por transparencia, el color de su contenedor, lo que resultaba un plato muy original, además de sabroso.
Los postres fueron amenizados con cantes y sonidos de timbales y panderetas, todas piezas típicas locales, interpretados por los operarios de la cocina. Le siguió la famosa danza del vientre y los bailes repetitivos de Los Derviches.
Próxima la media noche, nuestro guía nos comunica que el capitán del barco desea darnos una sorpresa, realizando algo por primera vez, para el paso de año, para lo que se nos pide que subamos a la cubierta. Así lo hacemos y observamos que el barco empieza a moverse de su punto de atraque, en el silencio y oscuridad de la noche, desplazándose suavemente y, con hábil maniobra, se pone en ruta bordeando algunas pequeñas islas, hasta situar su proa frente al lugar donde se encuentran los templos de Ramses II y Nefertari.
Se aproxima lentamente hasta situarse delante de ellos, como en una reverencia respetuosa de admiración que se ve potenciada al iluminarse las enormes fachadas en las que se encuentran las grandes esculturas, y empezar a escucharse una música de fondo que enfatiza la emoción del momento.
Con las uvas rescatadas de los postres en las manos, seleccionadas y cuidadosamente lavadas, esperamos el paso de la media noche para tomarlas al son de las campanadas, con cierto cuidado de no romper lo que podría ser un sueño del que no queríamos despertar, y que no teníamos seguridad de que fuera realidad. La música de fondo, triunfalista, hace de fondo a la imagen de los templos iluminados, en una noche en el desierto con un cielo concurrido por miles de estrellas mostrando su máximo esplendor.
Habiendo transcurrido el paso del año al nuevo, la euforia se apodera de todos y, con champagne unos, y con baños en la piscina otros, se celebra el nuevo año con alegría y con la seguridad de que este momento será imborrable en nuestras vidas.
El barco vuelve a su punto de amarre y los bailes, al son de canciones árabes y otras españolas, se prolongan hasta bien entrada la madrugada.
A primera hora de la mañana nos avisan para que, desde la cubierta y con los primeros rayos de sol, despidamos nuestra estancia en los templos de Abu Simbel, mientras nos deslizamos lentamente por las tranquilas aguas, y la imagen de la colosal obra se hace cada vez más pequeña, mientras un nutrido grupo de ánsares vuelan rasante sobre la superficie del lago.
A media mañana embarcamos en motoras para llevarnos hasta la orilla y, andando por la fina arena del desierto, llegar a Kasr Ibrim. Observamos que, hasta en aquel remoto y solitario lugar, tiene presencia el ejercito que, bien armado, vela por la seguridad de los turistas.
Mas tarde nos desplazamos hasta Amada, terminando el día visitando el Hemispeos de Derr y la tumba de Penut.
A la hora del almuerzo, instalan una barbacoa en la cubierta de nuestro barco que impregna todo de un agradable olor a carbón y a carnes ricamente especiadas.
En los camarotes y en los pasillos, vuelven a aparecer las ingeniosas esculturas realizadas con colchas y toallas.
Pasamos la noche navegando y, al amanecer, embarcamos nuevamente en las motoras para acercarnos a las orillas con el objeto de visitar El Seboua, templo dedicado a Amon Ra por Ramses II, el templo de Dekka, así como el de Maharraka, cuyo significado actual se refiere a mujer de dudosa reputación.
En poco tiempo empieza a ponerse el sol inundando todo el paisaje de rayos anaranjados que se reflejan en las calmas aguas del sosegado Nilo.
Volvemos a vestirnos “de gala” para la última noche en el crucero y tomar una cena muy especial para celebrarlo. La presentación de los alimentos es esmerada, así como la de los platos en los que se tiene en cuenta tanto los colores, como las formas. A los postres, volvemos a divertirnos con la famosa danza del vientre y los bailes de los derviches, con faldas de vivos colores que lucen al son de repetitivas vueltas sobre sí mismo.
El crucero sigue su curso hacia Aswan y, mientras contemplamos el lento pasar de poblados, campesinos, niños cuidando animales en el campo, ect. damos un paseo hacia la proa donde nos llaman la atención haciéndonos señales desde detrás de un gran ventanal, indicándonos que pasáramos al interior. Era el capitán en su puesto de mando que, amablemente, nos saluda interesándose por nuestra procedencia y, tras nuestra respuesta, señala una foto fijada en la parte frontal indicándonos que está junto a un español.
El capitán se ofrece para que nos hagamos fotos con él, a lo que accedemos y prometemos enviarle copias de las mismas. Nos explica, más bien nos muestra, los instrumentos de navegación, emisora de radio, los mandos para los tres potentes motores y el instrumento de dirección ¡ una simple y pequeña palanca multidireccional ¡ Mientras lentamente nos escribe su dirección, tenemos que indicarle que la aguja indicadora del rumbo correcto, se desplaza fuera de él, a lo que con un simple toque en el “joystick”, corrige la trayectoria.
El trayecto desde Aswan hasta el aeropuerto de Luxor lo hacemos en autobús, lo que aprovechamos para descansar del intenso visitar y de las temperaturas próximas a los 35 º C. A medio camino nos comunican que el vuelo se retrasa 2 horas, lo que nos desagrada en un principio, pero nos sirve para visitar un poco Luxor y así programar la cena antes del vuelo.
En el camino hicimos algunas paradas con objeto de caminar y adquirir algunas bebidas o tomar algún té, de camino visitamos algunas tiendas de especias de penetrantes olores exóticos y brillantes colores. También tenían canastas llenas de dátiles secos de numerosas variedades y tamaño.
En una antigua tienda de ultramarinos adquirimos varios artículos que, al pagar, nos sorprendieron por el bajo costo. En un café, sentados en el porche, tomamos unas bebidas refrescantes, mientras otros probaban el tabaco en pipa de agua, mediante unas boquillas individuales que anteriormente ofrecieron, desprendiéndose un olor afrutado procedente del tabaco aromatizado.
En el camino miramos la franja cultivada a las orillas del río, con grandes palmerales y cultivos de coles de gran tamaño. La circulación es caótica para nosotros, y nos cruzamos con varias furgonetas, que hacen de taxis y que, además de las personas que van dentro, llevan otras que se sujetan en la parte trasera en el exterior, al aire libre.
Llegamos a Luxor y nos trasladan a un Hotel céntrico para estar allí hasta la hora de partida hacia el aeropuerto. En pocos minutos, localizamos los equipajes y quedamos libres para caminar. Comenzamos por una avenida importante donde se ubican muchas tiendas en las que adquirir aquellos regalos y recuerdos que teníamos pendientes.
Pasadas las 7 de la tarde pensamos en cenar y, no viendo ningún establecimiento adecuado, nos ponemos de acuerdo e inspeccionamos el hotel.
Es bastante grande, con cómodos salones, jardines y varios restaurantes, en uno de ellos ofrecen buffet libre, muy bien instalado y con gran variedad de alimentos para escoger. Concertado el precio verbalmente, accedimos al comedor y repusimos fuerzas y calmamos el apetito.
El traslado al aeropuerto se hizo corto, tomamos nuestros numerosos y pesados equipajes y, haciéndonos un grupo compacto, intentamos acceder al recinto.
Una gran masa de personas nos empujábamos las unas a las otras, las maletas se quedaban trabadas, las voces y la impaciencia era el sentir general. Unos ejecutivos intentaron acceder antes que los demás, pero la vociferante multitud se lo impidió.
El avance era milimétrico y se estrechaba hacia una sola puerta equipada con un escáner y donde se procedía al cacheo y revisión de bolsos de mano. El interminable camino de 20 metros se hace eterno, y nuestro esfuerzo por seguir avanzando agota nuestras fuerzas y nos invade la desesperanza.
Al fin pasamos nuestras pertenencias por la cinta transportadora que las introduce en el escáner de equipajes, en su salida no aparece todo lo que entró, lo que provoca reclamaciones, preguntas, desinterés, etc. hasta que aparece un canuto de cartón de un metro de longitud, contenedor de varios papiros que, al parecer, no tenían mucho interés en devolver.
Nos entregan varios billetes de embarque en los que da igual los nombres que figuran, ni el número de vuelo es el definitivo, ni tiene porqué ser el vuelo que anuncian las pantallas informativas, etc. por lo que optamos por preguntar a unas personas del servicio que nos indican la puerta de embarque.
Los intentos de salir al exterior para coger el autobús que nos llevará al avión, son numerosos. Cada rumor, todo el mundo se pone de pié intentando salir sin éxito, por lo que teníamos que volver a nuestros asientos hasta el nuevo intento.
En las pantallas informativas se proyectaban capítulos de una novela interminable, en árabe, ambientada en época antigua y con precarios actores y con muy mala interpretación.
Cuando ya habíamos perdido las esperanzas, se nos invitó a pasar al exterior, por una puerta distinta, para conducirnos hasta el avión. Entramos por una única puerta situada en la parte trasera y, a duras penas, pudimos acomodarnos.
El avión estaba sucio, y no todo en él funcionaba. Algunos asientos estaban bloqueados y no era posible desplazarlos, algunas bandejas para apoyar las comidas, tampoco.
El vuelo no se hizo esperar más y partimos, entre nuestra admiración y duda, hacia El Cairo. La comida que nos ponen no es de nuestro total agrado y, en una hora llegamos al gran aeropuerto de la Capital.
Nuevamente empieza el caos y la búsqueda de nuestros equipajes. Todo aparece y comienza la búsqueda del autobús que nos trasladará al hotel,
El guía desaparece entre la multitud que impide el paso normal de las maletas y relentiza el caminar. Entre un centenar de autobuses, gritos, maleteros que intentan ayudarte por 1 euro, vemos a algunas personas del grupo, lo que nos tranquiliza en algo y nos hace más pacientes hasta el total embarque de las maletas.
Es de madrugada y tenemos que esperar la aprobación, para continuar, por los militares del aeropuerto. Al fin partimos y empezamos a ver una gran ciudad que no descansa, se ve viva, con gran circulación a pesar de la hora, y las plazas y los mercados, llenos de gentes y de brillantes luces. La temperatura ya no es la del sur, hace mucha humedad y se llega a tener 1 o 2 º C por la noche, aunque por el día se llega a 25º C.
El hotel aparece ante nuestros ojos con su gran fachada frontal constituida por un palacio construido en el siglo XIX para albergar a Eugenia de Montijo cuando acudió a la inauguración del canal de Suez y, en los laterales dos edificios de 20 plantas apoyan un gran semicírculo donde se sitúan los jardines, comedores bajo carpas, piscinas, etc. Con casi 1.200 habitaciones y 14 restaurantes y una decoración palaciega, nos encanta el aspecto y, en pocos minutos, nuestros equipajes aparecen en la habitación, mientras tomamos una reconfortante ducha y miramos el paisaje a través del frente de cristal que da acceso a la terraza y que nos deja contemplar desde la planta 7ª, un Cairo distinto de nuestra concepción previa, lleno de rascacielos, jardines, luces y, en primer plano, la torre de comunicaciones con sus 175 metros de altura.
El hotel es una pequeña ciudad y nos cuesta algún tiempo el llegar al restaurante donde estaba previsto nuestro desayuno. El ambiente es fantástico y muy dinámico, la decoración y el lujo hacen un perfecto marco para el gran buffet preparado, con todo lo imaginable en gran abundancia. Nos llama la atención la preparación de gruesos y apetecibles filetes de ternera a la plancha, a petición del comensal, huevos preparados de diferentes formas, frutas, cremas, fiambres, mermeladas, etc.
Nos apresuramos para cumplir con el horario, caminamos hasta el autobús que nos conducirá hasta los monumentos y nos situamos en él, acto seguido se nos presenta el guía que nos acompañará a las pirámides, con un buen Castellano, con voz femenina graciosa y exagerados gestos. Nos cae simpático y comienza explicándonos la ciudad donde se mueven 21 millones de personas y 4 millones de coches, normalmente muy viejos y con pocos elementos en funcionamiento, y que circulan sin tener en cuenta los semáforos, ni los pasos para peatones, ni encender las luces de noche, ni los sentidos de la circulación....en un caos que dominan tras años y años de experiencias y vivencias en el que no vimos ni un solo atasco ni accidente.
Como todo es a lo grande, nos concreta que el paso elevado por el que circulamos, constituye un puente de 28 Km. de longitud, dentro de la ciudad
Así sentí Egipto. Autor: José Enrique González Palma (J.Enrique@telefonica.net) SIGUE EN LA 3ª PARTE |
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