Sabe, el viajerito, que para comenzar este relato precisa ubicar al lector en el mapa del mundo, donde en un pequeño pueblo de la patagonia norte duerme el albergue “La alegría”, en la Provincia de Río Negro, de cara a los tupidos bosques andinos y cerca de los lagos mas puros de la américa toda. Hace falta viajar 24 horas continuas en bus -desde Córdoba, Rosario o Buenos Aires- para llegar a la Comarca Andina de El Bolsón, 180 kilómetros al sur de Bariloche, en el borde mismo de la cordillera. Seis kilómetros al norte del pueblo, en zona de chacras y cultivos de lúpulos, duerme el viajerito en el albergue “La alegría”, de cara a los tupidos bosques andinos del paralelo 42.
Cierto día el viajerito elevó su cuerpo sobre las miserias del mundo y salió del albergue por el polvoroso camino de curvas y acequias, cuando la luz era aun difusa y el sol no había enseñoreado sus alas. Montó –el viajerito- un ómnibus urbano de esos de trompa redonda que ya no existen y se sentó en la plaza del Bolsón a esperar el pan y el vino antes de subir la montaña. Otro bus antiguo e imposible, repleto de mochileros y mochilas, se llevó para la loma del medio a los caminantes de la cordillera de la patagonia norte, traqueteando entre subidas polvorientas y caminos de cornisa mientras la mañana crecía a puro sol.
Cerca de las 10 de la mañana se quedó, el viajerito, a la entrada del camping Hue nain mirando desde arriba el Río Azul con una mochila demasiado pesada, demasiado grande y demasiado solo para la caminata de 7 días que emprendía. Después del frugal desayuno de leche y cereales, sanguche de queso y leberbuch sentado frente al cantarín Río Azul cruzó, el viajero de la cordillera austral, el río por una pasarela inverosimil de insegura, de estrecha, de movediza.
Mediaba la mañana cuando partió, el viajerito, por la picada estrecha, polvorosa, empinada; con las rodillas avisándole que no, que no lo haga. No había pasado aun la primera hora cuando el deseo del llanto le inundó al viajerito el corazón, porque aparecía la frustración de necesitar renunciar al intento, la vergüenza de tener que decir “no puedo” porque verdaderamente no podía. Los viejos dolores de las rodillas del viajerito hubiesen menguado con una compañía de ruta que aliente y sostenga, pero hubo de bastar el amor propio para decidir romper las piernas antes que renunciar a la ruta. Al poco tiempo, subiendo siempre, siempre sudando como un caballo el pelo, el lomo, el cuerpo entero; el viajerito se hizo amigo de sus dolores, quienes lo acompañaron tres días enteros montaña arriba y montaña abajo.
Llegó el mediodía mientras la trepada continuaba entre hermosos bosques de cohiues y cipreses que le daban, según quien dominara, una luz y un aroma distinto a cada tramo del camino. Las rodillas no aguantaban los 15 kilos de peso, pero el ascenso era hermoso entre los solitarios bosques, y la subida se hacia mas suave a medida que el viajerito se acercaba al mallín sobre palos cuarenta minutos antes de lo estipulado en los mapas del Club Andino Patagónico (CAP). Ahí, recién ahí, advirtió el viajerito que podía honrar al cielo del Cerro Hielo Azul con su saludo fraterno y una profunda reverencia. Poco menos de una hora mas tarde, y tras tomar varios pequeños descansos, llegó el viajerito al mirador de los cerros Raquel, Barda negra, y el Cerro Hielo Azul. Allí –sacando otros 25 minutos de ventaja al estándar- se dedicó, el viajerito, a gozar, mirar, oler, sentir, fotografiar, comer, vivir, pensar la vida.
Luz
El sol reventaba en el cuerpo del viajerito, filtraba una luz dorada sobre el bosque, le daba al hielo rasgos de plata azulada. Y a medida que el día se escapaba y el sol dejaba este lado del mundo, el blanco se hacía celeste, azul, negro.
En la montaña la luz manda en mil gamas sobre los árboles y las rocas; los ríos y las sendas; y sobre el lomo de las lagartijas que explotan en los mil colores del arcoiris mientras –raudas- corren los caminos guiando a los paseantes.
Cuando los ojos se le llenaron de mundo salvaje, el viajerito siguió su ruta desde el mirador del Raquel rumbo al refugio del cerro Hielo Azul. En poco menos de una hora el viajero de los refugios del Río Azul subió y bajó hasta el cauce del arroyo del Teno, y en otra media hora llegó –entre luengas lengas que elevan sus brazos al cielo- al refugio Hielo Azul, a 1300 metros sobre el nivel del mar, con el corazón rebosante de dicha y las piernas agradecidas. |
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