Myanmar, un país para descubrir
Entramos en la antigua Birmania, por su capital Yangoon, antes Rangún, y nuestra primera visita es a la Pagoda de Shwedagon. Es mágica. Tiene 82 templos y muchas ermitas, pabellones y estatuas. Los fieles rezan sentados en el suelo por todas partes, mientras otros charlan, pasean, comen y tienen todo tipo de actividades.
Al día siguiente vimos la Pagoda de Chaukhtatgyi, con su Buda recostado de 72 metros y la Stupa de Botataung llena de espejos hasta el techo. La Pagoda de Sulé en el centro de la ciudad tiene 2250 años. Anduvimos por la calle Anawrata llena de mercadillos y visitamos el hotel Strand, donde se alojó Rudyard Kipling.
Volamos a Bagan (Pagan), donde la cantidad de templos, stupas y pagodas perdidas entre la vegetación, producen una emoción única, sobre todo cuando se contempla una puesta de sol desde lo alto de cualquiera de ellos. Recomiendo especialmente el Templo Ananda, la Stupa Dhama Yazaka o la Pagoda Shwesandaw.
También viajamos a Mandalay, antigua capital del país. La Pagoda de Mahamuni, donde sólo los hombres pueden poner pan de oro al gran Buda, o la Pagoda Kuthodaw, el libro más grande del mundo, escrito en 1774 tablillas de piedra con las enseñanzas budistas, son imprescindibles al visitar esta bulliciosa y bonita ciudad.
En Amarapura estuvimos en el Puente U Bein, construido con madera de teca y con una longitud de 1200 metros. También tuvimos ocasión de visitar Mahangandayon, uno de los pocos monasterios de monjes abiertos al público y vimos su forma de vida.
En el Monte Popa subimos los 777 escalones, entre los monos que se van cruzando por todas partes, y visitamos las Cuevas de Pindaya con más de 8.000 imágenes de Buda que nadie sabe cómo llegaron allí.
Pasamos también dos días en el Lago Inle, donde los Inthas (hombres del lago), reman con una sola pierna mientras pescan. El lago, con sus nenúfares y jacintos a la deriva, es un oasis de paz, y el ambiente que se respira mientras surcas sus aguas en una larga canoa te traslada a un mundo irreal.
Todo esto y mucho más, unido a la amabilidad de los birmanos, siempre sonrientes, generosos y muy limpios, con sus longuis (faldas largas) atadas a la cintura, y sus mujeres y niños con la cara cubierta de tanaka para protegerse del sol y embellecerse, han hecho que nuestro viaje haya sido un maravilloso descubrimiento. |
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