LA PRIMAVERA EN MADRID.
En Madrid la primavera es algo especial. Para muchos extraña, para otros, inexistente. Pero lo cierto es que en su naturaleza cambiante reside su belleza.
El gris-plata del invierno deja paso a la brillante y multicolor primavera. Sólo un día basta para que el sol, desde lo alto, active el mecanismo que despierta la vida. El pardo color del los árboles se tiñen con miles de motitas verdes, que al día siguiente serán más grandes, y al otro días más, hasta que, sin saber cómo, ese melancólico gris pardo da paso a una sonrisa de clorofila que cual niño que te mira y te extiende sus brazos, te invita a participar del milagro de la vida.
Milagro que se produce en cada rincón, en cada calle, en cada ser. En Madrid.
En los parques, en las calles hay una explosión de colores. Rojos, amarillos, lilas invaden cualquier rincón de la ciudad, de manera que al pasear es como si se hiciera sobre una alfombra multicolor. Da igual que sea parque o calle, en cualquier bulevar o esquina hay árboles y jardineras con flores que recuerdan que en Madrid es primavera.
El sol convierte el rocío de la fría madrugada en tierna lluvia que acaricia amorosa cada pétalo, y éstos lo agradecen expulsando su aroma. Tenue aroma a lilas, a rosas, a jazmines y madreselvas que junto con el piar de los pájaros y la luz cambiante zambullen en un mar de sensaciones.
La luz. Esa luz que nos ilumina es especial. Para mi excitante, porque en primavera el sol es más radiante, con una luz de oro recién pulido, puede dar paso en lo que dura un suspiro a grises nubarrones que oscurecen el cielo hasta conseguir una macabra oscuridad, y entonces, el cielo se vuelve a iluminar con miles de zigzagueantes rayos a los que siguen gruesos goterones que empapan el cuerpo y el alma.
Pero es primavera en Madrid, y tal como llegó la nube, se marcha. Primavera en Madrid, el milagro de la primavera aparece en forma de arco iris, multicolor, imponente. Y vuelve la luz dorada, y el aroma a rosas y a lilas, ye el piar de los pájaros. Es en esos momentos cuando suelo pensar en lo mucho que me gusta Madrid en primavera.
La primavera es una estación singular, dicen que la sangre altera, y debe ser cierto porque además transforma el aspecto de Madrid. La luz es clara y dorada, transparente y límpida. Provoca una metamorfosis en el aspecto de la ciudad que hace que se vuelva más ancha, más diáfana y las fachadas de los edificios pasan de ser gris oscuro a gris plateado, como si hubieran pasado una pátina brillante. Las mañanas son frescas, y el aire húmedo de la Sierra de Guadarrama parece que intente desperezar la dormida ciudad. Pero no hace falta porque Madrid no duerme, y menos en primavera. Cuando el sol despeja las brumas mañaneras aparece una ciudad multicolor. Las miles de cafeterías y bares sacan sus mesas a la calle formando esas “terrazas” de las que los madrileños gustamos tanto. Desde primera hora, al caminar, se percibe el aroma del café, los churros, los bollos, el pan con aceite y las tortillas de patatas, miles de tortillas de patata para hacer miles de pinchos. A los madrileños nos encanta desayunar en la calle, prontito, antes de entrar al trabajo.
A medio día, con el sol ya alto y calentando, y antes de ir a casa a comer, no hay nada más agradable que pasar por el bar a tomarse una caña o un vino con unas tapas. Es el aperitivo. Pero es al acabar la jornada cuando los madrileños disfrutamos de la calle. Se juntan compañeros de trabajo, amigos, parentela. El motivo es lo de menos, pero jóvenes y mayores, madrileños y foráneos, españoles y extranjeros dan rienda suelta al placer de tapear, ese maravilloso invento español. Boquerones en vinagre, patatas bravas, pulpo a la gallega, jamón, chopitos, calamares, más cañas y más vinos.
Será porque los días son muy largos y a las 8 de la tarde con el sol todavía en lo alto del firmamento invita a pasear, a disfrutar de una animada reunión en una terraza, y quizás, más tarde a admirar como el sol se va colando entre las estrechas callejuelas del Centro Histórico en su lento declive. Rayos de un rojo anaranjado, que al chocar contra las cristaleras de las ventanas se disocian en millones de partículas doradas que se van tornando rojizas para terminar sucumbiendo bajo el azul-añil del cielo.
Y llega la noche, envolvente y misteriosa. ¿Cómo se puede evitar disfrutar de la noche madrileña? Para los que no hayan estado nunca, juro que es difícil.
En el casco antiguo, las calles estrechas, con recodos, las farolas con su tenue luz te retrotraen a tiempos pasados. Tiempos de espadachines, de lances de honor y de amor. Parece como si al girar cada esquina fuera a aparecer el capitán Alatriste con su espada presta a desenvainar por defender el honor de una dama.
Por supuesto estamos en Madrid, es decir, bares, tapas, terrazas, gente, pero este Madrid del SXXI conjuga el pasado y el presente. Muchas antiguas casa de posta, las caballerizas de antiguos palacios se han convertido en locales. De esta manera se conserva lo antiguo pero adaptado a la vida moderna. Vida moderna que también está representada en forma de multitud de discotecas y disco-pubs, donde los jóvenes y no tan jóvenes de sivierten toda la noche, y si a las 6 de la mañana se sigue con ganas de “marcha”, pues no hay problema, se va a un “alter hour”, discotecas que abren a las 6 de la mañana.
En cualquier caso, antes de recogerse es obligado “entonar” el estómago con un delicioso chocolate con churros o una sopa de ajos.
Pero no todo ha de ser bares y discotecas ¿Por qué no dar rienda suelta al romanticismo? Hay tantos rincones con encanto! El parque del Retiro, Paseo de Rosales-templo de Debod, jardines de Sabattini, el campo del Moro, el Paseo del Prado…..
El Paseo del Prado va desde la glorieta de Atocha a la Plaza de la Cibeles (decir la Cibeles es lo castizo) es uno de los más transitados por los turistas y madrileños, y no es para menos, su ancho bulevar con sus orillas ajardinadas repletas de tulipanes, margaritas y jacintos dan un aire romántico al paseo. A ambos lados, edificios majestuosos como el museo del Prado, o el museo Thyssen, hacen que uno se sienta protagonista de un cuadro. Frente a la fachada del Prado, la estatua de Velázquez parece que te diga:”párate y mírame, te estoy pintando”.
No es un paseo demasiado largo, pero es un lugar ideal para disfrutarlo en un caminar tranquilo, sin prisa, de la mano, en pareja. Llegar a la Plaza de Cánovas del Castillo y al bordearla admirar en lo alto la iglesia de Los Jerónimos a la derecha, y a la izquierda el Congreso de los Diputados, más adelante el edificio de la Bolsa, y casi enfrente el palacio de Villahermosa (museo Thyssen), para llegar a Cibeles, uno de los iconos de Madrid.
Para terminar, una curiosidad. Hay en la Ciudad de México una réplica exacta de La Cibeles, tan madrileña y tan castiza. La vi cuando visité México en 1995 y me encantó que la villa de Madrid hubiera tenido un detalle tan bonito con un país que me enamora tanto. |
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