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El paraiso se llama Oaxaca

Escribe: marapz
El título de la crónica puede resultar exagerado, pero hay que verlo. Tras participar durante el mes de septiembre de 2004 en un viaje de turismo solidario por México; recorrer DF, Puebla,...

 
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El paraiso se llama Oaxaca

Oaxaca de Juárez, México — martes, 15 de marzo de 2005

El título de la crónica puede resultar exagerado, pero hay que verlo. Tras participar durante el mes de septiembre de 2004 en un viaje de turismo solidario por México; recorrer DF, Puebla, comunidades indígenas de la Huasteca de Hidalgo, pasar por Veracruz y Guerrero, puedo asegurar, a falta de conocer eso sí Chiapas y la Riviera Maya, que Oaxaca es, al menos, mi paraíso.


Viajamos de DF a Oaxaca en un autocar de lujo (280 pesos) que nos llevó seis horas. Allí los transportes se dividen en muchas categorías, que van desde los destartalados a los de mega lujo, pero los precios no siempre difieren mucho. Llegamos a las 6 de la mañana a la pequeña estación de primera clase de Oaxaca. Nos alojamos en el albergue que el Gobierno del PRI construyó para que las familias de los presos políticos de Loxichas levantaran el 'plantón' que durante cuatro años mantuvieron en el Zócalo, de la misma forma que los de Sintel en Madrid. Recuerdo en este punto que el viaje era de turismo solidario.

20 de septiembre de 2004 (lunes)

Al día siguiente nos levantamos pronto porque íbamos a ver las ruinas de Monte Albán, a diez kilómetros de Oaxaca. El guía era pésimo y estropeó bastante la visita a unas ruinas ubicadas en un paraje montañoso de gran belleza, desde el que podía contemplarse a lo lejos la ideal y colonial ciudad de Oaxaca. Las ruinas en sí son menos espectaculares que las de Teotihuacan de DF, pero la vegetación y el dibujo de las montañas merecen la pena. Bajamos a la ciudad y paseamos por una cooperativa de mujeres artesanas donde realizamos más compras y nos trasladamos a otra próxima, mucho más colorida. Nos adelantamos para ver rápido la ciudad y, en especial, la iglesia de Santo Domingo, cuyo interior está todo recubierto con láminas de oro. Una ostentación innecesaria. Oaxaca es más que una ciudad. De calles anchurosas, serena, plana, recogida entre las altas montañas que la abrazan, abierta a las nubes, esbelta, multiétnica (es el segundo estado más pobre de México por detrás de Chiapas. Eso de día. De noche es recoleta y mística. Por la noche fuimos a comprar los billetes para Pochutla. Nos tuvimos que enfrentar a la marabunta que se abría tras el silencio de las calles del centro de la ciudad. Salimos de la paz del casco histórico y nos encontramos cientos de coches y autobuses contaminantes, pitidos y caos. Fue como pasar en un instante del paraíso al infierno, por eso nos sorprendió tanto. Sorteamos los puestos callejeros de comida que se disponían en un lado de la calle y logramos entrar en la estación. Suciedad, pobreza, gente durmiendo en el suelo. La compañía que teníamos que coger al día siguiente no operaba ese día, por lo que tendríamos que volver a la terminal. Resignadas, regresamos al albergue.

21 de septiembre de 2004 (lmartes)

Ese día nos esperaba Hierve el agua, Mitla y el Tule. Un colectivo-autocar nos dejó en una hora en Mitla y una hora más hasta Hierve el Agua. Esta vez era una furgoneta con la parte de atrás abierta. El viaje se prometía muy divertido, pero la realidad es que resultó un tanto pesado, ya que el trayecto era demasiado angosto, con precipicios constantes, charcos enormes que hacía tambalearse al pequeño colectivo de un lado para otro. Las cajas de huevos que un hombre transportaba atrás eran un peligro y había que sujetarlas todo el tiempo. La espalda se resintió por los golpes contra los hierros. Sin embargo, el paisaje borraba todo tipo de incomodidades y mitigaba el ajetreo de un camino sin asfaltar con miles de baches y grandes agujeros causados por el agua. Había que ir bien agarrada para no desestabilizarse, mientras subíamos y bajábamos montañas.

La sorpresa llegó nada más ver Hierve el Agua. Es uno de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida. Una cascada petrificada al fondo no era más que una pincelada de lo que nos íbamos a encontrar: unas piscinas naturales de agua de azufre que brotaba de la misma tierra. Bañarse en esas piscinas, contemplando las elevadas y verdes montañas que rodeaban el paraje, fue todo un regalo. Sin pensárnoslo dos veces, nos dimos un chapuzón en esa agua fresquita. No es una zona muy turística, será por aquello de los accesos, por lo que pocos eran los que curiosos que estaban en la zona. Salimos del baño como nuevas. De haber sabido como era Hierve el Agua, nos hubiéramos planteado quedarnos a dormir en una de las cabañas que se podían alquilar. Al colectivo de nuevo y a Mitla. Las pirámides estaban en peor estado que las anteriores, pero le diferenciaban los frisos que circundaban los edificios. Pudimos entrar en el interior de una pirámide y hacernos a la idea de cómo vivían los zapotecos. Nos tomamos nuestro tiempo y regresamos al colectivo en dirección al Tule, un árbol centenario que tiene una copa de 72 metros de diámetro. La tromba de agua (habitual en las tardes de la época de lluvias) nos impidió contemplar sus dimensiones reales.

El autocar hacia Pochutla a las 23 horas y llegaba a las 5 de la mañana. Como nos esperábamos, el viajecito fue movidito. Las ventanas no cerraban y el aire era muy frío. La noche se hizo muy larga, los asientos iban sueltos y a cada frenazo o acelerón se volteaban y descolocaban. Pesadilla nocturna.

22 de septiembre (miércoles)

Llegamos a Pochutla a una estación fantasma. Un taxi nos aguardaba a la puerta para trasladarnos a San Agustinillo, el que resultó ser nuestro 'paraíso'. De noche, entre un bosque muy oscuro, recorrimos el camino hacia Puerto Angel. Cambiamos de destino sobre la marcha, porque al llegar a Zipolite y ver lo bravío del Pacífico nos animó a proseguir el viaje hasta una playa más calmada y apta para el baño. Nos comentó los peligros de esas playas y nos informó de que hacía sólo unos días un español había fallecido por el golpe de una ola que le arrojó al mar desde las rocas. Luego nos enteraríamos que el lugar del fatal desenlace era Punta Cometa, un lugar al que intentamos ir pero que desistimos.

Ya era de día cuando 'aterrizamos' a San Agustinillo y nos encandiló un hotelillo a la orilla del mar. No tenía ningún lujo, pero después de los lugares donde habíamos dormido, nos pareció un palacio. Las dos habitaciones (para cinco personas) nos costaron 700 pesos cada día, una ganga. La idea original había sido dormir en una cabaña, pero el bajo precio de este hotel nos puso fácil la decisión. Había encontrado mi pequeño paraíso, nombre con el que desde entonces me dirijo a ese minúsculo pueblo en el que la paz y la escasez de entretenimientos hacen que el descanso físico y mental fuera definitivo.

Nos dimos nuestro primer baño en el Pacífico mexicano. El agua estaba muy templada. Allí metes los pies y el mar hace el resto. Es tal la fuerza que tiene el agua que es capaz de arrastrarte, darte volteretas justo al lado de la orilla. No era cuestión de arriesgar, sino de ser prudentes. La playa largísima y de arena muy fina estaba totalmente vacía, toda para que disfrutáramos las cinco. La hamaca que había adquirido Mariví fue todo un acierto y ahí nos pasamos horas viendo la gran tormenta de rayos y truenos que se vislumbraba por detrás de Punta Cometa. Lamentablemente pronto se hizo de noche. Tras dudar entre bajar a dormir o quedarme en las hamacas de la terraza del hotel a pasar la noche, decidí que era mejor dormir en una cama, la primera que veía desde el 2 de septiembre en Madrid. Eso sí, no nos pudimos olvidar de refugiarnos bajo la mosquitera de la cama porque las lagartijas y los insectos eran en la playa más 'pegajosos' que en las Huastecas, y nuestro grado de prudencia con el relec había desaparecido por aquel entonces.

23 de septiembre (jueves)

Un colectivo nos llevó hasta la entrada a las lagunas de la Ventanilla, llamada así porque las rocas que hay dentro del agua dibujan una perfecta ventana. Pedimos información sobre la visita al manglar . Anduvimos por la playa negruzca, porque en teoría debajo hay metal, y nos subimos a la barca. El huracán Paulina de 2000 destrozó el manglar y ahora sólo es posible navegar por el canal principal. Están a marchas forzadas repoblándolo. Poco viaje, pero suficiente para hacernos una idea de lo que es un manglar. Muchos de los pájaros que nos acompañaban eran desconocidos para mí. En medio del manglar se abría una isla, recuperada a base de la repoblación de las palmeras. Descendimos de la barca y vimos cocodrilos de distintos tamaños, desde pequeños en cautiverio a gigantes, que llegan a vivir de 80 a 100 años. Los pobladores de esa islita antiguamente vivían de las cacerías de los cocodrilos, pero una orden gubernamental lo prohibió y ahora han reconvertido su actividad hacia el turismo. Toda una familia vive de eso.

Regresamos a la lancha y de vuelta nos acercamos mucho a un cocodrilo que en esos instantes comía. El barquero le molestó tirándole agua para que levantara la cabeza y pudiéramos verlo mejor, hasta que el chaval se asustó porque el animal se había sumergido y no salía. Pusimos remos en polvorosa. Regresamos andando hasta Mazunte para ver el Museo de la Tortuga, pero cerraba a la temprana hora de las cuatro. A la puerta estaba Jaime, uno de los guías del museo, quien nos habló de la posibilidad al día siguiente de participar en un tour que consistía en bañarnos con tortugas y delfines, pescar y visitar algunos lugares desde el mar.

24 de septiembre (viernes)

Luis era el 'tortuguero', el que se lanzaría una y otra vez al agua cuando llegamos a alta mar para capturar tortugas. Al final cogió una y todos nos lanzamos al agua para tocarlas y nadar con ellas. El tacto es impresionante, da mucho gusto, pese a mis reticencias iniciales. A una segunda tortuga la liberé cogiéndola del caparazón, introduciéndola la cabeza e impulsándola hacia abajo. Buceé con ella hasta que el aire me faltó. Qué gozada. Hay documentos gráficos que lo atestiguan, aunque creo que nunca llegarán a mis manos. Nos dirigimos luego hasta la roca blanca, donde miles de pájaros depositan sus excrementos y el guano se vende. Para concluir la larga excursión de casi tres horas de duración bajo un sol abrasador, y tras ver nuestro el antiguo matadero de tortugas y Mazunte, realizamos snorquel. Tuve la oportunidad de coger entre mis manos un pez globo y sentir su tacto. Era el paraíso, inmejorable entorno, buena compañía y experiencia única. ¡Qué más se podía pedir!

Recogimos el equipaje y nos dirigimos en un colectivo hasta San Antonio (15 minutos). Allí en medio de la carretera cogimos una camioneta que nos llevó en una hora hasta Puerto Escondido, una ciudad intermedia. Calles en cuadrícula, bastante suciedad y tiendas y puestos callejeros por todos los lados. Un taxi nos condujo a la playa, que es la zona de hoteles. Recorrimos parte de la calle peatonal hasta que nos decidimos por el Hotel Loren. De lujo en comparación con los sitios en los que habíamos estado, pero realmente muy normalito. Pequeña piscina, terraza con vistas al mar. Por fin había un cajero. Para cenar elegimos un restaurante español por aquello de comernos una tortilla de patata, pero la elección no fue muy acertada.

25 de septiembre (sábado)

Tomamos un taxi hasta el mercado, donde cogeríamos otro que nos llevaría hasta Nopala para ver un cafetal. El viaje fue largo y tras dar varias vueltas por el pueblo conseguimos al menos ver un vivero. Regresamos a Puerto Escondido en un colectivo y comimos en un comedor lleno de meseros (camareros). Acabamos en una playa, la de San Angelito, que también resultó ser un pequeño paraíso. Totalmente virgen, sólo había unas hamacas y un chiringuito para tomarnos algo. Anocheció y el mesero del bar nos esperó, sin que nosotras lo supiéramos, para acompañarnos y que no nos sucediera nada por el camino que teníamos que atravesar hasta la carretera. Felices cenamos en la playa Zicatela.

26 de septiembre (domingo)

Abandonamos el hotel Loren y nos dirigimos a la terminal de Puerto Escondido para tomar un autocar que nos llevara a Pinotepa Nacional. Queríamos llegar a la comunidad de negritos, ex esclavos, de Collantes porque al día siguiente celebrarían una fiesta. Tres horas más o menos de viaje en una 'combi' aplastadas con nuestras mochilas y la cantidad de gente que íbamos para que al conductor le saliera más rentable. Algunos incluso de pie. Pinotepa nos horrorizó. Después de comer en un restaurante lleno de mexicanos ricos, tomamos un taxi para ir a Collantes. Una hora de viaje en el taxi entre palmeras y de nuevo baches. Al llegar nos dimos cuenta de que estábamos fuera de lugar. Una cosa es ir con una ONG que nos avala y otra ir sola a una comunidad en la que pareces un mero turista curioso a la espera de ver indígenas para inmortalizarlos en nuestras cámaras fotográficas. La sensación de las tres fue la misma y decidimos regresar en el mismo taxi. Día perdido. Dormimos en Pinotepa y adiós.

27 de septiembre (lunes)

Salimos escopetadas hacia la terminal de autobuses. No teníamos ningún interés en seguir mucho más tiempo en Pinotepa. La información que nos habían dado el día anterior no correspondía con la de ahora y tuvimos que tomar un autocar hasta Acapulco en clase inferior. La gracia es que el autocar de lujo costaba 108 pesos y el barato 100. Tuvimos que coger el barato porque los horarios nos convenían más. El viaje duró una eternidad, casi siete horas o así. Llegamos a Acapulco un poco desquiciadas. Sólo queríamos una habitación en la que descansar y pasar el día. El Hotel era el Romano Palace. Como era septiembre y temporada baja, no hubo ningún problema para elegir entre un hotel u otro. Además, era muy barato. Nuestra habitación estaba en la planta 19 y se veía allí abajo una piscina, el mar, la playa y un montón de altos edificios. En realidad, no nos esperábamos nada de Acapulco, así que no nos sorprendió en absoluto. La parte alta de la ciudad, abarrotada de coches, gentes por un lado y otro y suciedad, contrastaba demasiado con la playa, llena de hoteles, de luces de neón. Ya se sabe las diferencias extraordinarias entre ricos y pobres. Comimos en un restaurante al pie de la playa con canciones 'modernísimas' de Julio Iglesias y de José Luis Perales. Al menos tuve ocasión de comerme un rico ceviche. La playa nos esperaba, aunque era de arena áspera y mar sucio. Un baño nocturno en la piscina y la cena dio por terminada la noche en el \\"mítico\\" Acapulco. Estábamos cansadas y, la verdad, Acapulco no merecía que sacrificásemos nuestro sueño.

28 de septiembre (martes)

De Acapulco nos fuimos temprano. Nuestro destino era Taxco, el paraíso de la plata. Un viaje en un buen autocar y por autopista. Todo un lujo de sólo cuatro horas de duración. Llegamos a la parte baja de Taxco. Un taxi nos depositaría junto al Zócalo en un bello hotel, Agua Escondida, que bien merecía un recorrido por su laberíntico interior. La habitación muy modesta, pero las vistas inmejorables. Taxco se caracteriza por caseríos blancos agrupados en las estribaciones del cerro del Atachi, donde destaca la iglesia de Santa Prisca. La riqueza monumental de esta ciudad del estado de Guerrero, debido fundamentalmente a su carácter de destacado centro de extracción minera (en particular, de plata), favoreció su declaración como Patrimonio Artístico Nacional en 1928. En la actualidad, es un destino turístico de nacionales y extranjeros que acuden al reclamo de sus edificaciones de época colonial. Y no es de extrañar porque Taxco es verdaderamente bonito.
En las calles, tan empinadas como empedradas, había millones de tiendas y tenderos vendiendo plata. Entre el bullicio, recorrimos varias callejuelas hasta que nos cansamos de ver tanta plata a precios relativamente baratos. Cenamos en el balconcillo de un restaurante del Zócalo, contemplando la impresionante catedral de Taxco y hasta una procesión en honor a una ermita.

29 de septiembre (miércoles)

Nuestra estancia en México tenía los días contados y cada minuto lo vivíamos intensamente. Tras volver a recorrer las entroncadas, empinadas y peligrosas calles entre los coches que se resbalaban por la lluvia en los cruces, decidimos subir en teleférico para ver una vista general de Taxco. Un teleférico que al parecer construyeron exclusivamente para dar servicio al hotel de cinco estrellas que hay arriba y a una urbanización igualmente de lujo. Pensábamos comer por esa zona, pero realmente era demasiado ostentosa y queríamos ser consecuentes con el tipo de viaje que habíamos emprendido. Por eso, simplemente disfrutamos de la impresionante vista, al menos durante los pocos minutos que la espesa niebla nos permitió. Y para DF. Otra vez cuatro horas por autopista en un autocar de 'mega' lujo y llegamos a la capital mexicana. De nuevo, un taxi a la Limeddh, después de abonar el recorrido en una garita con el cartel de taxis autorizados. Como llovía, el tiempo del recorrido se duplicó y estuvimos más de una hora sorteando atascos por una avenida sí y por otra también. Llegamos a una hora perfecta para charlar un poco con nuestros anfitriones y hacerles partícipes de nuestras experiencias durante todo el recorrido por tierras mexicanas. Y a dormir.

30 de septiembre (jueves)

Este era realmente nuestro último día entero en México. Nos fuimos primero a la Ciudadela a realizar nuestras últimas y definitivas compras y a pasear por el Zócalo y por todas esas maravillosas calles para despedirnos de la ciudad y de nosotras. Celebramos la última noche en un bar, donde se montó una improvisada fiesta con un hombre que decía haber ganado el festival de la OTI del año 1985 que se celebró en Sevilla. Cerraron el bar y montamos la fiesta dentro, junto a los artistas y sus amigos. Una buena y divertida borrachera y botellón para despedirnos. ¡Había alguna forma mejor de despedirme de este viaje del que no tengo palabras con que resumirlo!

1 de octubre (viernes)

El despertador sonó a las 9 de la mañana como una auténtica pesadilla después de sólo cuatro horas de sueño. Tuve que contener las lágrimas, lo aseguro, cuando empecé a recorrer las calles de DF, porque suponía el fin del viaje y dejar atrás a gentes estupendas. Aeropuerto, vuelo pesadilla y Barajas. 10 horas (una de ellas en la pista del aeropuerto de México por problemas técnicos) y adiós a mi sueño, al menos, de momento. Ahora a interiorizar todas estas experiencias.



Autor: Mar Peláez

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publicado el 15/mar/2005, 07.33
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