TÚNEZ, DE ENSUEÑO
Túnez es lugar donde los matices azules y verdes del mar recuerdan la Costa Esmeralda en Hammamet, con su antiguo fuerte medieval. Absolutamente diferente en el sur, las arenas blancas del desierto y las cuevas trogloditas fueron plató para la primera parte de La Guerra de las Galaxias.
Las ruinas de Cartago rememoran a la reina Dido y los olivos y naranjos se dan la mano con altos edificios de torres acristaladas.
Quedan además vestigios aragoneses en algunas zonas, ya que parte de Túnez pertenció a la Corona Aragonesa. Y de esa época es el magnífico fuerte aragonés, que se construyó en época del rey Pedro III.
Aunque el guía insista en explicarme que es “andaluz". "Si, del norte", le respondo poco dada a la discusión. No le falta razón al hombre, porque los actuales tunecinos de la calle identifican lo que fue Al Andalus con la actual Andalucía. "Al Andalus - le explico- llegó hasta muy arriba".
Se trata de un país bellísimo. Por eso el gusto de la aristocracia europea adinerada desde hace dos siglos. Lo más glamuroso se daba cita en Túnez. Aquí venían gentes tan dispares como Gustave Flaubert, Oscar Wilde, Paul Klee, August Macke, Bernanos, Man Ray, André Gide, Giacometti, Le Corbusier y Simone de Beauvoir.
Y lo comprendo. Colores, olores, sabores, sonidos. Historia y actualidad son variedad para el viajero que quiere ser algo más que un mero turista.
Túnez es una capital moderna, con sus dos grandes lagos de agua salada y 2 millones de habitantes.
Hoy es capital de una república laica que tiene estabilidad política y que huye del integrismo para situarse en una religiosidad que respeta a la vez la tradición y la contemporaneidad.
Probablemente por ello posee una de las economías más florecientes del Magreb. Esta prosperidad económica, asentada en buena parte en el turismo, se percibe en el comercio y los restaurantes, en la población, que mantiene costumbres como las shishas, pipas de agua, que invitan a la conversación pausada.
En la orilla meridional se encuentra la legendaria ciudad La Goulette, que fue la niña bonita de corsarios y piratas, barrio portuario con otra fortaleza aragonesa construida por Carlos V para hacerse con la ciudad. Y el barrio donde nació - cuenta el guía- la actriz Gina Lollobrígida.
En la orilla septentrional está Cartago, la mítica capital del imperio, que rememora a Dido, la reina que cantaba en aquella ópera a Eneas "recuérdame, pero olvida mi destino". Y aunque la Historia muestre que no pudieron ser coetáneos, ¿qué puede importar?
Hay que soñar con las ruinas del antiguo palacio que hubo en Cartago, aunque lo que se ve frente al mar salpicado de reflejos dorados sean las ruinas de los baños de Antonino. Allí los lugareños resistieron a los romanos durante un siglo, que tras arrasarla, la sembraron de sal para que nada creciera.
Claro que luego tuvieron que limpiarla porque se asentaron allí. Junto a las ruinas se encuentran unos bellísimos jardines y el palacio presidencial.
Y es también conocida Cartago porque allí falleció San Luis de Francia, en la Octava cruzada. Aunque la leyenda diga que se retiró vivo a Sidi Bou Said, el pueblecito que maravillara a Paul Klee con sus calles empinadas, el pequeño puerto y las casitas blancas con las puertas pintadas de azul. Fuera el rey santo o un hombre sabio, así se llama la localidad y merece la pena tomar un té con piñones a la menta en uno de sus bares típicos.
En Sousa, más hacia el sur, están haciendo un puerto como el de Banús, en plan muy elegante, mientras que Madhía y Hammamet, donde me encuentro, es recinto amurallado además de una especie de interminable costa de arenas blancas.
En la zona de Jazmín, en Hammamet, lejos de la ciudad, los hoteles se suceden, y frente ellos, su pequeña playa privada, con chiringuitos de lujo, vestidores y hasta alfombras sobre la arena. Como salido de las mil y una noches. Hay un complejo de ocio con unos grandes elefantes de cartón piedra montados por fieros cartagineses que reproduce un pueblo con su zoco, y plazas con establecimientos de varios países: una cervecería alemana, un pub inglés, pizzería italiana, bar de tapas...
En general, en las ciudades y los pueblos el blanco y el azul dan fe de su vocación mediterránea y forman un denominador común con Mijas, Mikonos, Ibiza...
¿Cómo son los tunecinos y tunecinas? Muy elegantes en la ciudad y más humildes en el campo, pero todos ellos amables y hospitalarios.
En las medinas de la costa, en los zocos, los que están acostumbrados a bregar con el turismo son tan insistentes como sus homólogos de cualquier otro mercadillo mediterráneo. O sea, que le venden peines a un calvo. El resto de personas que he tratado es amigable y excelentes anfitriones, sean gente adinerada o sencilla.
Me preguntan si es un país seguro por el integrismo. El trato que se me ha dado cuando he paseado sola o cogido un taxi ha sido de una cortesía y respeto total por parte de los hombres y de complicidad de parte de las mujeres.
Las mujeres tunecinas van con pañuelo y sin pañuelo en la cabeza, probablemente al 50 por ciento. Vestidas a la usanza tunecina u occidentalizadas, con vaqueros y tacones, según cada cual desea.
Es un país moderno y culto, que domina el árabe y el francés de la época del Protectorado. Es sencillo hacerse entender y entenderse con esta gente con la que tenemos muchos lazos culturales.
¿Cómo es mi hotel? No es un hotel de gran lujo a la manera europea. Me lo ha recomendado Noelia, de Viajes El Corte Inglés, y aunque es el más modesto de la zona de Jazmín, corta la respiración de hermoso que es. Con sus altísimos techos cubiertos de mosaicos, sus lámparas de Las mil y una noches, los suelos de mármol, y en la recepción mi querido monsieur Anis, que me resuelve cualquier problema. Mi habitación es inmensa y confortable y mira a la naturaleza hermosa de la piedra - artificial- de la piscina, que es el gran reclamo turístico. Piedra y agua, arcos árabes... me parece todo tan familiar. Alrededor de la piscina hay turistas nórdicos en bikini que aprovechan el bendito sol.
Los lugareños, tan frioleros como yo, optan por la pequeña pero bien dispuesta piscina climatizada junto al hamman. En las piscina ellos mantienen la costumbre de los tunecinos: los hombres van por la mañana y las mujeres por la tarde, aunque en el hotel, el spa es mixto. Por la proximidad de los extranjeros las jovencitas llevan pudorosos bañadores hasta las rodillas. La abuela las vigila desde una silla tapada de pies a cabeza con un elegantísimo traje y un pañuelo de ensueño.
El hamman, o baño turco, está embaldosado con mosaicos cuyos diseños llevaron allá los alarifes españoles. El agua del hamman cae en cascada mientras aparece la masajista entre el vapor de agua.
Anochece en Hammamet y huele a jazmines y a mar. Desde mi habitación se escucha a un muecín que llama a la oración. |
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