Thèodore Monod

Thèodore Monod: huellas en la humanidad

Thèodore Monod mostró desde pequeño un gran interés por la naturaleza en su conjunto, y lejos de quedarse en anotaciones y fotos, se convirtió en un verdadero explorador, e hizo del Sahara su hogar.

Como luchador incansable por el reconocimiento de la dignidad humana, marcó un propio camino y dejando enseñanzas de toda clase. Un hombre como tú o como yo, que se animó a luchar por su verdadera pasión: viajar.

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Sahara, Egipto. Concedor del mar y sus especies, estudioso de la astronomía, profesor, militar de guerra, activista por los derechos humanos, incasable buscador de la paz mundial, amante de África y los desiertos, curioso investigador, luchador contra la contaminación ambiental. Finalmente viajero. Thèodore Monod seguirá siendo estas y muchas más cosas, pero sobre todo un ejemplo a seguir.

Primeros pasos: el agua

Thèodore Monod, puede definirse como un verdadero viajero. Nació en Ruán, Francia, el 9 de abril de 1902. Su padre y su abuelo eran pastores protestantes, por lo que él ya había decidido continuar el legado familiar, pero encontró algo que lo apasionaba aún más: la naturaleza. Así empezó su vida de investigador en su infancia, haciendo anotaciones sobre las especies que encontraba a su paso en su ciudad natal, y estudiando cuanto libro cayera en sus manos sobre el tema. A lo largo de su adolescencia fue cultivando esta pasión, soñaba con viajar y conocer las vastas tierras asiáticas y africanas, para contactarse con un mundo que en esos años aún parecía impenetrable.

Thèodore MonodEn 1920 se le presentó la gran oportunidad de embarcarse en una expedición oceanográfica hacia las costas de Bretaña. Contaba sólo con 18 años y aunque el viaje fue cercano, se convirtió en el primer paso para lo que iba a ser el motor de toda su vida: viajar incansablemente.

Con esta experiencia, consiguió trabajar en el Museo de Historia Natural de París, y un año más tarde lo designaron colaborador en el departamento de Pesca y Producciones Coloniales. Desde ese cargo en el Museo, comenzó a aplicar sus numerosos conocimientos de biología, y a investigar sobre especies marítimas, abriéndose paso para su segundo destino.

Tenía sólo 20 años cuando le propusieron viajar a Mauritania, a la localidad de Port-Etienne, para hacer un trabajo de campo sobre la fauna marina autóctona, más específicamente las focas monjes de Cabo Blanco y la actividad de pesca en la zona. Esta experiencia le permitió aumentar sus conocimientos sobre el continente africano y sus desiertos. Así fue como, paradójicamente, el hombre que había llegado para profundizar su pasión por las aguas, se enamoró perdidamente de las inmensidades de la arena y el viento del desierto.

El desierto, mundo de arena

En el periodo que continuó, se doctoró en Ciencias, y comenzó sus estudios de literatura árabe, profundizando sobre los dialectos africanos. Tres años después de su regreso, el museo para el que trabajaba decide enviarlo nuevamente al desierto; esta vez el destino era Camerún, y aunque seguían encargándole tareas sobre la fauna acuática, fue este viaje el que le permitió conocer las costumbres de África, sus caminos, sus resabios coloniales, la continua aventura que implica llegar a cualquier parte, y su gente, su tan castigada gente.

Podría decirse que fue en ese momento que Monod empezó a concientizarse sobre la desigualdad mundial, la injusticia y la agresión ecológica que vivían esas tierras que él amaba tanto. Pero sería recién en 1927, cuando el Museo le pidiera que fuera al Sahara en una expedición de seis meses, en los que colmó sus ansias de adentrarse en la inmensidad del desierto y donde, además de conocer todo los tipos de plantas y curiosidades, encontró el amor. Decidió en esa expedición casarse con una muchacha judía de Checoslovaquia.

Thèodore MonodEn 1934, descubrió el Desierto de Tanezrouft, un verdadero hallazgo que dio a los mapas de la época mayor exactitud, un territorio sin exploraciones anteriores, y del que se conocían míticas desapariciones de caravanas en manos de los locales.

Dejó un libro para los que quisieran disfrutar de sus caminos, "Meharees", recopilación de la década del 20 en Mauritania y el Sahara, y en donde cuenta sus pasos persiguiendo meteoritos que cayeron en medio del desierto y el origen de los mismos. Monod fue así un viajero completo, con mentalidad siempre dispuesta a aprender más del mundo. No se atuvo sólo a los estudios del desierto, sino que amplió sus investigaciones a la astronomía.

En 1954 organizó una de sus famosas expediciones, esta fue muy comentada en su época por su extenso recorrido (900 Km.) a través de un desierto de Mauritania. Recorrió una extensión increible a lomo de camello y a pie. Y en Essouk halló el esqueleto del Hombre de Asselar, que dató de 6000 años, y en los que a través de investigaciones se determinó que poseía rasgos negroides.

Pero “Meharees” o “Camelladas” (en su traducción al castellano), no fue su único libro, Monod nos ha dejado varios relatos sobre sus viajes, y créanme que vale la pena leerlos.

Thèodore MonodCuatro años más tarde se trasladó a Dakar con toda su familia para continuar con sus investigaciones, dependiendo del Instituto Francés de África Negra (IFAN), del que fue nombrado director ese mismo año. Pero allí además de investigar tuvo que alistarse para la guerra, al servicio de la Compañía Sahariana Montada, lo que lo convirtió en un luchador y fortaleció sus deseos de manifestarse a favor de la paz mundial, vivió la guerra en carne propia y se aseguró de que ese tipo de crímenes tenían que terminarse cuanto antes. Resurgió del espanto con más fuerzas que nunca e inició una militancia activa contra el avance de los nazis y el racismo. Aún en guerra tuvo tiempo para encontrar pinturas rupestres en África y ayudar así con las investigaciones sobre el remoto pasado africano, su arqueología y su prehistoria.

Para ese entonces el Museo le había ofrecido un cargo de profesor de Ictiología (ciencia que estudia el comportamiento de los peces), y Monod además de aceptar el cargo con agrado, siguió haciéndose tiempo para sus exploraciones en el Sahara. Lo recorrió de norte a sur, y se contactó con la gente del desierto para encontrar una mejor manera de ayudarlos y continuar con su camino humanitario. Alguna vez declaró que le hubiera encantado morir a lomos de un camello.

Pero su actividad social no quedó solo en el desierto, también se manifestó en contra de la bomba atómica, y la marginación mundial en general. Le tocó vivir en un siglo en el que la humanidad mostró gran decadencia a pesar de sus avances tecnológicos. La rapidez con la que las cosas sucedieron en el siglo XX no dejó tiempo para una reflexión profunda, sin embargo este viajero, aunque encontraba la paz en el desierto, no olvidó al resto del mundo.

Además se sumó a la lucha para frenar la caza y el exterminio de animales en extinción, lo que lo convirtió en uno de los militantes ecologistas más reconocidos. Sumó fuerzas al rechazo del tabaco y del alcohol, a todo aquello que denigra la salud planetaria, e hizo todo lo que estuvo a su alcance para alcanzar la paz mundial. Además fundó el grupo Padak, a modo de denuncia al Rally automovilístico París-Dakar, y en las que pedía el respeto a la tierra. En uno de sus libros habla sobre la contaminación que producen las costumbres de occidente sobre otras tierras mucho más naturales, y en ese pensamiento se entiende el por qué de su lucha contra el Rally y contra otras tantas cosas.

El último viaje

A los 95 años, y con una ceguera avanzada, viajó una vez más a Mauritania y continuó con sus investigaciones. Nunca dejó de saciar sus curiosidades porque eran la razón de su existencia, la esencia de sus ganas de vivir, y eligió para ello el más castigado de los continentes, pero sin duda, el que más conserva también su estado natural, sus culturas originales, sus paisajes.

Thèodore MonodÁfrica fue una de las primeras tierras a las que se acercaron los europeos en sus expediciones y descubrimientos, el pionero fue Portugal, con su rey Enrique "el navegante", momento en el que se establecieron factorías para el comercio con los reyes africanos y los musulmanes, pero aún así, pocos fueron los que se internaron en el continente. Hace siglos que se tiene conocimiento de esos lugares, pero su paisaje tan particular y la situación en la que se encuentra actualmente, quizá contribuyan a que muchos viajeros no la elijan como destino. Thèodore Monod, es un buen ejemplo para entender que hay que seguir las pasiones propias y que la impenetrabilidad de las cosas quizá las forje uno mismo.

Ese regreso a Mauritania fue su último viaje; pero se tiene conocimiento sobre su presencia en asambleas ambientalistas en 1998, y en la continuidad de su lucha.

El 22 de noviembre de 2000, falleció en Versailles a los 98 años de edad, dejando un gran vacío para sus seguidores. Aún así, su muerte física sólo implicó una huella más en el desierto y el ejemplo de un camino a seguir. Un hombre fiel a sus ideales, que vivió toda su vida persiguiendo lo mismo: sus ganas de viajar.


Últimos comentarios

YONPALADINO dice:

Hola... que más puedo agregar... a veces me pregunto si es necesario que los humanos cumplan tantos años para ser algo sabios... es que acaso al leer ejemplos de vida como este hombre, no nos es suficiente para comenzar a comprender un poco más la vida???... Este hombre fue y es un verdadero ejemplo a seguir. Casi parece que no hay momento más propicio que en estos días, donde el culto a lo vanal superó en mucho a lo verdaderamente importante... solemos decir... "es que no tengo tiempo".

"VIVE TODO EL TIEMPO QUE QUIERAS... QUIERE TODO EL TIEMPO QUE VIVAS".
Brindis celta.

YON
juanpaladino@patrimoniosur.org
www.patrimoniosur.org

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Cosmos99 dice:

Sigo confirmando que el desierto es un destino para viajeros singulares.

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josemag dice:

hermosa historia de vida...

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