
Visto y no visto. De madrugada.
Iguazú | 0 comentarios.
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Y las llevé a las cataratas. Nos citamos al borde mismo de la noche, en el cruce con la madrugada, para sorprender al día junto al estrépito de las aguas.
Ignorando los peligros que acechan en la selva, allí estaban. Me vinieron como pinceles, preparadas para un acto muy especial: pantalones cortos, recién duchadas, bien coloniadas, una linterna que no funcionó y sin mantillas.
Persistentes y pegajosas telas de araña gigante, con su dueña alerta; acechantes víboras ansiando piernas carnosas; sus risas fundidas con el escándalo de la noche al retirarse; con ese sabor acerado en el paladar, que dan las aguas de estos parajes; la humedad de las hojas les envolvía; y un aroma agridulce de selva profunda les acompañaba.
Las sorprendí bajando, mientras buscaban el lugar para encontrarse conmigo. Alguien les había informado que en lo más bajo era donde me podían gozar mejor. Y en ello estaban. Una túnica ocre iba trocando los riscos en fuego y la noche se daba su último baño tornando en malva las aguas. Los tucanes desperezaban su pico contra las cortezas y transpiraban sudorosas las plantas selváticas.
Miraban sin ver, porque mi timidez me impide realizar la ceremonia aceleradamente. Voy deslizándome con suavidad hasta que, de modo imperceptible, me hago presente. Y ya nada es igual que en el instante anterior. Pero en esa ocasión no pude remediarlo, me desparramé. Me esmeré más de lo debido y se me fue la mano, tanto es así que les dejé la retina sobreimpresionada.
El amanecer de Iguazú
Febrero de 2001 |
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