
Sierra de Segura II
sierra de segura (Jaén) | 0 comentarios.
|
SEGURA DE LA SIERRA Y RÍO MADERA.
LA CUENCA ALTA DEL SEGURA.
Una de las carencias de la comarca son las gasolineras; las hay en Orcera, Cortijos Nuevos, La Puerta del Segura y Santiago; y, como el que no tiene cabeza, tiene que tener pies, - en este caso ruedas-, un olvido nos hizo regresar a medio camino entre Segura y Cortijos para repostar, pues el recorrido que debíamos seguir hoy era muy largo.
Segura de la Sierra impresiona. Ya desde lejos su soberbio castillo desafía a muchas de las alturas de los contornos, y su caserío, como tantos otros antiguos caseríos, trepa en la falda del promontorio queriendo buscar cobijo entre los poderosos muros de la fortaleza.
Dicen que Segura, también como tantas viejas poblaciones henchidas de historia, tuvo sus primeros habitantes no censados antes de la historia escrita, pues cerca de su actual emplazamiento se encuentran las ruinas “¿ibéricas?” de Segura La Vieja. Su riqueza en minas de oro y plata atrajo a fenicios y romanos; los musulmanes la llamaron Saqura, y bajo esta época vivió quizá su mayor esplendor, pues tras la desmembración del califato cordobés logró mantenerse independiente de los grandes reinos de taifas desde 1.103 hasta finales del siglo XII. Dos señores destacaron en este periodo de su historia: Ibn Suar e Ibrahim ben Hausek; tras este corto espacio pasa a depender de sucesivos sultanes hasta que, bajo la Sevilla de Almutamid, cae en 1.242 definitivamente en manos castellanas, siendo la Orden de Santiago la encargada de la administración de la encomienda.
Don Rodrigo Manrique fue Maestre de la Orden en el siglo XV; y no hubiera pasado a la historia si su hijo Jorge no hubiera compuesto con motivo de su muerte la famosa Elegía escrita con revolucionaria métrica: Las Coplas (de pie quebrado o manriqueñas) a la Muerte de su Padre.
Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar a la mar
Que es el morir;
Allá van los señoríos
Derechos a se acabar
Y consumir.
Esos ríos como el que discurre próximo a Segura o como aquel del castillo de Montizón, el Guadalén, en tierras manchegas, donde Manrique vivió con su esposa años después.
Todavía podemos contemplar con la emoción sólo reservada a los que saben sumergirse en la historia, la casa donde vivió el poeta. Junto a ella, otras casas solariegas dan fe del brillante pasado de la pequeña ciudad; pequeña pero encantadora, el trazado de sus calles, limpias y silenciosas, respeta el orden urbanístico de sus tiempos de moros y se disponen en paralelas líneas en la falda del monte, cortada por empinadas travesías, adarves y pasajes blancos de cal, habitados algunos por forasteros, artistas o simplemente enamorados de la quietud y de la larga siesta.
Aún encontramos vestigios de la importancia que tuvo Segura siglos después. En la plaza principal a la que se accede tras pasar el arco medieval reconstruido que da entrada a la ciudad, en el más bajo de sus dos niveles, una fuente renacentista llamada de Carlos V con su frontal decorado en piedra, contrasta con la sencillez de las casas que la rodean. El Ayuntamiento está en un palacio adosado a la muralla, y otros edificios nos cuentan cómo fue lugar de residencia a lo largo de los siglos de importantes familias que monopolizaban el comercio de la madera de los bosques del señorío; a la izquierda del arco, Jorge Manrique escribe, ajeno al despejado balcón que constituye la muralla y que se abre sobre los campos más dóciles del noroeste: Orcera en primer término; Benatae y Siles lindando con tierra de Albacete, al fondo; hacia el este, en el fondo de un puerto, la puerta, La Puerta del Segura, que nos vuelve a enseñar el paisaje de lomas y olivos que dejamos al entrar en la sierra.
Después, la siesta de un pueblo que se echó a dormir cuando los tiempos cambiaron, y que ha visto cómo se independizaron algunos de los pueblos del señorío del que era cabeza, y que hoy han superado, dentro del atraso de siglos que lleva esta tierra, en hombres y cosas, a su antigua capital.
Hoy Segura es pasto de grupos de turistas, pero también de gentes sensibles que buscan los ecos perdidos de la historia, y estos ecos sólo se pueden oír en el silencio de estas calles.
Lamentamos aún más el percance del coche que nos impidió deambular con más detenimiento por las calles de Segura de noche y habernos alojado en una de sus casas convertida en hostería, en lugar de hacerlo en la estrecha e inexpresiva alcoba de un hotel sin encanto.
De Segura parten tres vías: la que volviendo sobre nuestros pasos nos lleva hasta el embalse de El Tranco, la que nos acerca al norte y tras Orcera nos lleva al exterior del Parque por la Puerta de Segura y el camino que se interna por el nordeste y que nos conduce de nuevo a Santiago. Desde la atalaya del castillo se ven: una inmensidad boscosa al este, y tras líneas de montañas la vista llega a alcanzar las lindes de Albacete. Sólo hay que bajar y seguir; primer cruce a la izquierda, Siles; vayamos a la derecha con destino a Santiago, y a pocos kilómetros encontramos el cruce a la izquierda que recorre el cauce del río Madera en su búsqueda del Segura.
El camino, bordeado de bosque de ribera y de pinos, está jalonado al principio por instalaciones de acampada para grupos; muchas casitas después a lo largo: cortijadas, aldeas y ventas se benefician de la cantidad y calidad de las aguas; restos de instalaciones de aprovechamiento de lo que un día fue la riqueza del país, la madera, abundan en las orillas; uno se pregunta cómo los gancheros pudieron bajar miles de troncos por la corriente de tan menguado cauce.
Con todos los ríos sucede lo mismo; la cuantía de las precipitaciones regulares desciende mientras que aumentan las trombas de agua que engrosan por momentos los caudales de los ríos haciéndolos devastadores; son cosas del cambio climático al que, según dicen, el hombre ha contribuido en gran medida.
Afortunadamente para todos la deforestación se ha detenido y los bosques lucen suntuosos bajo la amenaza de los incendios forestales. Justo en el cruce con la venta de Río Madera nos saluda una simpática pareja de ardillas encaramadas al tronco de un pino de la cuneta.
En la venta de Río Madera se puede dormir, comer y comprar alimentos y enseres; también artículos de artesanía de la comarca; seguimos echando de menos un buen queso de oveja segureña, así que tomamos un café y reanudamos la marcha hacia el Segura, asomándonos de vez en cuando a la limpia corriente del Madera, que se va engrosando con los caudales nada despreciables de las torrenteras y arroyos que bajan por los valles formados entre los imponentes macizos; paralelos a los ríos ascienden carriles y carreterillas asfaltadas; los indicadores señalan aldeas perdidas en el nacimiento de los barrancos, son aldeas casi todas despobladas, que la nieve deja incomunicadas con frecuencia; pocos van allí; de trecho en trecho se ven los pasos de senderos marcados y numerados; otras veces estos caminos se ven flanqueados por paneles que explican los itinerarios y las características del lugar.
El valle del Río Madera no es muy amplio, pero en el punto en el que confluye con el Segura, más abierto, construye una llanura aluvial donde se han asentado algunos núcleos que se aprovechan de la fertilidad de la vega, tal es el caso de Huelga Utrera, apacible población que suele llenarse de emigrantes los fines de semana.
La carretera discurre ahora en dirección nordeste por la margen izquierda del Segura; nuestra próxima parada es La Toba, una aldea mayor dividida en tres núcleos que debe su nombre a las formaciones calizas al pie de las que se asienta. Es un poblado realmente singular y acogedor, y, aunque se advierten ya signos de afluencia turística, la presión es soportable, al contrario de lo que sucede en Cazorla.
Para hacer compatible el desarrollo y el nivel de vida de la gente de estas tierras con la rotundamente esencial conservación de los parajes y modos de vida, pienso que habría que restringir la población residente y flotante del entorno; parece una afirmación fuerte, pero sólo veo en eso la solución. Una limitación del número de plazas hoteleras y delimitación de sus ubicaciones, un catálogo de actividades permitidas, subvencionadas algunas (como el caso de ciertas artesanías) por su baja rentabilidad, la recolocación de mano de obra en actividades de conservación, y, llegado el caso, la restricción del número de visitantes sería imprescindible. Para compensar, las entidades públicas deben satisfacer los gastos extraordinarios que entrañan la equiparación de servicios sanitarios, sociales, educativos y de infraestructura de comunicaciones para una población tan reducida; con eso se contribuirá en una no despreciable cuantía a la mejora de su calidad de vida, aunque el factor más importante de bienestar, la tranquilidad y la naturaleza virgen, por suerte para ellos, ya lo tienen ganado.
La Toba reúne requisitos para disfrutar este género de vida: es una aldea grande en un paraje plácido al pie de su murallón de tobas y con el río Segura a sus pies; pero lo que más asombra al viajero es la exuberancia de sus manantiales. Es la aldea del agua; por cualquier parte corren poderosos chorros que se van uniendo a medida que buscan el nivel del río; diez, doce, catorce... manantiales que surcan los tres núcleos de la aldea. Subiendo cien metros desde las últimas casas se descubre la cueva del agua en la base del paredón rocoso; en el interior oscuro se oye el fragor de la caída de un impetuoso chorro; a partir de la boca el agua se canaliza en varias acequias que se desparraman por la aldea sumándose a las que provienen de otros manantiales; así va el río acrecentando su cauce, encaminándose a la quebrada que pone fin a su travesía por la sierra.
Hay en la Toba un par de bares donde sirven comidas; en uno de ellos, una mujer joven, la dueña, advierte a un grupo que para preparar unos andrajos o un cocido tendría que haber sido por encargo, y que en ese momento estaba sola; podría hacer unas chuletas de cordero con patatas.
Como el hambre era mucha nosotros también aceptamos la oferta: dos hermosos platos de chuletas con patatas y pimientos rematados con un huevo frito; el vino, manchego, naturalmente; el ambiente agradable y la gente no mucha, aunque de sobra para agobiar a la dueña, que recibió auxilio al pronto de su marido e hijo. Un letrero enmarcado advierte algo sobre la tapa: recuerda al cliente que es algo gratuito y deferencia del propietario; tapas exquisitas que se hacen sobre la marcha en ocasiones, como la que nos pusieron de chorizo crudo montado en un pinchito y sobre una cazuelita de barro con aguardiente; como se puede suponer el chorizo era para flamear, pero yo no vi el aguardiente y lo apuré crudo acuciado por el apetito; aun así, estaba deliciosamente picante.
Uno de los del grupo contiguo nos dio una tarjeta con la dirección de unas casas rurales por si nos interesaba para pernoctar; él lo había hecho la noche anterior y se manifestaba muy satisfecho; eso sí, nos dijo que fuéramos de parte de “El Chispa”.
Como sana costumbre, el paseo después de almorzar, ya que no es bueno montar con el estómago lleno: hace las digestiones pesadas. No está bien, pero quisimos buscar un fragmento de la roca que allí tanto abunda y que quedaría bien en la biblioteca; imaginamos qué sería de La Toba si todo el mundo robara un trocito. Preguntamos a una señora que estaba cogiendo nueces del suelo (hay muchos y hermosos nogales en la aldea) y nos dijo que más abajo, donde las chorreras, había muchas, pero las habían destrozado los conseguidores de recuerdos. No fuimos allí, tomamos una muestra suelta al lado del camino y abandonamos la aldea.
Casicas del Río Segura apenas se advierte semioculta bajo el nivel de la actual carretera; es un pueblo de la vega que más adelante desaparece bajo las aguas del embalse de Anchuricas; allí se han represado las aguas del río y apenas queda sitio en el valle para que pase la carretera, por ello vamos faldeando y dejando atrás caminos que ascienden a otras tantas aldeas: Las Gorgollitas, El Cerezal y Peguera del Madroño. A Las Gorgollitas sí subimos, tal vez por lo sonoro del nombre; es un poblado alto y alejado que debe enterrarse en blanco cuando nieva; no obstante su aislamiento se advierten signos de vida y actividad en el caserío, pues los aperos modernos de labranza y algunas casas nuevas así lo delatan. Al bajar, la vista queda fija en los escarpes rocosos del otro lado del valle; impresiona un inmenso orificio en la roca que incluso da cobijo en su seno a corpulentos pinos. Pasada la presa cruzamos el río a su margen derecha por un carril que nos lleva a Míller, en una vega llana regada por las acequias del pantano; cuando volvemos a la carretera, al poco nos damos con las Juntas de Míller, donde el Segura recibe las aguas del río Zumeta y se represa para dar vida a una central eléctrica; pasas el cauce y ya estás en tierras de Albacete, la sierra continúa menos agreste hacia Góntar y Yeste; hicimos una pequeña incursión y al rato regresamos, pues queda mucho aún para terminar.
En el cruce de las Juntas hay un monumento a los gancheros; es un enorme tronco y está cerca del túnel que engulle la carretera de Santiago; por ahí seguimos.
Un alto en una venta cerca de Vites para tomar café; aún quedan grupos de domingueros, sobre todo murcianos, que se disponen a regresar a sus hogares; en la barra el camarero dice que con los clientes que tiene normalmente hay bastante y sobran; que lo único que hace tanta gente es estropearlo todo. Ciertamente es así: llaman al teléfono y el camarero contesta que todas las habitaciones están llenas los próximos fines de semana; no hay duda, asistimos a la masificación de la sierra, que será una realidad en un par de años.
Aprovecho para telefonear a la casa rural que nos recomendaron; estaba libre una con dos dormitorios, salón, cocina y baño; al ser domingo y sólo una pareja, nos la alquilaron por seis mil pesetas. Había que ir a El Cerezo, uno de los poblados que, próximos a Santiago bordean los Campos de Hernán Perea. En realidad, nuestra intención era dormir en el hotel San Francisco, pero la recomendación de nuestro amigo “El Chispa” nos hizo ilusionarnos con una casita en el campo donde sólo se pudiera oír el silencio, o si acaso algún perro lejano o el canto de los grillos.
Pasamos pues, fugazmente, por Santiago, y después de abandonar la carretera de Huéscar por un desvío a la derecha que termina en Don Domingo, dejando atrás los carriles que llevan a los Ruíces, Huerta del Manco, Las Quebradas y Las Nogueras, atravesamos La Matea y Los Teatinos, hasta llegar a El Cerezo, que se aparta un kilómetro de la carretera; allí acudimos al único bar donde habíamos quedado citados con la dueña. El bar de estos pequeños poblados agrícolas no turísticos es una institución necesaria y muy importante; no es sólo bar, sino también casa de comidas, camas, tienda, casino y sede social; pertrechado de una potente estufa de leña para sobrellevar las largas veladas del invierno, aún conserva ese ambiente de pueblo que se hace agradable por añoranza de cuánto está casi perdido; pero no falta la ventana cuadrada de comunicación con el mundo que hoy preside y señorea todos los hogares españoles
La casita forma parte de un conjunto de viviendas alineadas, algo apartadas del núcleo principal; a su derecha, otra casa de alquiler pertenece a los mismos dueños, un grupo de jóvenes que han resistido en su pueblo para buscarse la vida. En esta segunda casa pernoctan dos parejas de Úbeda, jugadores, entre otras cosas, de Trivial Pursuit nocturno, pues sus voces y risas nos llegaban a través de una puerta, la simple separación que hay entre las dos viviendas Por suerte nuestro salón estaba apartado y cerrando convenientemente la puerta pudimos disfrutar con tranquilidad del fuego de la chimenea, abriendo un resquicio en la ventana para evitar el revoque de humo. En el alto, el dormitorio principal estaba amueblado con piezas auténticas de estilo rústico; se durmió bien.
La tarde anterior habíamos preguntado a nuestra anfitriona por el pino “Galapán”. Según consta en nuestras guías es el pino más alto y corpulento de la sierra; lo situábamos muy cerca de Don Domingo, pero no supimos dar con él el día anterior, seguramente porque tomamos el camino alternativo de la rambla de Los Cuartos. E n efecto, al lado del camino principal, y cuando las esquilas de los carneros se oían en la quietud de la tarde y los pastores volvían a las majadas en sus todo terrenos, pudimos posar al pie del famoso pino del que medidos casi seis metros de circunferencia.
Y sin madrugar mucho, tomamos el camino de salida de la sierra que de Santiago nos conduce a Huéscar, ya en Granada, por la carretera que rodea la majestuosa mole de La Sagra, pero ése es ya asunto de otro relato.
Un amable cortejo de un ciervo con su compañía de hembras se encarga de brindarnos la despedida.
|
Publicar en
|
¿Qué te pareció este diario? |
|
|