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Egipto, impresiones de un País 3/3

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Egipto, impresiones de un Pais 3/3

Desde El Cairo hasta Sudan | 0 comentarios.

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JoseEnrique
09/08/2005


Egipto, impresiones de un País 3ª parte de 3
ARTICULOS Y FOTOS EN: www.JoseEnriqueGonzalez.tk

Delante de nosotros aparece la silueta de una pirámide que se nos hace de mayor tamaño conforme nos aproximamos.
Al llegar se hace famosa la frase del guía pronunciada con tono forzado y con mucho deje: ¡vamos todos y todas...! Con regocijo bajamos y, estupefactos, no podíamos dejar de levantar nuestra vista para contemplar tan majestuosa obra.
Tenemos delante la Gran Pirámide de Keops, que se levanta 154 metros sobre el suelo, y que su vértice parece clavarse en el Cielo. Constituida por 2,5 millones de bloques de piedra, cada uno de unos 2.500 Kg., se asienta majestuosa sobre la fina arena del desierto y nos impone respeto al pensar sobre su antigüedad, experimentando un sentimiento como si la fuéramos a profanar al acceder a su interior.
En un lateral, una construcción auxiliar da cobijo a una de las barcas encontrada en las inmediaciones, de gran tamaño, que transportaría el alma a través de la muerte.
En un segundo plano y con la apariencia de ser más alta, sin serlo, se levanta la pirámide de Kefrén, caracterizada por ser la única que conserva en la zona de la cúspide, el recubrimiento original. Esta pirámide tiene las primeras filas de bloque de piedra, tallados en granito rojo. En algunos casos, las uniones entre los bloques son perfectas, pero no siempre, pues hay zonas en que la colocación parece que no guarda un orden, por el deterioro padecido a lo largo del tiempo.
Unos policías, montados en camellos, custodian estos lugares, además de otros a pie, todos ellos mostrando sus generalizadas ametralladoras.
Uno se nos acerca y, con simpatía, entabla conversación y se ofrece a que nos hagamos fotos junto a él, ante las pirámides. Accedemos y después nos invita a que paseemos por el perímetro de la gran base sin problemas, lo que agradecemos con caramelos y unos bolígrafos, por lo que nos muestra su agradecimiento.
Al retirarnos para obtener mejor perspectiva, aparece en un tercer plano una pirámide más del grupo, la de Micerinos. Igualmente majestuosa y estática pero de menor altura, se alza recortándose en el azul cielo y completa el conocido conjunto monumental. Pequeñas pirámides de personas próximas al faraón, se aprecian en las cercanías de las mayores.
De nuevo suena la voz: “ ¡vamos todos y todas...!” convocándonos para desplazarnos a ver la Esfinge, mucho más majestuosa en la realidad que en las imágenes conocidas. Las medidas de la base ascienden a 73 x 20 metros habiendo sido tallada en piedras de dos tipos de diferentes calidades, por ello, al ser mas blanda la de la cabeza, se encuentra más deteriorada.
El cielo se nubla parcialmente, lo que confiere una gran belleza añadida al conjunto monumental. Recorremos varios puntos de vista a lo largo de la gran escultura, guardiana del valle, y visitamos el templo del Valle de Kefrén, así como la zona donde se realizaban las momificaciones, no dando crédito a estar in situ, pareciendo que hemos sido transportados en el tiempo a tan sobrecogedor lugar.
Son múltiples las fotografías que tomamos desde distintos puntos y ángulos, mientras unos pequeños niños se nos acercan, insistentes, vendiéndonos pañuelos, postales, figurillas, etc. esquivando las miradas de los militares que, de verlos, los expulsan de malas maneras para que no molesten a los turistas y por temor a un posible atentado, tal como ocurrió en 1.997 en el templo de la reina Hatshepsut, próximo a Luxor, que produjo 59 muertos y que mermó considerablemente la afluencia de turismo y, en consecuencia, los ingresos económicos del país.
A la vos de ¡ vamos todos y todas...! partimos hacia el hotel y, en el camino, nuestro guía para las pirámides, se despide muy educadamente mientras pasamos por barriadas periféricas con edificaciones sin terminar, ya que es costumbre vender los pisos o casas en los ladrillos, sin enfoscar ni enlucir ni pintar, y cuando los compradores van pudiendo, los van terminando o no en el caso de ser inquilinos, con ello se consigue un bajo precio de coste del inmueble y los hacen asequibles a un mayor número de población que, en otras circunstancias no podrían adquirirlos.
Debido a la pobreza, casi nada se tira si tiene alguna posibilidad de futuro uso, por lo que se suele ver grandes masas de muebles en desuso y otros utensilios, amontonados en las azoteas, lo que también sirve para cobijo de aves y roedores. En el camino también vemos viejas tiendas de animales vivos, con altas jaulas de madera con pavos y gallinas en su interior, y carnicerías que muestran su género, corderos recién sacrificados, colgados de las marquesinas en plena calle.
Ya en el hotel, nos hace ilusión el comer en un restaurante de grandes lámparas de cristal, ricos artesonados policromados espléndidamente restaurados, lujosas cortinas, muebles de marquetería y brillantes suelos de mármoles de colores. La comida está en sintonía con el entorno y es muy buena, tanto en calidad como en presentación, y hasta conseguimos que nos hicieran un buen café spresso después de tantos días sin saborearlo.
Al oscurecer salimos para hacer una visita general de la ciudad en autobús, parando para ver el gran monumento erigido para señalar y recordar la muerte en atentado, mientras presidía un desfile militar, de Mubara, continuando hasta la zona medieval de Khan El Khalili, bajando en la puerta de una mezquita que con las puertas abiertas, lucía un suelo armónicamente alfombrado con colores predominantes como el rojo y el marrón y, colgando de sus bóvedas, cientos de relucientes y brillantes lámparas de cristal. Los fieles oraban en el interior.
Khan el Khalili es un inmenso zoco de estrechas calles, miles de pequeñas tiendas atestadas de mercancías multicolores, zapatillas, pañuelos, pipas de cristal, especias, etc. se sitúan unas junto a otras y miles de personas fluyen por las angostas calles, entre los gritos de los vendedores y los de aviso por llevar pesadas mercancías. Parece imposible el acceder o el trasladarse en tal aglomeración, el asedio de los vendedores de todo tipo de cosas entre miles de luces sobre nuestras cabezas , sin embargo todo fluye armónicamente y, además de todo ello, se encuentran instalados veladores de forja y mármol, en las puertas de los cafés, en plena calle, con sus correspondientes sillas, casi unas encima de otras y donde parece que es imposible hasta respirar.
El acoso por vender cualquier cosa prosigue, mientras ocupamos varias de las mesas de uno de los cafés, entre las que aún caben unas pipas de agua, fabricadas en cristal, muy decoradas con motivos florales, sobre las que guardan equilibrio las brasas, que ponen a menudo, y sobre las que sitúan un recipiente por el que se expone el tabaco al fuego, y cuyo humo es conducido hasta un depósito inferior que contiene agua, a través de la cual, el humo circula tomando humedad y suavizándose, llegando por una larga goma hasta el fumador.
También queda espacio para situarnos una mesa auxiliar, con tapa circular de bronce repujado, sobre la que pronto nos sirven casi una docena de viejas teteras, desconchadas, unas blancas, otras rojizas, algunas decoradas con pinturas, algunas con alambres sujetando las tapaderas, en su interior un oloroso té esperaba en maceración. Sobre la mesa, unos vasos llenos de ramas de hierbabuena y unos cuencos con azúcar, completan el espacio de la pequeña mesa.
Como por milagro, una gran paz se sentía en aquel café y empezamos a gozar contemplando el entorno desde nuestra posición, todo lo que acontecía a nuestro alrededor, sin sentir la estrechez ni el agobio. Era una fantasía lo que contemplaban nuestros ojos, niños con grandes jaulas llenas de panes recién hechos, personas portando en sus manos animales para vender, vendedores de juguetes que se empujaban con otros de joyas o relojes, tal vez de collares, o amuletos, zapatillas o pañuelos.
Nuestra posición pasiva nos permitía empaparnos de tanta vida, color y luz, sin interferir en ello, sintiéndonos como en una burbuja relajante que nos aislaba de tan frenética actividad.
Como si todo fuera normal, vertimos el té sobre las ramas de hierbabuena y azúcar que contenían las vasos, y saboreamos el perfumado líquido, sorbo a sorbo, deleitándonos en el momento que vivíamos, mientras otros fumaban el aromático tabaco con sabores a frutas, y cuyo humo aportaba un dulzón olor al entorno.
Nos levantamos del café El Fishawy, el café de los espejos, miramos hacia su interior para admirar los numerosos espejos, enmarcados en tallados marcos de madera obscura y vieja, y nos llevamos la imagen en nuestras mentes para no olvidar aquel inigualable lugar.
Seguimos caminando por las angostas y concurridas calles, mirando a uno y otro lado, admirando el colorido y la variedad de las mercancías expuestas.
Ya en el autobús, nos dirigimos hasta un local donde, además de cenar, contemplaríamos bailes típicos. En la entrada, una mujer con pañuelo en la cabeza yace sentada ante un horno artesano. Con sus manos amasa una pequeña torta que introduce en el caliente horno para, en unos instantes, sacarla dorada, crujiente y apetecible, es el pan sin levadura, ácimo, que es consumido en todo el mundo árabe, y que nos sirven recién echo en la cena. Los entrantes están compuestos por ensaladas de varios tipos y sopas diversas. Seguidamente carnes al carbón con guarnición de verduras cocinadas y arroz
La exhibición acompaña a los postres, iniciándose con un grupo provistos de tambores y panderetas que, al son de alegres músicas, hacen las delicias de los asistentes. Les siguen los bailes, acompañados de unos pequeños platillos metálicos que tintinean entre los dedos de los bailarines que dan paso al baile de Los Derviches, con trajes multicolores que se levantan al son de los giros continuados, hasta alcanzar posiciones más altas de la cabeza del bailarín
Los giros y los sonidos de tambores, se prolongan durante más de 30 minutos, pareciendo imposible que una persona pudiera seguir guardando el equilibrio y tener tanto dominio de sus movimientos. A continuación actúa la bailarina con la danza del vientre, que es muy aplaudida por su actuación y por las bromas con el público.
Cansados por el ajetreado día y por la avanzada hora de la noche, marchamos hacia el hotel pasando con el autobús por iluminadas calles llenas de tiendas y de gentes, por plazas muy concurridas, llenas de vida.
Impresionante fue la visita al exterior de la Ciudad de los Vivos y los Muertos, de gran extensión, con calles obscuras y estrechas, algunas iluminadas con algunas luces tenues procedentes de pequeñas bombillas muy distanciadas, aparentando ser un ciudad de chabolas hechas de cualquier material y, así es, pero compartiendo las edificaciones del cementerio, a las que se les anexionan los precarios cobertizos descritos, conviviendo así entre tumbas y viviendo día y noche con la vida y la muerte.
El siguiente día en El Cairo queremos dedicarlo para visitar el famoso Museo de Arqueología Egipcia para lo que, tras el abundante desayuno, acordamos ir caminando.
La temperatura es bastante más baja que en días anteriores, y la niebla da un toque misterioso a los contornos de los edificios de la ciudad.
Para cruzar el brazo del río Nilo que nos separa del barrio donde se encuentra el Museo, accedemos a un puente elevado por unas escaleras metálicas que nos conducen a una avenida que necesitamos cruzar, lo cual parece una tarea fácil, pero no es así. Los pasos de cebra no se suelen usar ni respetar, los semáforos están para iluminar, pues no se tienen en cuenta, los coches no se paran cuando tienen delante un peatón, lo bordean y los coches próximos bordean al que cambió de dirección, tocando el claxon casi constantemente para hacerse notar, constituyendo el sonido un elemento de control, además del visual. Hicimos el intento de cruzar sin éxito, pues nuestros esquemas de comportamiento no son tan fáciles de sustituir. Pensamos que un grupo de personas juntas harían más masa y sería más fácil, esperamos a los demás pero, viendo los resultados, empezamos a vociferar para llamar la atención de alguno de los muchos militares que patrullan por todos los lugares. Nos comentaron que algunos se limitaban a reír asombrados por el comportamiento de los extranjeros.
Con alguna ayuda y mucha decisión, conseguimos nuestras intenciones y aparecimos en las inmediaciones del edificio de color rosa que alberga el museo.
Las calles son un hervidero de personas que circulan en todos los sentidos. Cientos de tenderetes presentan sus mejores mercancías y todo el conjunto causa fascinación mientras, a nuestro paso, vendedores ambulantes intentan colocarnos los más diversos géneros.
Accedemos a los jardines del museo reuniéndonos alrededor de una lámina de agua donde lucen erguidos verdes tallos de la flor de loto, como preludio del rico contenido del famoso museo.
El idioma hace difícil comprender las indicaciones pero, al final, conseguimos las entradas y nos obligaron a dejar depositadas todas las cámaras fotográficas.
Antes de contemplar los vestigios físicos que contiene el museo, recordamos que los egipcios, ya en el siglo IV aC., tenían consolidada una organización social encabezada por el faraón, como mediador entre los hombre y Dios, y encargado del control de las crecidas del Nilo y, en consecuencia, de las cosechas que constituían la base de la vida del pueblo, así como también era el responsable de la seguridad del estado frente a posibles invasores, jerarquizando el ejercito y a los políticos encargados de la custodia de las leyes y orden. Ya, 700 años aC. Herodoto visitó Egipto y trajo a occidente el actual y vigente, Derecho Romano. Así mismo, inventaron y pusieron en practica, el derecho fiscal, y también fueron pioneros en el trabajar con la medicina, la astrología y las matemáticas.
La decadencia de este imperio se inició con Teodosio que, en el siglo VI dC. prohibió el culto en todos los templos paganos lo que, junto a la persecución de la religión egipcia y sus dioses por parte de los cristianos, y posteriormente por el Islam, hizo inevitable la decadencia extrema. En el ocaso del esplendor egipcio, los griegos fueron a recoger sabiduría de los templos de las orillas del Nilo, constituyéndose la base cultural de occidente, lo que nos identifica como la continuidad de esta antigua civilización. El estudio metódico de esta civilización (Egiptología) se inició en la época de Napoleón (1.798) y, con los datos obtenidos por las embajadas de estudiosos y las reproducciones de la Piedra Roseta, Champollión descifra los jeroglíficos en 1.822, abriéndose el camino a grandes descubrimientos a lo largo de la historia.
El museo está organizado por periodos, y cada pieza causa admiración por su antigüedad y valor histórico. Hay mucho público y las piezas más conocidas son de difícil acceso. En general, el aspecto y la situación de todos los tesoros dan la sensación de almacenamiento, mas que de exposición. Las etiquetas están en papel de color marrón por el paso del tiempo, y muchas solo están escritas en árabe. Las vitrinas, bastantes antiguas, almacenan piezas valiosísimas unas pegadas a las otras, sin espacio ni separaciones. Sería deseable un museo 10 veces más extenso para albergar tantos tesoros y que se mostraran dignamente.
Impresionante es la sala dedicada a Tutankhamon , iluminada tenuemente, y con fondo negro, realza los preciosos tesoros de esta tumba y resalta la valiosa máscara de oro policromado de 11 Kg. de peso.
Todo el recinto está lleno de joyas arqueológicas que necesitarían mucho tiempo para su contemplación, las momias, los sarcófagos, las esfinges, los adornos, los jeroglíficos...interminables.
Tras adquirir en la tienda de recuerdos un cd sobre la historia local, decidimos buscar un restaurante del que nos llegaron buenas referencias, de nombre Falfelá. El día era diferente, hoy una suave llovizna limpia el aire da un matiz distinto a toda la ciudad. Plano en mano, cruzamos las calles con más soltura que en ocasiones anteriores, aparte de que también se tratan de calles más estrechas, ya que son calles secundarias, lo que no implica que no hubiera riesgo ni emoción en tan osada acción.
Sin demasiados problemas encontramos el rótulo del nombre del restaurante, pero se trataba de un pequeño local de comidas para llevar, pero esa no era la información que poseíamos, por lo que preguntamos y lo encontramos a pocos metros. Amplio, bien decorado y con mucho público, nos acogen recibiéndonos amablemente y orientándonos para que la estancia fuera satisfactoria.
La comida fue servida en un comedor exclusivo para el pequeño grupo, en unas robustas y rusticas mesas de madera y bancos del mismo material, y estuvo compuesta por sopas, servidas en unas cacerolas de cobre brillantes y que, en realidad, eran guisos, pescados a la plancha y distintos tipos de carnes a la brasa, muy bien especiadas, y unos postres muy elaborados y con mucho sabor, predominando los sabores a leche y yogur. El café turco y el té cerraron el agradable almuerzo, propicio para estrechar amistades al amparo de buen sabor de la cocina egipcia.
Para pasar la tarde-noche quedamos citados en la entrada de la zona del mercado de Khan el Khalili para recorrer nuevamente sus calles llenas de tiendas, vendedores, mercancías y una multitud de personas comprando. En esta ocasión descubrimos nuevas calles donde adquirimos algunos recuerdos y nos empapamos de la vitalidad de aquellas gentes, de los olores a especias, a te, a café, a tabaco aromatizado, del colorido y del bullicio ambiente que envolvía todo nuestro entorno.
Agotados de tanta actividad, discutimos con varios taxistas el precio del trayecto hasta nuestro hotel, observando que era bastante superior al del mismo trayecto en sentido contrario, descubriendo que el precio se fija en función del lugar en el que se toma el taxi, dependiendo de la categoría de la zona, el precio será mayor. Una vez concretado los honorarios, circulamos deprisa, tocando el claxon del viejo coche casi constantemente, lleno de polvo, con el volante amarrado con unas cuerdas y con los asientos “ventilados” y móviles.
Al día siguiente, tras el desayuno, partimos en taxis, previo regateo del importe, dirección hacia La Ciudadela, en cuya puerta de acceso esperamos al resto del grupo y, una vez juntos, adquirimos las entradas para el acceso al recinto.
El aspecto de La Ciudadela es bastante cuidado, así como sus jardines y la limpieza, por lo que no tiene demasiado parecido al resto de la ciudad, está situada en una zona alta y se encuentra amurallada, albergando mezquitas, museo, miradores y la famosa Mezquita de Alabastro que constituye una sobria construcción con esbeltos minaretes y preciosas bóvedas.
En el interior de esta mezquita resaltan las contrastantes ondulaciones del alabastro que recubre todo, el suelo totalmente alfombrado predominando el color rojo, las altas cúpulas ricamente decoradas y las enormes lámparas concéntricas que nos recuerdan el interior de la de Santa Sofía en Estambul.
Con los zapatos en unas bolsas, y sintiendo el frío en nuestros pies del mármol situado bajo las alfombras, recorremos la gran mezquita, su altar, sus capillas y su púlpito al que se accede por una suntuosa escalera recubierta de rojizas alfombras y con artística balaustrada dorada.
En un patio interior, se puede contemplar la restauración de un reloj que nunca funcionó, regalo de Francia a Egipto por la sesión de piezas arqueológicas de gran valor.
Ya en el exterior se puede contemplar una espléndida vista de la gran ciudad y, en la lejanía entre la bruma, la silueta de las pirámides, símbolo de una civilización. Recorriendo La Ciudadela visitamos un museo de armas, con aviones y mísiles incluidos expuestos en un recinto al aire libre próximo al edificio. A pesar de las diferencias referentes a limpieza y organización, los servicios están albergados en una edificación, aún sin terminar, y que para llegar a ellos es necesario hacerlo con linternas o mecheros encendidos, y salir lo antes posible debido al fortísimo e insoportable olor. También visitamos otras pequeñas mezquitas, muy cuidadas y todas abiertas al culto.
El regreso al hotel lo hacemos, tras el rito del regateo, en taxi, igualmente sucio, sin instrumento alguno funcionando y pareciendo un milagro el que aquello funcionara.
En el hotel recorremos diversos salones, todos palaciegos, con techos de maderas policromados o dorados, espléndidos candelabros y lámparas, así como suelos de brillantes mármoles haciendo geométricos dibujos, muebles de época y tapizados de paredes y cortinas a juego. En uno de estos salones, se encuentra uno de los restaurantes, en el que decidimos almorzar, pasando la sobremesa en una confitería donde tomamos café y pasteles locales, situada en una de las galerías del hotel.
Hasta las 6 de la tarde, nos permitimos un descanso en nuestra habitación, para después salir andando para conocer el entorno próximo al hotel, no sin antes abonar las deudas contraídas durante la estancia, para lo que tenemos que cambiar a moneda local (libras egipcias) en el banco, abierto las 24 horas y situado dentro del hotel.
A pocos metros del recinto ocupado por el hotel Marriott, comienza una avenida repleta de tiendas en ambas aceras, no son comercios turísticos, sino locales y habituales para los residentes, contemplándose la venta de aves vivas, pollos, pavos, palomas, etc. en unas altas, artísticas y viejas jaulas.
En otros comercios se presentaban filas de recién sacrificados corderos, colgados en las fachadas como si de una macabra exposición se tratase.
Las tiendas se sucedían las unas a las otras, y las calles transversales seguían presentándose llenas de joyerías, librerías, bares, comestibles, fruterías con cestas llenas de grandes y apetecibles dátiles rojos, así como alguna mezquita, a la que sólo se puede acceder por puertas y a partes distintas, para los hombres y mujeres.
En un comercio, encontramos sustitutas a nuestras maltratadas maletas, y adquirimos dos de gran tamaño y que, no de muy buena gana, nos cobraron en euros. En una joyería compramos recuerdos propios del país y, en una tienda especializada en antigüedades de una de las calles transversales a la avenida, unos bonitos papiros pintados a mano y firmados por sus autores, para regalar, y nos obsequian con ¡agendas magnéticas!
Muy relajante resulta el paseo por las calles y tiendas que se encuentran fuera del circuito turístico, pues se aprecia la diferencia en los géneros y en sus precios, así como la ausencia de los vendedores ambulantes y del acoso constante, pudiéndose pasear y contemplar el verdadero ambiente local.
La temperatura es agradable y en el claro cielo, luce una luminosa luna y cientos de brillantes estrellas que nos acompañan hasta que, de vuelta, recogemos las maletas adquiridas en nuestro regreso al hotel para pasar la última noche en Egipto
Al entrar pasamos nuevamente por el escáner y nos revisan las nuevas adquisiciones.
Esta noche tenemos previsto cenar en un restaurante, en el interior del hotel, bajo una gran jaima decorada al gusto local, y en cuya entrada hay instalada una barbacoa que propaga exquisitos olores producidos por la preparación de los kebak y otras carnes.
El interior del recinto está iluminado por guirnaldas de luces, y el color rojo predomina en el ambiente. Sobre un escenario, una pareja de cantantes entonan canciones árabes para amenizar la velada.
Con la sensación de estar en una gran tienda alfombrada en el desierto, nos acomodamos y pedimos la cena y, al poco tiempo, nos sirven los platos pedidos, entre los que destacan grandes bandejas con frutas variadas, peladas y puestas artísticamente, otras portan vistosas ensaladas en las que se juega con la colocación de los ingredientes por sus colores, bonitos tazones con calientes sopas y platos con kebab de cordero acompañados de arroz y ensaladas.
A los postres, por sorpresa, se improvisa una tarta con velas y se le celebra el cumpleaños a la menor del grupo que, sorprendida, recibe los regalos y apaga la vela entre canciones egipcias, platos multicolores en la bruma del rojizo color dominante bajo la carpa, probablemente un cumpleaños tan inolvidable como la noche fin de año.
Pasó el tiempo y nos fuimos retirando, dejando detrás nuestros sillones de mimbre, los cantantes, la gran carpa...
La luna desde su posición más alta y el entorno que nos rodea, parecen querer impedir que nuestro sueño se acabe en esta última noche en Egipto, despertando a la realidad, pero no se nos borraran las sensaciones vividas, los olores, la paz del deslizarse sobre las tranquilas aguas del Nilo, las aglomeraciones, los colores del cielo, la arena, los espectáculos, las vibraciones percibidas en las colosales obras, las emociones, sus gentes, sus gestos, sus miradas...ninguna de las vivencias.
Así sentí Egipto. Autor: José Enrique González Palma (J.Enrique@telefonica.net)
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