El sol tenue, cálido el viento fuerte y fresco. Amanezco en el pueblo de Isabel Rubio en una zona pobre, la más pobre de las que conocí en este viaje. Me despido de mi amigo y su familia que me trataron como nadie en estos lugares, salgo a la carretera un poco de gente y empiezo a alejarme, mientras pasa el tiempo y los kilómetros la gente desaparece, solo esporádicamente paso algunas carretas tiradas por caballos, menos aun, coches me dejan sentir el viento en la espalda, son vehículos que no pasan los 60 km por hora. Y casi nada, coches que parecen estar enfurecidos, son los que manejar los turistas.
Me aproximo a un pueblo, la gente empieza a aparecer, veo a lo lejos a una persona, es hombre y va en bicicleta, hago un esfuerzo para alcanzarlo, va a buen ritmo, pero mi deseo de cruzar palabra y conocer más acerca de esta gente es intenso. Alcanzo a este hombre, le hablo franco y en tono fuerte, como ellos están acostumbrados, entro en contacto rápido, y me empieza a compartir un poco, entre las cosas que me dice: es lo duro que es la vida en Cuba, que aparte de su trabajo normal tiene que tener un trabajo ilegal. Que es entrar a las reservas ecológicas en la madrugada montado en su bicicleta 2 o 3 de la mañana me comenta, cortar un poco de encino y caoba. Observo su bicicleta y tiene una pequeña parrilla en la parte de atrás. Carga la madera de acuerdo a lo que puede trasportar, no se que capacidad de carga tendrá una parilla de esas, después me dice que vende la madera en el mercado negro, platicamos algunas cosas mas y sigo mi camino.
Estoy a unos kilómetros de la zona más importante de Cuba en cuanto a Tabaco se refiere, el pueblo de nombre San Juan Martínez. De pronto en una curva me encuentro a una persona que había conocido en el pueblo la Bajada, también solitario viajando en su bicicleta que más bien parece tractor, su nombre es Staphan y viene de Alemania, en ese momento se encontraba despidiéndose de una persona que le había servido alimento, nos saludamos y coincide que los dos vamos al mismo lugar, Pinar del Río.
No teníamos mucho pedaleando juntos cuando ante nuestros ojos ahí estaban cientos de hectáreas cultivadas de tabaco. El paisaje se tornaba verde con algunas construcciones de madera echas para la seca del tabaco que después se convertían en puros, invernaderos con mayas negras especiales para humedecer la planta también de tabaco, pero en este caso los invernaderos eran para la producción del cigarro, obviamente casas de agricultores que se abrían paso entre el paisaje verde, pequeños parches de color café, tierras que empezaban a cultivar.
Eran como las 11 de la mañana pero el sol se sentía como el de las 3, había poca gente trabajando, unos araban la tierra con ayuda de caballos, otros cosechaban y algunos otros caminaban a la horilla de la carretera posiblemente en dirección a sus casas o al trabajo. Era peculiar de ese lugar el aroma a tabaco que por momentos se tornaba mas intenso que en otros, las personas caminaban por la carretera con puro en boca y aún trabajando alcancé a ver a una persona fumándose uno. Así en compañía de este peculiar aroma cruzamos el pueblo de San Juan Martínez.
Después de 60 km de pasar el pueblo del tabaco, llegamos a la ciudad de Pinar del Río todavía era de día, la gente inmediatamente nos identificó y nos empezaron a llover ofertas de hospedaje o de lugares para comer, también no faltó el que quería algo regalado o dinero, al fin uno de varias personas que nos ofrecieron y nos pidieron cosas, nos llevó a visitar algunos lugares para pasar la noche.
Pasó un tiempo, las opciones se redujeron a dos y optamos por quedarnos en el lugar más económico, pero que al mismo tiempo fue el más lujoso que visité en este viaje. El dueño era un entrenador de este arte marcial que se llama Contacto Máximo. Nunca supe si aquel tipo de enseñanza era tan bien pagada en Cuba o era del 1% que vivía en condiciones diferentes.
Después de instalarme, el día lo pasé conociendo la ciudad y comiendo pizzas que aparte de ser muy ricas y llenas de carbohidratos costaban un peso cubano que son 30 c de peso mexicano o .3 centavos de dólar.
Al otro día decidí pasar en Pinar del Río el año nuevo que era ese mismo día.
Platicando un poco más con Stephan que ya lo consideraba un amigo, resutó ser fanático de un tipo de avioneta de doble ala, que curiosamente había en un aeropuerto cercano de la ciudad en dónde según él hacían viajes especialmente a la isla de la Juventud y por lo menos Stephan, estaba decidido a hacer el viaje. Llegamos al aeropuerto y fue más su sorpresa al ver que ya tenían dos años de no hacer el vuelo, por un momento su cara cambió hasta que observó que se encontraban dos aviones del tipo que buscaba en estado de abandono, pero lo importante era que estaban ahí. La siguiente media hora Stephan me dio unas clases de cómo se piloteaba ese avión, los botones y los medidores que estaban en el tablero si así se le puede llamar parecían inservibles pero la imaginación todo lo arregla.
Pasé una noche más en esta ciudad, precisamente la de año nuevo, en dónde tomé un poco de cerveza y me la pasé bailando regetón toda la noche con una mujer que conocí. Me dormí relativamente temprano, porque Teníamos pensado empezar a pedalear ese mismo día al alba. Y así fue, por la mañana después de haber desayunado y despedirnos de la gente que nos rentó la habitación entre platica y risa, nos perfilamos a nuestro siguiente destino, ubicamos en el mapa el lugar de San Antonio “los baños” en dónde cerca de este sitio había una reserva ecológica importante del mismo nombre y una cueva muy importante a nivel histórico mundial y nacional.
En el trayecto hubo un pequeño percance que no pasó a mayores. ¡Veo las llantas de un tractor atrás de mí!, el tractor me pasa, pero un vehículo en el carril contrarío lo ocupaba en toda su magnitud, el tractor se cierra justo en donde Stephan manejaba su bicicleta, le alcancé a gritar y pudo salir del camino por su cuenta un poco violentamente. Pareció la situación, en lugar de asustarle, a este germano enojarle mas que nada, así que se volvió a montar en su bicicleta pero ahora con un ritmo más fuerte, hasta alcanzar al tractor en la orilla de un camino a pocos kilómetros del percance. ¡Stephan sin pensarlo! se dirigió directo al chofer del tractor y con voz enfurecida le recriminó su estupidez. Las palabras no las escribo por respeto al auditorio aunque de ellas no entendí ni una sola.
En este trayecto fue típico ver sembradíos de caña y poblados pequeños a la orilla de la carretera. En una de esas aproveché para refrescarme con un delicioso fruto de caña que me vendieron unos agricultores de la zona, que un poco sorprendidos los noté al verme viajar en la forma que lo hacía y todavía mas al darles unos centavos de peso intercambiable por el trozo de fruto. Fue el pedazo de caña más sabroso que probé en mi vida debido a la frescura del fruto y al tremendo calor que hacía.
Observamos el mapa y las únicas montañas a la distancia en varios kilómetros de recorrido, en una de ellas se encontraba una famosa cueva que estábamos apunto de redescubrir y cerca de ella unos baños famosos en cuba por sus aguas termales curativas. No fue hasta el crucero que nos encontramos después de pedalear 20 km (12.43 millas) de terrecería ya empezando montaña cuando decidimos visitar primero la Cueva a la cuál se llegaba después de 10 km (6.21 millas) de terrecería y subidas prolongadas. Sabíamos Stephan y yo que con ese tipo de recorrido podríamos hacer unas 3 horas debido a su dificultad y a una avería que mi bicicleta tenía (Solo podía usar el plato grande con la tercera pequeña) Así que sabía que en las pendientes demasiado inclinadas tenía que desmontar y empujar la bicicleta. Esto no fue un impedimento para hacer una parada en un tipo restorante y paradero mirador en donde tomamos algunas bebidas y comimos algo de plátano frito.
Después de contemplar el lugar, de comer y beber un poco, seguimos el recorrido que ciertamente nos llevó 2 horas y media, media hora menos de lo que habíamos calculado. Fue un poco desgastaste, por haber tenido que bajarme de la bicicleta como lo había presupuesto, Stephan se portó solidario y compartió el camino con migo aunque él hubiera podido hacer la mitad del tiempo, le insistí en que lo alcanzaría e igualmente se negó. En ese ambiente de esfuerzo, contemplación de esa maravillosa noche y las aventuras que compartíamos dos hombres solitarios alejados de sus “casas materiales”, arribamos al famoso lugar. La Cueva del Ché |
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