Alberto Vojtech Fric: un checo por Sudamérica

Alberto Vojtech Fric: un checo por Sudamérica

Alberto Vojtech Fric fue un viajero sin fronteras, como etnógrafo, botánico y escritor de varios libros sobre los indios, hizo de su espíritu curioso un estandarte en la búsqueda de nuevos conocimientos para enriquecer con sus aportes a la ciencia mundial.

Nacido en Praga, este viajero recorrió zonas impenetrables del Matto Grosso y el Gran Chaco sobreviviendo a las enfermedades y tribus más extrañas sólo con el ánimo de ampliar sus conocimientos.

Escribe: Viajeros.com
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Alberto Vojtech Fric nació en 1882 en Praga. Con una niñez sin problemas, siempre se interesó por la botánica, especialmente por los cactus. Y fue este interés el que lo inspiró a emprender su primer viaje a ultramar: en el año 1900, cuando Fric tenía sólo con 19 años. Tomó una maleta, sus instrumentos de investigación y clasificación de plantas, y partió rumbo a Brasil.

Una vez allí se internó en el Matto Grosso, donde encontró la mayor planicie inundable del mundo: el Pantanal. Alberto hizo grandes hallazgos y estudios en este multifacético ecosistema tropical que por aquella época era aún un territorio virgen. Fric avanzaba entre innumerables cascadas, se metía en cavernas, cruzaba ríos de agua cristalina y observaba una extraordinaria diversidad de especies animales y vegetales que lo llevaron a sumergirse cada vez más en este paisaje y entrar en contacto con sus habitantes. Así conoció –y de hecho descubrió– a la tribu Kukurá, hoy lamentablemente desaparecida.


Nuevos intereses

En este tramo de su viaje se dedicó ante todo al estudio de la botánica, pero con el tiempo empezó a atraer su atención la vida de los indios y los cambios que sufrían las tribus por el avance de la colonización. Viendo que muchas de sus tradiciones y costumbres desaparecían ante el avance de la occidentalización, decidió investigar y hacerse amigo de cada tribu con la que se encontraba en su afán de conocer y conservar todo lo que pudiera sobre el sistema de creencias y mitos de cada una.

Fue tal la pasión que empeñó en su trabajo, que en sus siguientes viajes –realizados desde 1903 a 1912– se dedicó plenamente a la etnografía, orientándose ante todo al estudio de las tribus en la zona del Gran Chaco en Argentina y Paraguay, sobre todo entrando en contacto con tribus conocidas como feroces enemigas del hombre blanco. Pese a las recomendaciones y avisos de sus allegados, Fric se internó nuevamente en la selva salvaje y logró penetrar en varias comunidades indígenas hasta entablar una fuerte amistad con varias de ellas.

Tal fue la confianza que en él depositaron algunas de las tribus que incluso un indio de la tribu Chomacoco –tribu ubicada en lo que hoy es Paraguay– partió con el viajero rumbo a Praga para demostrar allí el modo de vida y las costumbres que ellos tenían. Esta facilidad para generar confianza le posibilitó a Fric estudiar detalladamente todos los aspectos de la vida de muchas tribus hasta ese momento desconocidas.

Así es como durante sus viajes Fric adquirió miles de valiosísimos objetos que hoy son expuestos en diferentes museos europeos y americanos, formando pequeñas colecciones dentro de cada museo.

Vuelta a casa

El centro de sus principales encuentros y charlas sobre sus hallazgos era en Praga, su ciudad natal. A cada regreso, Fric exponía los resultados de su trabajo y quienes seguían sus pasos como viajero y científico tenían allí la posibilidad de admirar y comentar sus descubrimientos. Alberto Fric exponía en esas ocasiones sus colecciones de máscaras, piezas de cerámica, armas y otros objetos que documentaban la vida cotidiana de las tribus sudamericanas.

Sin embargo, Fric no se limitó simplemente a realizar una exhaustiva documentación de la cultura aborigen latinoamericana, también fue un luchador comprometido con la igualdad y la libertad de los pueblos originarios de América. Fue el primero en condenar públicamente –durante el congreso de los americanistas, celebrado en 1908 en Viena– el cruel trato que se daba a los indígenas por parte de los colonizadores. En 1912 se realizó un nuevo congreso, esta vez en Londres, y allí siguió sosteniendo su posición frente a quienes negaban el maltrato.

Más tarde se trasladó a Praga para visitar a sus padres y ampliar las exposiciones sobre sus investigaciones. Durante ese viaje llevaba consigo inmensas colecciones de diferentes tribus indígenas que intentó colocar en museos europeos. Pasó en Europa varios meses y no logró regresar por un largo tiempo a las selvas, que era donde mejor se encontraba. No era de extrañarse: corrían los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

Acabada la guerra, Fric entró por un corto período en los servicios diplomáticos. A principios de los años 20 se casó en Bohemia, tuvo un hijo y comenzó a trabajar como botánico profesional y también como comerciante de cactus, que seguían siendo su pasión y elemento de investigación primordial en el campo botánico.

Pasión y muerte

Pero su espíritu viajero no se quedaba quieto, y en 1921 y nuevamente en 1932 realizó nuevos viajes a Sudamérica para enriquecer sus conocimientos sobre los cactus y las tribus que aún persistían en sus ambientes naturales sin ingerencia de la cultura occidental.

El mayor sueño de Alberto Fric era realizar un atlas mundial de todos los cactus. Dedicó a este sueño decenas de años de estudios y experiencias, pero no logró finalizarlo. Finalmente su mayor afición y pasión fue fatal para el científico y viajero: una espina de cactus lo hirió y envenenó su sangre... así Alberto Vojtech Fric, viajero e investigador apasionado, uno de los últimos y verdaderos exploradores del siglo XX, que en las selvas sudamericanas logró resistir la fiebre amarilla, los más diferentes parásitos, la peste negra y demás enfermedades mortales de esas regiones, murió de tétanos a los 62 años.

Fric, con su trabajo y su pasión como explorador y humanista contribuyó no sólo a enriquecer la ciencia universal sino también al entendimiento y amistad entre los pueblos.

Una historia de amor

En el año 1904, durante unas catastróficas inundaciones en el curso superior del río Paraguay, mientras luchaba sobrevivir entre las aguas, Alberto Vojtech Fric trabó amistad con los indígenas de la tribu Chamacoco-Yshir. Y conoció entre ellos al gran amor de su vida, la joven india Lora-y (que significa “Pato Negro&rdquo, de la que escribió posteriormente un bello cuento. Lo que no se supo hasta hace poco fue el hecho de que de este matrimonio nació una hija, llamada Herminia. Antes de irse a Europa Fric dejó a su hija al cuidado de su amigo, el cacique Magpiota, quien cuidó a Herminia durante su infancia y luego ésta le devolvió sus cuidados atendiéndolo hasta su muerte alrededor del año 1940.

Lo increíble de esta historia es que la familia checa de Alberto Vojtech Fric descubrió la existencia de su tía indígena recién en el año 2000, gracias a que dos jóvenes cineastas checos que planeaban rodar en Paraguay un documental se encontraron por casualidad con la tribu Chamacoco, y mucha de su gente con el apellido Fric.

Es así que en agosto de 2005 Yvonna Fricová y su esposo Pavel Fric visitaron Puerto Esperanza, situado en el Gran Chaco, a orillas del río Paraguay, y celebraron con sus primos de la tribu Chamacoco el centésimo cumpleaños de Doña Herminia. Así, a través del tiempo, Alberto Fric logró unir y hermanar sus amores tanto en Praga con en el Gran Chaco.

La historia por el autor

En sus Memorias, escritas en 1918, Alberto Vojtech Fric relató así su historia de amor:

“El río Paraguay desagua del potente río San Lorenzo. Ambos nacen en el desconocido interior del país del Mato Grosso y todos los años desbordan, pero no al mismo tiempo; la diferencia entre ellos es de dos meses. Pero regularmente, cada diez años, desbordan ambos ríos al mismo tiempo, una inundación se reúne con la otra y gigantescas masas de agua penetran en el llano del Gran Chaco. Una inundación de éstas me agarró en el año 1905 en el Fuerte Bahía Negra...

Nos quedamos cortados del mundo en medio de las aguas. Traté de avisar a la guarnición para que nos hiciéramos camino por tierra al interior del país y de esta manera salváramos algunos objetos y también a nosotros ubicándonos en lugares situados a mayor altura. Pero estaban demasiados apáticos y tenían demasiado miedo de los indios de ahí: los Chamacocos...

Cuando la superficie del río alcanzó una altitud peligrosa y las aguas comenzaban a inundar la selva, partí con dos indios y con un caballo prestado para buscar tierra seca...

Fueron dos meses bastante duros. El agua nos corrió hacia el territorio de los Chamacocos. En el territorio de los clanes que habitaban el interior del país había muchos conflictos en los que debido a mi descuido fui envuelto...

Las mujeres de dos clanes se expusieron a un combate con sables de maderas. Cuando algunas mujeres que se encontraban en la minoría fueron heridas, se refugiaron en mi campamento. Amenacé a las que estaban atacando con el revólver, así que huyeron. Con esto violé la costumbre de las tribus: en casos así no debe mezclarse ningún hombre.

Por la noche me quedé sorprendido al enterarme de que estaba con la única que entre ellas estaba soltera, Pato Negro.Volviendo del fuego, encontré mi campamento barrido, la cama y la silla de montar bien arregladas y la red para los mosquitos tendida. En lugar de Quepia (Ave Alfarero) me había preparado la cena Loray (Pato Negro).

Pero menos agradable fue nuestra noche de boda. Una fuerte lluvia torrencial nos penetró a través de la lona por arriba de la red contra mosquitos e hizo subir la superficie de la laguna, de modo que el agua nos mojó para abajo. Todo quedó completamente mojado...

Me avisaron por un indio que nadó quince días que en Bahía Negra había un vapor disponible. Me decidí en el instante a partir y me acompañaron Quepia y Loray. En dieciséis días llegamos al lugar determinado, las aguas bajaban. En estado lastimoso y muy cansado nos echamos en la orilla. No teníamos fuerza para nada, ni siquiera para decidir. Finalmente –por lo menos– teníamos tierra seca donde pudimos echarnos. Tras unas horas nos embarcaríamos y volvería a moverme, primeramente a Asunción y después a Europa.

Mientras yo embalaba diversas cosas pequeñas del campamento se atizó un gran fuego y resonó el canto de las reuniones. Terminó el canto y algunos caudillos vinieron a mí. Se sentaron y pasado un momento de silencio me preguntaron si partiríamos. Me pidieron que no me vaya, porque las aguas estaban bajando y podríamos regresar a la selva para disfrutar con Loray y mi nueva familia. Yo le contesté que partiría y que quizás jamás volvería, pues recibí una carta que reclamaba mi presencia en Europa. Los fuegos y cantos rítmicos resonaron de nuevo.

Pato Negro no solo asistió a la reunión de los hombres, sino también a cantar su tristeza. La sirena anunció la llegada del vapor, en media hora estaría en el puerto. Fui al fuego, mi decisión de partir comenzó a vacilar; hasta ahora ese canto me resuena en los oídos: "Loray quiere a Águila Blanca, pero tiene que cantar su tristeza. Águila Blanca no puede quedarse aquí y vería solo sus ojos tristes. Loray contará su tristeza siempre para que los ojos de Águila Blanca puedan ser alegres".

El barco llegó, el canto se calló y todos se levantaron callados y fueron a embarcar mi equipaje. Los indios dijeron lacónicamente “vete”. Les había vuelto el semblante de piedra que no dejaba conocer nada. Desde lo lejos llegaban sones de dolor, Pato Negro estaba cantando su tristeza. En la popa disparé tres tiros de pistola como último saludo y me di cuenta de que quería a Pato Negro.”


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