“COTOPAXI... UN VOLCÁN QUE ENAMORA”
Un cierto día, con una motivación intensa en mi interior -ya que desde pequeño mis padres me enseñaron a tenerle respeto al volcán Cotopaxi cuando se encuentra furioso, pero también, a disfrutar de su belleza cuando éste danza en las mañanas con las nubes que lo rodean y que por las tardes se sonroja con la caída del sol por el oriente-, me decidí trasladarme hacia su domicilio conocido como “Parque Nacional Cotopaxi”, con la finalidad de sentirlo, admirarlo, conocerlo y por supuesto tratar de coronar su cumbre.
Partiendo muy temprano desde la ciudad asentada a los pies de éste coloso, Latacunga, empezamos admirar al galán de nuestra fiesta... el Cotopaxi, al cual se lo ve sugestivo, voluptuoso, impresionante, escalofriante -no se si por el frío que hace o por su inmensidad- pero lo suficientemente grande para atraer y quedar hipnotizado.
Ante todo esta mezcla de sentimientos, de lo único que estoy seguro es que me encuentro en las puertas de ingreso al volcán activo más alto del mundo (5897 metros sobre el nivel del mar). Llegar a éste lugar no fue complicado, pues aborde un bus que transita por la vía conocida como panamericana que se dirige hacia el norte; éste me deja en la entrada. En dicho lugar puedo apreciar que existe servicio de guías para el asenso, alquiler de la ropa adecuada e incluso transporte hasta las faldas del volcán, facilitando al aventurero el tiempo de recorrido y de acceso al segundo refugio.
Una vez en la entrada es necesario cancelar el costo de ingreso a ésta reserva natural protegida, el cual no es muy elevado. Acreditado el paso por los vigilantes del Parque, inicio mi travesía en un 4 x 4 por un camino de tierra. Mientras dura el viaje, los minutos transcurren lentamente, ¿cuándo llegaré a la cúspide?, es la gran pregunta que recorre mi mente, sin embargo hay que hacer un alto para visitar un museo. En éste lugar, admiro un puma, un venado, un cóndor, entre otros, pero todos embalsamados, ya que su finalidad es indicar al visitante que se encuentran en extinción y que si en caso nos los encontramos por el camino, no les hagamos ni permitamos que les hagan ningún daño, ya que en éste Parque está prohibido cazar.
Fuera del museo se encuentran las plantas típicas del páramo. Allí está la flor del andinista conocida como chuquiragua, famosa por sus beneficios para los riñones, como también se puede ver otras especies de plantas. Lastimosamente hay que abordar el auto para seguir hacia la meta principal. En la mente me da vueltas el consejo que nos dio el jefe del Parque, el mismo que fue: “más adelante van a llegar a La Laguna de Limpiopungo, quédense allí un momento y disfruten del aire puro”. Pues sí, tenía razón, allí está un hermoso espejo formado por agua cristalina; no es fácil contenerse el meter la mano y tocarla, pero cuando lo hago me doy cuenta de que está totalmente helada que incluso congela mis dedos.
¡Saben¡ fue delicioso sentir el aire puro que provoca quedarse allí por horas, pero, nuevamente se impone el sentimiento de alcanzar la cumbre del volcán. Me dice un amigo: “regularmente desde la laguna se puede ver al Cotopaxi a plenitud reflejado en sus aguas”, pero caprichosamente o de una forma tímida éste se cubre por un ligero manto de niebla que por un instante no nos deja apreciarlo en su totalidad, sin embargo nada impedirá que lo conquistemos.
A una hora aproximadamente desde el ingreso del Parque, nos vemos obligados a bajar del vehículo para iniciar el asenso caminando, pues el volcán quiere medir cuan fuerte es uno y si está en condiciones de conquistarlo. No importa si el escalador es hombre o mujer, grande o pequeño, gordo o flaco; lo verdaderamente imprescindible es una buena condición física y ropa gruesa que preste el abrigo suficiente, sólo los ojos deben quedar libres para admirar cada rincón de ésta belleza natural.
Caminando durante cuarenta y cinco minutos hemos llegado al segundo refugio; miro hacia arriba y veo al volcán en su parte superior con una cubierta blanca. De pronto comienza a granizar y el encargado del refugio nos invita a pasar y tomar asiento conjuntamente con una taza de café hirviendo, que abriga mi interior de una forma exquisita ante el extremado frío que hace en el lugar.
El llegar a la cumbre es un reto irresistible para andinistas nacionales y extranjeros, siendo éstos últimos mayoría, ya que vienen de Estados Unidos, Alemania, China, etc, según el guía que nos acompaña. La ascensión demora entre cuatro y seis horas y comienza media hora antes de la medianoche. Pues sí, el asenso inicia a las 00h00 hacia la cúspide y bajo el mando de un guía. Luego de 40 minutos de ascender por el arenal, reconociendo el camino y evitando las rocas con ayuda de una linterna frontal, está la primera ladera de nieve abriendo sus brazos, pues es la entrada al glaciar.
Una vez calzados los crampones y unidos unos a otros con la cuerda, la subida empieza siguiendo las huellas. En algunos sitios son tan marcados que parece un chaquiñan de páramo, pero sobre un gran manto blanco que parece no tener fin. La respiración se dificulta y el corazón se sincroniza con cada paso. Al levantar la vista, el infinito blanco se mezcla con el negro del cielo que apenas se inmuta con pequeños destellos de las estrellas que nos acompañan e indican hacia donde queremos llegar.
La dificultad no es grande pero se debe conocer la técnica básica para sortear las grietas y saber detenerse ante una eventual caída utilizando la piqueta, un instrumento semejante a un pico que sirve para caminar, colocar seguros en la nieve y nunca se separa de la mano.
El mejor premio al llegar a la cúspide es admirar el amanecer (que se anuncia como un punto encendido en el cielo y que cambia de tonos azules a celestes), conjuntamente con las personas que te acompañaron en ésta travesía. Cuando estas ahí no te importa nada y te sientes dueño de todo el infinito que admiras, incluso es tan grande y fuerte el sentimiento que te embarga que no mide fronteras ni el idioma que hablas, pues con la alegría que llevas en tu corazón y el escaso aire que invade tus pulmones, felicitas a los demás aventureros que están junto a ti y estrechas a la amistad con un fuerte abrazo de satisfacción.
Después de jugar con la nieve, descansar y por supuesto, contemplar la hermosura que te brinda la naturaleza y la vida, emprendemos el descenso arribando a nuestro lugar original de partida a las 06h00. Cuesta despedirse de ésta jornada cautivadora en todo sentido, sin antes pensar que la belleza que conquistaste, puede ser causa de muerte cuando éste gigante despierte de su sueño eterno, para aquellas personas que habitamos en la Provincia de Cotopaxi y lugares vecinos que también corren peligro ante una eventual erupción. Por lo tanto, le pido a Dios que eso nunca ocurra y que nos permita seguir despertando junto éste atractivo encantador que enamora a cualquiera que lo admira.
Por todo esto y mucho más, no puedo permitir que gobierne en mi interior un sentimiento egoísta, por lo que aprovecho la oportunidad para invitar a todos los viajeros y aventureros del mundo a que visiten la Provincia de Cotopaxi, la cual solo basta pisar su tierra para sentir el olor puro de la naturaleza, trasladándote en un viaje hacia el pasado, en que cada rincón guarda la historia y muestra el espíritu laborioso de sus habitantes.
Cotopaxi es naturaleza, arte, pero sobretodo amor por una tierra donde las tradiciones no mueren y se expresan en la alegría de sus danzantes, además de sus lagunas, artesanías, folklore, comida, y por supuesto volcanes, destacando como principal al Cotopaxi, el cual abre sus brazos no solamente a propios sino también al resto de aventureros del mundo para que conquiste nuevos cielos... los cielos cotopaxenses. |
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