Como viajero incansable, pienso que existen ocasiones en que los viajes cortos suelen ser más placenteros que largas estadías. Hay ocasiones en que las desventuras o sucesos inesperados suelen recordarse más aún. Despegué hacia mi aventura panameña junto a mi compañera desde la ciudad de San Juan, Puerto Rico. El trayecto fué normal, y una que otra sonrisa de los asistentes de vuelo hacían más cómodo el viaje. Llegamos al Aeropuerto Internacional de Tocumen a las 10am (hora de Panamá) bajo un cielo nublado y alguno que otro charco de agua en la pista que nos recordaba que estábamos en un país tropical. Nos hospedamos en el Hotel Plaza Paitilla Inn, altamente recomendado si desean alojarse en el mismo centro de la ciudad, con una vista espectacular de la bahía y a sólo pasos del nuevo centro comercial de la ciudad, EL Multicentro. Les recomiendo un buen lugar para comer en el centro llamado Leños y Carbón, donde preparan el mejor filete de pollo y res que he probado en mi vida. Además, el centro tiene un Hard Rock Café y cerca varios establecimientos de helados y bebidas al aire libre. La Ciudad de Panamá, es una gran metropolí llena de autobuses , camiones y autos que van a toda velocidad por una de las más concurridas vías de la ciudad, la Avenida Balboa. Esa avenida recorre la ciudad paralela a la Bahía y con una vista espectacular del Océano Pacífico. Otra de las vías que deben recorrer se llama el Corredor Sur, construido por la empresa mexicana ICA que recorre la ciudad de lado a lado en menos tiempo e incluye vías directas al aeropuerto. En nuestro primer día, recorrimos el Casco Viejo de la ciudad, uno de los vestigios de poder de este país. Es una ciudadela colonial, con calles adoquinadas y donde alberga la Mansión Presidencial y la casa del famoso cantautor Rubén Blades, actual Ministro de Turismo. Además, se encuentra el famoso Museo del Canal donde se expone toda la obra referente al Canal de Panamá, una de las grandes obras del mundo. En esa ciudad colonial se puede apreciar algunas de las ironías de la vida, hogares de personas pobres con servicio de televisión satelital así como alguno que otro chino vendiendo goma de mascar y refresco en su pequeño barrio dentro del casco (similar al barrio chino en Nueva York pero en miniatura). Muchas casas de la zona son históricas y el gobierno quiere restaurarlas, expropiando a los residentes de la zona en una operación que eventualmente tendrá repercusiones entre ambos bandos. En nuestro segundo día, visitamos las esclusas de Miraflores en El Canal de Panamá, una de las más grandes obras de ingeniería del mundo. Viajamos en autobús, hasta la zona de las esclusas y de ahí nos llevaron a un museo donde a vuelo de pájaro un apresurado guía nos explicó el proceso de construcción del canal. Luego, fuimos a un gran balcón donde se pueden apreciar las llegadas y salidas de barcos procedentes del Pacífico y el proceso de navegación a través del canal. Al caer la tarde, decidimos dar una vuelta nuevamente por el casco viejo de la ciudad. Nos detuvimos frente al Museo del Canal para esperar un taxi, pero como no había ninguno una generosa y sonriente empleada del Museo llamó para pedir uno. Cuando mi compañera vió el taxista, puso los ojos como de chihuahua con carreritas pero yo no le hice caso y entramos al auto (en fin, el más hombre). De camino al hotel, veo al taxista mirando a mi compañera por el espejo retrovisor con ojos lujuriosos, y una que otra vez mirando el trasero sin ningún tipo de disimulo a las transéuntes. De repente, comienza a conducir como maníaco y por poco nos estrellamos contra un autobús. Luego, comenzó a hacerle gestos a una señora que cruzaba la calle y por poco la atropella. En unos instantes pensé en abrir la puerta y tirarme del auto como en una película. Verle la cara de espanto a mi novia no tuvo precio en aquel momento, aunque hoy me acuerdo del suceso y me muero de la risa. Otro lugar que siempre recordaré es la visita que hicimos en nuestro penúltimo día a las tribus Embera.
Para llegar a la zona es necesario tomar un autobús desde la ciudad hasta un pueblo que se llama Chilibre. El viaje toma alrededor de 1 hora y media. Al llegar al pueblito, los habitantes te observan como si fueras una momia de museo, pero en fin, los lugareños son muy amables con todo el que los visita. Una cámara fotográfica es indispensable si deseas tomar fotos espectaculares durante el recorrido. Un indígena de la tribu nos recogió en el pueblo y nos montamos en una canoa con motor para hacer el viaje a través del río Chagres. Durante el viaje, se debe tener la cámara lista en caso de que aparezca algún mono o tucán en medio de la selva. El viaje hasta la aldea Embera toma alrededor de una hora. Para mi sorpresa y la de mi compañera, nos recibieron con tambores y cánticos mientras nosotros observábamos atónitos cómo estas personas han preservado sus costumbres sin ser tragados por la ciudad. Estuvimos todo el día junto a los indígenas, que nos prepararon sabrosos patacones, una especie de tostón de plátano y pescado frito empanado (realmente no sé si era pescado pero estaba muy sabroso). A mitad del día nos llevaron a una cascada selva adentro, espectacular para tomar buenas fotografías y luego regresamos a la aldea. Al caer la tarde, nos ofrecieron una danza especial. Lo que más recuerdo, son los rostros apacibles de los niños de la tribu, ajenos al caos de la metrópoli, y en ocasiones con condiciones de salud visibles. Por ejemplo, uno de los niños, tenía un pequeño abseso en el vientre, posiblemente producto de bacterias o alguna infección. Algunas niñas pequeñas, se aferraron a mi pantalón y otros se acercaban a los equipos electrónicos de grabación o cámaras fotográficas con curiosidad. Pero a fin de cuentas son niños felices. El curandero de la tribu, Miguel, tiene un vasto conocimiento en curas naturales para diversas enfermedades aunque en caso de una condición mayor deben ir al hospital. En la aldea viven aproximadamente veintitrés familias casi todas con niños. Otro de los indígenas, Olimpo, le mostraba a mi compañera el proceso de elaboración de una artesanía hecha con bambú. En Panamá, existe otra etnia llamada Kuna Yala. Su nombre proviene de las islas del archipiélago que se encuentra justo frente al país en el lado del Pacífico. Miembros de este grupo indígena se pueden ver caminando en centros comerciales llevando su vestimenta típica, la Mola. Esta vestimenta es elaborada con muchos colores y diseños asociados a los animales de la selva. Tienen la creencia de que una fotografía tomada a una mujer les puede robar la virginidad, pero por cinco dólares sin impuesto incluído pueden sonreir de oreja a oreja para el lente de la cámara. A pesar de que esta travesía puede resultar extenuante, les recomiendo visitar en la noche un restaurante en el centro de la ciudad llamado Las Tinajas que ofrecen comida típica nacional. Sabrosos tamales, arroz con pollo, frijoles y buenas cervezas locales a muy buen precio. Además, cada noche tienen una presentación de baile folclórico nacional para turistas. A veces hay recuerdos que perduran para siempre, y este viaje será uno de ellos. ¡Que siga la rumba de Panamá! |
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