ENTRE DOS TIERRAS
Mi paso por la ciudad de Estambul, hace ya casi treinta años, quiero describirlo de forma parcial y me explico: Después de tantos años la urbe ha cambiado mucho, por supuesto que para peor. El turismo masivo, enlatado... lo ha invadido todo y en consecuencia, ésta, se ha transformado para satisfacer una demanda incesante. La inmensa mayoría de estos turistas van en busca de los grandes símbolos que alberga Estambul: Santa Sofía, el Gran Bazar o el Bósforo. Pero hay mucho más, ni mejor ni peor, simplemente distinto, más auténtico, más profundo, y ésto es lo que me gustaría resaltar. Mis vivencias por lugares que representan la vida cotidiana de los ciudadanos turcos, que por cierto, nunca van a comprar al Gran Bazar. Sin embargo si que lo hacen en el embriagador y colorista Bazar de las Especias.
La primera imagen que tengo de esta ciudad puente entre Europa y Asia es la bandera roja con la estrella y la media luna suspendida de un edificio herrumbroso, colgado sobre el angosto y revuelto Bósforo. Luego adiviné delgados minaretes y cúpulas doradas a través de la niebla matutina. Venia embarcado desde un puerto rumano, cruzando el mar negro. La estación marítima olía a polvo y gasolina. Me extorsionaron al cobrarme el visado. Delante de mí se desenvolvía un grupo de turistas musulmanes con sus velos y bolsas de comida, los cuales me aconsejaron un pequeño y modesto hotel. Una vez en él me dieron una habitación de paredes altas pintadas de amarillo e inundadas de luz. Después de tomar un reparador té turco en una tranquila callejuela, me dirigí a dar un paseo por las orillas del Mármara. Caminé durante varios kilómetros.
Este viaje a la Turquía amiga de los judíos y enemiga de los árabes, me creaba contradicciones; pero a la vez me llenaba de ilusión. Estaba ante una ciudad fascinante que despertaba mi espíritu de aventura. Repleta de palacios, iglesias, bazares, mezquitas y murallas arrastrando muchos siglos de historia. Atravesé amplias avenidas, algo descuidadas, con baches y montones de basura. Me adelantaban autobuses rebosantes de viajeros, bultos y animales. La parte vieja desprendía magnetismo, con sus pequeñas tiendas donde se practica el trueque y el arte del regateo. Una fina lluvia me iba calando, pero me resignaba. Mi siguiente objetivo era el Cuerno de Oro: en sus orillas se montan cocinas flotantes en las cuales se fríen peces plateados que han pescado unos minutos antes en las turbias aguas. Los habitantes de Estambul frecuentan estos rincones por la noche, la cual se transforma, hipnotizando a todos sus amigos.
Tengo decidido volver a esta ciudad, Aún a sabiendas de que ya nada será igual. Estoy seguro de que los logotipos de la Coca Cola y Marlboro lucirán esplendorosos en las vallas y las sombrillas de las terrazas. |
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