Benjamín de Tudela: el viajero medieval

Este viajero español realizó en el siglo XII un largo viaje para tomar contacto con las comunidades judías dispersas por los países ribereños del Mediterráneo. En la Edad Media, cuando el mundo era inconmensurablemente más grande, hubo quien, antes de Marco Polo, emprendió viajes casi tan largos como los del veneciano. Estos viajes, huelga decirlo, eran muchísimo más dilatados y peligrosos que cualquiera de las empresas turísticas que se hacen ahora...

 

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Su itinerario le llevó de Tudela a Zaragoza, Tortosa, Barcelona, Narbona, Montpellier, Arles, Marsella, Génova, Pisa, Roma, Nápoles, Salerno, Tarento y Otranto; luego recorrió el Imperio Bizantino y las islas del Egeo; también recorrió los reinos cristianos de los cruzados en Siria y Palestina; se adentró en el mundo musulmán visitando el Imperio Seléucida (Mesopotamia); en Basora se embarcó para circunnavegar la península Arábiga, llegando hasta el Egipto fatimí; y de allí volvió a España pasando por Sicilia.

En su relato, publicado en hebreo en Constantinopla en 1543, se incluyen observaciones sobre la situación material, la cultura y la política de los países que visitó; pero sobre todo describe con todo lujo de datos y detalles el estado de las comunidades judías. También se esforzó por reunir noticias sobre las comunidades judías de países en los que no estuvo, como Arabia, Persia, Asia central, India o Ceilán; e incluso menciona la existencia de la judería de Kai Fong en China.

Haciendo historia por el camino

Benjamín de Tudela vivió en la segunda mitad del siglo XII, y fue el viajero judío medieval más importante. Poco se sabe de él; la única fuente de que disponemos es su “Libro de Viajes”. Aunque los escritores no judíos le titulan frecuentemente de “rabí”, no existen pruebas de que lo fuese, si se exceptúa la abreviatura convencional prefijada a su nombre en las fuentes hebreas.

Era hijo de un rabino llamado Jonah; conocía el romance navarro de la época y, además, el hebreo y el árabe, y probablemente era capaz de comprender el latín y el griego; también conocía bien la historia clásica. En fin, de su obra se deduce que era experto en diversas artesanías y negocios.
A partir de evidencias internas, el inicio de sus viajes podría fijarse entre 1159 y 1167 (durante el reinado en Navarra de Sancho VI “El Sabio”) y su regreso a España, en 1172-1173 ( año 4933 del calendario judío). Tales periplos, pues, tuvieron una duración mínima de cinco años y una máxima de catorce. Dado que la última etapa - desde que dejara Egipto y llegara a España - duró por lo menos un año, la última hipótesis parece la más probable.

También se desconoce la finalidad de estos viajes, si bien se ha sugerido que Benjamín de Tudela era comerciante en piedras preciosas; consta que en más de una ocasión mostró vivo interés por el comercio del coral.

Su Libro de Viajes se basa en las notas e impresiones recogidas durante su dilatado periplo.Desde la ciudad de Tudela - reino de Navarra - desciende por el valle del Ebro: Zaragoza, Tortosa, Tarragona, Barcelona y vía Gerona, penetra en Provenza. Embarca en Marsella y viaja a Génova, Pisa y Roma, ciudad ésta en la que debió detenerse un tiempo, a juzgar por el minucioso relato que ofrece de sus antiguos monumentos.

Deja Roma y marcha hacia el sur. Reembarca en Otranto, pasa por Corfú y Arta, atraviesa Grecia y se detiene en Constantinopla, de la que ofrece una viva descripción de gran importancia para el conocimiento de las condiciones y situación socioeconómica de sus habitantes, judíos o no. Cruza el Egeo (islas Mytilene, Chíos, Samos, Rodas) hasta Chipre; llega a tierra firme y luego de pasar por Antioquía, Sidón y Tiro, entra en la de Israel por Acre, a la sazón en manos de los Cruzados. Recorre el país y describe detalladamente los Santos Lugares dejando, con ello, un documento de singular interés para el conocimiento de Palestina de aquella época.

De camino hacia el Norte, pasa por Tiberíades, Damasco, Alepo y Mosul, con un itinerario difícil de precisar. Llega a Bagdag, ciudad que describe con mayor extensión que cualquier otra. Parece probable que viajara a lo largo y ancho de Mesopotamia y Persia, aunque en estos relatos abundan los materiales legendarios. Se movió durante un tiempo por Mesopotamia (Irak) y Persia (Irán), y fue el primer europeo que contempló, en la distancia, las montañas del Himalaya. Resulta improbable, empero, se aventurase a traspasar estos ámbitos geográficos, aunque hable - con cierta fantasía - de China, India y Ceilán.

Ya de vuelta, Benjamín de Tudela hace una admirable descripción de Egipto y en especial, de la vida judía en El Cairo y Alejandría, ciudad en la que embarca para arribar a Sicilia, dejando de Palermo una descripción cuidadosa y pintoresca. De allí, presumiblemente, regresa por mar a España, aunque el itinerario finaliza con una idealizada visión de la vida judía de Alemania y del norte de Francia, basada tal vez en relatos que llegaron a sus oídos. 

Su época

 El siglo XII fue la época en la que cualquier viaje por tierra o por mar suponía peligro, sin embargo, los judíos viajaban con frecuencia: su pueblo estaba esparcido por todo el mundo; en todas las ciudades importantes había judíos, que daban a sus correligionarios una buena acogida, especialmente en épocas de intolerancia y persecución. Buen ejemplo de lo dicho es el viaje que en aquella época realizó Benjamín, conocido como «Benjamín de Tudela».

Su obra

 El libro escrito por Benjamín de Tudela a su regreso a España se titula en hebreo «Séfer-masaot» («Libro de Viajes»), y en su versión latina, «Itinerarium».
Aunque abunda en fantasías, y buena parte de sus páginas es un monótono informe sobre las comunidades judías que fue visitando, el libro en conjunto constituye una valiosa documentación sobre la geografía y la etnología de las tierras que describe.

Siendo un hombre de extraordinario talento para describir paisajes y costumbres, se entrevistó con todos los líderes de las comunidades judías asentadas en los países que conformaron su recorrido. En Roma vivían entonces doscientos judíos que eran "muy respetados y que no daban tributo a nadie. Algunos de ellos son magistrados y están a las órdenes del Papa Alejandro [III], el jefe eclesiástico y cabeza de la Iglesia cristiana". De hecho, según el rabino, el mayordomo del palacio papal y administrador de los bienes personales del Papa era Jechiel, hijo de Natán.

El rabino Benjamín avanza hacia Tierra Santa y en la isla de Corfú encuentra un solo judío, de oficio teñidor. ¡Uno! La noticia inspira melancolía y el deseo de que este teñidor solitario se haya llevado bien con los vecinos. En otras ocasiones y ciudades encuentra judíos solitarios. Todos eran teñidores.

En Salónica encuentra muy oprimida a la comunidad hebrea. Al llegar a Constantinopla, el rabino no puede creer lo que ve: mercaderes de Asia y Europa; los esplendores de Santa Sofía, donde oficia un Papa "que no se lleva bien con el Papa de Roma"; en el Hipódromo hay peleas de gallos, leones, leopardos, osos. El palacio de Blaquernae lo deslumbra por sus riquezas. En su crónica el rabino se permite una de esas deliciosas exageraciones medievales que esmaltan toda relación que se respete: según él, los diamantes de la corona del Basileo Manuel Commeno tienen un lustre tal que, "aun sin la ayuda de cualquiera otra luz, iluminan la estancia en la que están guardados". Vio que los judíos bizantinos eran discriminados y no podían montar a caballo, excepto Salomón Hamistri, médico del Basileo.

 Al llegar al Monte Líbano, el rabino nos cuenta su versión de la historia del Viejo de la Montaña que él llama Sheik-al-Hashishin. Ya cerca de Jerusalén, "comprueba" la verdad de las Escrituras a cada paso que da. Nablus, Acre, Sidón, Haifa, el Muro de los Lamentos, todo es juzgado, medido, tocado, por el viajero.

El conocer los lugares de los que tanto había leído en los textos sagrados, no satisfizo su curiosidad. Siguió hasta Damasco, ciudad que lo emocionó por sus vergeles y la mezquita, guardada por la "costilla de un gigante". En Haran visita la sinagoga construida por Ezra, en el lugar donde estuvo la casa de Abraham. Allí, tanto judíos como musulmanes se reunían para orar.

En Bagdad conoce el palacio del Califa Emir-al-Mumein al Abasí, conocedor de la ley Mosaica, quien hablaba un hebreo sin pifias. Todos los peregrinos que iban a la Meca pedían su bendición. Este califa construyó un asilo para lunáticos, quienes parece, se alborotaban mucho en los meses de calor. Los trataban muy bien, aunque si se ponían violentos los encadenaban. Eso sí, cuando recuperaban la razón, los despachaban a sus casas. En Sri Lanka de hoy, Khandy de entonces, Benjamín de Tudela, incrédulo, asiste a un sepelio en el que los parientes del difunto se arrojan por su propia voluntad a la pira funeraria. Le pareció horrible.

Ya luego de esto comenzó su vuelta a su España natal, donde por fin pudo contar sus aventuras y recorridos en persona. Si éste viajero con tan pocos recursos y tantas dificultades pudo llegar hasta allí, los viajeros de hoy pueden animarse a recorrer el mundo entero y seguramente tardar mucho menos que Benjamín. Está en cada uno la voluntad y el ansia de ir y conocer.

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Últimos comentarios

centaura000 dice:
Hola! Muy buen comentario ...Se cosigue el libro en español?
Saludos

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rouxen dice:
muy buenoo!
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