CUBANEO
Cuba no te deja indiferente: te gusta o no te gusta, sin términos medios. Engancha. No es difícil ver en el aeropuerto a viajeros que llegan tarde o lo que es peor, pierden el avión. Algunos de forma premeditada. Existen dos formas de visitarla, como turista o como viajero, con la cámara en ristre y la guía turística al frente, o saliéndote de las rutas que te marcan, introduciéndote en la Cuba auténtica y profunda.
Si tienes la suerte de conectar con este país, seguro que vuelves como un ave migratoria. Muchas cosas te pueden atraer: gentes, culturas, arquitectura, gastronomía, paisajes, o su música; a mí junto con la primera es la que más me atrae.
Allí no se debe ir en busca de la típica playa de cartón piedra con hoteles, turistas y chiringuitos; para eso están otros destinos. Tampoco puedes compararlo con tu país de origen, algo que siempre es odioso, pero aquí, si cabe todavía más. Los cubanos son el resultado de un extraordinario cocimiento de razas, de un mestizaje que se ha fraguado durante muchos años. Su forma de vivir es pausada, sin prisas, siempre con las puertas abiertas, viviendo la calle, hablando, cantando, bebiendo ese ron de caña que ofrecen a cualquiera que pasa, con esa extroversión que les caracteriza y les hace tan comunicativos; envueltos en un aire dulzón heredado de los canarios; otro pueblo isleño.
Existe una enfermedad que la llaman “cubaneo”, y que se empieza a gestar en el momento que aterrizas por primera vez en la isla, respiras su aire húmedo y te impregnas de su olor. Pero lo peor de todo es que no tiene cura. |
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